verduras de las eras

El chiste colombiano

COLUMNA | En medio de una gran decepción por la calidad del humor nacional, Carolina Sanín logra encontrar la fuente del chiste colombiano por excelencia.

por Carolina Sanín
06 Abril 2018, 12:01am

Colombia padece la gran ingratitud —la gran tristeza— de producir poco humor de buena calidad en los medios de comunicación masivos: no es frecuente ni en la prensa ni en la radio ni en la televisión. A mí eso me desconcierta, porque me hacen reír muchos chistes fabricados por colombianos que oigo o leo por ahí (en Facebook), y porque tengo amigos y amigas desopilantes (una palabra horrible, pero para que la conozcan, si no la conocen), y porque ha habido algunos sitios de internet colombianos realmente graciosos (como los doblajes de Hongui y la ya extinta Agencia Pinocho). Entre las vetas del buen humor vernáculo está el humor paisa de la palabrería desconsolada (no el del cartel de fonda, que es el que impera), y está el carcelario humor sancarlista del matoneo bien montado entre machos (me refiero al colegio bogotano de hombres llamado San Carlos, y perdonarán mis referentes burgueses y locales), y ha habido grandes humoristas que no lo son de profesión, como Fernando Vallejo, como Víctor Gaviria en La vendedora de Rosas, y como Antonio Caballero. Por eso me pregunto por qué los humoristas más conocidos de los medios masivos son —¿cómo decirlo?— malísimos, con pocas excepciones (entre ellas Mheo y Chócolo, y otros que ahora olvido). En el centro de la mediocridad está La luciérnaga, con su sempiterno recurso a la parodia, sus coplas flojas (variaciones del “Pican, pican los mosquitos, que cantábamos de niñas), y sus imitaciones, que aunque son exactas no son más que imitaciones (o sea, no revelan nada, como los trucos de un mono amaestrado), y está Daniel Samper Ospina, que a mis señoras del Carulla les parece chirriadísimo, con ese humor bogotano de la risita socarrona y la mofa de los defectos físicos y la procedencia social, y están los chistes fáciles del caricaturista Matador, que tienen el peregrino mérito de corresponder a una operación contraria al humor: la ilustración de lo evidente. La mayoría de estos productos no me parecen mejores que versiones en papel del insólito (demasiado sólito, más bien) programa Sábados Felices, que ya reseñé en otra columna, en otra revista.

Hay algo más triste: cuando una va al cine o al teatro en Colombia, nota que la gente se ríe compulsivamente de lo que no es chiste —sino, digamos, paradoja, o a veces simplemente dolor ajeno—, y en cambio pasa por alto las bromas destinadas a provocar la risa. Corresponde a una condición emocional extraña y patética ese deseo de reír que no encuentra su objeto, esa laberíntica amargura que no se conoce a sí misma. Pasa que los colombianos no entienden los chistes.

A lo mejor nuestra peculiar insuficiencia procede de un trauma colectivo que hizo que le cogiéramos miedo a burlarnos de verdad (¿acaso el asesinato de Jaime Garzón, el mejor humorista profesional que en el país se ha visto en lo que yo llevo de vida?). También puedo suponer que en la escasez de humor incide el talante servil, acomplejado y solemne de mis connacionales, que hace que personas con talento para la comedia se dediquen a oficios que consideran equivocadamente más serios o más dignos —o más complacientes—. Puede ser que el humor flojo se relacione con la cobardía, que busca siempre blancos fáciles. Y pude ser que la enemistad con el humor se relacione con una inhabilidad más extendida: la de la comprensión de lectura. A los colombianos les cuesta encontrar y conocer el humor porque no saben leer. No me refiero a que no lean libros, ni mucho menos a que no sean ilustrados (ellos, no los libros); me refiero a que el mal más grave de la colombianidad (y ya sé que canso al repetirlo) es la falta de atención. El chiste procede del detalle: de la detección de una fisura en el sentido, que solo se advierte si un enunciado o una ocurrencia se observa con cierto detenimiento. El chiste es incisivo —o sea, apunta, corta y penetra— o es un mal chiste. Y para apuntar, cortar y penetrar, debe escudriñar. El buen humor nunca procede de la constatación de una generalidad (de ahí que sean tan flojos los chistes sobre el parecido físico de alguien con un animal —predilecto entre los coetáneos—, o los chistes sobre supuestos rasgos de género o regionales).

