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Narcobeat: cuando el narcotráfico se mezcló con la música electrónica

Presentamos el primer capítulo de esta nueva serie: 50 tiros en la pista de baile.

por Nathalia Guerrero Duque
20 Febrero 2017, 10:40pm

Imagen: Gavilán.

Los años 90 fueron una época dura para Colombia, y de eso le podemos echar casi toda la culpa al narcotráfico. Nuestra sociedad empezó a sentir los rigores de un monstruo que tenía muchos brazos y que nos empezó a poseer con su violencia sin límites, convirtiéndonos en una población paranoica, aterrorizada y, en respuesta, más violenta. Paralelo a esto, el dinero ilícito del narcotráfico iba entrando suavecito al país, tal y como una inyección de colágeno de esas que tanto le gustan a las modelos y las prepagos, una de las figuras claves de esa cultura traqueta que, junto al billete, también iba permeando todos los ámbitos de nuestra sociedad, con todo su despliegue de ostentación y desproporción.

Durante los 90 y parte de los 2000, la escena electrónica nacional no fue ajena a esta oleada de billete, mujeres y plomo que arrasó desde años atrás en ciudades como Cali, Pereira, Medellín e incluso Bogotá. Allí los traquetos, viendo que géneros electrónicos como el techno, el house y el tribal eran los sonidos que mandaban la parada en la vida nocturna en varias zonas del país, y queriendo siempre ser los primeros en todo, pasaron de asistir a las fiestas de este tipo a invertir en eventos, clubes electrónicos y contratar a DJs privados cada fin de semana para ponerlos a tocar en sus casas y sus fincas.

Esto generó inevitablemente una sarta de dinámicas y episodios malsanos para los inicios de la escena electrónica en nuestro país. Pagos excesivos, esa cultura del típico "remate de finca hasta las 15" que perdura hasta hoy, consumo exacerbado de sustancias, riñas, ajustes de cuentas, secuestros de DJs y hasta asesinatos en plena fiesta o remate, eran temas que parecían ser más importantes que la música en ese entonces, desviando al público de la verdadera esencia de los sonidos electrónicos.

El tipo al que acribillaron quedó ahí muerto, en la mitad del dancefloor

En un intento por reconstruir la memoria de esa época y entender un poco nuestro pasado en la pista de baile, decidimos realizar una serie para ilustrar esa acaudalada pero oscura época de nuestra escena, contada por las voces de los personajes que tuvieron que vivirla: DJs, promotores, dueños de clubes, público y demás, nos cuentan cómo fue esa incómoda y silenciosa relación entre el narcotráfico y la escena electrónica de nuestro país durante la época.

Para el inicio de esta serie tenemos el testimonio de Mao Molano que lleva mezclando música desde 1988 y, según él, tuvo su cuarto de hora desde finales de los 90 hasta principios de los 2000, prensando en sellos como Eukatech, Bedroom Music, tocando sin parar en ciudades como Bogotá, Pereira, Medellín, Cartagena y hasta teniendo su propia productora de eventos. Mao, como muchos DJs de la época, estuvo en el ojo del huracán durante la época en la que la música electrónica, en pleno auge, empezó a verse como algo atractivo para la cultura traqueta, un sector de nuestra población que empezó a asistir masivamente a las fiestas. Para Mao era algo que sucedía frente a los ojos de todos, pero que nadie podía controlar: "¿Qué puede hacer uno ahí? Uno no tiene nada que ver en esas cosas".

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Que los narcos se metieron a la escena electrónica en esa época es un secreto a gritos. Todo inició cuando el narcotráfico comenzó a hacer algunas inversiones en fiestas grandes. Todos lo sabíamos, pero nadie se metía a hablar porque corrían peligro nuestras vida. Los DJs simplemente decidíamos si trabajar o no con ellos en total discreción; no íbamos a ponernos en el plan de hacer saber por todo lado que íbamos a trabajar con traquetos.

En mi caso, siempre me contactaban personas conocidas. Nunca llegó algo así como el hijo de Pablo Escobar a decirme que tocara en una fiesta, por ejemplo. A mí siempre me llamó el tipo que era dueño del sitio de moda en Medellín, en Cali, en Cartagena... siempre era gente de confianza. Y mucha gente que me contactaba estaba untada, pero uno no sabía, porque así como había gente limpia, había gente de la que uno no tenía ni idea.

Entonces a la final no sabía muy bien con quién estaba negociando. Lo único de lo que estaba seguro, era de que estas personas eran gente conocida, pública: o movían mucha gente, o tenían una discoteca. Pero más allá de eso, era imposible saber si el que había metido el billete para el evento o para el lugar era un mafioso el hijueputa de Pereira, de Cali o de Medellín. ¿Uno cómo podía saber eso? En realidad no se podía, así que era mejor no meterse en eso. Yo solo trabajaba y listo.

