crónica

Un día con Antonio Caro y Boaventura de Sousa en la frontera colombo-venezolana

CRÓNICA | Quise saber cómo se puede, desde el arte y la sociología, entender la vida en una de las fronteras más álgidas del continente.

por Felipe Sánchez Villarreal
11 Diciembre 2017, 11:31pm

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[EN EL RESTAURANTE]

Uno no puede sino temblar.

Uno no puede sino pedir auxilio, buscar un corredor con sombra, un taxi disponible, salir corriendo.

Uno no puede sino mirarlos a los ojos, responder con una sonrisa incómoda, asentir en exceso, disimular que la cabeza no está ahí, que todo está bien, que la comida está deliciosa. Y después pasar trabajo comiendo totopos con guacamole hasta que no quepa uno solo más en la boca, hasta que el buche atragantado disimule que de ahí adentro no va a salir una sola palabra.

—Ese aderezo de rocoto está delicioso. Tráiganos más, por favor —le ordena al mesero, parsimonioso, Antonio Caro. Llevamos sentados apenas cinco minutos en Inka, un suntuoso restaurante peruano adyacente al río Pamplonita al sur de Cúcuta, y ya siento su atenta inspección. Me lo habían dicho antes: que el maestro Caro, como lo conocen en los circuitos del arte cachaco, era un poco quisquilloso, que hablarle era jodido, que en él había una frontera casi inescrutable.

Caro, nacido en Bogotá en 1950, ya es uno de los emblemas más significativos del arte conceptual latinoamericano. Piezas como Colombia Coca-Cola o la firma de Manuel Quintín Lame lo han encumbrado a uno de los espacios más privilegiados de la imaginación cultural del país. Ha recibido la prestigiosa Beca Guggenheim, sus prácticas artísticas desde la fotocopia, el afiche o materiales como el achiote le han significado la consideración como pionero de, como han dicho algunos críticos, el pop art político.

—¿Y usted quién es que es? ¿Usted qué es lo que hace?

Las preguntas vienen acompañadas de una mirada profunda, acechante, que se adhiere con fiereza a la mochila donde llevo la cámara y la grabadora. Luego a mis manos, a mi ropa, a la parálisis de los pómulos con los que se sostiene el gesto de empatía que intento esbozar sin éxito. Respondo que soy periodista, que estoy allí por Alex Brahim, el curador y organizador del circuito cultural “Juntos Aparte”, y que al día siguiente acompañaré su excursión al puente Simón Bolívar, que cruzaré con él a Venezuela.

—Ay, qué pereza ese paseo. Yo solo voy a ir allá por Alex y por acompañar al profesor Boaventura, porque ya he estado allá varias veces. No soporto más ver de nuevo la miseria absoluta. Todavía me parece muy fuerte, me emociona mucho.

Del otro lado de la mesa, detrás del brazo del mesero que trae una nueva tanda del aderezo de rocoto, almuerza sereno el profesor Boaventura de Sousa Santos. Ese hombre de setenta y dos años, el del ojo gacho que levanta con sed un vaso de agua y se seca el sudor con la servilleta, es una leyenda: doctor en Sociología del Derecho de Universidad de Yale, profesor jubilado de Sociología y director del Centro de Estudios Sociales y del Centro de Documentación 25 de Abril también de la Universidad de Coimbra, padre de las llamadas “epistemologías del sur”, teórico, investigador, activista. Más de treinta libros publicados, seis doctorados honoris causa otorgados por universidades de todo el mundo.

—Los raperos son los que están escribiendo la revisión de la historia de América Latina —conversa con otro de los invitados—. Mucha gente no conoce raperos indígenas, pero estoy trabajando en diálogo con muchos de ellos. Ahora todos están escribiendo contrahistorias, eso que no aparece en los libros oficiales.

"No soporto más ver de nuevo la miseria absoluta. Todavía me parece muy fuerte, me emociona mucho", Antonio Caro

Escucho con intermitencia.

Uno: disquisiciones sobre rap y resistencias al orden capitalista y colonial. Dos: información sobre los conflictos de las comunidades de motilones-barí, los pueblos indígenas que habitan en las selvas del Catatumbo a ambos lados de la frontera entre Venezuela y Colombia. Tres: sorpresa ante las amenazas que para ellos representan las empresas mineras venezolanas y las explotaciones de carbón de multinacionales gringas. Cuatro: las necesidades de encontrar otras formas de comunicar el conocimiento que no sean solo los libros. Cinco: que alguna vez lo criticaron en redes sociales por sus posturas políticas y su apoyo a la revolución bolivariana diciendo BOAVENTURA RIMA CON DICTADURA. Seis: que, con todo y el cliché, Cartagena es su ciudad favorita.

