Anecdotario

Una charla con Fernando Samalea, el elegido por los ídolos del rock en español para tocar la batería

El baterista-escritor se sentó a la mesa de las máximas estrellas del rock y vivió para escribirlo. Aquí una charla y un fragmento de su texto.

por Juan José Relmucao
01 Febrero 2017, 7:28pm

¿Sabrá el taxista que acaba de frenar sobre avenida Corrientes en dirección al Obelisco, en pleno centro de Buenos Aires, que el himno que se escucha en su radio lo grabó el motociclista que tiene detrás? Atravesar el ocaso de la ciudad en la señora BMW 650 de Fernando Samalea lo hace a uno pensar: ¿cómo habrá sido, 30 años atrás, hacer lo mismo pero como acompañante de Charly García en su juki legendaria? mientras se rodaba por una metrópoli, por un país, que salía de su peor dictadura y quería saciar su ansia de polisémica libertad. Verla, tocarla, morderla, romperla, volverla a armar ¿Se sentiría eso en las calles? ¿Un eros tácito flotando entre el cielo y las puntas de los edificios? ¿Todos paladearían el sabor secreto de lo hecho y lo que hay por hacer? Como cuando vuelves de un fin de semana salvaje con tu chica/o y antes de abrir la puerta de casa hay un silencio y una sonrisa y una endorfina y una sangre que corre en la venas, feliz de sí misma. Eso, una endorfina.

Un bocinazo devuelve el 2017 a la película y avanzamos. Entre semáforos Sama habla de escritores, de Castillo, de Fogwill. Vamos hacia la Ciudad Cultural Konex, donde hoy tocan los Illya Kuriyaki y a donde Fernando nos hará gentilmente entrar. La invitación es lógica, Samalea fue baterista de los IKV durante su inicio en los 90. Al mismo tiempo que tocaba con Charly García y antes de ser el baterista estable de Gustavo Cerati. Así como lo oyes.

Finísimo baterista, escritor por vocación, bandoneonista por instinto y dueño de una de las mejores estrellas del zodiaco, Fernando Samalea tocó en muchos de los himnos de las vidas de millones y grabó con los más grandes artistas del rock en español. Charly García, Gustavo Cerati, Andrés Calamaro. Todos lo tuvieron como sostén en la arquitectura de su música. Joaquín Sabina, Jorge Drexler, Daniel Melingo; Sama estuvo allí y lo contó (y contará) en los volúmenes I y II de ¿Qué es un Long Play?, novelación de hechos reales que supera olímpicamente a cualquier ficción y narra grabaciones, viajes, anécdotas y todo lo que puede pasar cuando tu vida y la de las leyendas más grandes de la música van por la misma senda.

Con Cerati en Barcelona, 2006

Noisey: Estás en plena preparación del segundo volumen de Qué es un Long Play. Más allá de ejercitar la memoria ¿Qué haces para traer la vivencias de esa época al presente? ¿Hablas con amigos, revisas tu archivo, consultas internet?
Fernando Samalea: Lo que quise después de tantos recuerdos que tenía fue un poco vivir de nuevo todo eso. Y para vivirlo había que pasar nuevamente por los lugares donde ocurrieron las cosas, escuchar los discos…. Los propios sonidos te van llevando al momento de la grabación: a las voces, los olores, las ropas. También hubo que mirar muchísimas fotografías y filmaciones. Entregarse a reconstruir las conversaciones, la forma misma de hablar, las cuestiones históricas del momento para darle una veracidad. Porque el relato, si bien tiene algunos avances, siempre se habla en presente y nunca se adelantan cosas. Entonces eso tiene un sentido sentimental muy fuerte porque se recrean conversaciones con gente que ya no está. La misión -además de la misión sanadora psicológica y emocional que para mí significa ordenar estos recuerdos- es hacerle un guiño a las futuras generaciones. En mis fantasías, un chico o una chica encuentra este libro en mesas de saldo y recorre los lugares detallados en el libro.

Tú que has estado cerca de sus procesos creativos ¿qué diferencias y puntos de contacto encuentras entre Gustavo y Charly a la hora de hacer un disco?
Charly tiene esa percepción que va más allá de lo normal. Una antena, una velocidad mental y un ingenio únicos. Por supuesto que Gustavo también tenía ese brillo artístico, pero, por decirlo de alguna manera, él tenía muchísimo más sentido común en la forma de llevar adelante una grabación. Buscaba siempre los avances tecnológicos y estaba más informado. Por hacer una comparación burda, el de Gustavo era un proceso más mental, se amparaba más en los equipos. Y Charly, si bien se amparaba en la tecnología, por otro lado tenía esa percepción única que lo pone en un lugar especial.

