Drogas

Hablé con mi papá sobre su carrera como traficante de LSD

Mi mamá no tenía ni idea.

por Esmee Schenck De Jong
13 Enero 2017, 8:32pm

Illustrationer: Ben van Brummelen

Un día, en 1988, la policía fronteriza francesa paró a mi papá antes de que cruzáramos a Bélgica. Bajó la ventana de su Volvo gris oscuro y dos policías le pidieron los papeles. Le dio su pasaporte al que se veía más sospechoso y este lo revisó rápidamente. "Señor, ¿puede bajarse del carro, por favor?", le preguntó. El corazón estaba que se le salía del pecho, pero su cara no mostraba el miedo que tenía. Sabía cómo manejarlo. Estaba preparado para este tipo de situaciones.

Para lo que no se había preparado era para ver al policía sosteniendo cinco papelitos cuadrados con estrellas impresas en ellos. Aunque parecían pequeñas estampas, el policía no se comió el cuento. Él sabía que mi papá, accidentalmente, había dejado esos cinco ácidos en su pasaporte. Lo que no sabía era que cada rincón y recoveco del Volvo estaban llenos de LSD. 

"¿Qué es esto, señor? Se cayeron de su pasaporte". Mi papá trató de reírse de forma casual y le dijo al policía que eran sus cinco estrellas de la buena suerte. "Me las dio un gurú el año pasado cuando fui a la India y visité la Goa. Dijo que me traerían suerte", le respondió. Lo sentaron en una silla a un lado de la carretera mientras revisaban minuciosamente el carro. Mi papá tenía un nudo en el estómago —no tenía la intención de estar un tiempo en la cárcel francesa—, pero después el policía regresó y le dijo que se podía ir. "Y, por favor, la próxima vez deje sus estrellas de la buena suerte en Goa".

La carrera criminal de mi papá arrancó a mediados de los ochenta, cuando, de la nada, decidió mudarse de Londres a Ámsterdam. Yo no había nacido pero mis medio hermanos sí; tenían nueve y siete años por esa época. Mi papá era un dentista muy exitoso en Londres, y tenía su propia clínica elegante y lujosa. Tenía una esposa, dos hijos, una linda casa, carros y una moto. Un día dejó todo botado para convertirse en un traficante de LSD en otro país. Como nunca entendí qué fue lo que pasó, o por qué, decidí preguntarle al respecto. 

Comenzó contándome su primera experiencia con los ácidos: "En 1971, un amigo estadounidense que se llama Toby vino a Londres con su novia. Se trajo 10.000 cartones de ácido entre dos pedazos de cartulina amarradas a sus piernas y las cubrió con medias. Pasó sin problema por las aduanas y por seguridad. El narcotráfico y la seguridad en los aeropuertos no eran tomadas tan en serio en ese entonces. Toby vendió los ácidos en Londres, se compró un convertible blanco y armó  fiestas salvajes donde la gente consumía muchas drogas y tenía mucho sexo. Sus fiestas llamaron la atención de la gente  cool y los artistas. Londres era una gran ciudad en los sesenta y setenta". 

En una de esas fiestas, Toby le dio un poco de ácido a mi papá y a su esposa del momento. "No teníamos ni idea de qué era. Mi esposa tuvo un muy buen viaje, vio colores lindos por todas partes", me dijo. "Yo tuve uno extremadamente malo y oscuro. Ese primero fue el peor de mi vida. Después de esa vez, comencé a tener regresiones de ese asqueroso viaje todo el tiempo, especialmente mientras hacía cosas mundanas, como curar caries. Por más displicente que fue esa experiencia, despertó en mí un gran deseo de vivir y tener una vida diferente. Aún así, me tomó varios años más dejar todo atrás". 