—No me diga eso, que yo detesto Cartagena —interrumpe Caro.
—¡Cómo va a ser! Yo, por la sola obsesión, me quedé en una habitación de nombre García Márquez —ríe Boaventura, contestándole.
—Yo me volví fan de García Márquez, y lo digo sin ninguna modestia, después de que me gané el Premio García Márquez. Solo por los cinco mil dólares que me pagaron —remata Caro, con picardía. En 2014, con una escultura titulada “Gabriel”, Caro ganó la convocatoria de la pieza que se entregaría a los ganadores del premio de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). En bronce con hojilla de oro, modeló un teclado solo con las teclas marcadas con las que se digitaría el nombre del Nobel: G-A-B-R-I-E-L—. No me malentiendan, que igual yo sé que el señor era un maestro.

Ahí, enfrente, los dos colosos. Caro, devorando su arroz peruano con movimientos certeros y desprevenidos; Sousa, degustando un ceviche con gestos plácidos, alegres. De un lado, la controversial leyenda del arte conceptual latinoamericano; del otro, el aguerrido sociólogo que fundó una de las líneas más potentes del pensamiento antieurocéntrico, anticapitalista y decolonial. Ahí, los dos, almorzando en un rincón cucuteño. Los dos, un poco incómodos por el aire acondicionado que, en contraste con los treinta y cuatro grados centígrados que pegan afuera, parece perfilar una gripa insoportable. Y eso que ha estado lloviendo.

[EN EL TEATRO ZULIMA]

La frontera es el lugar donde se concentra el miedo y la esperanza…

Esa noche, horas antes de la excursión, el profesor Boaventura ofrece una conferencia en el Teatro Zulima de Cúcuta, una vieja sala de cine inaugurada el 17 de septiembre de 1954, abandonada en 2004, y reanimada como centro cultural en 2007.

… El gran filósofo del siglo XVII, Spinoza, habló bastante de que nosotros vivimos con esas dos emociones básicas: el miedo y la esperanza. Y es necesario siempre un equilibrio entre los dos, porque si solamente tenemos miedo es el desespero, la paranoia, la muerte, y si solamente tenemos esperanza y nada de miedo puede ser peligroso, espontaneísta, triunfalista. Pero ese equilibrio no es muy frecuente hoy en día. Pienso que una de las enfermedades de nuestro tiempo es que tenemos dos grupos: largas poblaciones del mundo que viven con mucho miedo y sin esperanza, y una pequeña minoría de gente muy poderosa que tiene mucha esperanza y no tiene miedo…

Frente a un teatro moderadamente lleno —no tanto como cuando desbordó un salón entero en Corferias la pasada Feria del Libro—, el profesor Boaventura habla de sus más recientes disquisiciones sobre la vida en la frontera, el poder y el lugar de los artistas en esa ecuación.

… El colonialismo, el capitalismo y el patriarcado son poderes que tienen demasiada arrogancia y por eso poco miedo. Nuestro trabajo político y artístico tiene que distribuir un poco más el miedo y la esperanza. La frontera realmente es algo que, a mi juicio, concentra este tipo de desesquilibrio…

En la tercera fila, Antonio Caro escucha con atención.

… Estamos aquí en Norte de Santander, muy cerca de ese límite, de la comprobación de que las fronteras son heridas. ¿Cómo se curan las fronteras? Las fronteras son simultáneamente una zona de separación y una zona de contacto…

A través de sus minúsculos lentes ovalados, Caro examina el teatro.

… Es muy antigua la frontera fundamental que es la madre de todas las fronteras: la madre de todas las fronteras es lo que llamo la “línea abismal”, que desde el siglo XVI divide las sociedades metropolitanas de las sociedades coloniales…

"La frontera es el lugar donde se concentra el miedo y la esperanza", Boaventura de Sousa

Algo alumbran esas palabras del profesor Boaventura en Caro, que se rasca el mentón y hace un gesto yermo con el ceño.

