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Salir de fiesta con luchadores de sumo casi me mata

He hecho muchas cosas estúpidas en mi vida, pero retar a un luchador profesional de sumo en el estacionamiento de un hotel ruso está entre las más estúpidas.

por Robin Black; como le contó a Graham Isador; traducido por Bernardo Tavares
22 Enero 2018, 9:57pm

Cortesía de Shutterstock/Munchies

Estoy acostado bocabajo en el baño de un hotel en San Petersburgo, Rusia. La cerámica barata del baño se pega a mi frente, y cada parte de mi cuerpo duele más que nunca. De reojo veo un charco de mi propia orina, amarilla como en las caricaturas y lentamente acercándose a mi barbilla. Trato de ponerme de pie, pero mis piernas no sirven. Caigo dentro de la tina y vomito. Trato de bañarme pero el agua sobre mi piel se siente como si me estuvieran clavando agujas debajo de las uñas. Hoy voy a oler mal y eso está bien. Tomo la camisa sucia más limpia que hay en mi maleta, y luego empiezo a moverme hacia el lobby del hotel, esperando encontrar algo para curar la resaca o, mínimo, unos carbohidratos que absorban la vergüenza. Salgo de mi cuarto y las luces fluorescentes del pasillo lastiman mis ojos. El dolor de cabeza se vuelve más fuerte inmediatamente, un solo de batería arrítmico dentro de mi cráneo. Todo duele tanto que cuando veo el primer cuerpo no sé si es real o no.

El hombre más grande que he visto en mi vida está tirado sobre el pasillo. Debe pesar mínimo unos 180 kilos. Está acostado sobre su espalda, con sus extremidades estiradas y su panza escapando por la parte de abajo de su camisa. Está inconsciente y roncando. Estoy apunto de revisar en qué estado se encuentra este enorme individuo —incluso de tocarle la panza para asegurarme de que no sea una alucinación— cuando veo otro cuerpo todavía más grande que el que tengo a mis pies, cerca del elevador. Ese hombre se está agitando, se nota que no está durmiendo bien. Gira hacia un lado y revela dos hombres (un poco) más chicos tirados a su lado, como una muñeca rusa gigante. Con mi cabeza a punto de explotar, empiezo a averiguar qué está pasando.

Los cuatro hombres en el piso son luchadores de sumo. El día anterior fue el último día de la competencia de sumo de los Juegos Mundiales del Combate. En el after, muchos luchadores tomaron cantidades enormes de alcohol. Los tipos que estaban en frente de mí debieron haberse desmayado tratando de llegar a sus cuartos. Nadie fue lo suficientemente fuerte como para moverlos.


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Alguien en el pasillo se echa un pedo. Mientras trato de ventilar el olor, empiezo a recordar la noche anterior. Traté de beber más que hombres que tienen literalmente el doble de mi tamaño, comí más de lo que pensaba que era físicamente posible y ataqué carros parqueados como un Don Quijote posmoderno. Cuando llego al final del pasillo, mi dolor de cabeza se intensifica otra vez y vomito. Me había ido de fiesta con luchadores de sumo y casi muero.

Mi aventura con los luchadores de sumo empezó como un viaje de trabajo. Me habían contratado a través de una compañía de cable para comentar los Juegos Mundiales de Combate. Había sido uno de mis primeros trabajos pagados como un analista de artes marciales, y estaba determinado a probar que valía la pena. Los meses previos a la competencia ocupé todo mi tiempo en estudiar la belleza del conflicto competitivo. Pasé horas aprendiendo la pronunciación correcta de los nombres de los atletas. Hubo días donde estuve pegado a mi computadora viendo cientos de videos de técnicas de lucha. Leí libros que hablaban los orígenes arcanos de la lucha con cinturón, experimenté técnicas de patadas altas en mi sala y aburrí a mi esposa por horas hablándole sobre estadísticas de jiu jitsu. Aún así, nada me pudo haber preparado para el espectáculo que es el sumo.

A un nivel conceptual, sabía que los luchadores de sumo eran grandes. Pero hasta que no ves a un Rikishi (luchador de sumo profesional) en persona, no tienes ni idea de lo gigantescos ni de lo fuertes que son estos atletas. Por debajo de las capas de grasa, cada competidor ha construido su cuerpo para ser rápido y poderoso. Cuando empieza la pelea, los luchadores de sumo se impulsan hacia adelante como la bala de una pistola. Su forcejeo intenso sería suficiente para destruir a una persona normal, pero estos mastodontes se atacan con precisión y estrategia en el baile más violento del mundo. El aura de las peleas de sumo era eléctrica. La arena estaba cargada con emoción, alternando entre el silencio anticipatorio y los gritos y aplausos cuando empezaban las peleas. Los luchadores eran las estrellas, y ninguno más brillante que Byamba.

Byamba fue dos veces campeón mundial de sumo. Salió en Ocean’s 13 y en America’s Got Talent. VICE le hizo un perfil en un documental llamado 10,000 Calories a Day. La verdad, si has visto a un luchador de sumo en la tele durante los últimos 10 años, seguramente era Byamba. Ese día, el campeón estaba dominando. Sus peleas acababan en segundos; sacaba a sus oponentes del ring con facilidad. Mientras comentaba las peleas sonaba como un niño pequeño, lleno de emoción, presenciando al maestro hacer su arte agresiva. Para cuando ganó su medalla, todos los asistentes estaban de pie. Esa noche el after fue en nuestro hotel. Mi plan era simple: iba a darle la mano a Byamba, felicitarlo por haber hecho un buen trabajo, y dejarlo en paz para que celebrara. Byamba tenía otros planes.