Basta con un vistazo a tus vivencias como músico para darse cuenta de que siempre estuviste cerca de gente talentosísima. ¿Con qué artistas nuevos sientes afinidad hoy?Cuando volví de Europa toqué con muchos músicos geniales. Siempre fui como una especie de anfitrión con jóvenes que simpatizaban y siempre me interesó la chance de descubrir nuevas cosas: te das cuenta de que hay mucho por aprender, si no no tendría sentido la vida. Me acerqué a los jóvenes en ese ida y vuelta de aprender. Ahora con Marina Fagés vamos a hacer un moto tour en marzo y abril. He participado en alguno de sus proyectos, a través de ella incursioné mucho en la tienda de discos Mercurio donde se pueden conocer miles de bandas nuevas. Pueden buscar ahí que hay mucho de la esencia de lo que se viene. Para mi fue algo muy grato conocer sus proyectos, como el que hicieron con Lucy Patané, Chicas de Humo...sus cuadros: esos bosques mágicos increíbles. Me parece una de las expresiones más sorprendentes que tuve en este último tiempo. Me impactó mucho y me mostró un mundo nuevo. A tal punto que con ella durante abril vamos a hacer un moto tour cruzando la Cordillera de los Andes en moto y yendo hacia Chile, Bolivia y Perú.

Con IKV, verano de 1995

Traten de volver...
Creo que hay que confiar en la buenaventura, claro que tiene un poco de cornisa, pero hemos sido siempre personas de suerte y creo que estamos bendecidos. Además, lo último que tenemos que hacer es encarar un viaje así con miedo. Es la oportunidad histórica de hacer algo que no se lo copiamos a nadie, no hay antecedentes de algo así en el mundo y es un hecho muy poéticamente histórico en el caso. Y me da esa sensación tan linda:, ese sentir que las cosas pasaran como si fuera la primera vez.

Extractos de ¿Qué es un Long Play? (Sudamericana, 2015)

El día que Gustavo Cerati le hizo un reset a su carrera desde México

Ahí Vamos Tour

Comenzaba marzo de 2006 y habíamos aterrizado en tierras aztecas. Con toda la ilusión de mostrar Ahí vamos en vivo por primera vez. La camaradería estaba en alza, traducida en salidas grupales constantes, principalmente a consumar el paralelo ¨Morphi Tour¨ de placeres gastronómicos.

Tras el debut soñado en el D.F., amparados de una escenografía digna del film de los 80s ¨Blade Runner¨, se dio un segundo concierto el tres de junio -en el Teatro de Aguascalientes- y desde allí viajamos hacia Monterrey por vía terrestre, previo paso por el pueblo de Zacatecas. Era de esos lugares considerados mágicos. Gustavo lo adoraba y visitaba desde las giras de Soda Stereo. Almorzamos en el Café Acrópolis y salimos a caminar por callecitas pintorescas de linda tradición. Había muchos secretos encerrados en esas construcciones de influencia árabe-andaluza. Erigidas por la explotación de manos indígenas, las rodeaban yacimientos de plata y oro, templos, conventos, santuarios, pastizales, valles agrícolas y varios puntos geográficos para aventuras arqueológicas. Nos hablaron del ¨Tamborazo¨, las melodías populares ejecutadas con picardía por músicos como Los Górgoros o La Mala Palabra.

En la foto, junto a Sandro Pujía y Uriel Dorfman -en primer plano-, Barakus, Nalé, Miguel Lara, Leandro Fresco, Adrián Taverna, Richard, Gus y Sofía Medrano, nuestro angel guardián del femme power...

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¿Hay algo mejor que tener 21 años y grabar con Charly García en New York?

Desafiando temperaturas bajo cero, en pleno invierno neoyorquino de 1987, conocí la noche y Save the robots, un sótano que operaba casi ilegalmente en el East Village, en el 25 Avenue B, entre la 2 y la 3 Street. No quedaba bien llegar antes de las 4 AM y era frecuentado por músicos, transformistas, actores, skinheads o gente extraña de coloridos peinados, chaquetas andrajosas, botas militares y vestimenta estrafalaria.

La asistente del estudio, Michele, me presentó a sus amigos Mike D, con su logo de Volkswagen colgando del cuello, Ad Rock y Adam, los tres integrantes de Beastie Boys. Solían ocupar los raídos sofás del fondo, junto a conocidos y desconocidos. Habían editado hacía poco el multiplatino ¨Licensed To ill¨ bajo la producción de Rubin, y mezclado justamente por Blaney. Los Beastie Boys eran las nuevas estrellas del rap, llevaban strippers enjauladas en sus escenarios de giras, sampleaban a Led Zeppelin y su gracioso clip "Fight For Your Right (To Party!)" abarrotaba las transmisiones de MTV. ¡Pero esa noche se la pasaron hablando de música country!