… Mi argumento es que quizá los artistas y el arte son los que captan mejor la lógica de la frontera: tanto en la medida que la frontera excluye, como que la frontera une, por el contacto de la gente. Son al tiempo zonas de sacrificio, de exclusión abismal, pero por veces también zonas libertadas, zonas donde hay una sociabilidad distinta…

Pasados cuarenta y cinco minutos, después de los aplausos, Caro es el primero en tomar la palabra al momento de las preguntas. “De pronto es un invento mío o no estoy muy acertado o tengo muchos prejuicios”, articula sin prisa. “Pero además de lo que usted menciona, yo creo que todavía existe una frontera entre arte y público que a veces los artistas quisiéramos que no existiera”.

Comedido, con la contundencia política que lo caracteriza, Boaventura arriesga una respuesta:

Una de las grandes trampas de nuestros tiempos es la división entre arte y artesanía, que no es nada natural. Esos procesos distintos fueron creados para hacer una diferencia, para crear una jerarquía. Que haya arte que no es reconocido, que debe permanecer lejos del público, parte de esa ‘línea abismal’: la cultura metropolitana y la degradación de quienes hablan o producen desde las colonias…

Pienso, entretanto, en algunas de las más famosas obras de Caro y en esa irresoluble distancia. Pienso en su Colombia Marlboro, en la bandera contra la Minería, en su homenaje a la firma de Manuel Quintín Lame. Pienso también en sus tantos críticos, en quienes piensan que lo de Caro es “pura artesanía pobre”. También en lo que Lucas Ospina recordó sobre la recepción de su Colombia Coca-Cola en 1976 —esa bandera serigrafiada con la tipografía clásica de la gaseosa—: “mientras un curador entusiasta interpretaba la pieza como ‘ejemplo de verdadero arte político’, un crítico reaccionario la graduaba de ‘tontería simpática, o sea una boutade’”.

Pienso en la línea abismal, en las fronteras que, en sus sesenta y siete años Caro ha habitado. Cultura popular/grandes museos, publicidad/arte, chiste pintoresco/genialidad conceptual.

Pero, sobre todo, pienso en la pieza que concentra la disolución de esos bordes, la que expuso en la Quinta Teresa de Cúcuta: un afiche de un escudo alrededor del cual se lee “Re-unión Grancolombiana”, en el centro del cual se traza un mapa de una Gran Colombia en el que la frontera colombo-venezolana está disuelta. Y abajo, la meta fundacional de esa ficción cartográfica: “24 de julio de 2022”. Dos siglos después del primer sueño panamericano de Bolívar, Caro imagina otra vez una América sin fronteras. Ahí, en Cúcuta: el límite mismo de la antigua Gran Colombia.

"La Gran Colombia", de Antonio Caro

[EN LA PARADA, DEL LADO COLOMBIANO DE LA FRONTERA]

Bajando por la autopista que sale hacia el sur de Cúcuta, a veinte minutos en carro, se llega al municipio de Villa del Rosario, uno de los bordes finales de Colombia hacia el oriente. En Santa Teresa, un barrio por el que atraviesa la carretera, se alza el llamado Templo Histórico de Cúcuta, la sede donde se llevó a cabo en 1821 la asamblea con la cual se unificaron como una sola nación la Nueva Granada —hoy, Colombia— y Venezuela. Se le conoció como el Congreso de Cúcuta. Muchos todavía recuerdan las palabras de Bolívar en el discurso que selló esa primera unión: “Señor, espero que me autoricéis para unir con los vínculos de la beneficencia a los pueblos que la naturaleza y el cielo nos han dado por hermanos”.

La frontera colombo-venezolana se ubica a menos de dos kilómetros por la vía que colinda con el Templo. Desde que el presidente Nicolás Maduro la clausuró en 2015 a la altura del estado de Táchira (que limita en Venezuela con el departamento de Norte de Santander), el puente Simón Bolívar ahora es una larga galería demarcada por dos talanqueras y algunas carpas de control que parecen más adornos en el paisaje que estrictas barreras de regulación migratorio. Los cuerpos circulan casi sin restricciones, los comerciantes van y vienen con maletas enormes cargadas de mercancías, se saludan, despiden y vuelven a hacer el recorrido. Por ese puente se registra, según cifras de Migración Colombia, cerca del ochenta por ciento del flujo migratorio entre Colombia y Venezuela.

Más que en el puente, la vida fronteriza ocurre en La Parada, el concurrido barrio de comercio y contrabando que se ensancha justo en la boca del Simón Bolívar, a orillas del río Táchira.

