La tierra murió gritando

Esteban Payán está logrando reconstruir el corredor milenario del jaguar

"Me encantaría poder estar en un parque, dedicarme a contar jaguares y estudiarlos: ser un científico y que nadie me joda, pero eso no se puede", dice el biólogo, "tenemos que lidiar con guerrilla, con problemas de orden público, con pobreza, con el...

por Santiago Wills
06 Julio 2015, 8:00pm

Esteban Payán se detiene en un risco durante la expedición al Parque Nacional Chiribiquete. Foto por Santiago Wills.

"En el lenguaje humano no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra"

—Jorge Luis Borges, La escritura de Dios

Una madrugada en febrero, Esteban Payán, un caleño de 37 años de edad de ojos castaños, cabello oscuro y cejas pobladas, se paseaba nervioso por la sala de espera del Comando Aéreo de Transporte Militar, Catam, en las afueras de Bogotá. Envuelto en una cazadora negra, Payán, director para Colombia de la ONG de conservación de felinos Panthera, observaba cómo la niebla engullía lentamente la pista del aeropuerto. El vuelo hacia San José del Guaviare saldría con retraso, eso ya era seguro. Lo realmente grave era que si el lánguido cielo bogotano no abría pronto, se iba a ver obligado a cancelar la primera expedición en más de dos décadas al Tepuy Jaguar, una meseta recubierta de selva en medio del Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete, cuyas paredes esconden petroglifos escarlata en forma de jaguar de entre 500 y 1.500 años de antigüedad.

A pocos pasos de la puerta de vidrio empañada desde donde inútilmente comprobaba cada tantos segundos el estado del clima, Payán echó un vistazo a sus jefes Alan Rabinowitz, director mundial de Panthera, y Howard Quigley, director del Programa Jaguar, quienes habían venido a Colombia en parte por la promesa de la expedición. Rabinowitz, un fornido judío neoyorquino a quien pocos habrían podido calcularle sus 61 años de edad, examinaba las provisiones para el viaje. Comida y agua para varios días, un dron, cámaras de video, trípodes, linternas, cascos militares, sistemas de posicionamiento global y un chaleco antibalas descansaban en maletas desparramadas en la sala de espera.

Con el paso de los minutos, el tiempo no parecía mejorar. Payán sabía que si no despegaban pronto, podría perder la oportunidad de conocer aquel lugar, el que tal vez sería el último reducto del jaguar ( Panthera onca), en caso de que fallaran todas las estrategias de conservación en las que llevaba trabajando durante una década. Chiribiquete, extraviado en las selvas de Caquetá y Guaviare, es el parque nacional más grande del país, con un área equivalente a la totalidad de Bélgica, pero es también uno de los más aislados. Ubicado a varios días de distancia, por ríos y trochas, de San José del Guaviare, el pueblo más cercano, Chiribiquete aún se encuentra separado del mundo de los hombres. Las poblaciones indígenas que habitaban el lugar desaparecieron tras el boom del caucho a principios del siglo pasado, y no hay presencia continua ni de Parques Nacionales, ni del Ejército. Uno que otro grupo guerrillero en ocasiones merodea la zona, pero ninguno parece haberse adentrado de lleno en el parque. De hecho, la única manera de llegar allí es en helicóptero, preferiblemente acompañado por las Fuerzas Armadas.

—Esos son sólo para los jefes —nos dijo en inglés Payán al ver que Rabinowitz se probaba uno de los chalecos antibalas—. Nosotros somos la carne de cañón.

Rabinowitz tensó los músculos de sus brazos. Bajo el chaleco llevaba un uniforme especial del ejército israelí.

—Siento que podrían dispararme —respondió entre risas—. Se siente bien. Es como cuando uno practica muai thay .

