No gracias, quédense con sus sillas rojas "exclusivas para mujeres"

¿Es lógico que sigamos aceptando políticas públicas que nos aíslan y segregan en el espacio público?

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dic. 13 2017, 9:52pm

El pasado fin de semana, el Concejo de Bogotá aprobó un proyecto de acuerdo en que las mujeres, sin importar la edad que tengamos, vamos a tener prioridad para usar las sillas rojas en Transmilenio, especialmente en horas pico.

El proyecto, propuesto por el concejal de Bogotá Marco Fidel Ramírez, busca reducir los acosos y las agresiones sexuales en contra de las mujeres mientras hacemos uso del transporte público. “Más mujeres sentadas significa más mujeres protegidas”, es la frase con la que el conocido ‘Concejal de la Familia’ (casi nadie) defiende su propuesta, que es más bien una sugerencia del Concejo de Bogotá, porque, como no es una ley, no es algo obligatorio ni puede integrarse en el Código de Policía.

Y a pesar de que la sugerencia va a estar acompañada de estrategias pedagógicas y de sensibilización con la Secretaría de Movilidad y la de la Mujer, asegura el concejal, la misma secretaria de esta última entidad, Cristina Vélez, rechazó el proyecto. Para ella, la intención no solo es “segregacionista”, sino que no soluciona en absoluto el problema del acoso en el transporte público. Aunque las denuncias de este tipo han aumentado en Bogotá, demostrando una mayor cultura de denuncia entre las mujeres, aún hay mucha trocha por andar: según la secretaria, dos de cada tres mujeres siguen siendo acosadas en la ciudad mientras utilizan el transporte público.

Pero estas no son las únicas razones por la que este proyecto de ley estaría meando fuera del tiesto. No hace falta un estudio exhaustivo para darnos cuenta de que el hecho de estar sentadas en los buses no nos va a salvar de los manoseos y las sobadas: el que quiere acosar, acosa. Si partimos de esto, ni paradas, ni sentadas, ni corriendo mientras salimos hacia la puerta del bus, vamos a evitar el síntoma de un problema: el machismo, en una de sus formas más burdas, que es estructural, inherente a nuestra sociedad, y que va más allá de una prohibición, una multa o una sugerencia.

El ejemplo de lo que digo, sin irme muy lejos, es el de Ciudad de México. El acoso sexual es una problemática muy grave y muy real en esta ciudad, y el Estado ha intentado todo para combatirlo: desde campañas de sensibilización con el diccionario Larousse a través de palabras en el metro, hasta repartirle silbatos a las mujeres para que avisen cuándo estén siendo víctimas de acoso cuando se transportan de un lado a otro. Incluso la organización ONU Mujeres incluyó una silla que tenía pegada la forma de un pene para sensibilizar a los mexicanos sobre la incomodidad que las mexicanas tienen que vivir a diario. Las campañas no han sido efectivas; según Vélez, las cifras de acoso en México no han disminuido lo esperado: otra razón para no implementar el proyecto de ley.

México no ha sido el único en apartar vagones para sus mujeres. La medida ha sido adoptada por varias ciudades del mundo: Tokio, Nueva Delhi, Sao Paulo… Todas ciudades con decenas de millones de habitantes que dividen a hombres y mujeres para evitar lo inevitable: el machismo latente que se vive en estas ciudades y que es lo que valida, para los hombres, actos como un piropo, un frotamiento, una manoseada o un intento de violación.

¿Es acaso dividir y segregar la manera de hacerle frente a esta problemática?

Es preocupante que la respuesta de varios gobiernos frente a un problema estructural sean pañitos de agua tibia de este tipo. Preocupa también que muchas mujeres, incluso las feministas, estén convencidas de que esta medida es una buena solución.

Pero lo que más me preocupa de todo esto es que una vez más se está modificando una dinámica social, sobre todo la manera en la que las mujeres nos relacionamos con nuestro espacio, para tratar de solucionar una problemática machista. Nos aíslan en sillas, nos agrupan en un solo vagón del metro, y siguen aprobando políticas públicas que nos protegen y nos conciben como seres especiales. Más débiles.

Y que aceptemos esto, sin exigir otro tipo de tratamiento aparte del punitivo y el segregativo para combatir estos problemas, nos hace cómplices. Sí: cómplices de una sociedad repatriarcalizada, que nos hace creer que nuestri feminismo está funcionando y que ahora somos iguales, mientras sigue aprobando políticas que nos siguen concibiendo como seres inferiores a los que hay que proteger, y más importante que eso, leyes que nos siguen poniendo en el centro de la discusión, cuando son los hombres los que deberían ser protagonistas de leyes que tratan de combatir el machismo.

¿Es acaso dividir y segregar la manera de hacerle frente a esta problemática?

Por el contrario, apartarnos de los hombres en los espacios públicos es un triunfo para ellos: uno más. Es como si la sociedad aceptara con la cabeza gacha que los hombres no son capaces de no acosar mujeres, y por eso prefiere alejar a las mujeres de ellos. ¿Es lógico aceptar esto?

No estoy en contra de estas leyes, no me malinterpreten.

Soy consciente de la urgencia de hacer algo, porque es que nos están matando, nos están violando, nos están manoseando en los buses. Estas leyes y estas iniciativas son válidas como mecanismos de emergencia ante nuestro presente. Pero si no seguimos haciendo nada a nivel educativo, si no incentivamos la cultura de denuncia, si no exigimos leyes que sean integrales y ataquen todos los frentes de nuestra sociedad, incluyendo a las nuevas generaciones, no estamos haciendo nada.

Que un pelado de doce años entienda e interiorice por qué no está bien agarrarle el culo a su compañera, o frotarle toda su humanidad a la primera que vea parada en un bus, hace toda la diferencia. Mientras tanto vamos a seguir adaptándonos a leyes que nos van a terminar encerrando en nosotras mismas. Y quizá algunas quieran eso, pero no pienso que esa sea la salida hacia una sociedad más igualitaria.

Así que muchas gracias pero no: bien puedan quedarse con sus sillas rojas.

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