Con un bello poema a la arrechera, recordamos al nadaísta Elmo Valencia

El pasado martes 12 de septiembre, en el sur de Cali, murió 'El monje loco' de la poesía. Les dejamos tres poemas de amor para recordarlo.

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sep. 12 2017, 11:39pm

Archivo | VICE Colombia

Murió hoy, al sur de Cali, el poeta Elmo Valencia. "El Monje Loco", como se lo conocía, murió en el ancianato de San Miguel, al sur de la ciudad, donde había estado pasando sus últimos meses de vida. Valencia era una reliquia poética nacional: junto a Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez y Eduardo Escobar fue uno de los pilares del nadaísmo, el irreverente movimiento vanguardista de los sesenta que hubo acá en Colombia. En su Primer Manifiesto el nadaísmo se presentaba como "una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia".

Valencia era ingeniero electrónico, pero vivió en la pura encarnación de la poesía. Lo bautizaron como 'El monje loco' por sus búsquedas zen durante su juventud. Con Islanada ganó el Premio Nadaísta de Novela en 1967. Publicó también Bodas sin Oro. Cincuenta años del nadaísmo 2010 y varios poemarios.

"Decidimos llamarnos nadaístas porque consideramos que la nada es el principio del todo. ¿De dónde sale el todo? De la nada. Muchos nos han emparentado con el existencialismo, del cual Sartre fue el precursor, pero lo cierto es que lo nuestro iba por otro lado. El francés se enmarcaba en la filosofía del ser, de lo absurdo, mientras que nosotros nos agarramos de la nada para crear con un lenguaje totalmente distinto a lo que se había hecho en la pacata Colombia", dijo a El Telégrafo Valencia en una de sus famosas entrevistas.

Recordamos al 'loco' con tres poemas suyos al amor, que nos permitimos reproducir acá en VICE.

Poema para aumentar el poder de la libido

Hagamos el amor frente al espejo
donde la belleza se mira los senos.
El espejo no dirá nada. La Belleza, menos.

O hagámoslo frente a un cuadro de Goya,
me gustaría La Maja Desnuda,
por el brillo de su vello púbico.
Goya no dirá nada. La Maja, menos.

Te imaginas nosotros haciendo el amor
frente a ese lienzo que en el mercado
tiene un valor de millones de dólares
según los mercaderes del arte?
Se me paran los pelos de punta de solo pensarlo.

Si un gato nos mira, hagámoslo.
Me gustaría que fuera el gato
que Cleopatra guardaba entre sus muslos.
Los gatos, tan tiernos, sobre todo el gato de Cleopatra.

Hagámoslo frente al Ovni
en que los marcianos vinieron a la tierra
para presenciar la resurrección de Cristo.
El Ovni no dirá nada. Los marcianos, menos.

Hagámoslo frente a cualquier cosa:
un televisor encendido, un fetiche,
una concha marina, un buque de guerra,
un canario, un escaparate, un fusil,
un coche deportivo, o una araña peluda.

Menos frente al volcán Vesubio.
Como en los tiempos de Pompeya,
un río de lava podría nuevamente
cubrir nuestros cuerpos desnudos.


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Los senos de la Mona Lisa

Se abrió la chaqueta Mona Lisa
para mostrarme sus senos desnudos.
Fue París, en el Louvre, febrero del 65.
Nieve en las calles y en los parques.

Venía yo de La Habana de conocer la revolución.
Al verme, frente a ella, solo,
se abrió la chaqueta para que supiera
que sus senos y la revolución cubana
tienen un mismo origen: el derecho a la vida.

Yo ya había acariciado los senos de la revolución,
erectos como dos fusiles.
Ahora sólo faltaba, para sentirme poeta
en toda la plenitud de la palabra
acariciar los pechos de la bella Mona Lisa
que con tanto deseo me ofrecía.

Así que, aquel febrero del 65,
en el Louvre, sin que nadie nos viera,
me acerqué a ellos, y los tuve en mi boca.

Amémonos

Amémonos al pie de la letra de una canción de Los Beatles.
Al pie de un verso surrealista, de un volcán echando chispas.
O de un reloj despertador porque el polvo del amor tiene un sueño profundo.

Amémonos bajo la lluvia para ver en el agua
los gestos que harán nuestros rostros cuando lleguen los besos
y el orgasmo.
Delante del lago de los sueños donde vive tranquilo un cocodrilo de plata
para hablar con él y decirle
que nunca dejaremos de amarnos.
O detrás de una estatua cagada por miles
de pájaros. Nos traerá buena suerte.

Amémonos como Diego Rivera amó a Frida Kahlo
y Neruda a su canción desesperada.
Desesperados estamos todos porque no sabemos
hacia donde nos lleva este barco ebrio de Rimbaud.
Amémonos lejos del mundanal ruido
o cerca del aeropuerto para oír el rugir
de los motores de los aviones
cuando estemos unidos con los cuerpos ardiendo.
En fin, amémonos hoy jueves
porque mañana lunes es imposible.

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