El humor de calidad conlleva reflexión, y para producirlo hay que cultivar escrupulosamente la inteligencia, en lugar de desdeñarla, actitud común entre nosotros, despreciativos de todo menos del aplauso. A lo mejor nuestra inhabilidad para el humor se deba a la pobreza de nuestra conciencia, es decir, a que no estamos habituados a tomar distancia para mirar; pues para la ocurrencia humorística no solo hay que mirar un objeto muy de cerca, sino que hay que retirarse luego y mirarlo desde afuera y desde lejos.

La forma más elaborada del humor, la sátira, siempre es educativa de algún modo, y contiene —implícitamente, sutilmente— una iniciativa. El chiste efectivo es la síntesis de un ensayo literario. Un buen satirista sería capaz de tratar durante un largo rato sobre aquello de lo que se burla, y esto no puede esperarse de una gente ansiosa, atropellada y simple de lenguaje como nosotros. Un síntoma claro de un pueblo que no ha sido educado ni para leer, ni para mirar analíticamente, ni para mirar con distancia (que es el fundamento de mirarse a sí mismo) es naturalmente la producción de un humor pueril. El humor colombiano —y, nuevamente, hay excepciones— es de niños: unas veces más cruel, otras menos, pero casi siempre apegado a la literalidad; y esto es consecuencia de la infantilización de la gente colombiana.

He pensado también (es un pensamiento vago y de cajón, pero me sirve para hilar lo precedente con la segunda parte de este texto, que comienza en el próximo párrafo) que los acontecimientos públicos y el discurso público en Colombia son tan a menudo tan absurdos, tan desmesurados, tan desatadamente irracionales, tan destartalados, que tratar de hacer chistes sobre ellos es redundante; quedamos atrapados en el bucle de la cita y la parodia (por eso es tan popular la imitación sin más). No recuerdo quién decía que lo peor que podía pasarle a la sátira estadounidense era que Donald Trump fuera presidente —y por tanto se convirtiera en el principal objeto de los chistes—, pues no era necesario buscar en él lo cómico, ni en su proceder el reverso del sentido. Algo así nos viene pasando en Colombia desde más o menos siempre.

De esos chistes colombianos involuntarios, sobre los que no pueden hacerse chistes pues en ellos el sentido humorístico ya está completo, encontré varios en la página web del candidato Iván Duque, que a lo peor será nuestro próximo presidente para que termine de sepultarse el humor en Colombia. La biografía propagandística del candidato dice:

Es abogado de la Universidad Sergio Arboleda, con maestrías en Finanzas y Administración Pública y Derecho Internacional de “American University” y “George Town University”, de Washington D.C., y varias especializaciones entre ellas una en negociación de la Universidad de Harvard.

El chiste no está en las “varias especializaciones”, que quién sabe qué cosa sean, pues no hay nada así como un título de specialist que otorgue la Universidad de Harvard: ahí lo que hay es imprecisión e invento. El chiste está en las comillas que encierran los nombres de las universidades: ¿no se llaman así esas instituciones, sino que esos son sus apodos? ¿O las comillas equivalen a un “dizque”? Es irónico que, en cambio, la Universidad de Harvard no esté entre comillas, cuando es el título que se sugiere que esa universidad otorgó al candidato el que no existe. (La ironía es esa especie de magia que suele delatar la mentira de un texto, o bien, hacer que su verdad resplandezca).

Sigamos con otro ejemplo, ya no de ironía sino de simple ridículo:

Iván tiene una hermana mayor y un hermano menor, ambos profesionales y con quienes tiene una excelente relación marcada por un gran cariño familiar que proviene de una profunda admiración por su padre y total independencia profesional y económica.