Payán miró hacia la pista una vez más. Creyó ver rayos de sol a través de la bruma. Volteó y se dirigió hacia un grupo de periodistas que grabarían una nota televisiva sobre el jaguar con las imágenes del viaje. En Chiribiquete se han encontrado los restos humanos más antiguos de la Amazonía, dijo intentando subir el ánimo del grupo. En ese sentido, los petroglifos demuestran que el hombre ha convivido con este felino en Colombia desde que tenemos registro histórico. Para las culturas precolombinas el jaguar, el felino más grande de América y el tercero en tamaño del mundo, era un símbolo de la fertilidad y del coraje. Los chamanes indígenas utilizaban yagé y otros alucinógenos para transformarse en jaguares y atacar a sus enemigos. Por su fuerza y su comportamiento el jaguar representaba una naturaleza dual, era una suerte de enlace entre el mundo físico y el mundo espiritual, entre el mundo de los hombres y el mundo de la selva. El jaguar era el amo de los otros animales y se solía decir de los hombres valientes que tenían dentro de sí la esencia del felino.

Petroglifos de jaguares en Chiribiquete. El jaguar es la figura que más se repite en las paredes de los tepuyes. Su tamaño siempre es mayor al de los hombres en los petroglifos, un indicio de su importancia para las comunidades indígenas de la zona. Fotos por Carlos Castaño-Uribe.

No se sabe con certeza cuántos jaguares quedan en América. Durante años, el jaguar fue considerado una especie en peligro de extinción. Hoy, se lo considera casi amenazado en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, mas la categoría no alcanza a dimensionar el riesgo en que se encuentra. La diversidad genética de la especie pasa por un corredor que abarca Centro y Suramérica. Colombia conecta los dos subcontinentes y en esa medida crea un puente entre las poblaciones de jaguar que se extienden desde Sonora en México hasta la provincia de Misiones en Argentina. En ese sentido, la supervivencia a largo plazo del jaguar depende directamente de los esfuerzos de conservación en nuestro país, concluyó Payán.

Hora y media después de lo previsto, dos hombres con chaquetas de aviador entraron por la puerta de vidrio antes empañada. Una suave llovizna formaba pequeñas manchas oscuras en la pista. La niebla parecía haberse retirado hacia las montañas.

—Ya nos dieron pista —dijo el piloto del avión militar King Air 350 Beechcraft, aparcado a un centenar de metros de la sala—. Salimos en diez.

Tiger, un jaguar rescatado luego de que un cazador matara a su madre, jadea a la espera de su cena en un encierro diseñado por la ONG Cabildo Verde en el Magdalena Medio. Foto por Santiago Wills.

Cuando era niño, Esteban Payán se dormía ojeando la Enciclopedia Salvat de la Fauna del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente. Leía las explicaciones de los diferentes animales y se detenía a analizar las fotografías hasta que el sueño lo vencía con alguno de los doce tomos amarillos y negros entre sus manos. Le gustaba, sobre todo, la entrada sobre el tigre ( Panthera tigris), y una noche la descuadernó para así poder guardar las fotos.

Payán nació en Cali en 1977 y su infancia se dividió entre la capital del Valle; Oxford, Inglaterra, y Providence, Rhode Island, Estados Unidos. Su mamá, una historiadora especializada en cultura política del siglo XVIII, arrastró a la familia hacia Inglaterra para hacer un doctorado y luego a los Estados Unidos para ejercer como profesora invitada en la Universidad de Brown (su padre trabajó la mayor parte de su vida en la multinacional de insumos de educación Carvajal S. A.) Antes de regresar a Colombia a los 13 años, aprendió a hablar inglés, descubrió los tigres y los piratas de las novelas de aventuras de Emilio Salgari, e imaginó los bosques nevados de Alaska de los relatos de Jack London.

En Cali, Payán creció con perros, gatos, tortugas y patos. Siempre le gustaron los animales y a menudo aseguraba en el Colegio Colombo Británico que iba a estudiar Biología. Nadie le creía y había una apuesta entre varios de sus compañeros, quienes aseguraban que, tal y como ellos, terminaría matriculándose en la facultad de Derecho, Economía o Administración de Empresas.

Tras finalizar el colegio, se mudó a Bogotá para estudiar Biología en la Universidad de los Andes. A finales de los 90, cuando se acercó el momento de elegir el tema de su tesis de pregrado, de inmediato pensó en el jaguar, el tigre americano. Deseaba estudiarlo en su hábitat natural, pero pronto se dio cuenta de que sería imposible debido a la situación de orden público. Decidido a trabajar con el jaguar, una de las especies de felinos menos estudiadas debido a sus costumbres nocturnas, su reserva en las selvas y sus hábitats apartados, optó por escribir su tesis en genética y morfometría —el estudio de las formas y tamaños— de grandes felinos. Aprendió a apreciar la estética de los cráneos de los jaguares, los ocelotes y los pumas, y empezó a formar una colección de calaveras que hoy dan la bienvenida a quienes visitan la oficina de Panthera en el norte de Bogotá.

