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Cultură

Las palomas mensajeras no llevan mensajes

La colombofilia, el entrenamiento de palomas mensajeras, no solo ocurre en las cárceles colombianas. Guillermo Gutiérrez nos habló de sus 57 años siendo colombófilo, y de qué lo hace seguir haciendo volar a estos animales. Un artículo no apto para...

por Nathalia Guerrero
11 Febrero 2015, 1:24am

Lo corroboramos durante una carrera aérea de estas aves, del Cesar a la Sabana de Bogotá. Fotos por Juan Carlos Cuervo.

Fotos por Juan Carlos Cuervo.

Si a mí me estaba costando llegar desde Bogotá a Chía con la lluvia, no entendía cómo una paloma podía sortear el clima de diferentes departamentos y llegar enterita a su casa en este pueblo de la sabana, volando desde el Cesar. Los buses intermunicipales salpican agua a su paso, mientras que con Juan Carlos, el fotógrafo de esta nota, buscamos, afanados, la dirección de la casa de don Guillermo. Nos estamos perdiendo la carrera y, de seguro ya muchas palomas habían llegado a la meta (por meta me refiero al hogar de cada una). Hogar que bien podría ser un palomar en La Calera, un tejado en Usaquén, una casa de campo en Funza, o el municipio vecino adonde nos estábamos dirigiendo.

A diferencia de la mayoría de personas, no le tengo asco a las palomas. Claramente ni mi fotógrafo ni yo les tenemos ningún asco, si estamos yendo a ver el final de una carrera en la que participan 32 de estos animales. Sé que muchos habrían declinado la invitación haciendo muecas de asco y mirándome con reproche. Pero bueno, henos aquí.

"Buscar con dirección en Chía es inútil", me dice Juan Carlos mientras yo trato de distinguir si lo que había escrito en la hoja era un 1a o un 19. Mientras llamo a Guillermo para que me ubique, pienso en todas las veces que le habrán amarrado un mensaje a una paloma a la pata, desde la antigua Grecia hasta las guerras contemporáneas, como el caso de Cher Ami, la paloma estadounidense que fue condecorada con una medalla de héroe nacional tras salvar a un batallón que había quedado perdido en zona enemiga. En 1918, en la Batalla de Meuse-Argonne, el batallón perdido envió a Cher con sus coordenadas hacia tropas aliadas. Con el mensaje amarrado, la paloma logró atravesar fuego enemigo y una distancia de más de 30 kilómetros, para llegar herida en una pata y el pecho, con el mensaje.

Colombofilia (colombo de paloma, yfilia,ya saben de qué), así se le llama a esto de entrenar palomas mensajeras, considerado por muchos como un deporte, a pesar de que el deporte lo hacen ellas; "las atletas del aire", les dice don Guillermo. La casa a la que llegamos es bonita, lujosa, campestre, con perros latosos, como casi todas las casas de Chía, pero con una diferencia enorme en el patio: un gran palomar hecho de vidrio y metal, con palomitas estampadas encima de sus ventanas.

Colombofilia (colombo de paloma, yfilia,ya saben de qué), así se le llama a esto de entrenar palomas mensajeras, considerado por muchos como un deporte, a pesar de que el deporte lo hacen ellas.

"La carrera está dura", me dice a modo de saludo Guillermo Gutiérrez, uno de los hidalgos de esta práctica en el país, mientras mira de reojo hacia arriba, pues aún no le ha llegado la primera paloma. Fundador de la Sociedad de Amigos Colombófilos de Bogotá en la década de los 70, ganador de una de las carreras de gran fondo (la más larga del país, con más de 800 km de vuelo), realizadas desde Rioacha hasta la casa de cada paloma, y dueño de más de 150 palomas mensajeras, este hombre de 67 años, lleva 57 entre la caca y las plumas de estos animales, que no dejan de ulular, encerrados en su palomar, desde que llegamos.

Guillermo Gutiérrez alza una de las palomas al finalizar la carrera.