El ridículo procede, primero, de la falacia (se sugiere que la buena relación con los hermanos incide en la probidad de un aspirante a la presidencia), segundo, de la irreflexividad (¿Cómo procedería, y por qué, el cariño entre hermanos de la “profunda admiración por el padre”?), tercero, del contenido disimulado (pues se insiste en que Iván Duque es un buen hijo de su padre, cuando se quiere decir que es un buen hijo de Uribe), y cuarto, de la involuntaria sugerencia malévola: se dice que el cariño entre los hermanos proviene de una “total independencia económica”: o sea, de que no se hayan pedido prestada plata unos a otros.

Tenemos más adelante un chiste machista:

Iván es un hombre por herencia paterna, muy serio, conversador, curioso, estudioso, un lector empedernido amante de los libros, la cultura, la democracia y los factores que determinan y alientan el emprendimiento personal, de la historia política contemporánea, la producción literaria y de la oratoria. Por herencia materna del desarrollo socio económico.

Además del efecto cómico de la puntuación desastrosa (que hace que en la primera oración se diga que, por herencia paterna, Iván es un hombre), nótese que el candidato lo ha heredado todo de su padre, mientras que de su madre ha heredado quién sabe qué, cualquier cosa, algo lo suficientemente confuso para que no sea nada, como me hace ver un amigo de Facebook: “Por herencia materna es [amante del] desarrollo socioeconómico”, se dice en el párrafo. ¿Qué significa eso? ¿Cómo se es amante del desarrollo socioeconómico, y qué significa que la madre haya legado ese amor? ¿Quiere decir que era ella la que recibía las visitas (por lo de socio), o que repartía la mesada (por lo de económico), o que se casó por dinero y ascenso social (por lo del desarrollo socioeconómico)?

Prosigamos ahora con un ejemplo de mera chifladura:

Un James de la política democrática, apasionado por la transparencia en la gestión pública, con una disciplina férrea por el trabajo marcada por valores éticos, con un gran sentido de la honorabilidad como obligación social

¿Qué quiere decir “un James”? Suponemos que se refiere a James Rodríguez, pues al pueblo hay que hablarle de fútbol (o de “football”, que es como, en un párrafo que no transcribo, se llama ese deporte en la biografía de nuestro bilingüe aspirante). Pero ¿qué significa la metáfora? ¿Que Duque le va a meter goles a la política democrática, o que, usando la política democrática, va a meter qué goles y a quién?

Luego encontramos un chiste de equívoco semántico:

Iván Duque es un hombre que maneja su economía personal con el mismo cuidado y sigilo que maneja los encargos profesionales públicos o privados que decide aceptar. Es confiable y no se le envolatan las cuentas a la hora de entregar la devuelta.

Se dice que el candidato maneja los encargos públicos con “sigilo”, término que —el autor parece ignorarlo— implica disimulo y secreto. O sea, que hace cosas a escondidas con la plata. Lo de “no se le envolatan las cuentas” es humor de pared de fonda paisa, del tipo “Hoy no fío, mañana sí”, así que confío en que no hay que explicarlo, porque es el tipo de vulgaridades que a los colombianos les parecen siempre muy chuscas.

Luego se encuentra una frase que podría estar en boca de un personaje arquetípico de sainete (me imagino a una anciana de pueblo conservador, algo así):

Como todo ser humano tendrá defectos pero estos no constituyen vicios de ninguna naturaleza ni lo alejan de la normalidad.

Bueno es saber que tiene defectos, como si con lo leído no quedara claro que su principal defecto es el retraso mental —o bien, el cinismo—, que le permitió publicar todos estos azares en su biografía, pero malo es no darse cuenta de que se incurre en otro sinsentido al decir que los defectos “no constituyen vicios de ninguna naturaleza”, pues vicio es sinónimo de defecto (“vicio” no significa adicción a las drogas exclusivamente, como parece entender el autor). Sobre que sus callados defectos “no lo alejan de la normalidad” no sé qué colegir, pues la normalidad en Colombia es, por ejemplo, ser corrupto. Opino que el autor debería haber dicho lo que quería decir: que el candidato no tiene relaciones sexuales por el ano, y ya está.

Luego viene el humor del misterio, combinado con el del dato irrelevante:

Durante su vida universitaria, manejó negocios de comunicaciones de familiares políticos que se capacitaban en el exterior.

