¿Por qué los colombianos seguimos obsesionados con Caliwood?

Después de hablar con cineastas, críticos y con Luis Ospina, les explicamos por qué, después de más de 40 años, seguimos hablando de una generación que mandó (y manda) la parada en cine, literatura y arte en Cali.

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08 Abril 2016, 10:05pm

"Es en el 71 donde comienza toda esta historia". Luis Ospina, el afamado director de cine colombiano, llena una copa de un líquido que parece whisky mientras se dirige a sus acompañantes: Sandro Romero Rey, Elsa Vásquez, Luiba Hleap, Ricardo Duque, entre otros. Todos, alrededor de los 60 años, conocidos en la cultura de la cinefilia, la literatura y el arte. El foco no es solo el año. El foco es, sobre todo, la ciudad: una especie de mito fundacional del cine en Colombia.

Hablan sobre la Cali de hace 40 años, y de otros mitos con nombre propio que no están en la fiesta tomando trago. Dos, en realidad: el director de cine Carlos Mayolo (La Mansión de Araucaima, 1986, Carne de tu carne , 1983, Agarrando Pueblo, 1977, la telenovela Azúcar, 1989) y el escritor Andrés Caicedo (¡Qué viva la música!, 1977, Noche sin fortuna , 1976, La estatua del soldadito de plomo, 1967).

La conversación ocurre a las tres horas y siete minutos de haber empezado Todo comenzó por el fin (2016), el nuevo documental de Luis Ospina que narra su paso por una clínica a causa de un tumor que en 2012 lo tenía al borde de la muerte, y que, luego, le sirve como excusa para adentrarse en la historia de la tríada mágica que él completa con Mayolo y Caicedo: mientras ellos dos buscaron la muerte, él logró sobrevivirla un rato más. Eso es.

Lo que me llama la atención de todo esto, sin embargo, es la nostalgia que inspira este episodio de la historia de Cali. El por qué. Tantos años después seguimos hablando sobre lo mismo: hay una fila de libros nuevos de Andrés Caicedo, críticas de cine recopiladas una tras otra, extractos inéditos de sus diarios o conferencias sobre su obra; está el reciente reencauche de la serie Azúcar; hace unos meses el teatro Casa Ensamble en Bogotá, dedicó una temporada entera de microteatro a esa época de Cali, carimañola en el restaurante y charla entre Alejandra Borrero, Luis Ospina y Sandro Romero incluidas.

Sigo. ¿Por qué hubo un "grupo de Cali" y no un grupo de Medellín, uno de Bogotá? ¿Y por qué, después de varias décadas, algunos seguimos obsesionados con eso que empezó a llamarse "Caliwood"?

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En 1990, Eugenio Jaramillo ––quien también hizo parte de las personas que circulaban en Cali en la época y que capturó a sus protagonistas en fotografías–– publicó un cuadernillo titulado Caliwood, en el que sugiere una explicación histórica sobre el auge que luego tendría el cine en la Cali de los años 70.

Según Jaramillo, la historia de Caliwood empieza mucho antes, al menos 40 años, en 1922, con la filmación de María, el primer largometraje realizado en Colombia y que se rodó en la capital vallecaucana. Ese fue también el caso de Flores del valle (1941), la primera película con sonido y de La gran obsesión (1955), el primer largo a color. Cali pegó primero.

Luis Ospina y Carlos Mayolo.

Lo mismo piensa Luis Ospina, quien me dio esos ejemplos cuando le pregunté el por qué del mito. "Cali ––me dijo–– es pionera del cine en Colombia, pero después de La gran obsesión no se volvió a hacer cine allá hasta que surgimos nosotros. Aunque, realmente, yo no se cuál es la razón por la que en Cali hubo un especial talento para el cine".

Podría ser una alineación de los astros. Algo místico. Gente talentosa nacida en la misma época y en el mismo lugar destinada a hacer grandes cosas.

Algo tendrá que ver, sin embargo, el contexto que rodeaba a la llamada sucursal del Cielo por el momento. El inicio del grupo de Cali ha sido situado, por quienes han contado su historia, en los VI Juegos Panamericanos que tuvieron lugar en 1971.

El evento fue cubierto oficialmente por Diego León Giraldo, un director colombiano que, por encargo, realizó un documental sobre los eventos deportivos. Como respuesta, por una llegada tarde, y motivados por un sentimiento contestatario muy a lo "mayo del 68", Ospina y Mayolo realizaron el corto Oiga vea que mostraba a todas esas personas que se habían quedado por fuera de los estadios, al otro lado de las rejas. Allí empezó todo.

Realmente, yo no se cuál es la razón por la que en Cali hubo un especial talento para el cine – Luis Ospina.

