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música

El método Aguayo

Charlamos con el productor transnacional sobre Cómeme, su próximo disco con Kompakt y su estrategia para ser un espíritu libre en uno de los terrenos creativos más coercitivos de todos: el de la música electrónica actual.

por Nicolás Vallejo-Cano
03 Octubre 2014, 12:52am

Foto por Julia "Yula" Kasprzak

Siempre es un placer entrevistar a un DJ con argumentos. A un productor movido por preguntas y no por flashes. A un artista incómodo que navega las frecuencias del sonido desde sus aguas más profundas y revoltosas. Que entiende a la música como algo que, en esencia, no tiene nada que ver con lo que lo hemos convertido, sino con eso que en últimas es: magia.

O al menos algo similar.

Siempre es un placer hablar con un fino artista del escape.

Y es que hay que verlo arriba, libre de todo personaje.

En el escenario, este experto conductor de noches y mañoso domador de máquinas, se mete en problemas. Espontáneo, coge el micrófono y comienza a tararear lo primero que se le viene a la cabeza. Y entonces se samplea y se loopea una y otra vez. Y le pega a la percu como desesperado. Y entonces al rato entra en trance. Entramos, digo, pues nos tiene a todos bailando, no techno ni house ni el último eructo de basement londinense o de aliento minimalista alemán, sino algo parecido, pero con un algo medio ronda infantil, balbuceo submarino, verborrea pop, paisaje suramericano…

Matías siempre se elude.

Hasta de casa.

Nacido en Chile y criado en Perú y en Alemania, vivió su juventud en Colonia justo cuando estallaba la electrónica germana de la mano de Kompakt, sello definitivo y generacional que pronto se convertiría en la casa de sus curiosidades musicales. Con estaciones en lugares como Argentina y Francia, cultivó un espíritu transnacional que años después inyectaría en Cómeme, un label propio que, gracias a su joven y colorido roster de artistas (entre los que se incluyen varios paisas como Glad Kazuka, Sano y Dany F), pero sobre todo, a su política anárquica (conocidas son sus fiestas callejeras im promptu), a su carácter de laboratorio colaborativo, a sus transmisiones tipo emisora pirata y a su actitud hago-lo-que-se-me-da-la-gana, se ha convertido en uno de los sellos más agalludos de los últimos años.

Y hablo de música electrónica contemporánea.

Es decir: sin géneros. Sin fronteras. Y sin maricadas.

DJ desde el cambio de milenio y con un catálogo de producción ecléctico y sin ninguna duda, impar (del 2009, su celebradísimo Ay Ay Ay, por ejemplo, está compuesto casi en su totalidad por fragmentos a capela), a Aguayo, que ya está por los 40 y desde hace ya casi una década hace parte de esa selecta élite de chilenos, como Jaar, como Villalobos, que refresca la electrónica global desde la diáspora, siempre se lo encuentra inquieto, activo y activista, en un constante desmarque de espacios obvios y trillados. Escapando de la etiqueta, de las tendencias, del supermarket. Divirtiéndose como niño y dándole a la música el respeto que se merece como energía comunal liberadora.

Como una experiencia profunda y espiritual.

Charlamos con Aguayo desde su hogar en Berlín sobre Cómeme, su próximo disco con Kompakt y su estrategia para ser un espíritu libre en uno de los terrenos creativos más coercitivos de todos: el de la música electrónica actual.

Admiro mucho tu libertad en el escenario, como que no hay un guión sino que te dejas ser de una manera muy fluida. ¿De dónde viene ese deseo de desmarcarte?

Fue todo un proceso llegar ahí, obviamente. Liberarme en el escenario. Me fui dando cuenta que en los momentos en los que más me he atrevido y más relajado me he sentido, siempre han sido en los que toco mejor. Para que salga bien lo que quiero hacer, me fui dando cuenta conscientemente de que es importante que yo mismo lo disfrute lo más posible. Y eso solo lo puedo hacer en situaciones con bastante libertad de improvisación. Y el público. Trato de facilitar ese acceso de comunicación con el público para agarrar su energía y así generar un diálogo.

¿Hacia dónde te llevan estos trances de liberación? Por momentos veo que te salen unas canciones medio infantiles, luego unas cosas medio folclóricas, otras veces ya te pones súper technero. ¿A dónde te llevan esos momentos?