En un giro inesperado y traumático mi papá se fue, dejó a mis hermanos, se divorció de su mamá y se mudó a Ámsterdam. Apenas llegó a esta nueva ciudad, lo primero que hizo fue volver a abrir una clínica dental. Naturalmente, se dio cuenta de que ese trabajo ya no le interesaba. "Ser un dentista no encajaba en mi nueva vida. Había gente interesante por conocer, holandesas con las que salir, porros para fumar. Me quería sumergir en la libertad de Ámsterdam". 

En 1985 se conoció con Tony, un actor estadounidense, en una cafetería de la ciudad. Luego de hacerse amigos, supo que Tony estaba metido en el comercio de droga. "Después de un tiempo, me preguntó si consideraría ganar plata traficando LSD". Al poco tiempo, mi papá planeó su primer viaje de negocios. "Estaba muy emocionado. El mundo criminal era nuevo para mí y como vivía solo, no tenía que rendirle cuentas a nadie". 

"Arranqué traficando droga en viajes cortos, y los primeros dos años tuve poco éxito. Después de eso comencé a ganar una buena cantidad de plata. En un viaje que hice a España me llevé una maleta grande con vinilos. En esa maleta había discos de los Rolling Stones, de los Beatles y de Bob Dylan. Todos eran LPs dobles que escondían 22.000 cartones de LSD. Era Navidad y había poquita gente en el aeropuerto. Los guardias de la aduana estaban felices de tener algo que hacer, así que cogieron mi maleta para mirar los discos que llevaba. Durante la inspección se voltearon hacia mí y me dijeron que eran grandes fanáticos de los Stones y los Beatles. Simplemente me entregaron la maleta. Después me enteré que pude haber pasado por lo menos ocho años en la cárcel por eso".

Mi papá estaba muy cómodo en el mundo de la producción y el tráfico de LSD, y a finales de los ochenta viajaba frecuentemente a Estados Unidos. "Los hombres de negocios con los que tenía que lidiar andaban vestidos con camisetas hawaianas y me recogían en el aeropuerto con letreros que tenían mi nombre. En esa época no se preocupaban por esconderlo de a mucho. Esa gente se hacía llamar Arcoíris o Rayo de Sol... siempre me llevaban a lugares bonitos repletos de arte, rodeados de jardines inmensos. La gente metida en el comercio del LSD era, en general, muy agradable e interesante. No eran como los criminales arriesgados involucrados con otra clase de drogas. Por lo menos, esa era la impresión que me daba".

En 1991, después de llevar traficando ácido durante un tiempo razonable, la policía comenzó a investigar a mi papá y recogió suficiente información para arrestarlo.

Cuando hablé con mi mamá acerca del sospechoso cambio de carrera de mi papá, me dijo que no tenía idea. Le creí, y si ustedes la conocieran, también le creerían. Ella ha trabajado como servidora civil desde los 20 años y es la clase de persona que nunca se pasa un semáforo en rojo. "Teníamos una relación muy liberal por esa época; solo nos veíamos un par de veces a la semana", me dijo. "Frecuentemente me decía que se iba para un curso odontológico o a un viaje de negocios afuera del país". Descubrió su faceta criminal cuando un periódico sacó una caricatura en la primera página de un dentista que le daba ácido a sus pacientes. El caso de mi papá no pasó desapercibido en los medios —el periódico holandés  De Volkskrant le puso mucha atención en ese momento—. "Ahora que lo pienso, debí haberme preguntando por qué se la pasaba tanto tiempo afuera, pero mi mamá estaba demasiado enferma en ese tiempo. Ella era mi preocupación principal". 

Mientras mi papá se enfrentaba a las audiencias preliminares, mi mamá se enteró de que estaba embarazada de mí, lo cual fue muy duro para ella. Finalmente mi papá pasó un año en la cárcel, y ese, obviamente, también fue un año difícil para él. Me contó que le enseñó inglés a sus compañeros de prisión y que convenció a los guardias de que era claustrofóbico, por lo que le dieron permiso de tener la puerta de su celda entreabierta. En la cárcel mi papá descubrió que tenía una habilidad para dibujar así que apenas salió libre, se convirtió en artista. Dice que nunca volvió a meterse el mundo criminal.