En 2004, una vez llegó el momento de buscar un doctorado, Payán revivió sus ambiciones. Diseñó un proyecto de doctorado para estudiar el conflicto entre ganaderos y jaguares en los llanos orientales. Los ganaderos suelen culpar a los jaguares de un alto porcentaje de las muertes de sus animales. La idea era intentar comprobar si el jaguar era de hecho el responsable de esas pérdidas, y desarrollar prácticas eficaces para reducir el número de muertes de lado y lado, pues hoy la mayor causa de muerte de los jaguares son las represalias, a menudo injustas, de los ganaderos. Escribió 39 emails a 39 posibles asesores supervisores alrededor del mundo. Sólo dos personas le contestaron: un profesor de la Universidad de la Florida, cuyo nombre ya no recuerda, y Stephan Funk, un alemán experto en leones de la University College of London. Aceptó de inmediato la asesoría de Funk. El Departamento de Zoología tenía un convenio con la Sociedad Zoológica de Londres y contaba con tres especialistas en grandes felinos, algo inusual dado el inevitable conflicto entre el trabajo académico y el tiempo en campo que requiere el estudio de estos animales. Aplicó a una beca de la Unión Europea para latinoamericanos y arribó a la capital inglesa.

—Te tengo una mala y una buena noticia —le dijo Funk al llegar a su oficina—. La mala es que ya no voy a trabajar aquí. La buena es que me voy a trasladar a la Universidad de Puerto Rico y que puedo aceptarte como mi alumno de doctorado allá.

Payán se tragó la serie de insultos que le vinieron a la cabeza. Puerto Rico no era una opción. Está bien, le dijo Funk, quizás alguno de los otros profesores te puedan ayudar. Ese mismo día, Payán convenció a Sarah Durant, una investigadora inglesa que había dedicado décadas al estudio de los guepardos en Tanzania, y a Chris Carbone, una autoridad en tigres a nivel mundial, de que asesoraran su proyecto de doctorado.

Financiado por Alan Rabinowitz, quien en ese entonces dirigía el Programa de Grandes Felinos de la Wildlife Conservation Society, una ONG asociada al Zoológico del Bronx en Nueva York, Payán partió hacia el Vichada para finalmente conocer de primera mano al animal que desde hacía años lo acechaba.

Un jaguar en cautiverio capturado por el lente de Nathalia Regnier, esposa de Esteban Payán.

El jaguar nació en Asia hace alrededor de dos millones de años, a principios de una era geológica conocida como el Pleistoceno. Con casi un 25% más de su tamaño actual, el jaguar asiático colonizó Europa y eventualmente cruzó a Norteamérica a través de un puente natural formado en el Estrecho de Bering que un millón de años más tarde aprovecharían los Homo sapiens. Durante el Pleistoceno, cambios en las temperaturas y una serie de glaciaciones causaron la extinción de la mayoría de mamíferos de gran tamaño en Europa, Asia y América. El jaguar euroasiático desapareció, pero su pariente americano logró adaptarse, sobrevivir y convertirse en uno de los predadores más efectivos de los últimos 600.000 años.

El felino sobreviviente es un cazador solitario y oportunista que devora lo que encuentre a su disposición. Tiene un cuerpo robusto que mide entre 1,20 y 2,60 metros de largo contando la cola y que pesa, dependiendo del área, entre 40 y 160 kilogramos, los cuales utiliza para golpear a toros de casi una tonelada de peso. Sus garras retráctiles ocultas en patas delanteras de aproximadamente diez centímetros de largo por 11 de ancho son capaces de rasgar con facilidad la dura piel de un caimán. Es un predador que acecha y que mata mordiendo directamente el cráneo o las vértebras de sus presas con caninos reforzados para no romperse al triturar huesos (comparativamente, tiene la mordida más poderosa de todos los felinos). Su velocidad en distancias cortas puede llegar a los 100 kilómetros por hora. Todo esto le permite disfrutar de una amplia dieta que puede incluir armadillos, pecarís, venados, osos hormigueros, chigüiros, pacas, borugos, zarigüeyas, tortugas, babillas, iguanas, cusumbos, mofetas, serpientes, aves, kinkajús, tapires, peces, ganado, gallinas, otros jaguares e incluso, de acuerdo con un reporte, delfines rosados. "La regla es muy sencilla con los jaguares —dice Esteban Payán—. Lo que puedan comer, se lo comen".