Pero más que en el puente, la vida fronteriza ocurre en La Parada, el concurrido barrio de comercio y contrabando que se ensancha justo en la boca del Simón Bolívar, a orillas del río Táchira. El estrépito de los vendedores de cerveza Polar, carne, música pirata, medicinas y gasolina de contrabando se cuela entre los anuncios de transporte hacia países como Ecuador —por doscientos sesenta mil pesos—, y choca con los gritos de compro cabello, el flujo irrestricto de taxis que llevan a los migrantes venezolanos a cualquier destino de Colombia y las súplicas por limosna de decenas de niños.

Bajo esos treinta y cinco grados al sol, el profesor Boaventura contempla extasiado el movimiento, la muestra viva de eso que él ha llamado la sociabilidad de frontera. El sociólogo, que ha vivido largas temporadas estudiando favelas en Brasil, que ha convivido con grupos de raperos indígenas en el Putumayo y ha recorrido el mundo hablando de resistencia y transformación social, parece otro desorbitado turista: gafas oscuras, gorra de San Francisco, paso lento, un portuñol indisimulable.

—¿Ya habías estado en alguna frontera así de intensa antes? —le pregunto.
—Sí, me tocó vivir mucho tiempo la gran frontera: la de Berlín, el muro —responde—. Yo tenía una novia que vivía del otro lado, en la Berlín oriental. Solo podía pasar y estar de ese lado veinticuatro horas. Lo más álgido es que esa frontera no era cualquier cosa: era la división misma entre el capitalismo y el socialismo. Pero esto que veo acá es muy impresionante…

Las pujas diplomáticas son apenas puestas en escena detrás de las cuales se concentra una lucha más brava: la del multimillonario negocio del contrabando

Jairo*, nuestro guía, aprovecha para trazar las dimensiones de lo que se juega en esta frontera. Afirma que las pujas diplomáticas son apenas puestas en escena detrás de las cuales se concentra una lucha más brava: la del multimillonario negocio del contrabando. Cuenta que las disputas por el control territorial entre paramilitares, guerrilleros y algunos agentes estatales siguen calientes, que allí todavía se escuchan, de vez en cuando, balaceras. La última, según informó El Tiempo, fue el pasado 8 de octubre. Una bala mató a una mujer venezolana y otra impactó a un niño de catorce años y lo dejó en un estado crítico.

—Los ‘paras’ aplicaron además en el corregimiento de Juan Frío, que es el siguiente hacia allá, dos figuras que no se aplicaban desde el nazismo. Una, los hornos crematorios: usaban los hornos de quemar la arcilla, que es el producto más importante de la región, para quemar vivos o muertos a sus víctimas —dice Jairo, con contundencia—. La otra fue cuando, en julio de 2015, Maduro decidió cerrar la frontera y la Guardia Bolivariana marcó con R de revisado y D de derríbese las casas de invasión de colombianos que ya se habían asentado en ese lado de la frontera. Llegaron luego con las máquinas y, hubiera quien hubiera, cumplían con la sentencia de echarlas al piso.

Las imágenes de ese éxodo por el río Táchira se parecen mucho a lo que vemos allí. Por entre nosotros circulan decenas de personas con bolsas abarrotadas de víveres, maletas con ropa para comerciar, algunos muebles, bolsas de arcilla, bidones de gasolina. La sensación es la de un enorme aeropuerto: la premura, las despedidas, el exceso de equipaje. Solo que nosotros allí somos los extraños. Boaventura, el portugués atónito, evitando una insolación. Caro, importunado, caminando sin ganas en crocs, con su clásica mochila terciada y una camiseta blanca en la que se dibuja una hoja de arácea. El pelo, de blanco a gris como si hubiera quedado electrizado en una tormenta.

Electrizado y firme, aun en la humedad canicular de la frontera.

[CARO HABLA EN EL PUENTE]

YO:
¿Y usted ya había visitado la frontera?

CARO:
Ya había venido la semana pasada, a acompañar a otro personaje muy importante, una señora venezolana migrante. No pudimos avanzar mucho porque ella se vino sin documentos y, al momento, ella ya estaba rebotada llorando. Le impactó mucho. Este señor Boaventura tiene su coraza, no tiene nada que ver. Pero la venezolana que le cuento sí quedó pasmada. Yo ya estoy aburrido. Yo ya no quiero seguir: ya medio lo vi.

