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'Los cinco entierros de Pessoa', nuestro recomendado teatral del mes

La Casa del Teatro Nacional estará presentando la obra 'Los cinco entierros de Pessoa' de Juan Carlos Moyano hasta el 29 de julio.

por Felipe Sánchez Villarreal
07 Julio 2017, 11:38pm

Cortesía de la Casa del Teatro Nacional

Cuando me quise quitar la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando me la quité y me vi al espejo,
ya había envejecido .

Álvaro de Campos

Para Juan Carlos Moyano, director de la compañía Teatro Tierra y dramaturgo de Los cinco entierros de Pessoa, su obra no es más que "una pálida aproximación a un laberinto". Y es que la labor era sobrehumana (o, acaso, muy humana y, por eso, imposible): llevar al teatro la vida del legendario Fernando Pessoa; desgajar, uno a uno, todos sus nombres y ponerlos en escena, hacerlos entrar en diálogo, imaginar sus tensiones, fabricar una pieza del "delirium agónico del poeta". El resultado, como lo bautizó Moyano: un drama para heterónimos y fantasmas.

O, en palabras de Pessoa mismo, un drama em gente que desde el pasado jueves 6 de julio se está presentando en la Casa del Teatro Nacional en La Soledad, un año después de su primer estreno en el país.

El título, que Moyano tomó prestado de un poema de Juan Manuel Roca, arma el suelo sobre el cual se ensambla la fábula. Pues, como dice Roca: "Pocas veces ocurre / Que al morir un poeta / Sean necesarios / 5 ataúdes". Y la pieza es eso, una larga antesala de esa partida inevitable, una sucesión convulsa de recuerdos y confrontaciones entre un Pessoa enfermo y todos sus otros. No solo sus otros poéticos —los heterónimos Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares o Alexander Search— sino sus otros biográficos: su abuela Dionisia, sus tías y la misma Ofélia Queiroz, su enamorada. Todo escenificado en "veintiocho espasmos de la memoria", como los nombra el director, veintiocho secciones que se inauguran con la agonía de Pessoa y culminan con una lluvia de luz, esa que vigila los cinco entierros, al son del poema Tabaquería:

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Allí está la fibra primera, el quid: la obra metaforiza —a veces de forma excesivamente literal— el paulatino proceso de dislocación del yo pessoano, de cuestionamiento de una identidad que termina siendo puro antifaz vacío. Moyano esculpe a un Pessoa que se revela como una colección de puras máscaras y espectros que lo hostigan. Como lo dice la misma abuela Dionisia, en un delirio casi esquizofrénico: "Fernando, cuántas máscaras tenemos, cuántas máscaras debajo de las máscaras".

Ese coro disonante de heterónimos, espejos vivos del Pessoa biográfico, circulan por el escenario, cuestionan a su 'creador', lo acosan, se identifican y distancian. Hacen ver, de a pocos, el desgarramiento poético de un escritor que supo siempre que era pura puesta en escena, pura invención de sí mismo y de sus tantos otros. Pessoa lo sabe y lo enuncia: "el poeta es un fingidor". Y no solo el poeta sino sus infinitos desdoblamientos. Lo sabe Álvaro de Campos que, en su Oda marítima, confiesa: "Algo se rompe en mí".

Cortesía de la Casa del Teatro Nacional

Con hojas de papel en la mano, 27.543 páginas que evocan el compendio legendario de poemas y textos del baúl que encontraron cuando murió Pessoa, los actores dan ritmo al montaje, apabullan al protagonista, lo entierran, lo rodean y se lo disputan. Los papeles, que hacen las veces de espectro y de demanda, señalan las rutas de la puesta en escena. Resmas llenas de cartas, elucubraciones y poemas que lo acosan, le recuerdan su propia dislocación. "Soy el escenario viviente por donde pasan varios actores representando diversas piezas", dice, casi como destejiéndose a sí mismo, Bernardo Soares. Y la obra de Moyano es, sin duda, el summum de esa conclusión: un escenario que alberga otro escenario que alberga actores infinitos.

Sumado al constante ruido del papel y a todas las formas que asume, la música y la iluminación exacerban el aura de misterio insondable, de laberinto, que Moyano intenta canalizar. "Soy un evadido. Desde que nací, me encerraron dentro de mí. Sí, pero me escapé", susurra Álvaro de Campos. Y ese es el movimiento constante de la representación: un compendio de cuerpos —muchos y ninguno— luchando por independizarse, por saber quién necesita a quién. Un claroscuro en el que el poeta se debate entre el encierro en sí mismo o la apertura al encadenamiento infinito de una identidad que sabe construida. "Eres tú quien necesita de nosotros", sentencian sus heterónimos. Y, por supuesto, Pessoa lo sabe.

El manejo de ese drama oblicuo de fantasmas y heterónimos es lo más interesante de Los cinco entierros de Pessoa que, por lo demás, podría prescindir de ciertos episodios biográficos y de algunas decisiones escénicas de innecesaria literalidad (Ofélia misma, las máquinas de escribir, el gran barco de papeles, el escudo y la espada, el entierro bajo los poemas). Algunos diálogos, sobre todo los políticos o los que tienen tintes de humor, tampoco encajan orgánicamente en el marco general del agrietamiento identitario y textual que encarna el montaje. Más bien, habría que radicalizar el contrapunto entre el ejercicio poético de Fernando Pessoa, "el desconocido de sí mismo", la autonomía de cada uno de sus heterónimos, y los efectos y significados de la enfermedad mental de un personaje como la abuela Dionisia. Como dice Fernando: "Ahora comprendo que tus problemas psiquiátricos se parecen demasiado a mis problemas literarios".

Sí, como anunció en uno de sus versos, la biografía de Pessoa solo tuvo dos fechas: la de su nacimiento y la de su muerte. "Entre una y otra todos los días son míos", dijo. Esos otros días son, en esencia, la obra de Moyano. Un largo réquiem para más de cinco cuerpos, casi idénticos, sepultados en gabán y sombrero negro bajo el peso de sus propias palabras.

'Los cinco entierros de Pessoa' está en temporada de jueves a domingo en la Casa del Teatro Nacional (Carrera 20 #37-54) hasta el 29 de julio.