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Con reciclaje e impresoras 3D, Bogohack quiere hacernos la vida más fácil

Prótesis para niños discapacitados, cantinas cibernéticas, máquinas de hacer plástico al servicio de recicladores, y otras maravillas Made in Teusaquillo.

Mi relación con las impresoras 3D ha sido corta, difusa e insatisfactoria. Comenzó una noche de fiesta, cuando un tipo, que se había comprado una de estas máquinas, me regaló una pulsera horrible fabricada con ella. Después me volví a encontrar con estas máquinas en un evento nocturno donde una marca de alcohol imprimía y rifaba unas botellitas preciosas que nunca me gané, o al menos no recuerdo haberme ganado. La última vez que vi alguna pieza de estas fue cuando me senté encima de una y la dañé. Era un gato redondo, la entrega de una amiga para alguna materia de diseño; aún no lo he arreglado, a pesar de haberle prometido que iba a solucionar todo con Super Bonder.

Todas las situaciones se me hicieron una mierda, y me dejaron con la impresión de que para lo único que servían las impresoras 3D en Bogotá era para deslumbrar con cositas de diseño cool a los profresores durante las entregas de fin de semestre o a las víctimas de la activación de la marca de turno. Lo único que me tranquilizaba es que al menos no estaban imprimiendo armas, como en otras partes.

Hace poco, sin embargo, conocí a Juan Pablo Calderón, y con él llegó mi reconciliación con estas máquinas. Juan Pablo me contó que, con ayuda de varias impresoras, fabrica y vende a precio de huevo prótesis de manos para niños de la ciudad. "Estamos empoderando al mundo de tecnología", me dijo cuando me recibió en Bogohack, el colectivo de hackers que ayudó a fundar hace cuatro años.

Para hablar de los makers de Bogohack hay que sacarse esa idea de que los hackers son como Assange el de Wikileaks, como el tipo que anda publicando las fotos en viringa de varias celebridades por estos días o, en el peor de lo casos, como Andrés Sepúlveda, quien ni siquiera se puede considerar un verdadero criminal informático. "Learn, make and share" se lee a la entrada de Bogohack, este grupo que inició como un club de ñoños que se reunían a cacharrear, y que terminaron teniendo un local-taller ubicado en el barrio La Soledad en Bogotá. Desde que uno entra y ve el arrume de máquinas y herramientas queda claro lo que significa hackear: modificar, explorar, alterar, tantear. Hacerle mañita a la cotidianidad, cacharrearle a la vida. Sin embargo, a ellos el cuento les quedó corto, y hace cuatro años vieron en una impresora 3D que mandó traer Juan Pablo, la posibilidad de desarrollar ideas de negocios rentables y solucionar, a la vez, necesidades humanas reales.

"La nueva Revolución Industrial ocurrió en los 80's, cuando la gente empezó a diseñar software en los garajes", me cuenta Juan Pablo, quien asegura que así nació Microsoft. "Estamos en un punto donde construir cosas es facilísimo; con una impresora 3D yo puedo hacer todos los prototipos que quiera, entrar a Kickstarter y conseguir financiación, entrar a Ebay o Amazon y manejar mis ventas... puedo despachar desde acá, ya no necesito grandes fábricas ni un edificio o una corporación".

Así como no necesitan nada de esto, Bogohack no necesitó de un hospital, o un laboratorio industrial inmenso para empezar el proyecto Una Mano Más. Bastó con que llegara a la oficina Christian Silva, un ingeniero mecatrónico, con una idea en mente: regalarle prótesis a los niños de este país. Sin pensarlo dos veces, Bogohack se mandó de cabeza a imprimir manos de plástico totalmente gratis, aunque después de un tiempo le fijaron un precio, porque nada es sostenible cuando es gratis. $250.000 cuesta una prótesis de mano hecha en impresora 3D, una cifra para nada desconsiderada, teniendo en cuenta que una prótesis normal cuesta entre $20.000.000 y $40.000.000. 

Las prótesis son básicas, pero totalmente funcionales: "Con la mano el niño se puede amarrar los zapatos, puede agarrar las cosas". El mecanismo funciona de una manera en la que, al girar la mano, se tensionan unos cauchos que la tiemplan, haciéndola subir. Con el tiempo Bogohack ha ido perfeccionando la hechura de las prótesis, y si uno compara los modelos de ahora con los de los primeros videos, los dedos y la forma de la mano en general se ve más realista. Los niños reciben la prótesis, y están presentes durante todo el proceso no como espectadores, sino interviniendo en este. "A una niña le hicimos una rosada y blanca, ellos la pintan como si fuera su yeso. Que participen dentro de la elaboración es mucho más valioso porque ya saben que una impresora hace su mano, y que después pueden ponerle algo, como un reloj. Es importante que los niños vean que tienen control sobre esas cosas".

