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Construir y deconstruir un niño guerrillero

En Colombia se calcula que hay entre 6.000 y 11.000 niños, niñas y jóvenes en manos de grupos armados ilegales, aunque algunas ONG amplían la cifra a 14.000.

Cada noche, en cuanto cerraba los ojos, Juan Diego aparecía en medio de la selva. Tenía que correr esquivando las balas. Rápido. Muy rápido. Intentado no chocarse con los árboles mientras su superior le disparaba con la metralleta a los pies.

Este recuerdo, convertido en pesadilla, le atormentaba tanto que solo pensaba en regresar a la guerrilla. Allí había pasado los últimos años de su infancia. Ahora, a sus 16 años, creía que sólo volviendo a la selva podría volver a dormir tranquilo. Juan Diego llevaba unos meses fuera recuperándose, pero nunca le había contado a nadie cómo lo castigaban en la guerrilla. Hasta que una noche encontró a Rafael Bejarano en un pasillo en el centro donde le trataban para reinsertarse.

"Juan Diego, me han dicho que quieres volver a la selva, ¿qué pasó? ¿Por qué?". "Es por los sueños". Le dio la mano y por primera vez habló. Por primera vez pudo dormir. Desde aquella noche se repitió el ritual cada día: "Sólo así pudo crecer y convertirse en lo que es hoy: un chico de 22 años que lucha por el bienestar de las personas", recuerda Rafael Bejarano.

Como Juan Diego, en Colombia se calcula que hay entre 6.000 y 11.000 niños, niñas y jóvenes en manos de grupos armados ilegales aunque algunas ONG llegaron a ampliar la cifra a 14.000. Más de 5.000 se han desvinculado y han sido atendidos por organismos gubernamentales que les ayudan a reinsertarse socialmente.

La semana pasada el tema saltó de nuevo a la palestra cuando las Farc aseguraron que no devolverán a los guerrilleros menores que han reclutado, pese a que en enero habían anunciado el cese del reclutamiento infantil en sus filas.

Rafael Bejarano es un misionero salesiano que dirige uno de estos programas en Medellín y Cali, el Centro de Atención Especializada (CAE) para jóvenes del conflicto armado Construyendo Sueños en la Ciudad Don Bosco. Llevan 12 años reconstruyendo vidas . Más de de milchicas y chicos de 14 a 18 años lograron recuperar su identidad tras pasar por Ciudad Don Bosco.

Construir un niño soldado

Los reclutan con 8 ó 10 años. Las Farc tienen incluso un censo de niños en las poblaciones cercanas a sus campamentos a los que van a buscar cuando llegan a la edad adecuada.

Según los distintos informes de las organizaciones que trabajan con menores desvinculados de la guerrilla, como Unicef o Misiones Salesianas, a los niños les cambian el nombre y alejan de sus familias ubicándoles en campamentos en medio de la selva. Les esclavizan sometiéndoles a una disciplina castrense en la que el maltrato, la violación y la tortura son habituales. Les ponen a trabajar como espías, cocineros, esclavos sexuales, escudos humanos o colocando minas antipersona. A partir de los 16 años les consideran aptos para el combate.

William de Jesús Barrios Lezcano se convirtió en Ronald con 15 años. Lo captaron después de tres años resistiéndose, seducido por Giné, una guerrillera poco mayor que él. "Me dijo que seríamos novios y nos casaríamos y que lucharíamos por el bienestar del pueblo. Tres días después de llegar al campamento la trasladaron y no volví a verla".

Procedente de una familia de campesinos de Cáceres en Antioquía, vivía atrapado y rodeado de muerte. "A mi papá lo mataron los narcos porque no querían pagarle por la tierra que le alquilaron, a mi hermano lo torturaron y mataron los paramilitares y lo dejaron tirado en una vereda. Y yo desde los 10 años anduve buscándome la vida como pude: vendiendo fruta, trabajando a cambio de alojamiento, y finamente trabajando en cultivos de coca".

La rutina en su infancia arrancada incluía muertos en los caminos, disparos de madrugada en las casas de los vecinos y torturas a sus amigos. A él lo atraparon los paramilitares cuando le vieron hablar con los guerrilleros. Le vendaron los ojos, le golpearon y lo llevaron a un puente donde le interrogaron y amenazaron de muerte.

'No se me olvidará cómo me miraban mis vecinos: como a un traidor'.

"Después de lo que le habían hecho a mi hermano creí que me iban a matar. Luego reaparecieron los guerrilleros una vez más. Me sentía en un circulo sin salida donde sólo había enemigos: paramilitares, ejército, guerrilleros...", explica.

Entonces llegó Giné. "Me contó que de dónde ella venía se le respetaba por llevar un arma. Me habló del orden, de la autoridad, de las oportunidades, de la fuerza del grupo, de cómo la guerrilla apoyaba a la familia de sus miembros. Incluso pagaron la deuda de 400.000 pesos que yo tenía para que me uniera a ellos. Por primera vez alguien me hablaba de futuro... y en ese entonces a mí me pareció una oportunidad. La salida".

