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Cultura

Conocimos la ciudad radioactiva de la que Rusia nunca habla

Ozersk tiene todo el encanto de una capital europea: parques hermosos, plazas amplias, lagos, paz y armonía. El único detalle es que esta ciudad tiene elevados niveles de radiación y sus habitantes deben renunciar a su libertad.

por Tomas Urbina
02 Junio 2016, 6:00pm


Todas las imágenes cortesía de "City 40".

Parece un lugar ideal para visitar. Desde adentro, Ozersk tiene todo el encanto de una capital europea: hermosos parques, amplias plazas, lagos y miles de personas viviendo en paz y armonía. Y, de hecho, para la mayoría de sus habitantes, es justamente así.

El único problema es que esta ciudad tiene elevados niveles de radiación por lo que está rodeada por una doble valla con alambre de púas y es vigilada constantemente por guardias de seguridad. Por si eso no fuera poco, durante varias décadas, Ozersk ni siquiera aparecía en los mapas.

En 1947, en los albores de la Guerra Fría, los soviéticos decidieron construir una ciudad secreta en la que pudieran desarrollar armas nucleares. Se inspiraron en Richland, la ciudad de Washington en la que el gobierno estadounidense creó la infame "Fat Man", la bomba de plutonio que arrasó Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial.

La ciudad rusa, que inicialmente fue bautizada como Ciudad 40, se halla en lo más profundo del territorio ruso y vio nacer la primera bomba nuclear de la Unión Soviética. Miles de personas fueron reubicadas en esta remota población construida por presidiarios rusos. Entre sus nuevos habitantes estaban los científicos y técnicos que posteriormente trabajarían en la construcción de la planta nuclear de Mayak.

Nadie habla, porque si lo haces, eres un traidor. Has traicionado a tu ciudad, a tu país y tu madre patria. Y la madre patria lo es todo.

Sus habitantes tenían más de lo que ningún otro ciudadano ruso de la época pudiera imaginar: trabajos bien pagados, vivienda, una educación excelente y seguridad. Pero todas esas ventajas tenían un precio: quien viviera ahí debía renunciar a su libertad y al contacto con el mundo exterior.

Hoy, más de tres generaciones después, muy poco ha cambiado: en Ozersk siguen almacenándose gran parte de las reservas nucleares de Rusia y la ciudad sigue siendo tan hermética como en sus comienzos.

La historia de la ciudad ahora puede verse en el documental City 40, dirigido por Samira Goetschel. La directora obtuvo acceso a su interior y pudo hablar con sus habitantes, quienes asumieron un gran riesgo al decidir hablar frente a la cámara.

Hablamos con Goetschel en el festival Hot Docs de Toronto, donde se estrenó mundialmente el documental.



VICE: Cuéntanos, ¿cómo conseguiste acceder a Ciudad 40?
Samira Goetschel: Pasamos varios días alojados en las afueras de la ciudad, junto a una zona boscosa enorme, intentando averiguar si había algún modo de escabullirnos al interior, pero era imposible. Absolutamente imposible. Hay rejas dobles con alambre de púas y mucha vigilancia, así que no hay forma de entrar. Entonces pensé que lo mejor sería obtener la ayuda desde dentro.

Ellos saben que no pueden hablar con nadie de afuera. Los de afuera somos sus enemigos. Y no hablo solamente de extranjeros, sino también de los que viven fuera de la ciudad. Todavía perdura esa mentalidad un tanto paranoica. No obstante, quise averiguar si había alguien dispuesto a hablar conmigo. Así que salté adentro, me acogieron y empezaron a hablar.


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En el documental, se compara a los habitantes de esta ciudad con los animales del zoológico: están bien cuidados pero no pueden escapar.
El gobierno creó un paraíso para que se quedaran (tampoco es que pudieran irse a otro lugar). Se procuró que fueran felices. Los residentes tenían todo lo que necesitaban y más, en comparación con el resto de rusos, que no tenían nada.

La ciudad tampoco aparecía en ningún mapa; eran como un estado dentro de un estado. Se borraron las identidades de todos sus habitantes; estos pasaron a dejar de existir más allá de las rejas que los separaban del resto del mundo. Era como Dimensión desconocida, como si toda esa gente no viviera en esta realidad.

