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Cultura

Fui contratada como “mesa humana” en India porque soy blanca

La mayor injusticia es que yo gané el doble de lo que ganaban las chicas nacidas en India que estaban trabajando en el mismo evento, porque soy occidental.

por Megan Lambert
10 Junio 2014, 3:00pm


Un mensaje típico de mi jefe: "Chicas, ¿por qué están trabajando por tan sólo 3.500 o 4.000? Esto hace que los clientes sólo nos paguen 5.000 a nosotros... no lo hagan. No igualen su precio al mismo que el de las horribles chicas indias... Es una petición".

“Tengo una licenciatura, ¿lo sabían?”, le digo al semicírculo de hombres con bigote que me rodean pero no parece importarles. “Me están pagando diez mil rupias (170 dólares) por esto”. De pronto cambia la expresión en su rostro; parece que están más interesados. “Pero es mucho dinero”, dicen. Sí, sí lo es. Si no, ¿por qué demonios estaría haciendo esto? Pocos trabajos son tan malos como para hacer que una mujer envidie a una stripper. Mírenla, suspendida por encima de esa copa gigante de coctel, bañada con la luz verde de los lásers, hielo seco y miradas penetrantes de un grupo de voyeristas sesentones, dando volteretas como si fuera dueña del lugar.

Perra suertuda.

Quisiera tener su trabajo. En vez de eso, lo que hago esta noche es ser un objeto inanimado. No en el sentido de que me vean como un objeto, como “las mujeres sólo son un trozo de carne”. No, literalmente. Esta noche, ¡voy a ser una mesa! Una mesa humana que usa un casco de bombero que brilla en la oscuridad.


Así se ve uno cuando se viste de mesa.

Bienvenidos al fantástico y extraño mundo de los “trabajos para chicas blancas” en India. Cualquier mochilero que ha vagado por las veredas de Bombay se habrá encontrado a un caballero demasiado amigable al asecho en el Leopold Café en busca de “protagonistas” para los nuevos éxitos taquilleros de Bollywood. Esto ya es un poco anticuado. Vean cualquier película reciente de Bollywood y en casi cualquier escena de baile, club nocturno o fiesta hay un grupo de hombres o mujeres de piel blanca que se ven perdidos y desconcertados entre los protagonistas sin razón alguna.

Pero hoy en día hay una nueva tendencia que aumenta entre la clase media india. Han comenzado a contratar chicas occidentales de piel blanca para pasar el rato en las bodas simplemente porque son occidentales y de piel blanca. Entre los trabajos disponibles hay cualquier cosa, desde dar la bienvenida a los invitados vestida como Beefeater hasta dirigir montada en un caballo la procesión de los novios  o incluso ser una estatua humana.

O, en mi caso, servir los tragos mientras estoy vestida como una mesa, después quedarme ahí parada esperando a que vuelvan a poner las copas vacías sobre mí. En realidad es tan interesante como suena e igual de aburrido.


Entre los lujos que hay en una boda están un pavo crudo y una langosta.

Sin embargo, se gana bien, y en muchos sentidos ese es el punto. Es imposible ignorar el trasfondo racista y post colonial que está de por medio en mi situación. Por alguna razón, muchos indios parecen sobrevalorar la piel blanca y cualquiera que sea lo suficientemente rico para pagar por tener a gente de raza blanca trabajando como muebles vivientes se considera la gran cosa.

En los tiempos del Imperio, ningún fanático de la India colonial digno de ese nombre podría vivir sin su harem de artistas indios. Desde encantadores de serpientes hasta citaristas, los imperialistas amaban rodearse de lo que para ellos parecía exótico. En la actualidad, los papeles se han invertido, una ironía que me pasaba por la cabeza mientras estaba ahí parada, cargada con bebidas.


Al parecer a algún coordinador de bodas se le acabaron las cosas en qué gastar dinero.

Fue una experiencia descabellada desde el principio hasta el final. Recibí llamadas de una mujer europea con voz fuerte cuyo trabajo es aprobar tus fotos y medidas, después acordar una fecha y un lugar para encontrarse. En mi caso fue una estación justo en las afueras de la ciudad. “Asegúrate de llegar a las cinco en punto, si no, ¡no hay paga!” Me advirtió. “Es en serio, chicas. ¡No estén jugando conmigo, carajo!”

Llegué al lugar a las cinco y luego… nada. Cerca de las seis habían llegado unas cuantas chicas más, más que nada rusas tristes hablando únicamente ruso triste. A las siete llegó uno de los tipos que me había reclutado en Bombay. Cargaba tres celulares de baja calidad; hablaba simultáneamente por dos de ellos . Su nombre era Pinky. Me dijo que acababa de bajar WhatsApp y que si me podía agregar.

Cuando menos me di cuenta, nos estaban metiendo a diez de nosotras en una Toyota Innova blanco con la frase “Turista” impresa en un lado, como si no nos viéramos ya demasiado placosos, y nos llevaban a quién sabe dónde. En serio. No tenía ni idea del lugar al que nos llevaban. Creí que íbamos a trabajar dos o tres horas a las afueras de Delhi pero al final terminamos siete horas más tarde y 321 kilómetros más adelante en Ludhiana, Punjab.

Al llegar, di un paseo alrededor del Green Room por un periodo indeterminado de tiempo mientras el “cliente” (cuya identidad casi nunca se revela) decidía cuál de nosotras tendría la suerte de que le permitieran trabajar. Mientras se llevaba a cabo el proceso, unos raperos de Punjabi nos colmaron de atenciones. “Viven en Canadá”, aseguraron en varias ocasiones. “Son muy famosos”.


En el salón verde: “Unos raperos famosos de Punjabi que viven en Canadá”.

La mayoría de las chicas que conocí estaban estudiando o haciendo prácticas en Nueva Delhi al tiempo que realizaban trabajos extraños para ganar dinero extra y poder pagar sus cuentas. Una de ellas me dijo que “no podía creer” en dónde había terminado: “Aquí es donde acabé después de haber trabajado como burro tres años en Oxford, vestida con un turbante, haciendo como que toco el violín, mientras suena música estridente de saxofón en el fondo”.

Algunas de las chicas, en mi experiencia casi todas rusas, trabajan con contratos de tiempo completo. Se les paga más de 80 mil rupias por mes (1,350 dólares, nada mal para estar en India) con gastos cubiertos de manutención y alojamiento. Sin embargo, a estas chicas prácticamente no se les permite rechazar un trabajo, no importa dónde o qué sea ni cuánto dure.


El escenario. En éste se han presentado desde estripers hasta karaoke indio.

Al fin y al cabo, no me puedo quejar de explotación como resultado de mi piel de alabastro en un país donde se explota a millones de personas diariamente por tener el tono de piel “equivocado”. Me pagaban 170 dólares por dos horas de trabajo. La mayor injusticia, creo, no es la que yo sufrí, ni siquiera la que sufrieron los tipos que sentían que necesitaban tirar la casa por la ventana sólo para que unas cuantas chicas blancas bailaran con ellos al compás de “Sunny Sunny Yaariyan” en la pista de baile. Era que yo ganara el doble de lo que ganaban las chicas nacidas en India que estaban trabajando en el mismo evento. ¿Por qué? Porque soy occidental y blanca.

Supongo que se podría decir que es una explotación positiva. Pero, al estar parada por ahí vestida de mesa no me sentí para nada positiva.