Le dieron ropa de camuflaje, un walkie talkie y le colgaron un arma al hombro: "No se me olvidará cómo me miraban mis vecinos: como a un traidor". Hoy tiene 20 años y trabaja en el CAE ayudando a otros chavales que han pasado por lo mismo que él.

William recuerda que al llegar al campamento en la selva había unas 70 personas. La actividad era trepidante: unos cocinaban, otros hacían trincheras, otros cargaban agua... "La mayoría eran niños, puros pelaos jóvenes de 12 ó 13 años, los mayores apenas llegaban a los 17 años", explica.

"Desde hoy serás Ronald y nunca le dirás a nadie tu nombre", le dijeron. Su entrenamiento incluyó caminatas de días por la selva, horas vadeando ríos, lecciones de tiro, trabajo en el campo en cultivos de coca y le encargaron salir a "cobrar vacunas" — impuestos para la guerrilla.

`Se me hacía terrible ir a extorsionar, amenazar y exigirle la plata que no tenían a quienes me habían criado'.

"Se me hacía terrible ir a extorsionar, amenazar y exigirle la plata que no tenían a quienes me habían criado", recuerda. Y siete meses después de su ingreso lo llevaron a combatir contra el ejército colombiano.

"Estaba aterrado, pero si lo descubrían te hacían un consejo de guerra y te mataban, así que te limitabas a obedecer y rezar. Y veías cómo caían los compañeros. Lloraba a escondidas para librarme de la angustia. Si alguien trataba de volarse [fugarse] y le pillaban, le acusaban de traición a la revolución, lo llevaban delante de todos y lo fusilaban" describe.

Así hasta que su compañero Fabián le tentó. "¡Volémonos y nos vamos a la finca de mi familia, está lejos y no nos descubrirán!". Al principio William pensó que le estaban poniendo a prueba pero la noche que mataron a dos de sus compañeros decidió que merecía la pena arriesgarse.

Lo organizaron todo para el 12 de julio de 2011. A Willson le tocaba guardia de ocho a diez y a Fabián de diez a doce. Esa noche Wilson supo por primera vez que Fabián era Didier Albeiro. Caminaron ocho horas por la selva hasta llegar a una casa. Robaron un celular y llamaron al 146, el teléfono de ayuda para guerrilleros desvinculados: "Venimos del Frente Darío Jesús Ramírez Castro del ELN, por favor vengan a buscarnos a la Porcelana".

Por primera vez fue libre. Así empezó su reconstrucción.

Deconstruir a un niño soldado, reconstruir un adolsecente

Wilson llegó meses después a Ciudad Don Bosco donde el reto era recuperar su adolescencia robada.

Deconstruir a un niño soldado no es tarea fácil. En ocasiones puede llevar años de trabajo, según explica el padre Bejarano. Su programa aborda la situación de los menores de forma integral.

"Les atendemos en el área de salud, nutrición y área psicosocial y un equipo pedagógico los acompaña día y noche para configurar de alguna manera la estructura de una familia", explica.

"Muchos llegan en un estado de timidez impresionante, anulados. Son muy dóciles por su adiestramiento militar radical y ante cualquier incidente o desorden exigen el castigo físico o el maltrato. Por eso tenemos que trabajar sus habilidades comunicacionales, su autonomía, autoestima y el respeto personal. Una parte importante de nuestro papel es lograr que aflore el adolescente que llevan dentro, las locuras juveniles, a diferencia de otros programas con adolescentes que el reto es contenerles", relata Bejarano a Vice News.

La mayoría de las chicas han sido esclavas sexuales y su manera de relacionarse con el mundo es a través del sexo y por eso "tenemos que darles un empoderamiento, trabajar su identidad femenina y facilitar socialización de una manera más adecuada con roles para ellas desconocidos", añade.

Para todo ello es fundamental la educación, capacitarles para que sean capaces de ganarse la vida más allá de la guerra. "Llegan con muchos retrasos en el aprendizaje así que a veces hay que empezar casi de cero a que aprendan a leer y escribir", apunta el religioso.

Otra de las tareas fundamentales en Ciudad Don Bosco es la labor psicopedagógica ya que algunos chicos llegan con trastornos mentales asociados, estrés postraumático, trastornos bipolares, o hábitos de consumo de drogas que en algunos casos jamás logran abandonar.

Aunque también los hay que llegan sin grandes traumas. "Según el grupo guerrillero que les haya tocado, el adiestramiento y su papel, hay quien logró encontrar un oficio en la guerrilla que le permitía establecer una relación adecuada con sus superiores, como los cocineros, o los aguadores. Otros provienen de familias disfuncionales con lo que no guardan tan mal recuerdo de su paso por la guerrilla y lo recuerdan con nostalgia", explica el misionero.

"Añoran el protagonismo, la autonomía, el manejo de las armas, el empoderamiento que da esa sensación de ser hombres sin haber sido niños", apunta Bejarano.

Bejarano reconoce que los chicos que han pasado por la guerrilla no suelen recuperarse del todo nunca.

"La mayoría trabajan, han conformado sus familias o incluso montado sus microempresas. Al menos logramos que tomen conciencia y opten por una vía que les devuelva la dignidad perdida", concluye.

Sigue a Beatriz Lucas en Twitter: @beitalucas