Como lo dijiste, al parecer me llevan a distintos lugares y eso tiene que ver con… mmm… un proceso así medio… a ver, ¿cómo lo puedo decir? Mmm… no soy alguien que esté buscando, sino… o sea, no hay una búsqueda, hay una idea de crear situaciones en las cuales, por fuerza, tienen que suceder diferentes cosas. Siento que cuando hago estas improvisaciones libres, que también suceden en el estudio cuando estoy componiendo, entra toda esa parte espiritual de la música, que hay miles de maneras de interpretarla, pero ese momento en el que uno está tan adentro del proceso, que uno no siente que esté activamente creando algo sino al revés: uno está siendo casi un canal para otra energía que viene de cualquier otro lugar. Esos son los momentos más fuertes del proceso musical: cuando uno tiene la impresión de no estar tocando un instrumento, sino que el instrumento te está tocando a ti. Que no estás cantando o creando una letra, sino que una melodía te está saliendo no más. Me gusta mucho propiciar esos momentos en los que yo puedo encontrar soluciones y cosas. No importa de dónde venga eso, puede ser del subconsciente o del más allá o de donde sea. Son métodos para descubrir. No es un trabajo muy conceptual. Es un trabajo de crear situaciones en las que al azar uno pueda descubrir cosas. Y por el otro lado, también es el disfrutar no más.

Es bien interesante ese método, que no se si sea un método o más bien una disposición que tienes para dejarte ir. Tú siempre has dicho que la música es una tecnología muy transparente que permite ver mucho el proceso que hubo a la hora de componerla. En ese orden de ideas, tus producciones también muestran ese free flow, como ese espíritu libre. ¿Cómo son tus métodos creativos en el estudio? ¿Hay métodos creativos o simplemente es buscar llegar a esa zona en la que te puedes dejas llevar?

Bueno, hay muchos métodos creativos y también hay mucho de pensar sobre métodos creativos. Es algo que estoy haciendo todo el tiempo, que es como el centro del trabajo. Para mí es importante cambiar. Cambiar de método de trabajo. Yo prefiero no especializarme en un programa o en una cosa por el resto de la vida, en hacer toda mi música con Ableton o con la MPC o qué se yo, sino que me gusta crear siempre nuevas situaciones. Muchas veces siento que cuando uno domina mucho lo que uno hace, es ahí cuando uno pierde las cosas más originales o más sorprendentes. Pasa muchas veces. Algunos artistas que sacan un primer disco que está muy bueno, pero que después les cuesta seguir, quizás por eso, porque cuando estableces demasiado fuerte un método de trabajo, como que dominas demasiado el instrumento o programa que usas, entonces en algún momento se pone muy difícil crear algo nuevo con eso. Como estrategia creativa, también me gusta reducirme en las posibilidades en el proceso de la producción. Ponerle límites a las posibilidades para encontrar la posibilidad en otros niveles. Es como en Ay Ay Ay, un disco que casi todo es voz, en donde las posibilidades estaban reducidas a eso. Pero fue eso mismo lo que me abrió otro panorama. O con el Legende, que fue grabado con una Commodore Amiga antigua. Siempre trato de establecerme un nuevo método de trabajo.

¿Y ahora en qué estás?

Ahora estuve trabajando mucho con drum machines y loopers. Y también tratando de evitar un poco la pantalla, o sea, de no trabajar tanto con computadora, porque estamos rodeados de pantallas 24 horas entonces como que una pantalla menos me pone bastante feliz (risas).

¿“Humanizar” el proceso de la música electrónica también?

 Claro… sí.

El que habla mucho sobre la limitación de las posibilidades a la hora de producir es Brian Eno. Dice que hoy día hay muchos ingredientes a la mano del productor, tantos, que precisamente se pierde en el laberinto de posibilidades.

