Foto: Pablo David G.

Hablamos con una prostituta del Santa Fe que se enamoró de un cliente

"Estábamos en una traba, nos acabábamos de venir juntos, y mirándonos, nos dijimos que nos amábamos"

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16 Septiembre 2017, 12:10am

Foto: Pablo David G.

Nunca antes había ido al barrio Santa Fe. Llegué tranquila porque en VICE me lo habían descrito como una especie de Disneylandia. Me bajé del taxi y vi de reojo a tres mujeres y sus seis enormes tetas. Teníamos que entrevistar a una mujer así. Le dije a Pablo, el fotógrafo que me acompañaba, que no iba a ser capaz de poner la mirada en un lugar distinto al pecho de la entrevistada.

Pero no fue así. Me esperaban unos ojos amarillos, contorneados con sombra morada.

Me avergüenza reconocerlo: a lo mejor no la consideré merecedora de esos hermosos ojos, sino solo la portadora de un par de tetas protésicas. Nublada por un prejuicio involuntario y moral, no quise imaginarla como la protagonista de una historia de amor.

Como ya lo había hablado con otras cinco prostitutas, a ella también le pregunté si se había enamorado alguna vez de un cliente. A diferencia de las demás, me dijo que sí con una sonrisa extraviada.

Me gustaría pensar que soy una historiadora con capacidades periodísticas y que posee el carisma que tienen algunos: esa habilidad que les permite acceder al universo privado de gente desconocida. Pero no. Angélica, como curiosamente me sugirió llamarla, sencillamente necesitaba hablar con alguien: desahogarse con el primer atravesado. La noche anterior, según me contó, el miércoles 13 de septiembre, "todo cambió" entre ella y su enamorado.

* * *

Angélica es una mujer joven, debe tener entre 25 y 27 años. Tiene el pelo rubio y reseco, seguramente maltratado por el secador, el tinte y la plancha. Lleva los senos descubiertos, pero comparada con las demás chicas parece vestida. Es decir: no lleva solamente un cubrepezones y una minifalda. Trae un vestido de arabescos rojizos, estratégicamente cortado por encima de la rodilla. Es una mujer bonita y, gratamente, no está infinitamente operada. No es de Bogotá, ni vive en Bogotá. Es de Medellín: va y viene entre las dos ciudades.

¿Qué hace una paisa con ojos estúpidamente lindos prostituyéndose en Bogotá? Es decir, en Medellín también existe la prostitución. Según ella, cuando viaja a Bogotá lo hace para "sacar documentos, visas y papeles", porque, además de trabajar en "esto" (como se refiere a la prostitución), trabaja en el extranjero supuestamente "creando alianzas internacionales".

Como sea.


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Hace tres años, en uno de sus viajes a Bogotá, conoció a su cliente/enamorado. Ese día no estaba trabajando: no estaba parada en uno de los garajes de los chuzos del Santa Fe. Tomaba en un bar cercano al trabajo y allí lo vio por primera vez. Se miraron. Se siguieron mirando por un tiempo, y cuando ella decidió que era el momento de irse, él le pidió que no lo hiciera.

— ¿Cuánto cuesta la noche entera con vos? —le preguntó.
—400.000 pesos —le respondió ella.

Mientras jugaba enredando y desenredando sus uñas en una maraña de pelo muerto recordó que "ese día fue chistoso porque entrábamos a la pieza, tirábamos y volvíamos al bar". En ese intervalo de la pieza al bar, del guaro al polvo, empezó su historia. La noche acabó, y ella no sintió la necesidad de cobrarle, pero igual se fue con sus 400.000 pesos y, de ñapa, con una botella de fuXion, una bebida adelgazante que él le regaló.

Los días pasaron y Alejandro —así lo llamaré— volvió por ella. La llevó a su casa. Según me contó Angélica, sentía orgullo porque después de su novia, ella era la segunda mujer que dormía ahí.

Las cosas empezaron a cambiar.

"¿A usted no le dio duro saber que él tenía novia?", le pregunté. No dudó en responder con un tono condescendiente: "No, yo con qué criterio le voy a decir que no tengo novia. No sería justo con él mientras estoy trabajando en esto".

Entendí su punto, ¿cómo exige una prostituta fidelidad?

"Una vez me quedé encerrada en el cuarto de él desde el viernes hasta el lunes para que no me descubriera la cuñada con su hija que lo habían ido a visitar"

La novia de Alejandro se mueve en la esfera de la realidad formal, la oficial. Angélica, por oposición, se mueve en los senderos sinuosos de lo clandestino y lo acepta sin reserva: "Una vez me quedé encerrada en el cuarto de él desde el viernes hasta el lunes para que no me descubriera la cuñada con su hija que lo habían ido a visitar". El cuarto, en cualquier caso, estaba engalladísimo. Según Angélica, tenía "jacuzzi, sauna, un tapete rojo, baño propio. Ah... y juguetes sexuales". Estos le ayudaron a amenizar su voluntaria reclusión.

La relación parece compleja. No son novios, no son amantes y tampoco tienen una relación, digamos, comercial. Ya no le cobra por cada polvo en lo que llevan de intermitente amorío. Pero, siempre que el tipo ha accedido a ella, la ha querido endulzar: "Él me puede decir un día que no tiene plata, pero así yo no se los pida al otro me trae 500.000 pesos".

"¿Cuándo fue la primera vez que le dijo que la amaba?", le pregunté. "Estábamos en una traba ni la hijueputa, nos acabábamos de venir juntos, y mirándonos, al mismo tiempo, nos dijimos que nos amábamos". Cuando concluyeron en sincronía sus orgasmos e intercambiaron 'te amos' habían pasado solo dos meses desde que cruzaron miradas, copas, fluidos, la noche aquella de su encuentro en el bar. Pero como repitió con tristeza en los ojos, acariciando con ternura el peluche que Pablo y yo le dimos (con propósitos fotográficos), su historia ya no es más que un "un bonito recuerdo". "Es una historia bonita y ya", me dijo.

En algún punto de los tres años, la novia de Alejandro descubrió la existencia de Angélica. La relación oficial acabó por un rato, y eso representó para Alejandro y la trabajadora sexual un poco más de tiempo de calidad. "Él me compraba los tiquetes para que yo viniera a visitarlo. O cuando yo venía a Bogotá, lo llamaba y le decía: 'Venga que estoy empelota en la cama'".

Las cosas se enfriaron hace un año cuando la novia reemergió en escena. Pero en la noche del miércoles 13 de septiembre ella lo llamó y él aceptó ir a visitarla. Mientras se acercaba a lo que parecía el final de su novela, esos ojos amarillos empezaron a nublarse por lágrimas y mientras removía el líquido con una de sus uñas dijo: "Pero hasta ahí... no se puede más, ayer todo cambió entre nosotros".

Angélica, la trabajadora sexual, con el dolor en su alma tuvo que decirle a él, su amado oficial: "Lo siento, pero no puedo estar contigo". Nos contó que le había detectado el virus del papiloma humano y que "no se podía arriesgar. "¿Y no le dijo nada?", le pregunté. "No. No fui capaz. Yo a un cliente le devuelvo el dinero y le digo que no puedo estar con él y que debería ir al médico, pero con él no fui capaz".