Especial de fotografía: Every Girls Dream

La fotógrafa Daniella Benedetti se encontró una fotos de su madre cuando tenía su edad. Esta la historia de un ejercicio de mímemis y negación. Psicoanálisis hecho imagen.

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nov. 10 2014, 4:59pm

Estas fotos son una réplica casi exacta de unas fotografías viejas que encontré de mi mamá. Nuestra relación resulta muy distinta a las historias tradicionales entre madres e hijas. Podría contarles, por ejemplo, que por razones fuera de nuestras voluntades crecimos separadas y otra serie de datos semitrágicos sobre nuestras vidas. Sin embargo, no me interesa que ustedes conozcan mi vida real ni mucho menos la de mi madre. Me muestro como me interesa, juego con mi imagen y dejo al espectador imaginar mi historia y en este caso también la de ella.

Como muchas otras millones de niñas que anhelan ser como sus hermosas madres, crecí con el deseo de verme como ella. Sin embargo, nunca tuve su pelo grueso y largo, mucho menos sus caderas, ni tampoco sus finos labios apretados. Tampoco compartimos vocaciones: somos mujeres muy diferentes que, sin embargo, comparten algo innegable: un aire, una energía, expresiones casi exactas, el tono de la voz, la manera de mover las manos, el grosor de las piernas, los dedos largos...

Llevaba ya un buen tiempo haciéndome autorretratos, una manía loca que tengo hace varios años y un día, mientras miraba fotos de familia, me encontré con varias imágenes de ella. Escogí siete fotografías que me enloquecieron, las metí en una ziploc, las llevé a mi casa y las guardé en el cajón donde guardo muchas otras fotos que me enloquecen. Estaba encantada con las imágenes e intrigada con la mujer que aparece en ellas. Las miré durante horas y pensé por un buen rato qué hacer con ellas. Pasaron semanas, tal vez meses, mientras tanto mi obsesión con los autorretratos se hacía más aguda y comenzaba a interpretar personajes de mi imaginación. De repente se me vinieron a la cabeza esas siete fotos de mi mamá y pensé: "quiero ser ella, pero no cualquier ella, sino esa ella, esa que no soy, esa que niego".

En esas fotos ella tenía alrededor de 25 años. El día que yo me hice los autorretratos tenía 26. Ese día asumí el rol de ser ella, la ella que yo quería ser. Buscaba la perfección, manipulaba cada detalle, imaginaba qué hacía ella en esas fotos, quién era entonces y quién es hoy. Todo me pareció agotador y nada salió como yo esperaba. Sufrí mientras intentaba adaptar mi cuerpo al de ella, las poses, el pelo, la boca, las manos, la mirada, la ligera sonrisa, la caída de los dedos, la inclinación de la cabeza, la forma en la que la peluca caía en mi hombro, la actitud, la tensión... Nada de mi imaginario visual o corporal es parecido al de hace dos décadas. Sentí mi cuerpo contorsionarse, me dolía la espalda baja, el cuello y hasta la mandíbula. Estaba emocionada, algo cansada, concentrada, divertida, orgullosa de haber logrado ser "esa" ella.

Entre pose y pose iba al espejo y me miraba intensamente, me detallaba de perfil, de tres cuartos y por detrás y me sorprendía gustándome y odiándome al mismo tiempo. Esa imagen era algo que quise ser, era la imagen casi exacta de mi mamá, pero más que todo era yo, era la parte escondida que también tengo, la mujer latina, la mujer sensual, la mujer provocadora y al mismo tiempo, y con la misma intensidad, era también la mujer que no soy, la mujer que no me permitiría ser.

Sigue a Daniella en Twitter como: @dani_benedetti

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