Antes de contar la historia tengo que decirles que estaba sumamente borracho. Tal vez estaba más jodido de lo que he estado en mi vida, lo cuál es mucho considerando que pasé más de una década tocando en una banda de glam rock y una vez me drogué con Nikki Sixx por tres días seguidos. Aunque no estoy completamente seguro de los hechos, y a pesar de algunas exageraciones, sé que el tono general de lo que voy a decirles es verdad. No es ficción, pero es una verdad entre tragos; la versión de Hollywood de lo que pasó.

Chocar contra un luchador de sumo es como estamparse contra una piedra. Empujé. Forcejeé. Intenté tomarlo de una pierna para tirarlo. Nada de lo que hice surtió efecto.

Cuando llegué al bar, Byamba estaba sujetando una cadena de salchichas en una mano. En la otra tenía una botella de vodka Russian Standard. Me acerqué al campeón. Él me señaló con el dedo. Otro luchador tomó un letrero de “reservado” de la mesa (los letreros de reservación rusos están hechos en forma de cono) y le quitó la parte de encima para crear un embudo. Antes de que me diera cuenta, el embudo estaba en mi boca. Byamba se ríe y me sirve medio litro de vodka directamente en la garganta. Apenas estábamos empezando y yo ya estaba destruido.

Después de eso, como un grupo, nos tambaleamos hacia otra parte del bar. En frente mío hay un festín enorme: manitas de puerco, chucrut, sopa, montañas de salchichas y pan. Byamba llenó su plato y me dijo que hiciera lo mismo. Todos nos sentamos. En la cabecera —durante la noche que ganó su medalla— Byamba se tomó el tiempo para esperar a todos los demás. El campeón era humilde y chistoso. Entiendo por qué todos lo querían. Su mensaje era que con el equipo correcto y el entrenamiento correcto, todos podían alcanzar la grandeza. Cuando le pedí que profundizara en su comentario, insistió en que tomara más vodka y terminara mi comida. Me tragué una docena de salchichas y me tomé por lo menos otro medio litro. Me harté de chucrut hasta que el vinagre salía de mis poros. Frente a esa enorme cantidad de comida, empecé a creer que yo también podía convertirme en un luchador de sumo. Decidimos poner esa teoría a prueba en el estacionamiento.

He hecho muchas cosas estúpidas en mi vida, pero retar a un luchador profesional de sumo en un estacionamiento de un hotel ruso está entre las más estúpidas. Byamba fue el juez del evento. Me explicó que mi rival pesaba tan sólo 115 kilos. Ciento-quince. Son unos 50 kilos más que yo. Lo tengo bajo control, sí puedo. Lo que Byamba no me dijo es que también era el campeón mundial de sumo de peso medio. Lleno de adrenalina y alcohol me enfrenté a mi rival, con espectadores por todos lados. Pusimos nuestras manos en el piso para señalar que la pelea iba a empezar, Byamba gritó algo, y luego corrí a toda velocidad. Chocar contra un luchador de sumo es como estamparse contra una piedra. Empujé. Forcejeé. Intenté tomarlo de una pierna para tirarlo. Nada de lo que hice surtió efecto. Después de unos 15 segundos de competencia, el campeón me tiró al piso con una risa jovial. Me azotó muy duro contra el concreto y sentí que se me rompía una costilla. Para bajar el dolor, alguien me pasó más vodka.


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Byamba me dijo que para haber sido mi primera vez, me había ido bastante bien. Me preguntó si quería ver lo que un luchador de sumo podía hacer en realidad. Preocupado de enfrascarme en otra pelea si asentía, le dije que no, pero para ese punto ya nadie estaba prestando atención. Los luchadores se acabaron sus tragos y empezaron a empujar coches en el estacionamiento de la misma forma que la gente normal empuja un carrito de supermercado. Traté de empujar un sedan pero me dolían demasiado las costillas. En su lugar busqué más alcohol, pero no había. Ya nadie tenía. Y por eso los luchadores decidieron saquear un restaurante cercano.

Hasta en el mejor momento, es una situación caótica que lleguen 30 personas sin anunciar a un restaurante. Pero cuando tomas en cuenta que la mayoría eran literalmente luchadores de sumo, se volvió un caos total. La comida aparecía de la nada y se consumía igual de rápido. Todos empezamos una competencia de forcejeo y nos caímos encima de las mesas. Cuando las bebidas no podían llegar suficientemente rápido, uno de los luchadores fue detrás de la barra, agarró un barril y salió por la puerta principal. Lo último que recuerdo antes de perder la memoria es a Byamba tomándose fotos con el staff.

***

La resaca de esa noche me duró unas dos semanas; me siguió de Rusia hasta Canadá, y si toso demasiado fuerte, todavía me duelen las costillas. Cada vez que huelo Russian Standard me dan ganas de sonreír y vomitar simultáneamente. Aunque la memoria de esa noche esté marcada en mi cerebro, toda la evidencia se perdió, al igual que mi celular, en alguna calle de San Petersburgo. Pero lo que sí te puedo decir con certeza es esto: Después de esa noche, cada vez que escucho que alguien va a “beber como rockero”, me río. Beber como rockero no es nada. Beber como un luchador de sumo es más de lo que podrías imaginar.