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verduras de las eras

La amada

OPINIÓN | Carolina Sanín hace un breve recuento de su vida y nos cuenta cómo y en qué momento decidió volverse feminista.

por Carolina Sanín
03 Noviembre 2017, 1:00am

Foto: Daniela Echeverry | VICE Colombia

Lo primero fue la nariz.

No lo primero primero: antes estuvieron los mil años que los hombres invirtieron en formalizar en la Biblia el patriarcado, y antes de eso pasaron mil y un años en los que se formó el patriarcado, y al mismo tiempo estuvo la invención del héroe en la épica, y luego estuvieron los trovadores con su invención del amor cortés y los caballeros con su invención del amor romántico, y luego vinieron los románticos con su invención del héroe romántico, y luego estuvo la novela victoriana, y luego estuvo Hollywood, y entremedio estuvo todo lo que pasó entretanto. No me refiero tampoco a cuando las mujeres no podían votar ni podían tener propiedades ni podían divorciarse. Hablo de lo que he visto que ha pasado durante mi tiempo: desde que yo no sabía que yo era una mujer hasta cuando me di cuenta de que lo era, y desde ahí hasta cuando voy viviendo que lo soy.

Crecí protegida de la revelación del género. Nunca sentí que ser hembra fuera distinto en nada de ser macho. Ni en la niñez ni en la adolescencia se me ocurrió que no pudiera hacer todo lo que podían hacer los hombres. Supongo que debo agradecerles a mi madre y a mi padre, que guardaron desprevenidamente esa inocencia, pues sin haber sido feministas (y con haber sido variamente catastróficos) querían que yo fuera todo y creían que lo era. En contravía a mis críticas a la educación segregada, supongo que me protegió también el haber estudiado en un colegio para niñas, que me impidió experimentar las diferencias entre actividades o expectativas según los sexos. Paradójicamente, me protegió también mi fe en mi belleza: yo me miraba y creía que era la persona más hermosa que existía. Era bella con confianza, altivamente, como si mi belleza fuera la naturaleza. Me protegió mi narcisismo.


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Sobre todo, me defendió de ser mujer un amor precoz y apasionado por los hombres. Me enamoré por primera vez y doloridamente a los cuatro años, de un amigo de mi madre. Calculé cuánto me faltaría para poder casarme, y con las cuentas hechas y la esperanza entera le pedí que me esperara. A los mismos cuatro años me enamoré de mi vecino, un año mayor que yo, que fue la compañía más ajustada que he tenido, y luego a los nueve me enamoré en la iglesia de otro niño, que me fue asignado como una especie de edecán en el sacramento de la confirmación y a quien nunca volví a ver. Todavía a los nueve me enamoré de uno menor que yo, a quien invité a pasar el día conmigo y me dejó plantada, y un año después me enloquecí por uno que era gordote, mexicano, Marciano de nombre, que nunca supo cómo me llamaba. A los doce me apasioné un día por un veinteañero rubio que vi de lejos, de calvicie temprana y ojos casi transparentes, a quien debí de aterrorizar pues le mandé mi teléfono escrito en una servilleta por intermedio de un mesero. No paré de amar a los hombres, divertida y con tristeza.

Digo que la fuerza de mi deseo me protegió de dudar de que fuera tan potente como un hombre, pues hizo que creciera viéndome como la amante, no como la amada; como el sujeto y no el objeto de deseo. Mi amor delirante me puso en el papel que el amor romántico destinó al hombre, y mi amor no correspondido me puso en el lugar del patriarca (cuyo rasgo más definitorio, como nos enseñó Pedro Páramo, no es el poder sino la impotencia frente a la amada irreal, misteriosa, inexistente).

Vuelvo a lo primero, que fue la nariz. En algún momento de mi niñez empezó a suceder que las mujeres se cambiaban por otra la nariz. Se la recortaban. La mayor prominencia del cuerpo —la que hace juego con el pene— tenía que ser diminuta en ellas mientras que en los hombres podía ser de cualquier tamaño. Yo nunca iba a cortarme la nariz: no me habría sometido al dolor físico y ya dije que, para poder atravesar una infancia infeliz, me enraizaba en la seguridad del espejo.

