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‘Tenés dos caminos: o te morís de tristeza o cantás’, Piero

Después de su visita a la Feria del Libro, el cantante habló con nosotros sobre su vida, la dictadura y su trayectoria musical.

por Laura Galindo M.
12 Mayo 2017, 10:18pm

Que un tren mató una vaca, me dice Piero. Y suerte que venía de punta porque si llega a venir de costado las mata a todas. Que así va él, dice, como un tren de costado. Es Piero Antonio Franco de Benedictis, el italiano que es argentino. El argentino que es colombiano. Es Juan Boliche, el de la vida de pobre. Es Pedro Nadie con la mañana a cuestas. Es el que tuvo que exiliarse, el que enfrentó la dictadura argentina cantando y el que pide fumarse un cigarrillo para poder conversar. Es el de Viejo, mi querido viejo. El que tiene un Grammy, un libro y una Sinfonía Inconclusa en La Mar. Es Piero, el que por poco y es cura, el que silba llegando y el que llega de costado, como ese tren que sacude todo al pasar.

***

¿Te enamoraste vos ya? ¿Te enamoraste tanto que no sabés cómo, pero estás enganchada y no te podés soltar? Si te ha pasado, entonces, entendés. Entendés que es muy fuerte, que es natural, que es lógico. ¡Cómo explicás eso! Yo no sé decirte. No le podés poner nombre ni apellido. Puede que sea una alegoría, un instinto, qué sé yo. Pero escuchame bien cuando te digo, escuchame y escuchalo, que puede ser una canción.

Este amor que descubrí en la almohada, que me hace olvidar hasta el nombre, este amor que me cuesta trabajo, que me ocupa los sueños y me invade…

La noche, esa noche cuando pasó todo yo estaba durmiendo. Pero no fue un intento de secuestro. Alguien lo puso así: intento de secuestro. Y así se quedó. Ya sabés vos cómo es esto. Estaba durmiendo y un exnovio de mi hermana me vio en la lista. Era amigote mío y no pudo tragárselo. Tengo que ir avisarle, se dijo, por lo menos avisarle. Y fue. Fue muerto de miedo porque eso es lo que daba la dictadura en esa época: miedo. Le toca el portero eléctrico a mi hermana y ella ¡pero qué hace aquí otra vez este plomo!, ¿no habíamos peleado ya? Y el pibe que no, Gabriela, que no. Que por favor le digás a tu hermano que se vaya. Sacalo. Andá a la casa y sacalo que yo lo vi en la lista. Y ella que es mucho más consciente que yo y más cabeza fría y más tierra, se despide. Y me toca el portero eléctrico a mí y me abraza y me dice tenés que irte, tenés que irte que te buscan los militares. Y yo que no, que yo solo canto, que yo no jodo a nadie. Y ella que sí, que es en serio, que te van a desaparecer, que te vayás.

Que se vayan ellos, que se vayan ellos, los que no dejaron nacer y…

Vivir, salir unos años del país y bancármela, eso me iba a tocar hacer. Cuando eso pasa vos tenés dos caminos: o te morís de tristeza o cantás hasta que alguien se olvide la puerta abierta. Pero pará, que yo te estaba diciendo otra cosa, iba para otro lado y doblé en alguna esquina… Este… Sí, esa noche terminó en que mi hermana lloraba y me hacía la maleta y yo que no, que no pasa nada, que yo soy un tipo tranquilo y todo el mundo me conoce. Y ella que sí, que te quiero, que vos no sabés cómo son esos centros de detención clandestinos. Afuera había una avenida grande, el hipódromo, el aeroparque y un edificio muy alto. Allá, arriba, en el piso 14 vivía un amigo mío que era actor. Arturo, aguantame que me están buscando. ¡Pero cómo!, me dice, venite, venite. Salimos de su casa, esperamos el ascensor y subimos a la terraza. Desde allá se veía mi puerta. Fueron diez minutos. Diez minutos y vimos llegar dos Ford Falcon sin patente, de esos a los que si te subían, nadie nunca volvía a saber de vos. Diez minutos, por sólo diez minutos fui el torero que agita el paño y grita: "¡ole!". Luego, solo uno de tantos sin país.

Ay, país, país de nubes lleno de humo y alcohol, ¿cómo le cuento a mi gente lo que yo pienso de…?

Vos no te acordás porque sos muy chica. Primero empezamos a hacer postalitas. El cuadrito de la abuela. ¿Viste? Con el arbolito y la montañita y todo tan bonito. Y era Juan Boliche y era Pedro Nadie y era Piel cansada. Postalitas y ya. Pero empezaron a pasar cosas y le metimos Coplas a mi país, Que se vayan ellos, Así es la ciudad… ¡Qué se yo! Al final, era todo tan burdo que no mirábamos la poética ni nada. Era afán, angustia, premura por contar todo eso tan fuerte que nos cargaba. Y ya. Comenzaron, entonces, a callarnos. Como esa vez que quise cantar en Chile y no me dejaron, la primera de siete. Y me hicieron esperar ahí y me dijeron: ¿acaso usted no es el cantante de protesta? Y yo que no, que es de próstata, que fue un error de imprenta de alguno al que se le fue de más. ¡Qué protesta ni qué protesta!, dije, si a mí la que me gusta es esta otra: llegando, llegaste…

