Una musa con chaqueta de lentejuelas

¿Qué tanto importan los llamados "fashion bloggers" en la industria de la moda colombiana?

|
21 abril 2014, 6:05pm

Ilustración por Bleepolar.

En la entrada del blog, 10 fotos de su look del día. Posa junto a la fachada de un restaurante y sonríe, aferrándose a su bolso sobre. Lleva tacones de aguja, un skinny jean que se delata muy fino a pesar de los rotos y desgastes de tendencia, una camiseta estampada y una chaqueta en lentejuelas rosadas que yo jamás me atrevería a ponerme de día (aunque me gustaría). Veinte comentarios de los lectores de su blog aseguran que se ve perfecta: que cuente dónde compró esas pintas tan divinas, que siempre tan regia. Tras ese despliegue digital de elogios, alguna lectora caerá en la trampa de preguntarse internamente cómo imitar a la impecable blogger con el inferior repertorio de su propio closet.

Los fashion bloggers colombianos solo han tomado relevancia recientemente, enfrentándose a la difícil tarea de hablar de estilo en un país que ofrece pocas herramientas para lograr discursos innovadores. Tener un blog, que podría considerarse tan común y corriente como tener un perfil en Facebook, se vuelve un motivo de debate sobre lo mucho o poco que deben importar tantos opinadores en esta industria.

La subjetividad es clave: el blogger de estereotipo es apasionado y, aunque no estudió nada relacionado con la moda, le sobran los comentarios sobre el tema. Algunos lectores celebran esta autenticidad en el discurso como una nueva cara de la moda, más espontánea e informal. Los más tradicionales, por otro lado, rechazan al bloguero porque sus opiniones son solo eso, sin argumentos de fondo para poder “criticar” una colección.

La proliferación de los blogs en la última década se interpreta como un signo de la democratización de la moda. La posibilidad de hacer parte de las historias que se cuentan cada temporada, opinando, reseñando, compartiendo, incluso participando de los eventos antes reservados para la élite del gremio. Puedes crear tu blog, hacerlo popular y terminar sentada en primera fila en un Fashion Week, robando el puesto que solía ser de un periodista.

Volveré a nuestra bloguera en chaqueta de lentejuelas (‘Egoblogger’, como se le llama a esta capitalización del narcisismo). El reto más grande de esta mujer es hacer de su vida un anhelo estético masivo, atraer lectores a su blog, a su Facebook, a su Tumblr, a su Pinterest, a todas las redes sociales en donde pueda mantenerse interesante. En su Instagram: nuevos ángulos de la chaqueta de lentejuelas, alternados con imágenes en exclusivos eventos, un cupcake (que ella no se comió) y frases trilladas de Coco Chanel y Deepak Chopra en esos nauseabundos fondos de atardeceres coloridos.

Si la vida se ha convertido en un proyecto ornamental, abandonando las aspiraciones éticas por las estéticas, la egoblogger nos va ganando a todos. Mientras nosotros compartimos selfies enfiestadas disimulando la soledad que nos habita, ella comparte imágenes de su look de hoy y nos convence de que en realidad su existencia es tan hermosa como su atuendo.

Nuestra bloguera genérica hace de su chaqueta de lentejuelas un objeto de deseo, impregnada de los valores sofisticados de su propia persona. Ella sugerirá con entusiasmo que las lectoras podemos imitar fácilmente su look, hasta recomendando los almacenes en los que se encuentran las prendas. Y en ningún lugar de esa propuesta para mejorarnos la vida nos dice que la marca de la chaqueta le está pagando por eso.

La moda se ha ido comiendo la autenticidad y libertad del bloguero apasionado y en su lugar deja una vitrina para la pauta publicitaria. En forma de regalos, de cordiales sobornos, de pago por cada mención, la portadora de la chaqueta de lentejuelas encuentra recursos para mantener el estilo de vida que tanto nos encanta. No hay engaño en llenar de banners publicitarios una página, pero tal vez las lectoras no se percatan de las etiquetas de precios escondidas en los comentarios de aquella bloguera favorita.

El blog es un buen negocio precisamente porque parece inofensivo. La moda adaptó este formato a su conveniencia. Las grandes revistas de temas femeninos incorporaron al bloguero en columnas y editoriales; los periodistas que antes rechazaron el ridículo valor de la opinión de un cualquiera, ahora crean sus propios blogs de estilo y usan #hashtags a ver si con eso vuelven a estar vigentes. En cuanto a las marcas, bombardean de regalos a mujeres como nuestra egoblogger en chaqueta de lentejuelas, esperando recibir a cambio una mención agradecida –nada forzada– en sus redes sociales. Los más astutos la invitarán a dar charlas de estilo, a ser modelo de relojes y hasta a escribir sobre papel higiénico de colores como un tema muy chic.

La bloguera que apareció como un signo de la democratización de la moda, rápidamente se convierte en un artificio más para la venta. Su blog es un proyecto estético que la declara exitosa bajo el estándar de nuestro tiempo. Sonríe en las fotos de su look del día, envuelta en su chaqueta de lentejuelas rosadas y me parece que en este disimulado mensaje publicitario, el producto mejor vendido es ella misma.

Sigue a Diana por Twitter y checa su blog por acá.

Más VICE
Canales de VICE