Salud

Pasé 80 días intentando sacar un six-pack y mi vida se fue a la mierda

Perdí trece kilos y mucha grasa corporal y todo lo que me costó fue mi vida social, mi relación y cualquier alegría que tuviera en mi vida.

por Graham Isador; traducido por Sergio Ávila
22 Diciembre 2017, 8:41pm

Imágenes de antes y después por Nicole Bazuin.

Hay una foto de Hugh Jackman que ha estado circulando desde hace un tiempo en Internet. Es un disparo de antes y después comparando el físico de Jackman en la primera película de X-Men con el físico de una de sus últimas películas de la franquicia. En la primera imagen el actor es medianamente musculoso y tiene un estómago plano. En la segunda, Jackman parece un personaje de dibujos animados. Es ridículamente venoso y tiene un torso que parece una letra V deshidratada. Hay comparaciones físicas de fotos de The Rock antes y después de su éxito en Hollywood. Chris Evans en Fantastic Four comparado con Chris Evans en Captain America. Hasta Paul Rudd —cuya carrera está basada en la representación del hombre de a pie descuidado— tiene fotos antes y después. En Hollywood se han vuelto comunes las transformaciones físicas, y han coincidido directamente con el surgimiento de las películas de superhéroes en el mainstream. Se espera cada vez más que los protagonistas se parezcan a sus contrapartes de los comics. Ha redefinido nuestro concepto ideal del cuerpo y de quién está y quién no está en forma.

El mejor ejemplo de esto es Chris Pratt. La transformación del cuerpo de Pratt para Guardians of the Galaxy dominó la prensa de ese momento: de comediante gordito a protagonista esculpido. Lo que decía todo el mundo es que antes de que tuviera su six-pack, su cuerpo era el chiste. Él era el compañero fuera de forma, desaliñado. Si ha pasado un tiempo desde que viste fotos (o gifs) de la era de Pratt de Parks and Recreation, haz click en uno de los links. ¿Sorprendido? A pesar de lo que nos han vendido una y otra vez, se ve bastante normal. Pratt, antes de ser Starlord, se ve mejor sin camiseta que la mayoría de hombres que conozco. Si ese es el standard para el tipo gordito, ¿qué nos queda al resto de nosotros? Esto es suficiente para jodernos la cabeza.

Cuando era niño, sufrí por mi peso. La pubertad temprana me infló hasta los 105 kg y a los once años me gané el cruel apodo de kid tits (tetas de niño). Los comentarios de los otros niños me dejaron con un trastorno alimenticio severo cuando llegué a mi adolescencia. El peso se volvió en una obsesión. Aunque he pasado mucho tiempo hablando con terapeutas sobre imagen corporal, sigo teniendo muchos efectos de mi trastorno alimenticio en todo en mi vida, desde mi adicción leve a las gaseosas light, a mi increíble habilidad de terminarme un paquete sin importar el tamaño que tenga. Ese historial complica mi relación con la comida y el ejercicio y, en algunos momentos, también baso mi autoestima en cómo luzco desnudo.

Más temprano este año, en medio de una desventura en la escritura de un artículo, caí en un hoyo negro de videos de ejercicio de YouTube. Vi durante horas a personas que solían ser gordas hablando de la alegría que les traían sus nuevas figuras; a pseudo-científicos ofreciendo pastillas milagrosas y malteadas. Incluso estuve viendo monólogos motivacionales de películas con bandas sonoras de nu-metal. Todo eso me hizo preguntarme qué tendría que hacer yo para llevar a cabo ese tipo de transformaciones. Aunque prácticamente me había resignado a la idea de que los abdominales eran algo que le pasaba a la otra gente —como tener un buen crédito o enamorarse—, quería saber si, dando todo de mí, podría ser posible tener un six-pack. Y, además, dado mi historial, ¿debería intentarlo?

Esas preguntas rondaron mi cabeza por meses mientras caminaba durante cuarenta minutos en la elíptica, o mientras devoraba tacos estando borracho en las noches. Volvía a ver videos de transformaciones físicas y empecé a buscar páginas de internet sobre dietas y nutrición. Cuando lo mencioné a mis amigos, ellos fueron respetuosamente dubitativos al respecto. Les preocupaba que el dedicar una franja de mi tiempo a perder peso y romper viejas barreras sin duda me dejaría en un pésimo estado. Sugirieron un enfoque más práctico, pero la verdad es que toda mi vida adulta había intentado casualmente ese enfoque práctico: ya voy al gimnasio un par de veces a la semana; tomo malteadas de proteína; bajé videos de yoga que algunos exluchadores promocionaban e incluso intenté una cosa que se llama insanity, un programa que, según entendí, promueve la pérdida de peso a través de una combinación de actitud positiva y saltar arriba y abajo. No quería más enfoques casuales. Quería tener un six-pack.

