Anecdotario

Sutatenza, recuerdo de una utopía

En el marco de la Exposición sobre Radio Sutatenza que se inaugura el 25 de Mayo en la Biblioteca Luis Ángel Arango, revisitamos el pueblo y la historia de la que llegó a ser la emisora más grande de Colombia.

por Gabriela Supelano
23 Mayo 2017, 7:54pm

Escuela Radiofónica familiar. ca. 1960. Fondo ACPO - Radio Sutatenza. Colección Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República

En el borde del pueblo, en ese pequeña franja que limita la montaña, descansa el viejo carro de tren. En su interior, la cojinería de cuero blanca sigue intacta aunque los pisos de madera crujen desajustados. La pintura se ha caído y el oxido invade los marcos de las ventanas. Todavía se mantiene el bar donde tantos presidentes, líderes políticos y religiosos se tomaban un trago mientras los habitantes del pueblo miraban desde lejos, en un tumulto, esperando ver tal vez algún Kennedy sentado en esa cojinería, siendo testigo de la inmensidad de la montaña que todavía se eleva en frente. El carro de tren, ahora solitario y deteriorado, es solo una anécdota vieja de lo que alguna vez fue Sutatenza.

Fue por la década de los 60, cuando varios hombres trajeron el carro de tren al municipio de Sutatenza, localizado en el Valle de Tenza, al nororiente de Boyacá. Por el terreno montañoso y la falta de carretaras, la traída del vagón fue una labor titánica. Pero ya los habitantes estaban acostumbrados a las excentricidades del cura José Joaquín Salcedo, quien había convertido este pequeño municipio alejado en la sede de la radio más grande del país: Radio Sutatenza. Salcedo era visionario y sabía que no solo era importante tener un buen proyecto, sino lograrlo financiar. Por eso viajó por el mundo y encantó a líderes de todo tipo. Consiguió financiación y logró que el pueblo fuera visitado por presidentes, diplomáticos, líderes de la iglesia católica y personalidades de la farándula. Por ende el vagón, un lugar distinto, con aire de sofisticación, y alejado de los lugareños, donde se pudiera atender como se debía a los ilustres huéspedes.



Monseñor José Joaquín Salcedo, fundador de ACPO. ca. 1962. Fondo ACPO - Radio Sutatenza. Colección Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.

Hoy Sutatenza todavía tiene el viejo carro de tren y también las megainfraestructuras que Salcedo construyó para enseñar a los campesinos a enseñar. Porque Radio Sutatenza era, más que un medio de comunicación, un medio para educar a todas esas personas que vivían en las montañas de Boyacá y Colombia, en veredas tan alejadas que no existían escuelas y donde la taza de analfabetismo era altísima. Las lecciones se transmitían por radio y los campesinos que quisieran y que demostraran el temple necesario, se convertían en abanderados de Sutatenza. Tenían su radio, sus cartillas, iban al pueblo a las jornadas educativas, y terminaban fortaleciendo esa cadena de aprendizaje que comenzaba con una ondas radiales lanzadas al espacio.

Los que querían ser "líderes" o "dirigentes" se quedaban en dos grandes edificios: El Instituto Masculino y Instituto Femenino, donde habían dormitorios, duchas, salones de clase y muchas, muchas canchas de basketball. Extrañamente el pueblo está lleno de canchas de este deporte norteamericano, cuya popularidad está ligada posiblemente a que muchas de las ayudas y donaciones que recibía Salcedo eran de entidades estadounidenses como USAID, la agencia de Estados Unidos para el desarrollo. Hoy, las canchas del Instituto Femenino están llenas de grietas, se mantienen los aros, la mayoría sin cestas. Por entre las fisuras crece musgo y se asoman algunas pequeñas plantas. Enfrente se alza el enorme Instituto Femenino, un edificio blanco de varios pisos, muchas ventanas, recordatorio de antiguas construcciones educativas. Ya no se puede entrar, pues fue construido sobre una falla geográfica y está clausurado. Desde la cancha se ven las ventanas vacías, los antiguos lugares por donde centenares de líderes caminaron y durmieron. En alguna época el comedor se llenaba de voces riendo, de pasos rápidos, de olores a comida caliente. Hoy se escucha el viento entre las ramas y se siente ese escalofrío típico que viene con el abandono.


Entrega de 100.000 aparatos radiales a ACPO. ca. 1963. Fondo ACPO - Radio Sutatenza. Colección Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.

Una de las labores más importante de Radio Sutatenza y su institución madre ACPO (Acción Cultural Popular) fue crear un aparato educativo gigantezco, en donde no solo se creaba contenido, de tipo radial e impreso, sino que también se formaban personas que lo replicarían en el resto del páis. Los "líderes" eran aquellos hombres y mujeres que recibían capacitación por unos cuatro meses en los institutos y volvían a su lugar de origen, con radio y cartilla en mano, para seguir la labor de las Escuelas Radiofónicas. Por lo tanto, muchos radios se vendieron durante los casi 50 años de existencia de Radio Sutatenza. Se crearon cuñas radiales que los promocionaban usando canciones campesinas interpretadas por Los Tolimenses como: "Compre su radio compadre" o "Pa' que se instruiga". Inclusive se vendieron radios que únicamente podían sintonizar la frecuencia de Radio Sutatenza y que con el tiempo los oyentes supieron modificar con pines metálicos para poder escuchar también otras emisoras.