La operación siguió de arriba hacia abajo. Después de la nariz —de hacer que la mujer se mutilara aquello que el rostro humano tiene de quilla, de flecha, de ir hacia adelante— vino la anorexia. En el rostro femenino ya se había eliminado todo vestigio de erección, pero en el cuerpo femenino todo tenía que parecer erección recta sin desvíos. La mujer —la amada— debía parecer un muchacho, el personaje a quien nuestro hombre siempre ha amado realmente.

Yo crecía sin anorexia, pendiente de mi rostro vagamente andrógino, desentendida de mi cuerpo, que no existía pues —incluso a través de la primera menstruación, de los cólicos menstruales, de los pelos y de la humedad— yo no tenía sexo. Era mujer y hombre, ni hombre ni mujer. Seguí amando a hombres durante la adolescencia: a algunos que me ignoraban en persona y a otros que no me conocían —Sylvester Stallone, Diego Maradona, Charles Chaplin—.

Vinieron, entonces, las prótesis en las tetas. Por una parte, la teta grande prometía el desenlace del drama del destete; consolaba del abandono del que todos los humanos somos víctimas. Por otra parte, las tetas empinadas, enormes y redondas eran otro culo: en el pecho de la mujer, el culo penetrable del hombre amado por el hombre.


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Nunca se me ocurrió ponerme tetas grandes, ni wonderbra, casi que ni brasier. Entré en la juventud despreciando con mi belleza contemplada y descuidada a las mujeres, a quienes identificaba con su aliño; veía en ellas solo afectación y una limitación que me mostraba que no tenían vida sino tipo de vida; no carácter, sino estilo. Me parecían uniformes y llenas de remilgos. Aborrecía los que yo creía que eran sus temas. La única mujer que no me parecía inferior a un hombre era yo.

Pensaba que la conversación de los hombres era siempre interesante; de seguro eso se debía a que no los oía hablar entre ellos, sino solo conmigo, que inadvertidamente les exigía que me interesaran. De uno en uno, aprendí de ellos la primera lección de todo lo que sé y de todo lo que luego he pensado; ellos inauguraron mis investigaciones. Amar a los hombres fue un camino para amar la realidad y fue el impulso para buscarla.

En los hombres metí y de ellos saqué mi interés en el mundo, pues el mundo era suyo. Amé a algunos verdadera y falsamente, permitiéndoles la fantasía de que amaban a otro hombre (a una mujer que los impresionaba; a una que había renunciado a ser adorno, que era lo que ellos y yo creíamos que las mujeres eran).

Mientras me engañaba con mi hermafroditismo —ignorante del desgarramiento que me producían mi error con respecto a la feminidad y mi rechazo, que, aunque bruto y violento, había sido la condición de mi educación intelectual— el cuerpo de las mujeres seguía deformándose a mi alrededor. A la operación de las tetas siguieron la sacada de costilla para acentuar la cintura, que era la sacada de la costilla de Adán, que era la mujer misma; el bótox, que obligaba a la mujer a fingir que desconocía el arco del tiempo, y la prótesis en las nalgas, que hacía que la mujer no fuera ya la persona que posa, sino el sofá en el que se sienta a posar.

El cuerpo femenino se volvía un cuerpo penetrable por todas partes, un volumen destructible, al tiempo que se volvía más y más un cuerpo mentido. El cuerpo transformado afianzaba el lugar común medieval de la engañosidad de la mujer viva (contrapuesta a la amada ideal, que era la verdad misma). La mujer —la mentirosa— se convertía en el juguete maltratado de la cirugía, la ciencia que, con el reemplazo de la maga sanadora por el médico —siempre hombre—, había iniciado la exclusión de la mujer de toda ciencia.

Hay un disfrute particular en poseer a la mujer que se duerme en el quirófano y despierta distinta, que se ha matado y renace como zombi, como muñeca, como autómata. Hay un gran morbo (placer, asco, ansia) en saber que el objeto de deseo se ha modificado para satisfacer el deseo. Si puedo intuirlo es porque yo misma puedo sentir, en mi macho y patriarcal aspecto, esa excitación sádica con el cuerpo horadado, abierto y vuelto a cerrar, entumecido, dormido y despertado para el placer del otro, como la Bella Durmiente que despierta con y para el beso.