El resultado es un cortometraje satírico que critica la cara que se vende de una ciudad contraponiéndola con la que queda relegada, la periférica, la pobre. Oiga vea se volvió el primer ejercicio del tipo de humor que luego caracterizaría otras películas como Agarrando pueblo en 1977, una burla frentera a la "pornomiseria" de la que estaban llenos muchos documentales colombianos del momento.

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Aunque la situación alrededor de los Juegos Panamericanos fue puramente caleña, es imposible pensar que asuntos como la segregación social y la gente creativa no existieran juntas en ninguna otra ciudad de este país. En Todo comenzó por el fin, Óscar Campo, director caleño que alcanzó a hacer parte del círculo pero perteneció a una segunda generación de realizadores, se hace la misma pregunta, y encuentra parcialmente la respuesta en la renovación urbanística y social que estaba teniendo lugar en la ciudad:

"No solamente estaban los Juegos Panamericanos (...) La ciudad se modernizó, y había mucha gente que yo creo que estaba cambiando y al mismo tiempo nutriéndose de ese cambio. Es como si la ciudad misma hubiera empezado a generar otro tipo de lenguajes para comprenderla".


Fotograma del corto Oiga vea de 1971.

De igual forma, Pedro Adrián Zuluaga, periodista, profesor y crítico de cine, con quien me senté a hablar hace unos días afuera de un salón de la Universidad de los Andes, me contó sobre los factores institucionales que, durante esa época, influyeron de forma directa (ya no simbólica, ya no de rebote) en la cultura de la época.

Por un lado, en 1977, se creó Focine, una iniciativa del Estado para financiar las películas nacionales, cosa que dio paso a una explosión en el número de producciones nacionales y regionales. "En los 80 surge una conciencia de lo regional. Se empieza a pensar en cine desde la periferia. Hay una televisión centralista y un cine centralista, y la respuesta a eso es hacer un cine regional que se alimente de los mitos, la literatura y los paisajes regionales".

No cualquiera en Colombia podía irse a Estados Unidos a estudiar en UCLA, en los 70, y menos a estudiar cine. – Juan Carlos Lemus.

Sin embargo, este auge de las producciones regionales no fue exclusivo de Cali. Al mismo tiempo que Mayolo y Ospina, Víctor Gaviria ( Los habitantes de la noche, 1983, Rodrigo D. No futuro, 1990, La vendedora de rosas, 1996-1998) estaba haciendo lo mismo en Medellín y 'Pacho' Bottía ( El guacamaya, 1983, La boda del acordeonista, 1986, El faro 2014) en Barranquilla. Para el periodista y comentarista de cine Juan Carlos Lemus, el éxito que tuvo el círculo de Cali sobre otros lugares del país fue una cosa de azar y de plata.

Dice que se trató de un momento en que varias personas interesadas en los mismos temas nacieron en fechas cercanas y se conocieron y empezaron a hacer cosas. Y de gente, además, que tenía los medios económicos para estudiar y dedicarse al cine, como fue el caso de Ospina. "No cualquiera en Colombia podía irse a Estados Unidos a estudiar en UCLA, en los 70, y menos a estudiar cine", me dijo Lemus por Skype desde Sri Lanka, donde escribe para revistas especializadas como Kinetoscopio, Arcadia y The End Magazine.

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Por su parte, para Óscar Campo, el director, el hecho de que las producciones y los realizadores de la época en otras ciudades no sean reconocidos por la historia como "grupos" tiene que ver con el hecho de que allí no hubo colectivos consolidados. Eso mismo me dijo Luis Ospina: "Los casos de Medellín y la Costa son aislados. ¿Quién, aparte de Pacho Bottía, hacía películas en la Costa? ¿Aparte de Víctor Gaviria, quién hacía trabajos valiosos en Medellín? No trabajaban en grupo, ahí está la diferencia".

Aparte de la suerte, las financiaciones estatales, la transformación de la ciudad y la solidaridad del grupo ––elementos todos que aportan a este mito de forma muy amplia––hay un evento real ineludible: el marketing alrededor del concepto de "Caliwood", la memoria que sus mismos miembros se han encargado de difundir.

Andrés Caicedo y Luis Ospina.

No importa si usted no sabe mucho de cine o si no ha visto una película de Ospina o de Mayolo, lo más probable es que, aún así, conozca algo de ellos: lo mínimo. Esta vigencia que tiene el grupo, dicen Pedro Adrián y Óscar Ruiz Navia, director caleño de la generación más joven, se debe sobre todo a una labor de registro, de conservación de archivo y de memoria que han desempeñado al interior los señores Luis Ospina y Sandro Romero Rey.

"El grupo tiene la figura de Andrés Caicedo que, sin duda, es un gran escritor pero que también se constituyó como un mito por su temprano suicidio y su no negociación con la realidad. Su suicidio se vuelve un emblema, una cosa muy trágica pero al mismo tiempo un evento capitalizable en términos de mito", me dijo Pedro Adrián. La construcción de ese mito se ha reforzado por la labor que Luis Ospina y Sandro Romero han hecho en la recopilación de textos y manuscritos de Caicedo después de su muerte.