YO:
¿Y qué sintió usted la primera vez que vino?

CARO:
Pues yo había pasado esto ya varias veces. Es que no alcanzo a pronunciar muy bien. Pau-pe-ri-pau-pe-ra…

YO:
¿Pauperización?

CARO:
Pauperización, sí. Que es la miseria. Eso es lo que más me chocó: la miseria, el exceso de miseria.

YO:
¿Y qué es lo más duro que ha visto en sus visitas al puente?

CARO:
Pues ahoritica vi una niña, una jovencita linda, divina, que de pronto puede caer en la prostitución. Una niña divina y por eso carne de cañón fácil; la vi miserable, afectada, y sé que quizá no tenga más remedio que vender su cuerpo en Colombia.

(Caminamos unos minutos hasta el puesto de Migración Colombia).

CARO:
Venga, vámonos a la sombrita. Yo sé que a mi edad necesito sol pero no tan caniculado. Yo voy a cruzar, pero no soporto. Ya no quiero estar aquí. Desde el lado de señora burguesa —yo soy pobre pero tengo mi faceta de señora burguesa— me impacta mucho. Y si me pongo sensible, peor. Cualquier cosa.

YO:
¿Y siempre ha sido así esto, usted que ya ha visitado?

"Me impactó ver a una niña divina que puede ser carne de cañón fácil; la vi miserable, afectada, y sé que quizá no tenga más remedio que vender su cuerpo en Colombia", Antonio Caro

CARO:
Esto tuvo otro nivel. Cuando todo estaba establecido, las familias iban a hacer mercado a San Antonio y todos iban a tanquear sus carros allá, porque era más barato. Y venezolanos de cierto nivel iban a comprar ropa elegante en Cúcuta. Había de todo: desde un nivel muy escaso de dinero, hasta un nivel muy boyante. Pero miseria y esta hijueputa mierda, eso sí no lo había… Es espantoso. Es igual que Bangladesh, cualquier mierda de esas terribles que pasan en otros lados del mundo. Pero lo que dicen de fondo es que el gobierno colombiano no quiere asumir esto porque ya encaja en ese estatus de campos de refugiados, ya la cosa se vuelve un problema internacional y Santos no quiere dar todavía ese paso. Ya como se va a acabando lo de él no va a ser tan marica de que dentro de veinte años exista el “Campo de refugiados Juan Manuel”…

(Caro se ríe mientras nos resguardamos del sol en el centro exacto del Simón Bolívar).

YO:
¿Y desde el arte usted piensa que se pueda responder a situaciones como esta?

CARO:
No, el arte es pa’ maricas. Eso no sirve pa’ un culo en esto.

YO:
Pero usted ha hecho piezas sobre esto; por ejemplo, la que está en este circuito sobre la Gran Colombia. ¿Eso qué puede decir ahora que usted ve esto en carne?

CARO:
Yo no sé por qué sigo con la obsesión de la Gran Colombia. Si en algún momento sirvió para algo puede ser para en cierto sentido normalizar la idea de los flujos de migrantes. Por ejemplo, a recordar que a Ecuador le tocó aguantar de migración de colombianos fue bravo…

(Jairo nos interrumpe para señalar una pequeña casa gris-azulada de dos pisos).

JAIRO:
Las esquinas a su derecha con cristal son garitas de vigilancia de los paracos; aquí muchas de las juventudes que usted ve trabajando están alimentadas con coca y con basuco, porque es mucho más barato rendir un gramo que alimentarse tres veces al día. Parte del business de los paracos es que tienen súper controlado ese mercado aquí.

CARO:
Bájele al volumen acá, bájele el volumen acá y lo explica luego. No ve que yo también he estado en la boca del lobo. Ya con tanta boleta que estamos dando mejor no meternos en líos, menos con los hijueputas paracos…

[BOAVENTURA HABLA EN EL PUENTE]

BOAVENTURA:
Aquí el crimen es la legalidad. Aquí ni siquiera podría designarse el crimen como crimen, porque en la frontera lo que hay es una legalidad paralela.

YO:
Sí, como decías en la conferencia, esa sociabilidad de frontera se arma sobre normas diferentes a las vigentes en un Estado.

BOAVENTURA:
Claro, es dramático. El Estado acá no funciona, solo mira alrededor. Es lo que decía: las fronteras son límites distantes del centro del poder, los órdenes jurídicos y de comercio son diferentes, las relaciones son fluidas y dúctiles, porque esos parámetros del orden están en turbulencia. Este puente es una metáfora de una zona fractal, de bifurcación.