Los "dirigentes" eran personas que querían ir más allá, asistían a los talleres y no solo los replicaban en sus lugares de origen sino que también viajan a otras regiones del país a llevar la palabra del cura Salcedo. Arnoldo Candela es uno de estos y aún vive en Sutatenza. Él llegó al Instituto Masculino cuando todavía era menor de edad. Era la primera vez que dormía por fuera de su casa materna. Los chicos se peleaban el primer puesto de las duchas y Arnoldo tuvo que aprender a despertarse muy temprano para ser el primero en usarlas. Todo era extraño, vivir con otros jóvenes, comer platos distintos, aprender sobre el campo, conocer personas negras que venían de regiones remotas o indígenas, ver a Colombia y al campo colombiano como un lugar diverso. El Instituto Masculino todavía sigue en pie, ahora es sede de la Universidad Pedagógica Nacional, y sus aulas aún se utilizan para la educación. Las duchas se volvieron salones de arte y aunque todavía tiene estudiantes, cada vez son más pocos.

Crédito: Conchita Sastoque, primera auxiliar inmediata de ACPO. ca. 1956. Fondo ACPO - Radio Sutatenza. Colección Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.

Caminar por las calles de Sutatenza es acostumbrarse al silencio. El contraste entre los viejos videos y fotos es monumental. En las imágenes en blanco y negro se ven las calles llenas, la plaza ocupada por multitudes enormes, los edificios activos, helicopteros cargando presidentes, campesinos cargando verduras, movimiento. Hoy, las calles están limpias, las casas se preservan, no se ve pobreza, pero la única aglomeración de gente es un grupo de diez de personas que hacen fila para entrar a la alcaldía. En la esquina de un parque moderno, cuyo diseño limpio y acéptico rechina en contraste a las casas que lo rodean, se puede visitar el Museo de ACPO. En él hay muchas fotos, radios que se utilizaron a través de las décadas, un pequeño cuarto que tiene la cama y closet del cura Salcedo, y hasta su fiel caballo disecado. Todo el museo está cubierto por una leve capa de polvo, es oscuro y humedo y sus únicos visitantes son un par de personas que realizan un documental sobre la radio. Son tres habitaciones repletas a estallar de memorabilia de la gran Radio Sutatenza, recuerdos guardados en un closet, una idea de progreso del campo que parece quisimos olvidar.

Por allá, bien adentro de la casa museo todavía existe un jeep viejo con las letras de ACPO pintadas en un costado. Está parqueado en lo que parece fue un patio de alguna casa, un espacio sin salida y absolutamente conquistado por la maleza. Su pintura se ha caído y su cojinería fue carcomida por el tiempo. Este, fue uno de una tropa de carros que se conocían como ACPO móviles, vehículos que viajaban por las veredas más alejadas, llevando radios y material pedagófico, armados de unos altoparlantes que reproducían cuñas, programas radiales y música.

El Auxiliar Inmediato Clímaco Rosales en su Escuela Radiofónica comunitaria en Puerres, Nariño. ca. 1967. Fondo ACPO - Radio Sutatenza. Colección Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República

Al igual que el jeep destartalado, el legado de Salcedo, quien desde 1947 hasta 1994 creó un enorme proyecto cultural y educativo, desapareció con su muerte. Y ¿por qué falló? Tanta financiación, tanta cobertura, tantos estudiantes y líderes, tantas redes tegidas en el campo se fueron disolviendo con el tiempo hasta convertirse en una historia que cuentan solo algunos ancianos. Según Juan Pablo Angarita, uno de los curadores de la exposición de Radio Sutatenza del Banco de la República, que será abierta al público este 25 de Mayo, no hay una sola respuesta. Tal vez fue el cambió forzado y a las patadas de un país rural a uno urbano, tal vez fueron las peleas que Salcedo tuvo con algunos miembros del partido Liberal, o su último distanciamiento con la Iglesia Católica después de apoyar un programa de control de natalidad, impulsado por sus patrocinadores norteamericanos. Pero, principalmente, dice Angarita, el gobierno colombiano nunca hizo los cambios necesario en su política agraria para que el proyecto de Radio Sutatenza fuera viable en el tiempo.

El proyecto: tecnificar el campo y darle una buena calidad de vida a los campesinos. Abrir sus mentes para que vieran el agro como una opción que les daría una vida digna y buena, darle el poder a las veredas de transformarse en lugares donde no solo se producía materia prima, también se podía transformar esta en bienes de mayor valor. Visto ahora, desde el silencioso atardecer que llega a Sutatenza, no es fácil decidir si fue una utopía. Porque a pesar de que el vagón del tren este vacío, de que el ACPO Móvil no ande, de que los edificios se caigan y sus aulas convivan con la soledad, no se puede negar que por ahí pasaron seres humanos de carne y hueso. Hombres y mujeres que aprendieron a leer y a escribir, que les enseñaron a sus vecinos a sembrar huertas orgánicas y a obtener agua potable, que aprendieron a hacer teatro y a tocar guitarra, hombres y mujeres que ahora tienen sus rostros agrietados como las canchas de basketball, pero que existieron en el mundo, al igual que sus hijos y nietos, y que aún recuerdan esos radios pequeños, esos mínimos objetos que, a través del sonido, les mostraron el mundo.