Claro. En música no se trata de posibilidades. Yo creo que hoy en día puede ser difícil, sobre todo empezar a hacer música, teniendo a la mano todas esas posibilidades. La falta de posibilidades activa tu fantasía. ¿Cómo resuelvo este problema? ¿Qué hago? Eso como que crea otro nivel de concentración y de dedicación en el trabajo, siento yo. Cuando yo era chico y grababa con mis casetes, tenía un casete, una guitarra y un tecladito y eso era todo. Entonces era, ¿cómo hago? No puedo tocar estos dos al mismo tiempo… ¿cómo lo resuelvo? Cosas así. Luego era: tengo solo cuatro pistas, ¿qué mierdas hago yo con cuatro pistas si ya las llené todas con una idea? Todo esto siempre te lleva a algo bueno. Creo que la industria de producción de instrumentos y programas opta mucho por eso, por crear la necesidad de tal programa con tales posibilidades, pero yo creo que el instrumento es el instrumento y que con eso hay que moverse. Yo creo que esa industria no es tanto para el músico, sino para el que compra, prueba, se frustra y luego compra otra cosa. Es un tema de consumo. En el fondo es una mentalidad muy consumista esa de las posibilidades. Que tienes que tener tal y tal programa.

Hablas de la activación de la fantasía. ¿Qué tipo de fantasías tienes en el estudio… por ejemplo para tu último disco, el Legende?

Por ejemplo, en un tema, que es el único tema con voces, es una fantasía más “vampirística”, digamos. Esa escena en la que se encuentran los vampiros de vez en cuando, que en algún momento tienen que huir porque va a salir el sol y tú sabes… ellos no pueden vivir en el sol. Es una fantasía o una metáfora que se me ocurrió ahí o que me apareció en algún momento, que para mí es un poco como poesía nocturna o poesía de la noche. Es una historia de vampiro pero al mismo tiempo es una historia que la gente de la vida nocturna comprenderá muy bien (risas). Todo ese disco tiene una fantasía así, como una melancolía. Es medio post-amor.

Suena gótico…

Sí… bueno, también tiene que ver con mi pasado y con mi adolescencia.

¿Eras un goth? ¿Te pintabas las uñas de negro?

Bueno, yo diría más new wave que goth. Pero sí… hacía parte de alguna tribu urbana oscura (risas).

Sí, a veces se te sale por ahí el dark, ¿no?

Obvio, claro, se me salen las influencias. Aunque no son solo influencias, porque no es citar algo, es más haber vivido un cierto tiempo que a uno lo formó musicalmente. Esa parte se puede negar muy poco. Así como no se puede negar la influencia de la música suramericana o chilena, que es una influencia que viene más de la infancia… o después el punk… no se, son diferentes momentos musicales que sucedieron durante mi vida.

Pero nunca buscas la referencia exacta, ¿verdad?

No, no, absolutamente no, porque no me interesa mucho eso. Siempre fui de la mentalidad de que hay que ser súper moderno (risas) y de que hay que buscar lo nuevo o lo diferente o lo que no cita o no se relaciona con nada. Viene del antiguo espíritu del techno. La idea era como desprenderse. La referencia también significa menos libertad. Referencia significa reverencia. Y la referencia tiene también cierto conservatismo. Y además, hoy día… o bueno, no se si hoy día más que antes, pero como que la referencia clara musical a mí me parece que siempre tiene algo de falso. Como esas etiquetas de género, tipo “deep house”, bastante claras, que en el fondo terminan como en cliché o en una imitación de una parte de lo que en algún momento fue otra cosa nada que ver. El espíritu siempre fue algo rebelde, algo modernista, y eso no quedó, quedó más bien la forma, el bombo, el hi hat, pero para mí, siempre significó buscar algo nuevo.

Detecto en ese espíritu rebelde un deseo de escapar del control. Del control de la etiqueta. Del género. Del supermercado. Y lo noto mucho en el uso de tu voz. Hoy en día todos usan las mismas máquinas. Todos usan los mismos hi hats. Etcétera. Pero solo tú tienes tu voz. Y con tu voz tú haces los tambores, los bajos, las atmósferas, las melodías…

Sí, ese es un instrumento único obviamente, entonces yo encuentro muy favorable usarlo (risas). Siempre me gustó la idea de hacer un sonido único. De no seguir las reglas. Que tiene también que ver, yo creo, con cómo crecí. Porque, imagínate, nací en Chile, crecí un tiempo en el sur de Alemania, después me fui con mis papás a Perú, luego volví a las afueras de Colonia… y así. Como que tú llegas siempre a nuevos contextos o a contextos muy extraños o ajenos. De alguna manera aprendes a formarte tu propio universo estético. Tu propio lenguaje. Creo que de ahí parte todo un poco.