Mi aplicación para mantenerme en forma.

Después de meses de deliberación, finalmente decidí que intentaría tener mi propia transformación física. Escogí la de los abs en ochenta días. Quería tener resultados notorios en un periodo de tiempo que pareciera difícil pero posible. En el transcurso de once semanas y media logré estar en la mejor forma de toda mi vida. También logré aislarme de las personas más cercanas a mí, causar gran daño a mi relación, y cagarme encima. Dos veces. Lo siguiente es la documentación de mi intento por tener abs en ochenta días:

Semana uno: 95 kilogramos. 22,3 por ciento de grasa corporal.

Para asesorarme en mi transformación corporal pedí ayuda al experto en acondicionamiento, Geoff Girvitz. Girvitz es el dueño de Bang Fitness, un gimnasio que ha ayudado a todo el mundo, desde mamás de niños de colegio hasta luchadores profesionales, a conseguir sus objetivos. Desde hace mucho conozco a Geoff. Es paciente, sabio y astuto. Como el señor Miyagi, si el señor Miyagi estuviese escrito por Wes Anderson. Si alguien me podía ayudar a alcanzar mi objetivo, era él.

Cuando hablé con Geoff por primera vez, me dejó claro que bajo circunstancias normales, él no se habría hecho cargo de este proyecto. Como mis amigos, él era partidario de un acercamiento a largo plazo: equipar a los clientes con pequeños hábitos saludables resultaba en cambios más grandes y duraderos. Mi cambio rápido crea expectativas irreales. Me hizo saber que era más posible que esto terminara en un aprendizaje en vez de un six-pack. Aún así, Girvitz accedió a armarme una rutina y un plan de dieta amplio, con la advertencia de que debía ser honesto con él frente a la experiencia.

Cuando le comenté a Geoff sobre mi tema corporal, él me hizo un par de preguntas. ¿Por qué quería tener abs en primer lugar? Respondí murmurando unas líneas medio ensayadas sobre dedicación y sobre el valor de ir más allá de la zona de confort. ¿Qué creía que tenía la gente con abs que yo no tuviera? Dije que quería sentirme más atractivo y quería mejorar mi vida sexual. ¿Estaba usando los abs como un remplazo de confianza? Seguramente, ¿pero acaso no es lo que hacemos todos? Geoff sacudió su cabeza y dio una carcajada. Me pidió que me parara en la báscula.

La báscula en Bang Fitness es metálica y brillante, y está conectada a un computador rudimentario que, de alguna manera, parece del pasado y el futuro al mismo tiempo. Cuando uno se para en ella, hace un sonido divertido. El computador luego muestra una serie de gráficos que reflejan el peso total, porcentaje de grasa corporal y la masa corporal magra. Los gráficos se imprimen y se dan como souvenir de la experiencia. Me informaron que mi peso en el día uno era 95 kilogramos. Mi grasa corporal era 22,3 por ciento. Geoff revisó las cifras y me dijo que los abs no serían posibles a menos que redujera mi grasa corporal a la mitad. Empecé a imaginar cómo me vería, pero me distraje por el sonido de la báscula.

Al día siguiente se tomó la foto de Antes con la fotógrafa y directora Nicole Bazuin. Bazuin, aburrida con las típicas fotos de ejercicio, sugirió que tuviéramos un tema para la serie. Nos decidimos por la comida en paquetes. A lo largo de dos horas estuve echándome doritos en todo mi cuerpo. Saqué mi panza y la bañé en gaseosa de naranja. Nos decidimos por la iluminación menos favorecedora y los peores ángulos. Era como una sesión de fotos en donde el objetivo es que me viera completamente 'infollable'. La sesión en sí fue muy divertida. Hasta ese punto, en todas las fotos que me había tomado en mi vida había intentado verme bien. Encontrar posturas terribles e intentar verme como una mierda fue liberador. Además de todo, estaba de buen humor. Pero cuando Nicole me mostró las tomas todo cambió. No sé qué esperaba, pero las fotos se veían grotescas. Intenté recordarme a mí mismo que esa era la idea, pero por dentró temí haber cometido un terrible error.

