Semana de la televisión

Las telenovelas son el mejor producto cultural de los colombianos

OPINIÓN | Cansada de los aguardientes y los buñuelos, una inglesa nos explica de qué deberíamos estar orgullosos en este platanal criollo.

por Phoebe Hopson
23 Marzo 2018, 4:26pm

La novela "Betty la Fea", escrita por el colombiano Fernando Gaitán, ha sido traducida a veinticinco países en todo el mundo. | Ilustración: Juan Ruiz. | VICE Colombia. 

Existe una lista larga de preguntas que los colombianos hacen a los extranjeros como gesto de bienvenida. El listado típico está evidentemente impulsado por la curiosidad, pero también por una idea de orgullo nacional un tanto extraña: preguntan por las cosas que para ellos merecen un reconocimiento de alguien que provenga de otro país.

Más o menos son así.

¿Cómo te parece Colombia? ¿Te gusta la comida? ¿Qué opinas del aguardiente? ¿Alguna vez te has comido algo así? ¿La bandeja paisa? ¿Y ya has escuchado salsa? ¿Sabes bailar? ¿Allá que bailan? ¿Qué tal las mujeres de Medellín (si el extranjero es hombre)? ¿Y tienes novio (si eres mujer)?

En estas preguntas se encierran varias cosas: un evidente gozo por la vida, la importancia que a nivel nacional le dan a la farra y también una curiosidad innegable por saber tu estatus amoroso. Pero también, en mi opinión como “gringa” radicada en Colombia, hay una gran negligencia: la omisión, en todas estas preguntas, de las telenovelas, probablemente la que creo es la exportación cultural más grande de Colombia.

Ningún colombiano —suelen ser taxistas los que me preguntan más— me ha preguntado nunca si he visto las telenovelas que acá se producen. Lo cual me parece una injusticia. De ahí tendrían mucho de dónde agarrarse para estar orgullosos.

Sin querer recibir amenazas (opinar sobre la identidad colombiana es un terreno arriesgado), me atrevo a decir que las telenovelas de Fernando Gaitán han tenido un mayor impacto en el mundo que las historias de Gabriel García Márquez. Y si no es impacto, al menos sí debe ser mayor el número de personas que ha visto una telenovela de Gaitán que las que han leído una novela de García Márquez.

"Yo Soy Betty, La Fea" cautivó audiencias en ciento ochenta países, fue traducida en veinticinco idiomas e inspiró casi treinta adaptaciones.

Yo creo que muchos colombianos no saben estos números. Ni tampoco, que las cifras del rating de telenovelas que lo tienen a uno ahí, pegado constantemente del televisor. Por eso es que cuando estoy en plena pereza dominguera viendo una telenovela colombiana creo que merezco una reacción mejor que "¿pero qué haces mirando esa mierda?".

***

En el documental Gabriel García Márquez y el Cine, realizado por la cadena televisiva Film And Arts, el Premio Nobel colombiano reconoce el consumo de las telenovelas como un vicio nacional, pero alaba firmemente su poder narrativo. “Para una persona que quiere llegar a la gente, la telenovela es una atracción permanente, una especie de polo magnético, a la cual no se puede escapar”, dice, admitiendo a su vez que, en una sola noche, un episodio de melodramatismo bien contado podía llegarle a más gente que los libros que escribía en vida. Tenía ganas de redactar el guion de una telenovela, asombrar que ese no es un terreno cochino sino prolífico.

El crítico de televisión Ómar Rincón, que también reconoce el desprecio histórico que hay en Colombia por el género —pese a sus impresionantes cifras de rating, como si se tratara de un gusto vergonzante—, considera el formato de la telenovela colombiana como un espejo de la sociedad.

“Es el formato cultural más importante de América Latina —me explicó él—. Es donde pensamos los problemas de la colombianidad y dónde mejor nos expresamos adecuadamente nuestro identidad [...] Se parece mucho a la realidad: no nos creemos así, pero así somos”.

De lo que he observado como extranjera, yo sí creo que las telenovelas son una representación de la sociedad colombiana que se desarrolla en forma de pantomima a través de personajes estereotípicos y unidimensionales. Dichos personajes se entraman en narrativas que tienen mucho que ver con la cultura nacional, pero sin perder nunca la predictibilidad: contrario a grandes producciones estadounidenses —y no quiero decir que esto sea mejor o peor— los personajes colombianos no varían, uno ya sabe cómo son, cómo reaccionarán. Es un terreno seguro.

Por eso son tan deleitables: los malos son malos y los buenos son buenos al estilo colombiano. No son Batman y The Joker, sino Pedro el Escamoso y el argentino que es su patrono.

Personajes como La Diabla, la pelirroja que sube de rango de prepago a narcotraficante en la serie Sin Tetas No Hay Paraíso y su secuela Sin Senos Sí Hay Paraíso, me parece un referente en todo esto que digo: ella encarna demonios del pasado y presente del país, y a pesar de ser narcotraficante, asunto que está directamente ligado con sus valores y prioridades, su maldad nos seduce.

Lo que identifica un villano al estilo colombiano es la contraposición entre el mal y sus pequeñas pasiones. Una especie de referencia obligada a Pablo Escobar. “Son villanos, pero buenos con su familia y hacen todo por su familia —me dijo Rincón—es un villano hecho para acá”.