Se avecinaba la hora de la verdad y la reserva en los Electric Lady Studios para registrar las baterías acústicas de "Parte de la religión" estaba a solo un par de metros. De común acuerdo con García, decidimos comprar tambores de primer nivel, para usar tanto en la grabación como en giras posteriores. Mario me acompañó a la tienda Manny´s de la 48th street. ¡Estaban a punto de cerrar y tuvimos que rogarle a un vendedor para que nos abriese, incluso mostrando fajos de billetes! Como un niño ante la vidriera de una juguetería, le señalé la añorada Yamaha Recording negra con parches pinstripe, que fue pagada con el presupuesto del disco.

Tras cargarla en un taxi, conducido por un silencioso indio de turbante sikh, entramos a la sala, quité nylons protectores, afiné y comenzó la primera sesión, rodeado de Shures, AKGs, PZMs y Newmanns que no aparecían ni en mis sueños.

El control tenía una consola Neve inglesa, que proporcionaba aterciopelados agudos y graves. Se sucedieron "Necesito tu amor", "Parte de la religión", "Rezo por vos" y "Ella adivinó". En el primero, un poco por azar, encontramos una rítmica que determinó el camino a seguir: a la hipnosis inicial de toms programados les sumé acentos acústicos de bombo y tambor, en plan sinfónico, precediendo a la entrada de la marcha base con toms reales y juegos de semicorcheas y fusas sobre el hi-hat. Intenté una suerte de dialogo entrelazado, casi marcial. Además, sobregrabamos el aro sincopado del tambor y la pandereta final.

Las cosas se iban resolviendo y lo habitual era despertarse en el hotel a las cuatro de la tarde —casi de noche, dado el crudo invierno—, dar la vuelta a la manzana tiritando por Macdougal e ingresar al estudio de la Calle 8. Antes de cada sesión, Breuer pasaba por la licorería de la vuelta. El japonés del mostrador conocía de antemano su pedido: una botella de Jack Daniel's y otra de Sake, envueltas en papel madera.

Electric Lady Studios era bien psicodélico y el mero hecho de poner un pie en el umbral erizaba la piel. Había pertenecido a Jimi Hendrix y se conservaban las decoraciones que él mismo había ordenado, en su momento, como fantasiosas pinturas sobre paredes de pasillos, además de máquinas de video-games o café a disposición, salas de descanso con T.V., confortables sillones y heladeras bien provistas. Funcionaban tres estudios —el A, B y C— y era común el desfile de celebridades bajando escaleras. Vimos a Billy Idol junto al guitarrista Steve Stevens y a los británicos de The Cult, que comenzaban las bases de ¨Electric¨, mientras nosotros continuábamos con las baterías en la Sala A.

Luego pasamos al estudio B, donde Charly completó voces, guitarras y bajos y la sala grande fue ocupada por The Cars, quienes depositaron una ostentosa parafernalia para grabar su sexto álbum ¨Door to door¨. ¡Además de traer a sus propios peluqueros! Era común cruzar al cantante Rick Ocasek en sanitarios y proferirse un saludo de mingitorio a mingitorio. El toilette estaba decorado con fotografías y dibujos inmensos de plantas de marihuana, a modo de collage. Uno de los reservados tenía una particular placa del lado de adentro: "Paul Williams slept here". La leyenda decía que, mientras grababan la música de ¨Phantom Of The Paradise¨, el músico y actor había quedado desmayado en ese pequeño habitáculo de puertas naranjas, luego de que sus compañeros se retirasen, creyendo que ya se había ido.

Ese también había sido el lugar donde diez años atrás Patti Smith había consumado su debut con ¨Horses¨, lo cual agregaba un importante plus. Yo quedaba asombrado ante su interminable consola Solid State Logic de 72 canales, que permitía mezclas automatizadas. García continuaba abocado a sus partes, además de decorar el lugar con juguetes, Polaroids y miniaturas de dinosaurios, y yo entraba y salía. Adentro todo era calma y el tiempo parecía transcurrir de forma mágica, como un presente continuo, pero bastaba salir hacia la Calle 8 para encontrar una atmósfera única de incesante desfile de gente estrafalaria, que transitaba la poética multirracial del Greenwich Village a través de Saint Mark's Place. Cada tanto, con Charly ocupábamos las mesas del Café Borgia o el Dante...