Nadie me odia más que yo

Minoría de edad

NUEVAS VOCES | 'Soy esa persona que utilizó su mayoría de edad para perder la conciencia cada viernes, pero no para instruirse y para tomar decisiones'.

por Juan Ruge*
12 Marzo 2018, 10:45pm

Foto: Sebastián Comba | VICE Colombia

No sabía si estaba preparado para votar, pero no tenía más tiempo para pensarlo. Pasé el mes anterior a las elecciones de congreso pensando en esta idea de la columna de Carolina Sanín, titulada “La hija”, en la que explicaba cómo muchas mujeres con el movimiento #MeToo estaban reclamando una especie de minoría de edad, que se les protegiera, porque ellas mismas eran incapaces de reconocer su deseo. Esa idea, la de la minoría de edad como esa imposibilidad de valerse del propio entendimiento para decidir y actuar en el mundo, es una idea kantiana y, cuando la columna me la recordó, esta comenzó a resonar en mi cabeza. Entonces empecé a cuestionarme sobre la actitud que yo, como sujeto, estaba tomando ante las elecciones venideras.

Me sentía una persona incapaz de votar. No puedo decir que mis padres me hubieran dado una crianza política. Cuando era adolescente, la política para mí estaba en esos debates que se armaban en la sala de la casa de algún pariente, que mi papá odiaba pero fingía tolerar, y yo prefería estar en otro lugar haciendo cualquier otra cosa. A medida que se acercaban las elecciones de este año la idea resonaba cada vez más y tomaba forma de pregunta —no estoy lo suficientemente informado, lo suficientemente enterado, lo suficientemente ilustrado, ¿quién soy yo para decidir?—. Deseaba volver a ser ese adolescente y no tener que tomar esas decisiones, no tener que vivir con las consecuencias de mis actos. Pero seguía escuchando a los candidatos con los que sentía más afinidad insistir en el poder de un voto, a las personas que me rodean reafirmar la importancia de ir a las urnas y hacer valer mi existencia como un sujeto mayor de edad, con un documento que así lo prueba.


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Se sentía como una obligación, ilustrarme para usar bien ese voto. Faltando dos semanas hice mi mejor esfuerzo por entender cómo funciona esa complicada estructura política, pero el viernes antes de las elecciones todavía tenía mis dudas. Sabía a quiénes quería apoyar, pero no estaba muy seguro de cuál era la forma más efectiva de hacerlo: ¿acaso un voto bastaba? Ese mismo viernes resulté en una casa con los amigos desconocidos de un amigo. Ellos propusieron jugar “cacho”. Ya estábamos un poco ebrios y yo no conocía el juego en absoluto. Pude haber decidido no jugar y solo observar. Pero no lo hice. Ellos intentaron explicarme el juego, que sonaba bastante complicado: cada persona tenía un determinado número de dados, cada dado un determinado número de caras, cada cara un nombre referente al número, y el objetivo era calcular cuántas veces podría estar la misma cara dentro de la cantidad de dados en el juego.

En mi cabeza se trataba de una operación matemática, pero ¿cómo iba a ser capaz de calcular eso? Tenía miedo de hacer el ridículo. En ese momento volví a tener la oportunidad de hacerme a un lado y solo observar, pero jugué. A medida que la partida avanzaba, me daba cuenta de que el juego se trataba menos de calcular con exactitud, y más de jugar con posibilidades dentro del azar al lanzar los dados. Aunque había maneras de acercarse a las probabilidades de una manera racional, la idea era 'cañar', suponer, especular, dudar, confiar y perder o ganar. Quedé en tercer lugar en un grupo de seis. Seguimos bebiendo y luego fui para mi casa.

Al llegar, me di cuenta de que no tenía dinero suficiente para pagar el taxi. Le dije al conductor que me esperara mientras subía por más plata. Él, desconfiado, me dijo que le dejara algo como prueba de que volvería, mi celular o mi documento de identidad. Le di el documento y la plata que ya tenía. Subí a mi casa, volví a bajar, le di un billete de 50 mil pesos, me devolvió lo que ya le había dado más las vueltas. Mi despistado ser ebrio olvidó por completo el documento en ese proceso. De vuelta en mi casa caí en cuenta de lo que acababa de pasar.

Al día siguiente me sentía triste. No dejaba de odiarme por ser esa persona borracha que pierde la cédula un día antes de las elecciones. Aparte era totalmente imposible escapar de mi desgracia: en redes sociales, en el televisor de la sala y en el almuerzo; en las calles y en el centro comercial en el que deambulé con un amigo. Todo se trataba de las elecciones, absolutamente todo.

No dejaba de odiarme por ser esa persona borracha que pierde la cédula un día antes de las elecciones.

No sabía lo mucho que quería votar hasta que perdí el derecho a hacerlo. El día de las elecciones me di cuenta que votar jamás había sido una obligación, aunque las expectativas y la presión social así lo disfrazaban. Entendí que no era necesario saberlo todo para confiar y apoyar a quienes quería apoyar. Que a medida que fuera ejerciendo el voto e interesándome por lo que sucedía con él, en relación con el de los demás, iba a comenzar a entender esa complicada estructura política participando en ella. Pero ya era demasiado tarde y estaba condenado a la minoría de edad que tanto anhelaba unas semanas antes. Entendí la lucha de las mujeres por un voto hace casi un siglo, esa impotencia de ver cómo muchos otros: unos informados, otros no tanto, y otros totalmente desinformados, igual ejercían ese derecho. Pero ya no pude jugar esta vez, solo observar.


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* Una versión de este texto fue publicado originalmente en el blog MI PC.

** Este es un espacio de opinión. No representa la visión de VICE Media Inc.