Semana tres: 93 kilogramos. 20,5 grasa corporal.

Tardo cuarenta y cinco minutos en llegar a Bang Fitness desde mi apartamento. Seis días a la semana me levanto a las 7:30 y lidio con un bus más lleno de lo que debería, luego el metro y luego un tranvía. Cuando llego finalmente al gimnasio, paso una hora y media levantando cosas pesadas y luego bajándolas otra vez. A veces empujo alguna cosa o me mantengo en posición de plancha hasta no poder recordar lo que se siente no estar manteniendo la posición de plancha. Todo lo que consumo está conectado a una aplicación en mi celular, de modo que el por qué, el cuando y el qué de mis decisiones alimenticias puedan luego ser evaluadas. La alegría que me traía comer es remplazada por una funcionalidad austera.

Antes de empezar el proyecto, no era consciente de cuánto de mi vida social giraba alrededor de la comida y el alcohol. Fuera del trabajo, la mayoría de mis interacciones con otros humanos son en bares o restaurantes. Aunque la parte del consumo de estas interacciones suele ser secundaria, abstenerme de ciertas cosas —el alcohol no es permitido en la dieta y no deja mucho espacio a carbohidratos— me ha aislado de una manera que no había esperado. En ninguna faceta es más claro esto que con mi novia. Como también escribe, ella entiende de crear contenido para trabajar, pero rápidamente se cansó de mi proyecto. Mis nuevos hábitos limitaban a dónde podíamos ir juntos. Arruinaron las noches, que era el momento en el que hablábamos sobre nuestros días y nos relajábamos. E hicieron de la cocina algo muy difícil para los dos.

Una mañana estaba levantándome de la cama de mi novia, haciendo esfuerzos para llegar a tiempo al gimnasio, cuando de repente ella me preguntó si creía que el proyecto de los abs sería más fácil si estuviera soltero. No sabía si era solo una pregunta o una amenaza. Me explicó que ella estaba contenta con cómo me veía. Dijo que me veía cansado y estresado. Se preguntaba si lo que yo estaba haciendo era saludable y me preguntó si esto era algo por lo que ella debía preocuparse. En respuesta, le di un beso en la frente. Tenía que irme. No quería perder mi cita con el entrenador.

Semana cinco: 93 kilogramos. 21,0 grasa corporal.

La quinta semana me cagué encima. Pasó sin ninguna advertencia previa. Estaba llevando la ropa de la lavandería a la casa —ir al gimnasio seis días a la semana significa que tengo que estar yendo a la lavandería constantemente— y de la nada, salió de mí. Sin explosión. Sin sonido. El pedazo solitario salió sin trabas y se depositó en mis pantalones. Mientras caminaba como un pato por media cuadra hasta mi apartamento intenté entender qué parte de la nueva dieta había causado que me cagara encima. ¿Sería la col? ¿La proteína adicional? ¿El estrés? También me pregunté si cagarse en los pantalones era una parte normal de querer tener abs. De pronto esta era una tendencia de la que podría aprovecharme. Cómo perder peso perdiendo control de tu esfínter.

Aunque intenté tomármelo como un chiste, la vergüenza de haberme cagado se sumaba al hecho de que mi última pesada fue mala. Subí en grasa corporal. En las transformaciones de YouTube, ganar grasa corporal era resultado de un error: unas cuantas noches de fiestas, un evento de trabajo del que uno no se puede zafar, o una actitud de a la mierda en la que uno termina comiéndose una pizza entera. Pero yo no había cometido ningún error. O al menos ninguno que fuera obvio. No había faltado a los entrenamientos, estaba tomando mis vitaminas, y lo más cerca que estuve de fallarle a mi dieta fue con unas galletas miniatura. Había estado dando todo de mí. Como resultado, perdí dos kilos.

Semana siete: 92,5 kilogramos. 19,4 grasa corporal.

A lo largo del experimento, Geoff y yo teníamos chequeos semanales. Habíamos desarrollado un guion, prácticamente. Él veía las gráficas de la báscula mientras yo bromeaba sobre cómo mataría por una cidra, lo mucho que extrañaba el pan —más que a algunos parientes muertos—, o cómo las sentadillas se sentían como si las piernas quisieran emanciparse del cuerpo violentamente. El tono de esas reuniones había sido amigable y jovial, pero a mediados del proyecto las cosas cambiaron. Entré a la oficina para nuestro chequeo semanal. Colapsé en una silla e intenté contar un chiste después de haber quedado sudoroso y destrozado en una de las máquinas. Geoff estaba callado. Cerró la puerta detrás de él y empezó.