Pero siento que en ti y en tu música hay una reflexión profunda sobre el control: cómo opera y cómo escapar de él. ¿Es cierto o me lo estoy inventando?

Es cierto, seguro. Sí, siempre fue un tema que me interesó. Que puede ser también el autocontrol sobre las cosas. Con todas las herramientas que ofrecen, por ejemplo, los programas de música, como la cuantización y todo eso, la música a veces es una manera de controlarte a ti mismo. Como que la idea de la sociedad de control nos ha llegado hasta la cuestión de hacer la música. Entonces sí, siempre me interesó la idea de desaparecer, pero obviamente hoy en día con todo el desarrollo tecnológico esa posibilidad me suena cada vez más lejana en este mundo Orwelliano (risas). Pero aún así siempre se trata de encontrar la libertad.

Que en ti se evidencia en cierto instinto primitivo que tienes muy latente, también en cierto espíritu infantil que como que sale…

Sí. Obviamente eso es algo que uno trata de cuidar porque es algo que todo el mundo te trata de arruinar. Pero cuidar y proteger al niño que hay en ti es una de las cosas que tiene que lograr un músico o que la música puede lograr para un músico, más bien. Y lo de niño lo digo en un contexto positivo, no significa no tener responsabilidades, sino disfrutar y vivir una cierta libertad que ciertas expectativas o el contexto te pueden quitar.

Hablando de Kompakt, sello en el que creciste un poco, ¿qué tipo de ethos o de legado extraes de ahí para inyectarle después a Cómeme?

Buena pregunta. Sobre todo, quizás, cosas que aprendes dentro del contexto de trabajo, no tanto hacia afuera. Kompakt para mí es casi familia, porque es gente que conozco casi desde que llegué a Colonia hace mucho tiempo. Y yo creo que ahí hubo siempre un espíritu de apoyo hacia la escena, de formar estructuras entre la gente, de cuidarla. Eso siempre lo encontré muy inspirador.

¿Como esa especie de células colaborativas que tú has armado al interior de Cómeme?

Sí, pero en nuestro caso eso ha sido mucho más extendido y radicalizado. Nuestro trabajo tiene una cosa más de colectivo, de una idea de crear en comunidad que surgió también un poco de ese sentimiento de que la música que más nos gusta nunca es la del autor solitario en su mundo más introspectivo. No nos interesa eso. Lo que nos interesa es generar un contexto de trabajo.

Con un espíritu muy transnacional, ¿no? Que me imagino que también viene de tu experiencia de vida. Porque eres un ser bastante… ¿transnacional?

Claro, sí, absolutamente. Eso de lo transnacional obviamente es muy evidente e importante también. Y claro, tiene que ver con mi pasado y con cómo surgió todo esto. Tener varias vidas en varios lugares del mundo al mismo tiempo que ofrecen diferentes posibilidades. Y hacer un puente entre cosas que me constituyen también. Combinar esas estructuras que hay acá y tengo a mi alcance, con las fantasías y las ganas de chicos en Chile o en Colombia o qué se yo. Eso es muy bonito.

¿Cuál es tu percepción de la música electrónica contemporánea? ¿Sientes que se ha perdido algo del espíritu inicial?

No, siempre hay sorpresas y novedad, sobre todo hoy. En Latinoamérica, por ejemplo, donde te das cuenta que hay un acceso completamente diferente y donde la referencia a Europa se vuelve menos importante de lo que era antes. Yo no lamento el pasado. Van cambiando los lugares donde uno puede encontrar esa subversión. Que uno la puede encontrar hoy en día más en lo tropicaloide y menos en lo que algunos llaman “house”. Yo más bien siento que en lo que uno llama “géneros” sucede eso. Que arrancan con un espíritu muy innovador y luego lo pierden. Pero el espíritu rebelde siempre existe y se va a otros lugares. Busca la manera.

Se habla mucho de la fiesta, de la cultura de la fiesta y de los que conducen la fiesta, pero no se habla tanto del baile. ¿Por qué crees que se da esto?