Tras mi educación intelectual, impulsada por los hombres a quienes amé en la carne o en la imaginación, empezó mi educación sentimental, que es quizá lo mismo que mi educación política, que es mi feminismo. Mi cuerpo no había sufrido por su propio deseo ni por el deseo del otro (yo ni siquiera había hecho una dieta, que digamos) y mi espíritu (o mi mente: quizá más adelante en mi educación pueda comprender la diferencia) se había formado como el de un hombre. Entonces comencé a publicar lo que escribía: lo que escribía como los hombres. Y me vi en los ojos de los hombres, y ellos vieron su expresión en mí y me hicieron saber que no era uno de ellos. Hasta ese momento, yo había despreciado el feminismo: llamarme feminista habría sido reconocer que tenía un reclamo por haber nacido en mi bella forma; habría sido decir que era una víctima, que era débil y que la fuerza de mi suprasexualidad —de mi vigor, de mi virtud, de mi virilidad— tenía pies de barro y era una construcción endeble hecha sobre una construcción maliciosa, el andamiaje patriarcal.

Tras mi educación intelectual, impulsada por los hombres a quienes amé en la carne o en la imaginación, empezó mi educación sentimental, que es quizá lo mismo que mi educación política, que es mi feminismo

Cuando publiqué lo que escribía —cuando me hice pública— se me reveló que todo lo que yo hiciera sería percibido y juzgado de manera especial: con repelencia, como se juzga una pretensión; con condescendencia, como se juzga la gracia de un niño; con rabia, como se juzga la alevosía de un subordinado. Había pretendido estar eximida de ser mujer, y de repente comprendía que había sido mujer siempre y que solo desde esa posición podría pretender la libertad; es decir, experimentar la vida además de buscar el mundo.

Me hice furiosamente feminista cuando me reprendieron por un tono que no se cuestionaba en los hombres; cuando la violencia patriarcal del público —de hombres y mujeres por igual— me devolvió un reflejo grotesco de mi voz.

Mi toma de conciencia del machismo en el amor fue tan tardía como fue madrugador mi amor. Ocurrió con el descubrimiento de que aquellos hombres que dejaban que yo los amara pues pensaban que por fin habían encontrado una mujer que era un hombre me despreciaban cuando se daban cuenta de que, al fin y al cabo, yo era una mujer —y que lo que en mí era mujer no era ornamento—. Me hice radicalmente feminista cuando vi que había pasado de ser amante a ser amada —o cuando vi que siempre lo había sido—; una amada adorada imaginaria, y luego una mujer equívocamente querida; amada con saña, que es como se ama a las mujeres reales.

Después de las de la nariz y las tetas y el culo y las arrugas, sigue la operación de la voz. Esa sí me la he hecho yo también. Si bien no he cedido a la imposición de moderar mi articulación en público, lo he hecho demasiadas veces en privado.

Me hice radicalmente feminista cuando vi que había pasado de ser amante a ser amada, o cuando vi que siempre lo había sido

En el fondo de la cama, en el presente de la intimidad, ha habido un momento en el que he hecho un sonido espontáneo de placer y enseguida me he preguntado si ese sí debería ser el tono; me he apartado de lo más animal, de lo más físico y perdido y propio, de la carne viva del bien, para controlar el tono del gemido siguiente. Me he corregido el gemido del preámbulo del sexo para que sea lo suficientemente femenino: es decir, para que suene auténtico pero no sea abrumador; para que dé la medida exacta entre víctima y satisfecha; para que sea sugerentemente agónico y aliente al macho. Para que sea de amada y no de amante: la queja de la presa.

El gemido modificado está también en nuestra aprobación del seductor, en nuestra resignación a las crueldades amorosas de tantos hombres, en nuestro consentimiento a su implacable envidia, en nuestra aceptación de sus promesas hechas sin intención de cumplirlas, en nuestra renuncia a la razón porque esta no nos permite que creamos la mentira masculina. En el "No lo busques, espera a que él te llame" y en el "Hazte desear".

En la historia general y común de nosotras, el encogimiento del gemido fue primero —estoy segura— que el achicamiento de la nariz y también primero que la Biblia.


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