(Hablamos mientras Jairo intenta que dejen seguir al profesor, con su pasaporte portugués, hacia San Antonio, del lado venezolano de la frontera. Parados en el puente las personas nos chocan, nos imprecan que nos quitemos rápido de allí, que no estorbemos).

BOAVENTURA:
Me impresiona lo que hace la gente. Me intriga saber cuál es el destino de las personas: son fantasmas. Realmente se nota que la gente que viene lo hace con paso apresado, el paso de quien viene con urgencia. Pero la urgencia es la de un destino totalmente incierto. No van a su casa, no van a un lugar claro. Pero tienen que atravesar con rapidez, con paso determinado para salir, pero indeterminado para entrar. Esta confluencia es impresionante.

(Frente al puesto de Migración se arman dos filas. Por la izquierda entran los colombianos; por la derecha, los venezolanos que regresan. Sentada, una agente de Migración Colombia echa chisme con un cuarentón venezolano que le está lustrando los zapatos. La mujer resguarda un viejo torniquete que, como en un bus, registra los ingresos al país).

BOAVENTURA:
Mira esta cosa linda. A esta mujer le están brillando los zapatos. Esto para un periódico es genial. Carajo, aprovecha.

(Tomo una foto apresurada)

CARO:
Yo ni quiero ver. Ya estoy mamado y cansado. Si me da la neurosis, me devuelvo solo en busetica.

BOAVENTURA:
Venezolano, colombiano, aquí todo es lo mismo. Aquí todos pasan, pero nadie dice nada. No hay control. Es increíble, nadie para. Entrando, saliendo, nadie mira. Y todos como si estuvieran con mucho afán. Voy a anotar eso: la de la frontera es una urgencia sin destino

CARO:
Con todo respeto, mejor hablemos como turistas, ya suficiente boleta estamos dando acá. Somos turistas nomás. Comentarios después, por favor: mejor hablemos de lo rica que estaba la comida anoche. Y usted no saque la cámara que ya le están echando el ojo unos tipos ahí adelante…

[EN LA BOCA DE SAN ANTONIO, DEL LADO VENEZOLANO DE LA FRONTERA]

Desde 2014 hasta enero de 2017 han ingresado 1.046.708 venezolanos a Colombia. Por el puente han llegado a Cúcuta 259.470. Aunque es una división artificial, en la arquitectura misma se ve que hay una grieta, una marca diferencial. El estilo del puente es distinto: del lado venezolano, las bardas son macizas, los bordes retocados de amarillo; del colombiano, son barandas flacas y grises. El área de desembarco anuncia, con un guiño propagandístico, que el país es otro. En la embocadura de San Antonio, un enorme mural de coloridos próceres bolivarianos también acentúa que allí el horizonte identitario es otro.

Artificial, dúctil, pero otro.

Nos detenemos a sacar un retrato de ambos en el monumento de la “unión”, una gran placa con la firma de Bolívar rodeada de las banderas de su viejo sueño panamericano: un solo país integrado por Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Panamá y Bolivia.

—Qué ironía —comenta Boaventura—. Tanto deseo de unión y tantas fronteras impuestas por el poder mismo, ese que supuestamente no quiere fronteras. Hay que revisar todas las teorías… Pero detrás, siempre está la línea abismal…

"La de la frontera es una urgencia sin destino", Boaventura de Sousa

El artista es quien sabe caminar por la línea abismal, había aventurado el día anterior en su conferencia. Ver a Caro cruzando con afán e incomodidad el puente, escrutando cada rincón, cuidando el paso, hace pensar que él, quizás, la camina. “Algunos artistas ven ambos lados: son gente que viene del mundo colonial, de la sociabilidad colonial, que viven intensamente, pero como artistas caminan y crean productos que circulan del otro lado de la línea, en las sociedades metropolitanas”.

Colombia Coca-Cola, Colombia Marlboro, Todo está muy caro, Minería, Homenaje a Manuel Quintín Lame…

[DISQUISICIONES DE CARO ANTES DEL REGRESO]

CARO:
Lea esto

(Caro señala un mural aledaño al monumento de la unión).

YO:
“La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres sino inexorable decreto del destino”. Bolívar.

CARO:
Ahora mire allá, entre el río. ¿Sabe qué es esa cosa tan rara?