De Pailitas a Chía uno se echa menos de una hora en avión, once horas y media en carro, y seis horas y pico a vuelo de paloma, como estábamos a punto de comprobar.

El camión que transportó a las 600 palomas que salían de Bogotá y sus pueblos aledaños, cada una en su cesta, se debió demorar mucho más que el resto de camiones recorriendo esos 654 kilómetros, pues iba cargado de centenares de animales diminutos, más comida y agua para el viaje. Aparte de eso, iban mal contados nueve millones de pesos, sumando las inscripciones de las palomas a la competencia. Esta vez se trataba solo de 15.000 pesos, pero hay veces que la inscripción llega a los 150.000 pesos.

Don Guillermo decidió que esta vez estaba bien con 32 inscripciones, medio millón de pesos. Pero su amigo Wilmer, un "enfermo por las palomas", triplicó ese número, inscribiendo casi 90 aves, y así, muchos de sus amigos colombófilos, cómo se llama la sociedad que crearon, invirtieron facilito más de un millón en esta carrera. Dinero que sería recuperado en caso de ganar, pues serían cuatro millones de pesos para el bolsillo del ganador, más la subasta (obligatoria) de la paloma ganadora.

Nuestra conversación se ve interrumpida por el golpe de unas garras sobre el ladrillo. Es una paloma que se acaba de posar sobre el techo de la casa; la primera que llega de la competencia. El animal no se ve ni siquiera despelucado, después de recorrer esta carrera de medio fondo, llamada así porque supera los 300 kilómetros de distancia en vuelo. Apenas llega la paloma, inmediatamente Guillermo se pone en postura de alerta y nos hace señas con las manos, mientras nos dice el número de la paloma (que reconoce a puro ojo), y emite un silbido rítmico que parece atraer al animal. "Ahí está perdiendo tiempo", nos dice en voz baja, mientras el animal se acerca más al palomar, "hasta que no entre al palomar y marque en el sistema, el tiempo sigue corriendo".

De Pailitas a Chía uno se echa menos de una hora en avión, once horas y media en carro, y seis horas y pico a vuelo de paloma, como estábamos a punto de comprobar.

Cada paloma mensajera que compite tiene una argolla con su número, que es su mismo nombre, y un microchip que se encarga de registrar el tiempo que se tarda en llegar desde el lugar de inicio hasta su hogar. Apenas entran al palomar, el chip lo registra y el tiempo para. Cada paloma inscrita deja su tiempo registrado en una especie de reloj que tiene cada colombófilo en su casa, que posteriormente llevan al Club Cafam en la 215, donde se reúne todo el gremio, y comparan quién es el ganador. "¡Vieron llegar a la primera!", Nos mira animado. "La 278983, llegó a la 1:06:31".

Las palomas mensajeras son una variación de la paloma bravía, o Columbia Livia,su nombre científico. "Lo primero que tienen que saber es que estos animales están totalmente definidos desde que nacen, y son muy diferentes de los zuros, que son los que vemos en la Plaza de Bolívar. La mensajera es como un caballo de raza pura, y el zuro, es un caballo ordinario; la mayor diferencia entre las dos radica en que las mensajeras vuelven a su casa, a donde nacieron, los zuros no", nos dice Guillermo, mientras mira de reojo hacia arriba.

Este es el gran desengaño que se lleva la gente como yo, ignorante de la colombofilia. Las palomas solo pueden ser mensajeras, de la manera en que la gente imagina, si les pegan un mensaje en la pata mientras vuelven a su hogar, porque eso es lo que básicamente hacen siempre: emprender el viaje de regreso.