Te miré de frente. Después, puse un nombre, te llamé ternura. Llegando…

Llegaste, te pusieron una pared y te tuviste que trepar. Así fue, una causalidad. Me empezaron a prohibir. Una vez hecha Pedro Nadie me prohibieron esta y esta otra y la demás allá. Y cuando se me vinieron a mí, a prohibirme a mí directamente, dije no, saquemos algo que no sea prohibirle. ¡Y mirá que difícil! ¡Si es que prohibían hasta Gardel! A cualquiera lo prohibían en el 73. Y me cruzó entonces la vida con Alejandro, Alejandro Mayol. ¿Lo conocés? Fue un excura que después tuvo cuatro hijos. Se ponía en un corrillo con la guitarra y cantaba: "por eso hay que cantar aleluya, por eso hay que cantar aleluya…". ¡Y los chicos se enganchaban! ¡Esa era la magia! Yo tenía la Sinfonía Inconclusa en mente, nos juntamos y ya estuvo. A mí jamás se me habría ocurrido grabar esas canciones porque eran para niños. Y la verdad que fue un hallazgo. Hoy digo que gracias a los militares hice este disco y no me callaron, no pudieron y seguí cantando. ¿Entendés lo que te digo? ¡Nos reímos de los militares!

La risa es como una estampilla que Dios al comienzo…

¡Pegó, el disco pegó! Y es el que más he vendido en mi vida. ¿Viste como son las casualidades? Uno no las arma, aparecen. Y tienen poder, las canciones tienen poder. Y jugás y bailás y gritás y grabás y seguís jugando y bailando y gritando. ¡Hasta dibujás! La carátula, el director, el mar. Fue una suerte esto que te digo de los chicos y la magia de las canciones. Activan cosas, hace milagros. Me llegan cartas que me lo cuentan. A mí me gusta incomodar. Si me decís no, te digo, ¿qué no? La comodidad, creo yo, no lleva a ningún lado. Salvo un rato, pero aburre. A mí me gusta molestar. Pincharte. Y al chico lo tenés que pinchar más que al grande.

Racataca pum, racataca pum, racataca pum pum pum pum pum. Un pulpito a ocho manos aporreaba un par de…

Pianos, sí. Pianos y teclados comencé estudiando de chico. Y todos los maestros eran unos plomos. Te aburrían la vida. Escalas y escalas otra vez, pero más arriba. Do re mi fa sol fa mi re do. Y luego, re mi fa sol la sol fa mi re. Y una más: mi fa sol la si la sol fa mi. ¡Qué se yo! Mañana viene un tecladista mío, toca Let it be un ratito, se la pasa a mi hijo y el pibe sale cantándola en la noche. ¡Compará la motivación de una cosa con la otra! Yo estudiaba teclados y los teclados que agarraba me la volaban. Hasta que una vez, en el pasto, un chico tocaba una guitarra. Teníamos 13 años, o doce, o algo en el medio. El chico hacía Rin Rin… Y le dije yo: a ver, prestame, prestame. ¿Cómo hacés vos? ¿Así? Rin Rin... Sí, sí. La mayor. ¿Y así? Rin Rin... Sí. ¡Y entonces me salió una zamba! Zamba de mi esperanza, amanecida como un querer. Zamba dejá que cante, dejá que quiera como yo sé. ¡Y me volví loco! ¡Todo era de contado! ¡La música salía fresca! Me declaré enfermo, tal como lo hago cuando no quiero nada y necesito escaparme del mundo. Dije que tenía surmenage. En los setenta, surmenage era como hoy tener estrés. Sonaba bien. Lo suficientemente grave para que te dejaran en paz, pero no tanto como para estar en cuidados intensivos. Entonces, como los síntomas eran relativos, me internaron en la enfermería. Me hice una madera con seis cuerdas y seis clavos para no joder a los otros enfermos con la guitarra y empecé a hacer digitaciones. Y ya. A los diez días me sabía diez canciones. Algo así te revuelca, te embota, te emborracha. Te despierta el alma. Te sacude y no alcanzás a pensar.

Algo pasó, no entendí nada. Vamos, contame, decime, todo lo que a vos te está pasando…

Ahora, te lo digo sin colores. Tenés que saber que yo soy muy fiaca. Mirá, no soy muy estudioso. De la música te digo que puedo escribirla, puedo inventarla, pero me sirvo del músico para que suene. Hacé así o hacé asá, le pido. Yo sé lo que quiero, pero no lo puedo tocar. Y si te soy franco, no necesito saberlo, para eso hay maravillosos ejecutantes en todos los instrumentos. ¿Feliz encerrado estudiando? Pues no. ¿Feliz con la música solo mía? Tampoco. ¡¿Feliz cuando somos todos y jugamos a lo mismo?! Ahí sí. Los músicos. Ustedes. Yo. ¡Eso sí es felicidad!

El director pejerrey, anteojitos de carey, con batuta y diapasón, dio comienzo a la función.

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