Comenzamos con las buenas noticias. Sin tener en cuenta el contexto del reto, mi progreso había sido genial. Geoff aplaudió mis cambios en la dieta y mi consistencia en los entrenamientos. Dijo que admiraba mi curiosidad y mi habilidad para llevarme al límite. Luego pasamos a lo duro. Si quería llegar a tiempo a unos abs que se notaran, estaba muy atrasado en el calendario. Geoff sacó la aplicación de comida y mostró las inconsistencias. Señaló lo miserable que me había visto las últimas semanas y me preguntó abiertamente si los resultados que buscaba valían ser así de miserable. Dijo que no le molestaría detenernos aquí.

Le dije, de la mejor manera posible, que renunciar no era una opción. Como escritor freelance, abandonar este tipo de proyecto después de dos meses sería devastador, financieramente hablando. Le dije que si renunciaba en este momento, las fotos de Antes me atormentarían cada vez que intentara hacer ejercicio. Hice una lista de todos los sacrificios que había hecho por este experimento estúpido y le dije a Geoff que todo ese sacrificio tenía que valer algo.

Geoff me recordó que mis circunstancias no eran normales y me recordó los comentarios que había hecho antes sobre cómo las transformaciones físicas nos daban impresiones distorsionadas de lo que significaba estar en forma. Luego me volvió a pregunta: ¿Por qué quieres abs en primer lugar?

No tenía una buena respuesta. Si se suponía que perder peso me hiciera feliz, no estaba funcionando. Si se suponía que iba a mejorar mi vida sexual, no debería distanciarme de mi pareja. La confianza que había ganado se desintegró cuando me cagué en los pantalones. No sabía que esperaba con esto. Solo sabía que por alguna razón tenía que seguir.

Después de la reunión, Geoff y yo nos reorganizamos e hicimos una estrategia de los siguientes pasos. No sabía si los abs eran posibles en este punto, pero si hacía el doble debería lograr un gran cambio. Con esa conversación empecé a pesar mi comida. También fue con eso que empecé a ir al gimnasio dos veces al día.

Semana nueve: 90,5 kilogramos. 18,1 grasa corporal.

En la mañana tengo mi rutina de pesas en Bang. La noche la paso en una escaladora, impulsándome constantemente hacia arriba durante horas sin ir a ninguna parte. Me siento como Sísifo. La escaladora está en un gimnasio dentro de un centro comercial decaído. Para llegar a él desde mi casa tengo que pasar por dos tiendas de donuts y un McDonalds. El día que me inscribí, el gimnasio estaba regalando pizza.

Toda mi comida ahora viene de un servicio a domicilio hecho especialmente para atletas. Los miércoles y domingos envían unos pequeños contenedores de plástico llenos de carnes y vegetales verdes y gruesos cuyos nombre ni siquiera puedo mencionar. Sabe todo tan bien como se imaginan.

El proyecto de los abs se ha convertido en lo que define mi vida. Mi horario lo dicta cuándo voy al gimnasio y cuándo como. Mi vida social está en paro, aparte de una que otra visita de mi novia en las noches. A pesar de que yo estoy siguiendo un plan y ella tiene que entregar un guion, son pocas las veces que nos vemos. Me siento solo. Todo el tiempo estoy hambriento e irritable. El nuevo plan, sin embargo, funciona. Por primera vez en muchos años bajé a noventa kilos. Mis llantas se empiezan a encoger y puedo ver cómo se forman estrías en las áreas en las que cargo más peso. Geoff ha sido muy alentador con respecto a los avances. Dice que por fin empiezo a entender el esfuerzo que requiere un six-pack

Una noche, después de un entrenamiento de medianoche en el gimnasio, me encuentro solo en los lockers. Me baño y luego me quedo parado desnudo en frente del espejo por unos minutos. Es la primera vez, desde que empecé el proyecto, en el que realmente me miro a mi mismo. Después de todo ese esfuerzo, y ha sido mucho esfuerzo, me ve de vuelta un tipo medianamente en forma. Es decepcionante. Me hice de lado y metí la barriga, buscando costillas de la misma manera que lo hacía cuando vomitaba después de una comida. En la pared morada, al lado del espejo, hay un esténcil gigante que dice zona libre de juicios.