Hasta la llegada del hombre a América hace alrededor de 20.000 años, el jaguar, también conocido como tigre en la mayor parte del continente, era el indiscutible amo de las selvas húmedas desde los Estados Unidos hasta Argentina. Su piel dorada cubierta de rosetas con patrones únicos en cada individuo, blanca en los individuos albinos y negra en algunas poblaciones sobre todo del Amazonas, ejercía una fascinación enfermiza entre los primeros humanos con quienes se topó. Para las culturas precolombinas americanas los jaguares eran representaciones del poder, la fiereza, la sexualidad y la muerte. Eran, en ocasiones, los agentes de un dios, seres que debían ser a la vez temidos, adorados y abatidos.

En su libro Icons of Power: Feline Symbolism in the Americas, el antropólogo y arqueólogo inglés Nicholas Saunders menciona numerosos ejemplos. En México y Guatemala, los olmecas, los primeros en combinar el chamanismo y el culto al jaguar, incluso llegaban a deformar sus cráneos, aplanándolos mediante rocas, para imitar la estructura del felino. Los soberanos mayas utilizaban mantos de piel de jaguar, ornamentos a partir de sus dientes, garras y cráneos, y utilizaban tronos en forma del felino. Los aztecas poseían un grupo élite militar compuesto por guerreros jaguares, quienes utilizaban las pieles y máscaras del felino para intimidar a sus oponentes a la hora del combate. En Argentina y Paraguay, los indígenas abipones, mbaya y mocoví comían la carne del jaguar para obtener su fuerza. El corazón y la grasa del animal eran las partes más codiciadas. Los indígenas shipibo de Perú consumían la sangre del jaguar para absorber su poder. Antes de las batallas, las tribus caribes bebían un licor de mandioca que tenía cerebro, hígado y corazón de jaguar, pues de esa manera ganarían la sagacidad, la valentía y la energía del felino. En el siglo XVI, el soldado y explorador alemán Hans Stade fue retenido durante casi dos años por la tribu tupinamba en Brasil. Según sus memorias, en cierta ocasión el jefe del pueblo le ofreció una cesta llena de carne humana. "Jauware sche", le dijo mientras engullía un trozo. "Yo soy un jaguar". En el norte de Colombia, los indígenas arawak utilizaban el siguiente proverbio para hablar de la esencia de las cosas: "Hamaro kamungka turuwati". Todo tiene tigre.

No obstante el respeto y la admiración que profesaban muchas de las culturas americanas, esto no evitó su caza indiscriminada. De hecho, según Alan Rabinowitz, la conquista española en el siglo XV irónicamente dio un respiro a este felino. La aniquilación de cerca del 90% de la población indígena permitió al jaguar expandirse por lo menos hasta el siglo XIX, cuando la destrucción de su hábitat lo obligó a retirarse cada vez más hacia los archipiélagos de selva virgen aún disponibles. Para principios del siglo XX, el jaguar no existía en Estados Unidos. "Ha llegado la liberación del miedo, pero una gloria ha abandonado estas verdes lagunas", escribió sobre su desaparición el zoólogo norteamericano Aldo Leopold.