¿Eso qué es? ¿Administró un locutorio?¿O fue espía? ¿O un pariente le dejó su teléfono porque se fue a otro país, y él se puso a vender minutos? ¿Y qué puede importarle al lector si el dueño del locutorio o el teléfono celular se capacitaba en el exterior, o si estaba incapacitado para administrar su negocio? ¿Y a qué se refiere con “familiares políticos”? ¿Se refiere a que eran familiares por matrimonio, o a que se dedicaban a la política?

Luego tenemos la vaguedad mezclada con la hipérbole crasa, recursos principales de la caricaturización:

[Tuvo] el gran privilegio de poder trabajar al servicio directo del Doctor Álvaro Uribe Vélez, reconocido en el mundo como uno de los líderes democráticos más importantes de toda la historia.

No necesito explicarlo: “uno de los líderes más importantes”. ¿De cuántos? ¿Uno de los cien millones de líderes más importantes? ¿Y dónde? “En el mundo”. ¿Y cuándo? En “toda la historia”: toda, toda, íntegra. Lo del “servicio directo” es también un poco raro. ¿No era suficiente con decir que trabajó para Uribe? ¿Se refiere a que estaba a todas horas a sus órdenes, o qué?

Al explicar de dónde procede el interés del candidato en la política, se incurre en otro chiste involuntario:

Sin duda también por la impronta y el ejemplo que de niño al lado de su padre recibió de las exquisitas narraciones de eventos importantes que aquél viviera al lado de muchos líderes que por Iván padre, sintieron infinitos sentimientos de amistad y admiración.

No conozco al personaje en cuestión, pero de lo leído uno podría inferir que el interés por la política le vino a Iván de que su papá era medio lagarto. Y ni hablar del melodrama de los “infinitos sentimientos”.

Y falta la perla:

Cuatro años seguidos de trabajo al lado del ex presidente Uribe en su tarea de defensa de la democracia y promoción de Colombia en el exterior, le reportaron a Iván Duque en materia de experiencia real, conocimientos de la doctrina Uribista y aprendizaje de primera mano de semejante Estadista y gran maestro, mucho más enriquecimiento universal y conceptual del que le hubiesen dado uno o dos doctorados en una de las mejores Universidades del mundo o cualquier otro empleo o trabajo.

Pasemos por alto las comas entre sujeto y predicado, y las que se interponen entre el verbo y su objeto. Pasemos también por encima del chiste obvio de la defensa de la democracia y la “promoción de Colombia en el exterior” por parte de Uribe, y dejemos atrás lo de la “doctrina Uribista” (así, con mayúscula), que nos confirma que el uribismo se ha elevado al estatus de religión, y el “gran maestro”, que es propio de una secta. Lo que da risa en el párrafo —pues lo antedicho da miedo— es la elección del adjetivo “semejante” que califica al “estadista”, pues suele usarse en tono sarcástico (como cuando mi perra salchicha le ladra a un pastor alemán cuyo dueño dice “Ay, no, no, no, ¡semejante fiera!), y el “enriquecimiento universal”, que suena a propaganda de “ungüentos para la impotencia, la fortuna y el amor”, o bien, a enriquecimiento ilícito. Luego vienen el chiste chocarrero de “uno o dos doctorados”, que es como si dijeran: “O póngale cuatro, qué carajo, eso en todo caso es pa maricas, que coleccionan de esa vaina, lo verraco es arrimarse al doctor, que es lo mismo que estudiar pero sin estudiar”, las “Universidades” con mayúscula y el “cualquier otro empleo o trabajo” (por poco no dice “empleo u trabajo”), gracejo reminiscente de nuestra comedia Don Chinche.

El chiste ya está muy largo y explicado, y los chistes demasiado largos y explicados no dan risa. Pero no lo conté para que diera risa y, además, eso que conté no es el chiste: el chiste somos nosotros, que elegiremos a un payaso sin orgullo manejado por un titiritero desquiciado para que nos gobierne, y para que de nosotros se ría quién sabe quién, en otro mundo, con detenimiento y distancia, en una época mejor o peor.