Semana diez: 85 kilogramos. 17,2 grasa corporal.

En la semana diez me volví a cagar. Para sobrevivir a los últimos días del proyecto, Geoff me contactó con un doctor que trabaja principalmente con competidores de fisiculturismo. El doctor me explicó por teléfono los detalles de la nueva dieta. Consistió en su mayoría de pechugas de pollo, espinaca y miedo. Para la energía tomaba una mezcla de aspirinas, efedrina y pastillas de café. Mis entrenamientos dos veces al día continuarían y me pesaría a diario para evaluar mi progreso.

El segundo día del nuevo programa, eufórico por la mezcla energética y el batido de proteína y hierbas verdes, fui al gimnasio a hacer sentadillas. Con una barra pesada a mis espaldas, bajé todo lo que pude. Mientras que la cagada anterior había descendido de mis intestinos como un murmullo sale de una boca, esta nueva cagada fue como un grito mojado. Podía olerme a mí mismo conforme subía para terminar el ejercicio. Fui hasta los lockers y me bañé.

La nueva dieta dejó todo en menos de 1300 calorías diarias. Aunque consumía mucha comida (250 gramos de proteína y menos 30 gramos de carbohidratos las dos últimas semanas) el régimen se sintió como otro trastorno alimenticio. Inicialmente, el plan que empecé en Bang, así como el ritmo, se sentía como algo difícil pero lograble. Llevarme al límite y obtener resultados rápidos simplemente parecía una forma aceptable de mi enfermedad. El día que me cagué por segunda vez también publiqué en redes sociales una foto de mí en el gimnasio. Mi celular estaba lleno de mensajes de validación. La gente me decía que me veía increíble. Eso se sintió bien.

Imagen por Geoff Girvitz

Semana once: 82 kilogramos. 15 por ciento grasa corporal.

Para la última semana del proyecto había perdido trece kilos y había reducido mi grasa corporal un tercio. Seguía sin conseguir tener abs. Los últimos días antes de la sesión de fotos había tenido problemas para dormir. En lugar de descansar me puse a molestar con mi teléfono y eventualmente terminé viendo los videos que habían despertado mi fascinación con las transformaciones físicas. Intenté ver un par de clips diferentes antes de apagar mi celular y acostarme en la oscuridad. Pensé en la inevitable sección de comentarios que acompañarían este artículo. Trolls burlándose de cómo me veía y comentaristas diciendo que pude haberlo hecho mejor. Pensé en cómo el equipo de Bang me había ayudado con el proyecto y me preocupé pensando que el no tener un six-pack los haría quedar mal. No tenía nada positivo que decir con respecto a la imagen corporal o con ponerse en forma. El proyecto empezó difícil y siguió siendo difícil todo el tiempo. Al final no logré mi objetivo y creo que no valió la pena.

En mi último chequeo con Geoff él me preguntó si obtuve lo que quería del proyecto. Intenté poner buena cara pero la negatividad me consumía. Despotriqué de los medios por sus representaciones falsas de los tipos de cuerpos y llame a Chris Pratt un hijo de puta. Geoff soltó una carcajada y me dio un consejo: la gente asume que las transformaciones físicas son un tipo de fórmula milagrosa para curar la tristeza, pero no lo son. Pero incluso sin six-pack, perder tanta grasa corporal es algo que la gente comenta mucho. Hice muchas mejoras. Debería celebrar eso. Conforme salía de la oficina Geoff me dio un espaldarazo y me dio una galleta de proteína. Dijo que me la había ganado.

Al día siguiente fue la sesión de fotos de Después. Nicole, nuestra fotógrafa, hizo todo para asegurarse que me viera bien. Para contrastar el tema de los paquetes de la sesión de fotos inicial, compramos muchos vegetales para posar en esta. Antes de configurar todo, el asistente de luces se tragó una hamburguesa cuarto de libra en combo y un Kit Kat extragrande. Con el aroma de la comida rápida en el aire, me puse a hacer flexiones e intenté enfocarme en el consejo de Geoff. Para bien o para mal, el proyecto terminaría en una hora. Finalmente, después de un rato, la sesión estaba lista para empezar. En ropa interior, flexioné mis músculos y la cámara disparó. Vi las tomas. No está mal. Me sentí OK.

Fotos de Antes/Después por Nicole Bazuin.

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