Hay viajes de retorno que se extienden años, o que les cuestan la vida. A Guillermo le han llegado palomas dos, o tres años después de haberlas soltado en algún lugar distante, pero la que más recuerda es la 843, una de las primeras palomas que tuvo: "Pablo Leyva Baquero, un insigne colombófilo me dio un pichón que fue el 843. Cuando el pichón tenía como seis meses, lo solté desde Bucaramanga, a una gran distancia de acá, lejísimos en esa época, pues apenas nos estábamos aventurando a mandar palomas desde pueblos medio lejanos. La paloma nunca llegó". A los ocho años, llegó a la casa de Guillermo un palomo que nunca hubiera reconocido si no hubiera sido por una vieja argolla, con un 843 impreso. "Yo creo que estuvo encerrado casi ocho años con sus alas recortadas, apenas pudo se escapó, y llegó a su casa".


Una paloma saludando.

De pronto, una llamada entra. "¿Aló? Sí, está durísima la carrera. ¿No te ha llegado ninguna? A mí sí, me acabó de llegar, una de carrera, a la una y seis minutos. Bueno, bueno, chao". Otro colombófilo que también vive en Chía lo acababa de llamar. También nos explica que en esta carrera existen dos modalidades: los ases, como ases bajo la manga; dos palomos que cada uno escoge para soltar al tiempo con todos los competidores, y la modalidad de carrera, que son el resto de las palomas inscritas, las cuales se sueltan no a la topa tolondra, sino teniendo en cuenta dónde queda el palomar de cada una, y así dando las ventajas de tiempo necesarias para que cada paloma salga al tiempo que es y se haga una carrera justa.

Lo de la colombofilia lo supe por una amiga en una noche de fiesta en Bogotá. Que su amigo estaba entrenando palomas mensajeras, que no había entendido, que no sé qué. Quise averiguar más, y de paso comprobar el mito de las palomas y las cárceles, en donde supuestamente las usaban como mulas para entrar y sacar cuanto artefacto pudieran cargarle en las patas. "De ese tema no vamos a hablar", me dice de entrada don Guillermo, "todos preguntan la misma cosa".

Le digo don Guillermo porque parece un don. Con los ojos enmarcados en arrugas pequeñitas, las manos secas y vacilantes, y la cabeza totalmente blanca, pienso que a Guillermo no le queda mal el don como antesala de su nombre, mientras lo miro sonreír y mirar al cielo. "¡Yo era un chino!", exclama Don Guillermo. "Comencé con la colombofilia en 1957 por mis hermanos mayores. Ellos tuvieron palomas mensajeras y tenían el palomar en la casa paterna, y como a mí no me dejaban entrar, yo hacía diabluras en la noche y las sacaba a volar". El problema es que las palomas no vuelan de noche. "A lo mucho se estrellaban por ahí y ya".

Una paloma de la competencia aterriza en el palomar.

Luego de eso, y tras regalos de una amiga y de su mamá que resultaron ser unos zuritos bebés, Guillermó conoció a Pablo Leyva, un colombófilo de la vieja guardia en el país. "Él tenía un palomar de mensajeras lindísimo a tres cuadras de mi casa, y me decía ¿Usted por qué no deja todos esos zuros y comienza con palomas mensajeras? Pero yo no tenía plata pa' eso".

Otra llamada entra al celular de Don Guillermo. "Aló, qué hubo. Ya me llegó una de la carrera, y estoy blanqueado en ases". "¿Blanqueado en todo?" exclama, y suelta una risa, "bueno chino, siga mirando pa' arriba".

Después de Pablo Leyva llegó la época del Chivo Espinosa, otro loco por las palomas, del que me cuenta que era un viejo solterón, que vivía en la terraza de su casa con ellas, y al que el mismo Guillermo le cerró los ojos al morir: "Ese día que murió, un 31 de diciembre, me llamaron y yo fui. Lo vi sin vida, con los ojos abiertos todavía, y todas sus palomas paradas encima de él. Paradas encima del cuerpo del Chivo Espinosa".

Historias como esta tiene por manotadas don Guillermo. Recuerda que cuando era niño y su papá lo amenazaba con quitarle "esos zuros", como le decía ofensivamente a sus mensajeras, él le daba las palomas a sus amigos y un par de meses después, les decía que las soltaran, para que llegaran a su casa de nuevo. Recuerda también cuando lo llamaron de Cafam para avisarle que una paloma mal herida acababa de entrar caminando a la portería del club; una paloma que había llegado seis meses después de la carrera.