Todo era tan fascinante que, como cineasta o periodista, en seguida dejé de lado los prejuicios.

¿Qué libertades de las que disfrutamos en Occidente no están al alcance de los habitantes de Ciudad 40?
No tienen ninguna libertad. No pueden irse. Durante los primeros ocho años, estaban obligados a permanecer en la ciudad. La libertad más esencial que tenemos es la de movimiento. Son derechos inalienables; nacemos con ellos, pero esa gente no los tiene. De hecho, ni siquiera han asimilado el concepto de que lo que les están haciendo va contra sus derechos fundamentales.

Un paseo de dos horas junto al lago es suficiente para matarte.

Hoy en día, si quieres irte de la ciudad, tienes que solicitar visados de salida con una duración determinada, o permisos para salir a ciertas horas a lugares específicos. Esta gente vive encerrada en una ciudad; sin embargo, se asegura que no se está violando ningún derecho. Así que, para ellos, el universo se reduce a esa ciudad.

Si son felices, ¿crees que hay algo malo en ello?
Pues lo que quiero conseguir con este documental va precisamente en la línea de lo que me acabas de preguntar. Me he esforzado mucho por contar bien la historia, porque se los prometí, porque han arriesgado sus vidas contándomelo.

Los rusos han sido presentados y representados por los medios de comunicación. Hollywood y los gobiernos los exponen como víctimas o como mafiosos, pero realmente nunca se ha escuchado su versión, así que dije: "Muy bien, pues dejemos que hablen. Dejemos que el público se conecte y se identifique con ellos a través de sus historias, que conozca sus experiencias para que puedan entender mejor su realidad".

En el documental aparece un lago precioso pero que está contaminado.
Viven expuestos a la radiación a corto y largo plazo. Al principio —y todavía hoy siguen haciéndolo— vertían los residuos radiactivos en el medio ambiente, ya fuera en lagos, en el suelo, o los soltaban en el aire.

Uno de los lagos está contaminado de plutonio. De hecho, los vecinos lo llaman "el lago de la muerte". También hay un cartel que dice "No pase". Y es que un paseo de dos horas junto al lago es suficiente para matarte. En la cuidad la tasa de cáncer es tan alta, que muchos de los niños nacen con él. La mayoría de gente muere de cáncer pero lo han asumido como parte de sus vidas.

Hay un personaje central en el documental, una madre soltera y abogada especializada en derechos humanos que está luchando por los habitantes que están sufriendo los efectos nocivos de la radiación. ¿A qué riesgos se exponía esta mujer mostrando su faceta activista en una ciudad prohibida?
Nadia nació, se crió y se casó en la ciudad. Ahora tiene cuatro hijos. Al principio, ella también creía que la ciudad era un paraíso, como todos los demás. Pero poco a poco se fue dando cuenta de lo que sucedía con el medio ambiente por lo que empezó a recoger información sobre sus derechos y sobre todas las cosas que se cuestionaba. Pero recordemos que en Ciudad 40 no se puede hacer preguntas.

Las autoridades de la ciudad saben qué hace Nadia, pero en el momento en que decidió dar visibilidad internacional a la historia, cuando empezó a hablar con personas como yo, se metió en un gran lío. Las autoridades locales la perseguían; el FSB sustituto del KGB que es la policía secreta de Rusia también la tenía en la mira.

Nadie habla, porque si lo haces, eres un traidor. Has traicionado a tu ciudad, a tu país y tu madre patria. Y la madre patria lo es todo para ellos.

¿De qué riesgos estamos hablando?
De riesgos enormes. En el documental, por ejemplo, se ve lo que le ocurre a Nadia. Respecto a la gente de la ciudad, he perdido el contacto con ellos. Lo que han hecho supone un peligro para sus vidas. No debería hablar de esto, pero han arriesgado sus vidas por romper el silencio. Han traicionado a Rusia al hablar con una extranjera.

Pero, ¿lo hicieron voluntariamente?
Lo hicieron voluntariamente porque pensaron: "De todas formas nos vamos a morir". Esas personas entendían lo que estaba pasando. "Vamos a morir de una u otra forma, así que al menos contaremos al mundo lo que pasa aquí dentro", porque el 80% de los que viven en Ozersk no han abierto los ojos todavía.