Una Mano Más arrancó hace tres meses, y ya ha imprimido las manos de cerca de diez niños. Entre tanto, han comenzado a experimentar en el diseño de extremidades inferiores, con la única limitante de que el peso del cuerpo puede superar la fuerza del plástico utilizado en las impresiones.

Sin embargo, cuando de limitantes se trata, un hacker no quiere tener ninguna, principalmente porque en su mundo todo parece posible. O al menos así lo veo cuando ellos mismos construyen las impresoras 3D, a partir de otras impresoras 3D, o imprimen un corazón gigante hecho de puros engranajes plásticos, o exhiben, orgullosos, la réplica que construyeron del famoso ajedrez de Marcel Duchamp -del que solo existe el registro de una foto- a partir de unos planos para impresión que sacaron de internet. Y si había una limitante, era la cuestión del plástico, y el miedo de volverse dependientes de las grandes compañías que producen este material: "Acá hay una vía de control, porque si alguien empieza a monopolizarlo quedamos esclavizados. Estamos importando este producto a la lata, cuando vemos un montón de plástico en las calles".

Un  buen día, el asunto se redujo a una sola cuestión: ¿Y si procesamos el plástico nosotros?

Retando de nuevo los procesos establecidos,Bogohack empezó a producir su propio plástico. Tras nueve meses de planeación, y a punta de botellas de gaseosa, tubos de PVC, y otra serie de elementos presentes en la cotidianidad, el proyecto adquirió forma (un poco irregular, por cierto) y está empezando a dar pasitos, agarrándose de la mano de los recicladores de la ciudad, quienes se encargan de la recolección de esta materia prima: "Nosotros necesitamos que nos entreguen el plástico molido, mientras terminamos de diseñar una moledora. A esta gente le tenemos que garantizar que no la vamos a explotar, que van a ganar buena plata, que nuestro proyecto les va a pagar mejor que otras empresas y lo más importante: Que eventualmente se van a empoderar de esta máquina y la van a hacer. Así, en vez de vender una tonelada de botellas, van a vender mil kilos de filamento para impresión 3D, para que el reciclador deje de ganar un mínimo y deje de comer mierda, preocupándose por cómo va a pagar una renta".

La inclusión de comunidades que en un comienzo parecieran ajenas a la tecnología no paró ahí. Otra creación que este hackerspace hizo con ayuda de sus impresoras es el Lechugator. Este artefacto con nombre de atracción de parque de diversiones es un sistema hidropónico hecho con tubos de PVC y esponjas, que controla automáticamente el nivel de nutrientes y agua que se le deben suministrar a los cultivos. "Ahorita estamos sacando un Lechugator mini para las casas", me dice Juan Pablo, quien por $600.000 hace que la gente se lleve su cursito y su lechugator.

Esta no es la única iniciativa que tiene este grupo para incluir a quienes habitan las zonas rurales de este país agricultor, como somos. La gente de Bogohack también va de vereda en vereda con cantinas que parecen llenas de leche, pero que en realidad están llenas de herramientas y circuitos listos para ser ensamblados, con talleres totalmente gratis. "Uno se va a las veredas, abre la cantina, y le enseña a la gente a hacer cosas. Por ejemplo, que los campesinos vean que pueden hacer un sistema de riego".

Juan Pablo ya ha sacado varias veces a su cantina a pasear a una vereda que le queda cerca a su casa, llamada El Vergón, y a Guatavita. Sin embargo, aún no es capaz de dejar la cantina hackerspace en una vereda, por miedo a que se quede acumulando polvo o a que se la desvalijen: "Para dejarla debo cuadrar algo con un pelado bien pilo que siga la cuerda y continúe haciendo eventos claves. Yo ahorita abro la cantina y voy poquito a poco, porque si llego y les dejo la cantina, no van a saber qué hacer con eso".

La cantina también ha pegado en la ciudad. Actualmente Bogohack tiene un proyecto con la Red Nacional de Bibliotecas, porque quieren meterle una impresora 3D y una de estas cantinas a las 1400 bibliotecas que andan desperdigadas por el país. "La idea es que venga acompañada de dos manuales: uno para hacer eventos de hacking, y otro con ejemplos".

Las creaciones de este grupo, productos de la combinación de iniciativas, recursividad e inclusión social, reconcilian a cualquiera con las impresoras 3D, y más allá de eso dejan la tranquilidad de que al menos alguien acá supo cómo empoderarse de esta tecnología. Esto es diseño industrial desde el garaje, desde la base, sin contraseña ni marca, sin ganas de pararse solos en el podio de la producción, sino más bien con ganas de coger de la mano a todo el mundo, a que se suban con ellos.

Respecto al futuro, Juan Pablo no tiene idea: "Yo no sé si el futuro nuestro es siquiera la impresión 3D. Estamos haciendo nuestra misión y buscando como hacerlo sosteniblemente". El futuro no es algo que le preocupe a Bogohack, ellos son makers: Hacen, no planean.