El Coronel Barragán, en la telenovela La Niña, tiene doble vida y, por ende, doble moral: ama a su esposa y única hija pero está obsesionado con la exterminación de Belky, la joven exguerrillera a quien ha torturado y violado. ¿Por qué no puede ver que Belky es una niña igual a su hija? Su ceguera es inquietante, atrayente, alguien probablemente con quien la gente puede identificarse de inmediato a pesar de su unidimensionalidad.

Del otro lado están los buenos, que generalmente son tan moralmente incorruptibles y poco egoístas que producen una sensación de náusea. En el esquema de las telenovelas clásicas, son mujeres de bajos recursos: modestas, trabajadoras y abnegadas frente el amor, como Betty, la heroína nacional.

Doña Hilda, volviendo a Sin tetas no hay paraíso, quien aparece al lado de La Diabla, encarna la esencia de la feminidad conservadora. Ella es la imagen perfecta de una ama de casa naturalmente voluptuosa. Es sensual, pero hogareña. Protege a sus hijos, en contraste con los malos, con algo de ingenuidad y amor genuino a los valores tradicionales.

“En la telenovela colombiana tradicional, el bueno, para triunfar, tiene que encontrar amor, ascenso social y justicia,” explicó Rincón: “es una moral conservadora”.

Pongamos por caso Betty. La incapacidad de Betty de rebelarse contra sus papás sobreprotectores, en conjunto con su resignación de monja, es sumamente frustrante, pero simpática. Y luego le añaden la cereza: a pesar de la inteligencia de la protagonista, probada durante toda la novela, termina perdonando a Don Armando y casándose con él, quien es un completo incompetente. Pero ahí está su felicidad.

Los malos seducen y los buenos enternecen. Las buenas, adicionalmente, llevan los estereotipos femeninos a un extremo desagradable.

A pesar de eso, hay matices interesantes: el trato que Betty recibe por fea ridiculiza sobre todo a los hombres que hay en la serie y la superficialidad que los gobierna. Por Betty, por su fealdad resaltada a cada instante, todos ellos se ven patéticos.

Esto último es algo que Ómar Rincón considera una representación exacta de la sociedad colombiana. “Las telenovelas representan muy mal a los hombres. Son simples y machistas. Tiene que ver con los hombres en la realidad. La mujer colombiana es bonita, luchadora y los hombres son feos y creídos”.

Mucho de Betty La Fea, pese a la opinión local de Rincón, es universal.

***

Es imposible hablar sobre telenovelas colombianas sin mencionar el elemento fundamental que las caracteriza: el melodrama. Es el aspecto definitivo del género, caracterizado por abandonar lo ambiguo y abrazar lo excesivo. En la vida real, el melodrama es cansón, pero en la pantalla es una gran técnica de narración y de comedia.

Es una táctica que engancha al público.

La sobreactuación, combinada con la música, resalta el comportamiento estereotípico de personajes que son atractivos. Todo es grande y evidente. Nada es sutil: por eso podemos reírnos de la ridiculez de las personas. No es un humor fino ni negro: es simple, muy por fuera de lo peyorativo que esta palabra pueda encerrar.

Siendo extranjera, muchas de las cosas que ocurren me pasan derecho, no las entiendo, pero la sobreactuación tanto de las actores como de las tramas me parece graciosa y, en ciertas ocasiones, no tan lejanas de la realidad. Lo equivalente a esos programas en el Reino Unido son tan grises, severos y bruscos que ver cinco capítulos un domingo solo incrementa el pavor de levantarse el lunes a trabajar.

Algo que sí he visto, sin embargo, y muy a pesar de mi oda, es que las telenovelas han bajado su calidad. A veces es una cuestión del casting —actores evidentemente mayores haciendo el papel de personajes que apenas pasan los 18 años—, pero sobre todo de inventiva a la hora de contar una historia.

La caída de las telenovelas modernas es que su estilo de melodrama les vuelve, paradójicamente, inmemorables, y cuando eso se trata de las historias de personas icónicas, como Jaime Garzón y Patricia Teherán se vuelven, lamentablemente, una tragedia. Les falta la sutileza presente en Café con Aroma de Mujer (al parecer el nombre fue inspirado por Hannibal Lecter), una historia bellamente contada que captura la cultura agrícola de Colombia. Sigue existiendo el melodrama, pero usado correctamente.

Creo que la pregunta que deberían hacernos los colombianos a los extranjeros es si hemos visto esas producciones magníficas, como Café con aroma de mujer o Yo soy Betty, la fea.

Sospecho que el esnobismo de los colombianos hacia las telenovelas tiene que ver con la incomodidad de encontrarse con uno mismo en la pantalla. Pero es una actitud que ignora una fuente de reconocimiento positivo a nivel mundial y una técnica narrativa que permite explorar la colombianidad. A los colombianos les encanta quejarse de su imagen internacional, por eso resulta sorprendente que ignoren el éxito inusitado que tienen algunas de sus producciones televisivas.

Hay una magia singular que embellece muchas de sus producciones.


Lea otras entregas de nuestra Semana de la Televisión:

—VICE recomienda: Wormwood, la reconstrucción de un crimen oculto de la CIA. Por: Tania Tapia.

—Entrevistamos al director de Padres e Hijos para entender por qué. Por: María Claudia Dávila.

—Mr. Robot: la voz de nuestra frustración. Por: Álvaro Carreño.

— Steven Universe y la celebración de la humanidad. Por Sergio Ávila.

—VICE recomienda: The Get Down, una historia del Hip-Hop para principiantes. Por Lou Guérin.