Medio siglo después, otro suceso contribuiría a un declive aún más álgido. En 1962, el diseñador norteamericano Oleg Cassini ofreció confeccionarle a Jacqueline Kennedy un lujoso abrigo de piel de leopardo. Ese mismo año, la primera dama estrenó y fue fotografiada arropada por el pelaje dorado y negro del felino. El atuendo desató un furor por las prendas de pieles manchadas y por la caza tanto de leopardos como de jaguares. (Las rosetas de la piel del jaguar son más grandes que las del leopardo y, contrarias a las de este, tienen pequeños puntos adentro.) Para 1968, se reportó el ingreso ilegal a Estados Unidos de más de 13.500 pieles. Al año siguiente entraron más de 9.800 más. En 1969, Brasil estimó el tráfico de más de 50 toneladas de pieles de jaguar hacia Estados Unidos, Alemania Occidental, Suiza, el Reino Unido, Francia, Canadá y Austria. En 1966, el gobierno peruano denunció que 891 pieles de jaguar se comercializaron ilegalmente en Iquitos. Los precios de las pieles oscilaban entre 130 y 180 dólares de esa época y el mercado internacional para 1975 se estimaba en cerca de 30 millones de dólares, aproximadamente 181 millones de dólares hoy en día. Todo esto de acuerdo con Notes on the Wildlife Trade, un reporte de los ecologistas Norman Myers y R. W. Doughty publicado en 1971 en el Journal of Biological Conservation

Eventualmente, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites, por sus siglas en inglés), firmada por 181 países, contribuyó desde 1973 a la reducción del tráfico de pieles. Entre tanto, sin embargo, el crecimiento desenfrenado de la población latinoamericana y la colonización de la selva que la acompañó contrajo todavía más el hábitat del jaguar. Para el momento en que Payán se disponía a estudiarlo en los llanos orientales, el panorama era alarmante. Se estimaba que el felino había perdido alrededor del 60% de su rango histórico y varios investigadores temían que su futuro lejano fuera el mismo de su pariente asiático.

Centenares de tepuyes forman el paisaje de Chiribiquete, el mayor parque natural del país y el que podría ser el último refugio del jaguar si odas las estrategias de conservación fracasan. Foto por Santiago Wills.

A finales de 2005, un par de meses después de empezar el proyecto piloto en Vichada, Esteban Payán estaba listo para renunciar. En pocas semanas, se había visto rodeado por jóvenes paramilitares armados con rifles de asalto y había tenido que huir de un pequeño grupo de guerrilleros en la frontera con Venezuela. Aunque años más tarde entendería que era inevitable convivir con estos grupos si quería trabajar en conservación en Colombia, en aquel entonces, durante algunos de los años recientes más críticos del conflicto armado, no deseaba correr el riesgo de morir o ser una nueva víctima de un secuestro. Hacía alrededor de cinco años, el irlandés Tristan James y el colombiano Javier Novoa, dos jóvenes ambientalistas, habían sido brutalmente asesinados por las FARC en el Tolima sin razón alguna. El miedo estaba más que justificado. (Y lo sigue estando: según un estudio de la ONG Global Witness, Colombia es el quinto país del mundo más riesgoso para los conservacionistas; por lo menos 52 de ellos fueron asesinados entre 2001 y 2013.) Frustrado, Payán le escribió a Alan Rabinowitz, ya una suerte de mentor, y regresó a Londres para hablar con sus asesores.

En el camino, se dio cuenta de que el lugar donde podría investigar al jaguar sin poner en riesgo su vida era el Amazonas. El área cerca de Leticia nunca había sido estudiada con cámaras trampa, una tecnología relativamente nueva que permitía evaluar con precisión las densidades poblacionales tomando fotos de manera automática mediante un censor de movimiento. Aún más importante, en el Amazonas no había problemas de orden público, así que no tendría que priorizar su seguridad sobre la recolección de datos. Sus asesores de tesis aprobaron el cambio y Rabinowitz le dio una nueva beca. En un mes, Payán reescribió su proyecto de doctorado y partió cargado de cámaras, comida enlatada para varias semanas, agua, plásticos, toldillos y hamacas junto a dos voluntarias, una cocinera y tres guías locales de origen tikuna hacia el Parque Nacional Amacayacu.