Pero hay una anécdota que muchos colombófilos siempre van a recordar, de un compañero que ya murió. "Una vez la familia de este colombófilo soltó una paloma y esta se perdió. La paloma llegó al mes, y traía amarrado en la pata un mensaje: 'Esta paloma llegó a la cárcel de Santa Rosa de Viterbo en Boyacá, en tal día. Nosotros los presos la sanamos y la cuidamos, y como sabemos cuál es el precio de la libertad, la estamos liberando hoy, en tal fecha'. Con sus cinco hijos, a la semana siguiente, el colombófilo, ahora difunto, hizo un mercado a los presos de Santa Rosa de Viterbo en agradecimiento.

"Ese día que murió, un 31 de diciembre, me llamaron y yo fui. Lo vi sin vida, con los ojos abiertos todavía, y todas sus palomas paradas encima de él.

El celular vuelve a sonar. "¿Qué dice?", me pregunta don Guillermo, que se quitó sus gafas. "Fer-nan-do Santa..." "Santacoloma", se me adelanta. "Qué hubo Fernando, ¿Cuántas llevas? ¿Qué más pasó? Yo de carrera también uno. ¿A qué hora te llegó el de la carrera? A mí a la una y seis. Sí, ganan ustedes. Voy a llamar a donde Wilmer y a donde Wilson, que no le había llegado nada. Bueno, chao".

Don Guillermo en su palomar, el cual visita todas las mañanas apenas se levanta.

Entre llamada y llamada, y la llegada continua de una docena de palomas que, indecisas, habían entrado al palomar de don Guillermo, me di cuenta de que la colombofilia fácilmente podría volverse un oficio de tiempo completo, tiempo que casi nadie puede alardear de tener. "Yo soy pensionado, tengo todo el tiempo del mundo", me alardea en cambio Guillermo. "Me levanto y lo primero que hago es venir al palomar. Saco las palomas que estoy entrenando para competencia y las hago volar por ahí una hora sin parar con una bandera que tengo para asustarlas, así van cogiendo estado físico atlético". Don Guillermo no se preocupa tanto por el estado físico de las palomas que no están en competencia, las cuales solo alimenta una vez al día.

En la comida que les dan hay trigo, sorgo, maíz, lenteja, arroz... don Guillermo me enumera todos los componentes, mientras me hace extender la mano. "Este es un pasatiempo tan sano y tan casero", suspira. "Ojalá los muchachos de hoy en día en vez de andar en otras circunstancias se dedicaran un poco a la naturaleza; aparte, ¡necesitamos alguien a quién dejarle todo este legado!", me mira preocupado.

"Cuando los colombófilos morimos, llevamos nuestro camión repleto de palomas mensajeras y las soltamos como un sentido homenaje... lindísimo. Yo creo que me voy a morir ya así, con mis palomas".

Son las cuatro y pucho cuando nos vamos; las palomas siguen ululando. Cerca de quince han llegado apenas, menos de la mitad. "Catorce de carrera", "un as", "1:06 es la hora en la que la primera llegó", son más o menos los datos y las estadísticas que logro aprenderme y organizar en mi cabeza. Mientras nos alejamos, seguramente más cansados de lo que llegaron esas palomas, pienso que a Guillermo le queda toda una tarde por delante, y quizá parte del otro día, y eso si no pierde a ninguna paloma en esta competencia. Igual no parece un gran problema para el hombre, que que lleva 57 años aplicando el consejo que daba por el celular: seguir mirando para arriba.

Como sus temas, Nathalia es una periodista rara y adorable. A veces pareciera una reportera salida de una película de Miyasaki. En Twitter les recibe historias insospechadas y piropos anónimos. La encuentran como @laguccibitch.

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