JAVI:
El antiguo puente, la base del antiguo puente.

CARO:
Eso podría ser una obra de arte.

"A mí se me ocurre artísticamente llegar y tomarle molde a eso y reproducirlo en algunas partes. Llevar esto a muchas partes en los moldes: ponerlo en la Plaza de Bolívar de Caracas y en la Plaza de Bolívar de Bogotá, por ejemplo", Antonio Caro

YO:
¿Cómo la haría usted?

CARO:
Pues yo he visto que ya han hecho como dos obras que tienen que ver como con esa masa. Una con un plan popular de vivienda, creo que en Londres, que decidieron acabar. Un artista se metió en las últimas casitas y cuando fueron a ver y fueron a tumbar la casita, él por dentro había vaciado concreto. Quedó algo como esto que vemos. Le echó concreto adentro y quedó el volumen de la casa. A mí se me ocurre artísticamente llegar y tomarle molde a eso y reproducirlo en algunas partes. Llevar esto a muchas partes en los moldes: ponerlo en la Plaza de Bolívar de Caracas y en la Plaza de Bolívar de Bogotá, por ejemplo.

YO:
Sería una pieza tremenda.

CARO:
“El puente está quebrado”. Sería de la misma serie de mi Gran Colombia.

(Se ríe, se detiene y piensa)

CARO:
Claro que sería un objeto muy cargado de mucho dolor: como decía el profesor Boaventura, de mucho miedo y mucha esperanza. Una vez conocí a una mujer taxista que trabajaba aquí en la frontera. Llegando a la casa mandaba a lavar el carro absolutamente y cuando entraba se bañaba. Para limpiarse de toda la energía. Ahora que nos vayamos creo que voy a hacer lo mismo…

[DISQUISICIONES DE BOAVENTURA TRAS EL REGRESO]

VENDEDOR:
Llegó la promoción: baladitas, tropicales, los Corraleros de Majagual, los Billos. Tres en cinco. Uno en dos, tres por cinco.

BOAVENTURA:
¿Tres por cinco, cinco mil pesos?

VENDEDOR:
Sí, barato.

BOAVENTURA:
¿Y sí suena bien?

VENDEDOR:
Claro, ya lo están haciendo bueno.

(Boaventura coge el paquete de “Tropicumbias” y saca el billete de dos mil)

BOAVENTURA:
Me llevo lo más kitsch que hay aquí en Colombia.

(se ríe y paga)

VENDEDOR:
Y además esto es cien por ciento pirata.

BOAVENTURA:
Así me gusta, hombre, finalmente estamos hablando. Esta noción de originalidad es una maravilla. Me quiero quedar acá.

(Se va el vendedor)

BOAVENTURA:
Tengo una fascinación por la transgresión del orden y la fragilidad del orden. Acá realmente se crea un orden paralelo. Los taxis, los negocios, la gasolina de contrabando.

"Tengo una fascinación por la transgresión del orden y la fragilidad del orden. Acá realmente se crea un orden paralelo", Boaventura de Sousa

(Una calibradora de taxis nos interrumpe y nos desplaza del lugar: “Qué pena volverlos a molestar pero es que este es el pasadero de los carros. Oríllense, oríllense”)

BOAVENTURA:
¿Ves? Hay reglas aquí, otro tipo de reglas. Pensando esto insisto en volver al barroco. Porque todo esto es muy barroco: el exceso, el derroche, la crisis del orden.


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***

Tomamos, de nuevo, un taxi hacia Cúcuta. Allí, dejando atrás La Parada, se abanican acalorados esos dos faros que se han echado al hombro, desde sus respectivos territorios, las más feroces críticas hacia las condiciones de posibilidad de las desigualdades, la dominación y “la explotación imperialista” en América Latina y el llamado Sur global. Uno desde Bogotá, serigrafiando, pintando mucho; el otro desde Coimbra, escribiendo, denunciando la urgencia de buscar alternativas de pensamiento al eurocentrismo, el orden colonial, aventurando resistencias que no pasen por los centros metropolitanos.

CARO:
Definitivamente, el puente menos imponente de lo que uno piensa. Lo dramático es la cantidad de gente.

BOAVENTURA:
Claro, es que el puente no lo hace la estructura: el puente lo hace la gente.

Esta crónica es resultado de un viaje auspiciado por el proyecto "Juntos Aparte".

* El nombre fue cambiado a petición de la fuente.