En esas tres ciudades que mencioné se notaba más la cosa. Como las putas, por ejemplo: uno veía viejas muy bonitas y todo, pero yo pensaba "esa vieja es como puta, ¿no?". Ese tipo de cosas raras sucedían mucho en las fiestas. También me pasaba mucho que después de terminar la fiesta en una discoteca o un bar de alguna de esas ciudades, a veces la gente se me acercaba a decirme que me pagaban para tocar más tarde en un remate. A veces aceptaba y a veces no, cuando me daba cuenta de que la cosa era medio caliente. Pero nunca me sentí en peligro, solo me sentía raro.

Pero sí hubo una fiesta en Pereira donde pasó algo muy grave, y sentí que mi vida corría peligro. Fue el 19 de abril de 2000. Lo recuerdo muy bien porque era mi cumpleaños.

Ilustración: Sara Pachón.

Para ese evento nos contrató gente 'bien' de Pereira que se conocían entre ellos y que venían de buenas familias. Incluso recuerdo que esa vez me contrataron no solo para tocar sino para hacer la producción del evento, que iba a ser en la finca de uno de los abuelos de ellos. La finca era cafetera, y tenía una especie de depósito gigante que ellos arreglaban y limpiaban para hacer el montaje del evento. Todo era muy bonito, muy buen rollo. En la perla del Otún estaba moviéndose mucho la escena y nos tenían a mí y a otros artistas como ídolos de la música electrónica, nos trataban muy bien.

Pero allá sí pasaba mucho que llegaba gente rara a las fiestas, y en esas ciudades el filtro no es tan estricto como el de acá, mucho menos en una finca. La fiesta comenzó a eso de las once de la noche. Era un evento donde los invitados y los artistas principales éramos Alexa, Jayway y yo. Un artista matecaña tocó primero, luego seguí y me bajé a eso de las dos o tres de la mañana. Le entregué a Alexa, y a los cinco minutos de que ella empezara con su set, la fiesta comenzó a sonar como si estuvieran echando juegos pirotécnicos. Pero no era pólvora, eran disparos. Sonaron como 50 tiros seguidos.

El tipo al que acribillaron quedó ahí muerto, en la mitad del dancefloor. Dicen que se trató de una cuenta entre dos traquetos que se encontraron en medio de la fiesta, y uno mató al otro; es decir, lo que llaman una vendeta entre mafiosos. Luego de los 50 disparos que le metieron al tipo la gente salió despavorida. Apagamos la música, nos metimos detrás del sonido esperando a ver qué más pasaba y a los cinco minutos ya no había nadie en la finca, excepto yo y mi equipo de producción.

Lo primero que hice fue desmontar el equipo. Al muerto lo taparon con una sábana y con mis muchachos empezamos a recoger nuestras cosas. Cuando ya estábamos listos para salir, como a las cinco o seis de la mañana, llegó la Policía y nos interrogó. A cada uno nos preguntaron sobre lo que había pasado, y como se dieron cuenta de que no teníamos nada que ver, nos dejaron ir, no sin antes anotar nuestros datos. Eso me hizo pensar que allá la gente estaba acostumbrada a que esas cosas pasaran; es que en ese tiempo era bien complicado el asunto. Yo mandé un camión para Bogotá con los muchachos y los equipos, pero me quedé un día más descansando, porque no dejó de ser una experiencia muy traumática.

A finales de los 90 y principios de los 2000 se vincularon los narcos a las fiestas electrónicas

Yo creo que a todos en esa época nos pasaron episodios así. A finales de los 90 y principios de los 2000 se vincularon los narcos a las fiestas electrónicas, porque como estaba de moda y ellos tenían la plata para comprar todo lo que quisieran, pues se metieron a invertir en eso. Por mi parte, desde ese entonces no volví a hacer fiestas en Pereira y dejé de ir a tocar en fincas, a menos de que fueran eventos muy privados, porque después de eso quedé curado.

Porque mal hubiera hecho en esconderme y no haber aceptado en ese momento las contrataciones. Eran las discotecas de moda, lo mejor de lo mejor; y si me pagaban bien, pues yo iba. Todo el mundo tiene un cuarto de hora, y el mío fue del 98 al 2002. Supe aprovechar esos años para ahorrar y hacer muchas cosas con esa plata. Pero entonces pasan cosas así, y una noche te tienes que enterar a la fuerza de que mataron a un tipo en una fiesta tuya por una venganza entre dos mafiosos.

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¿Tiene una anécdota propia de esta época? Coméntele a Nathalia por Twitter, o a su correo nathalia.guerrero@vice.com