Para Pedro Adrián bien pudo existir un "grupo de Medellín", con Víctor Gaviria a la cabeza y con otros nombres como Gonzalo Mejía, Regina Pérez y Juan Escobar, pero el problema fue que, a diferencia de Cali, el material producido en la época en Medellín no se conservó de una forma rigurosa y juiciosa.

Yo creo que nosotros, los del grupo de Cali, fuimos los que tiramos la primera piedra como grupo cohesionado. A partir de ahí ha sido una carrera de relevos – Luis Ospina.

En Ospina, en cambio, prolifera. Es una habilidad que va desde las memorias inventadas, como en Un tigre de papel (2007) hasta las más crudas y tangibles, como en Todo comenzó por el fin, donde su habilidad como reconstructor de memoria es innegable. ¿De qué otra manera, si no esta, uno se quedaría tres horas y media pegado a una pantalla escuchando testimonio tras testimonio sin sentir necesidad de ir al baño sino es porque la historia está muy bien echada?

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"Yo creo que nosotros, los del grupo de Cali, fuimos los que tiramos la primera piedra como grupo cohesionado, en el que todos trabajábamos juntos en las películas de cada uno por 20 años. A partir de ahí ha sido una carrera de relevos", me dijo Luis Ospina.

Uno de los nuevos directores que se formaron en la cinefilia caleña naciente fue Óscar Campo, quien durante la época del grupo de Cali realizó películas como Colombians in Korea (1989) y Recuerdos de sangre (1990). Posteriormente, una vez terminado el grupo de Cali Campo entró a enseñar a la Universidad del Valle, donde también se encargó del programa documental Rostros y rastros, que a su vez marcaría a una nueva generación de directores caleños.

Sandro Romero, Werner Herzog, Carlos Mayolo y Luis Ospina.

"Antes de estudiar comunicación social, que fue donde descubrí el cine realmente, tenía como influencia y referente el programa de Rostros y rastros, donde participó Luis Ospina y muchos del grupo de Cali, al inicio, y que luego entró a liderar Óscar Campo", me dijo Santiago Lozano quien, junto a Ángela Osorio, estrenará próximamente la película Siembra. Para él, al igual que para Óscar Ruiz Navia, director de El vuelco del cangre (2009) y de Los Hongos (2014), la incidencia del grupo de Cali influenció directamente su interés por el cine y, posteriormente, en la actitud que asumieron frente al cine cuando empezaron a contar sus propias historias.

A principios de los 90 Mayolo, Ospina y varios otros del grupo de Cali se fueron de la ciudad. Pero la cinefilia se quedó en la ciudad. Según Óscar Campo, se condensó en la carrera de Comunicación Social de la Universidad del Valle, en la que, desde entonces y hasta ahora, él es profesor, ha dirigido tesis y dado clases a una larga lista de directores que ahora están marcando el ritmo del cine en el país (Jorge Navas, Carlos Moreno, William Vega, Óscar Ruiz Navia, César Acevedo, Santiago Lozano, Ángela Osorio etc.).

Fotograma de Luis Ospina en Todo comenzó por el fin.

Y aunque, ni Ruiz Navia ni Lozano, piensan que se pueda hablar actualmente de otro "grupo de Cali", afirman que sí ha habido nuevos grupos. "Nosotros entre todos nos hemos ayudado muchísimo. Por ejemplo William Vega [director de La Sirga] fue nuestro asistente de dirección, yo fui el productor de él; César Acevedo [director de La tierra y la sombra] fue mi guionista, yo le ayudé también a él; Santiago Lozano fue el asistente de dirección de La Sirga etc"

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Sin embargo, lo que resaltan Campo, Lozano y Ruiz Navia es que la herencia del grupo de Cali es ante todo una postura frente al cine más que un estilo, que se consolidó sobre todo por una pasión de hacer cine. La misma pasión con la que actualmente Ospina sigue haciendo documentales al borde de la muerte, o que se le desborda a Sandro Romero cuando escribe sus crónicas (o libros u obras de teatro) sobre la juventud en Cali.

Tal vez la discusión ni siquiera está ahí. Hoy, contrario a hace cuarenta años, los lenguajes son cada vez menos locales y el cine termina siendo más universal. En últimas, el cine de un país termina construyéndose en la cadena de personas que se nutren e influencian entre sí independientemente de su ubicación geográfica. El mito, probablemente, subsiste por eso también: en esa época, y durante mucho tiempo, hubo referentes cortos. Le hablaban al mundo desde una ciudad con nombre propio.

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A Tania le parece que de 1 a 10, el documental de Ospina es un 8 1/2, ¿y a usted?. Cuéntele aquí.