No se habla del baile porque la cultura está dominada por un discurso extremadamente anglosajón o, digamos, hemisferio norte, por llamarlo de alguna manera, que obviamente no pone eso en el centro. Obviamente estamos haciendo música en la que los elementos musicales tienen una relación con el cuerpo del bailarín: los agudos que hacen que muevas los hombros, los graves que indican un poco los movimientos de los pies o las caderas. No es como un monólogo hacia el público, sino que es, más bien, como que nada de esto tiene sentido si no hay quien lo baile. En la interpretación más anglosajona, ese elemento no es tan fuerte. Un tema muy valorado puede tener el ritmo más aburrido de la vida y todo un cuento melódico encima, pero así no funciona la música para el bailarín que realmente le gusta bailar con todo su cuerpo. Eso funciona para mover los pies de un lado a otro. Para el flash. Para una ejecución más visual de la música. Creo que esa es una de las razones por las cuales el baile como discurso no está tan presente.

Imagino que inscrito o inspirado en la tradición del soundsystem, del rave, de la fiesta de esquina o block party o simplemente de la congregación de gentes alrededor de la música, tú has impulsado una movida de fiestas callejeras, las Bumbumbox. Has buscado sacar la fiesta al espacio público. ¿Sientes que el concepto de club está agotado?

No lo diría tan radicalmente. A mí me sigue encantando la discoteca, hasta me gusta el olor asqueroso de las discotecas cuando uno va al soundcheck (risas). Pero lo que sí pasa es que el público de la discoteca en muchos lugares se ha homogeneizado bastante. Es un público que sabe a lo que va. Y que paga por eso. Es obviamente una situación que a la larga no es la más inspiradora. Además, porque el soundsystem común de la discoteca te lleva hacia un sonido, ¿no? O sea, los graves, los medios, los agudos de la discoteca, te llevan a una cierta manera de mezclar y hasta de producir, incluso ahora con estos Funktion-One que hacen que todo suene igual en todas partes. Obviamente, como que cosas así matan mucho como la creación y la fantasía. A mí, enfrentarme a un público que no me conoce, por ejemplo, es un desafío mucho más lindo, porque es una comunicación más abierta. A mi siempre me gustó comunicarme con gente nueva. Gente de otros lugares y de otras generaciones. Entonces como ese monólogo del Funktion-One-discoteca-no se qué, no es muy inspirador ni tampoco te da nuevas ideas. Es un monólogo para una escena muy pequeña en el fondo, como que solo lo puedes entender del todo si ya haces parte. Es un lenguaje demasiado insider, digamos. Eso es algo que no me gusta ni cinco, como dirían ustedes. Nunca le encontré el atractivo.

¿Estas reflexiones tuyas están acostumbradas de lecturas?

Siempre, de muchas cosas. Pero evito libros sobre escenas musicales o de historia de la música. Para serte honesto siempre he tratado de evitarlos. Siento que no debería saber todas estas cosas. Como que me quitarían un poco de libertad. No se, como que no soy muy amigo de la nostalgia. Hay una cierta nostalgia en las leyendas y los mitos que uno crea sobre el pasado que son contraproducentes para lo que uno quiere hacer hoy.

Háblame de Medellín. ¿Por qué tienes ese link como tan íntimo con esa ciudad y el parche de productores?

El Medelink (risas). La historia para mí comenzó la primera vez que fui, para una edición del Medelink, precisamente, el festival que se hacía ahí. Y Avril, mi esposa, también había estado. Y armamos un parche como con toda esta gente. Había como un espíritu común. El año pasado incluso grabamos un disco, estuvimos unas semanas produciendo música ahí en Rionegro en un estudio provisorio. Estuvimos ahí todo el tiempo con Gregorio (Glad Kazuka) y Sano. Está bueno y muy interesante. Es algo que queremos editar para Cómeme el próximo año. Estamos trabajando en eso. Es un disco de todos juntos. El título de trabajo siempre ha sido Rionegro, capaz que se llame así el disco.

Matías Aguayo se presenta el viernes 3 de octubre en Bogotá (BAUM), el 4 en Medellín (Breakfest), el 10 de nuevo en la capital paisa (Calle 9 + 1) y el sábado 11 en Cali (Mikasa). Su disco Legende se lanza por Kompakt este 6 de octubre.


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