Publicidad
Anecdotario

Recordando a Blacky, el trovador de la calle

El vagabundo de profesión que se volvió banda sonora de la séptima en Bogotá.

por Juan Pablo Conto
17 Mayo 2016, 11:28pm

Parado en frente del Centro Comercial Terraza Pasteur, en la 7 con 23 en Bogotá, se paraba Blacky con una guitarra desgastada de apenas dos o tres cuerdas que complementaba con golpes al cuerpo del instrumento. Así, armaba una suerte de beat con el que le imprimía el flow a sus letras que, como banda sonora de la calle, se fueron transformando en un referente en el centro de la ciudad entre finales de los 90 y la primera década del 2000. Los que lo vimos, fuimos testigos de su particular carisma, y quizás lo recordamos por las sonrisas que sacaba con clásicos del septimazo como “Mi novia me importa un culo”, o letras en las que cantaba “súbete hijueputa que te vamos a llevar a la UPJ, ¿ay pero por qué?... ¡por huevón!”. Temas que siempre tenían como base una suerte de follk de callejón, en el que Blacky, con la vibración de su par de cuerdas y un golpe rítmico contundente, cantaba sobre el vicio, la vida en el asfalto, la policía, las relaciones sociales y demás cosas que constituían su vida como habitante de la calle.

Luis Orjuela, como decían sus papeles que se llamaba, era un tipo de fábulas, empeliculado con un mundo paralelo al de los andenes de Bogotá en los que vivía. Repetía con frecuencia que nació en Guapi, pero que se crió en Gorgona adoptado por unos gringos. Hay quienes dicen que en realidad nació en Puerto Tejada. Sin embargo, nunca hubo claridad sobre este asunto porque, de repente, él mismo cambiaba la versión y se hacía oriundo de otro lugar.

No es claro como terminó en la calle, pero dicen que antes de recorrer el asfalto de varias ciudades del país, fue músico en Cali y que luego decidió buscar suerte en la capital, a donde llegó en los años 70. Pero también hay quienes afirman haberlo visto en algún momento de la década del 90 por Buenaventura, haciendo chistes callejeros en el Parque Néstor Urbano Tenorio.

Se autodenominaba pionero del arte de la calle. Contaba que llegó como polisón a Nueva York, que tocó con las mejores orquestas de salsa y que compartió con Celia Cruz y Héctor Lavoe. Claramente no hay pruebas de nada. Otras fuentes afirman que cantó en algunos capítulos del Show de Jimmy y que incluso, ahí, se presentó al lado del violinista Alfredito de la Fe, el músico cubano que vivió un tiempo en Colombia y que cambió el papel de este instrumento en la salsa y en la música latina en general. Lo que sí es verificable es que participó en un cortometraje llamado Hijos de la ciudad, en el cual interpreta una canción junto a un grupo medio folclórico llamado Allpanchis justo antes de los créditos.

El tipo le daba la bienvenida a cualquiera que le hablara, siempre que se lo pedían cantaba sus canciones y contaba su historia. Con cierta vanidad de estrella, sabía que la gente lo quería oír. Y así, convencido de lo suyo, era como se comportaba. Quizás esta personalidad lo hizo juntarse con César López, músico muy recordado por la escopetarra, con quien trabajó en el proyecto Invisibles Invencibles, en el que se buscaba reunir “gente de la calle que a pesar de que no era famosa, que no salía en la televisión, seguía luchando por un sueño, más allá de las condiciones en las que estaban”, explica César.

Cuando organizaron las convocatorias para este, el nombre de Blacky ya era referenciado por muchos, y él lo sabía. Por eso, apenas terminó su audición, le dijo a César: “yo se que ya gané, así que me hacen el favor y me dan para el almuerzo”. Fue un proyecto difícil y en el que hubo que lidiar con las particularidades y realidades que cargaba cada uno de los cuarenta participantes. Blacky supo aportar lo suyo: “una idea de la naturalidad frente al sonido, frente a la música, frente a la idea artística” y además una faceta muy cariñosa, recuerda César. Por fuera del ambiente callejero en que se desenvolvía, donde ponía cara de malo todo el día, el músico callejero recostaba la cabeza encima de sus compañeros para expresarles cuanto los quería. Fue aquí donde "Mi novia me importa un culo" se terminó de popularizar.

Tenía su público y, aunque se sentía una estrella, no le importaba su invisibilidad, seguía trabajando en una línea, atrapaba la ciudad y la volvía canción. El tipo escogió su vida. Decía que no sufría, que la violencia solo se la daba uno mismo. Era un vagabundo de profesión. Habitante de la calle, amante de la bareta, tomaba el trago que le pusieran y nunca se separaba de su guitarra.

Padre de dos hijas. Quizás tres. Ellas lo cuidaban a él. Lo visitaban. La última vez que Catuca vio a su padre le dio cuatro lucas para una pieza y cantó con él “Pégale su puño a ese hp”. Días después, un 9 de Diciembre de 2010, a sus 52 años, segú El Tiempo, El Espectador y otros medios nacionales, cuando iba rumbo a una habitación en el barrio Santa Fe, Blacky cayó por una alcantarilla. Llegó con vida al Hospital de la Samaritana, pero la caída fue tan fuerte que no pudo resistir. Ella lo despidió en una funeraria de Teusaquillo y luego los artistas de la calle en el Cementerio Central.

¡Hasta siempre, viejo Blaky!