A los dos meses, se empezó a preguntar si no sería mejor abandonar el proyecto del jaguar y dedicarse a estudiar serpientes. No había conseguido una sola foto de jaguares con las cámaras trampa. Cada día surgía un nuevo problema. Los rollos se derretían por el calor, el motor se trababa o la humedad impedía que funcionaran. Caminaba 20 kilómetros diarios para revisar las cámaras de cinco estaciones selva adentro. Su almuerzo invariablemente consistía de atún enlatado con algún tipo de salsa, pues por cuestiones de peso y de energía —no había luz en su campamento— era el único tipo de alimento disponible. No tenía ropa seca ni un solo día de la semana y era imposible tener los pies libres de barro un segundo. Los insectos eran insoportables. Cada diez kilómetros se topaba con una culebra. Detestaba el olor a humo en las mañanas y acostumbraba levantarse de mal humor. Nada de ello valía la pena si ni siquiera podía fotografiar a un jaguar.

Un jaguar observa una cámara trampa en una plantación de palma de aceite en el Magdalena Medio. Uno de sus cachorros puede verse en el fondo. Foto por Esteban Payán / Panthera.

Olvidó sus dudas un par de semanas después, tras revelar el rollo de una de las cámaras. Un macho jaguar surcado por manchas azules psicodélicas causadas por la humedad parecía posar frente al lente. Conmovido, lo bautizó con la palabra tikuna para esperanza (que Payán no recuerda). Lo registró en sus fotografías varias veces durante el año que vivió en Amacayacu. Algunas noches, un jaguar pasó bajo su hamaca en el campamento creado sobre una plataforma abandonada de Parques Nacionales, al que los indígenas apodaron "el apartamento". "Tigre respeta toldillo", le dijo Gerardo, uno de sus guías.

En diciembre de 2006, luego de terminar la recopilación de datos del primer año del proyecto, Payán visitó a sus padres en Cali en los días de feria. Una noche, tras salir de una corrida de toros, conoció a una joven diseñadora de joyas caleña llamada Nathalie Reigner. A pesar de considerarse un soltero dedicado, se comprometió con ella a las tres semanas. Dos meses más tarde, Nathalie, de pelo rubio y ojos claros, lo visitó en Leticia. Un chamán makuna, llamado Gustavo, los casó en su maloka, ubicada a dos horas de camino por trochas. En el matrimonio bailaron, mambearon coca e inhalaron rapé a través del hueso de un águila arpía.

Al poco tiempo, Nathalie regresó a Cali y Payán se trasladó a un nuevo campamento a las afueras del Parque Amacayacu, donde trabajó con los indígenas huitoto en un área no protegida. Dispuso nuevas cámaras trampa y recolectó datos durante otro año. Volvió a Cali, donde celebró un matrimonio tradicional ante la insistencia de su abuela. Voló a Londres, dejando atrás a Nathalie, para terminar de escribir su tesis. Se veían cada tres meses, pero al final, ya cansados de la distancia, se mudaron a Bogotá. Allí Payán escribió sus conclusiones: las densidades de jaguares en el Amazonas no variaban entre las áreas protegidas y las no protegidas. Había aproximadamente 4,5 jaguares por cada 100 kilómetros cuadrados y no había conflictos por presas entre los indígenas locales y los felinos. En octubre de 2008, finalmente entregó la tesis.

Por medio de Alan Rabinowitz, quien había dejado la Wildlife Conservation Society, empezó a trabajar en 2009 en Panthera, una ONG fundada por Thomas Kaplan, un multimillonario de la industria minera, exclusivamente para la conservación de felinos. Rabinowitz lo quería en Panthera para impulsar desde Colombia el corredor jaguar, el esfuerzo de conservación más grande del mundo. Siguiendo una estrategia utilizada para la protección de felinos en África, Rabinowitz, Howard Quigley y otros expertos habían designado zonas importantes para la protección del jaguar en América denominadas Unidades de Conservación Jaguar. Tras ello, identificaron corredores biológicos capaces de conectarlas entre sí. Para su sorpresa, descubrieron que de hecho los jaguares ya tenían sus propios corredores. Contrario a los demás grandes felinos, para todos los efectos y a pesar de sus numerosas variaciones, el jaguar no tiene subespecies. El flujo genético en la especie recorre un corredor biológico que va desde México hasta Argentina y que puede ser clave a la hora de garantizar la supervivencia del felino. Se estima que para que una especie preserve su vigor genético una población requiere de por lo menos un inmigrante y no más de diez de ellos por generación. Según Rabinowitz, esto se lograría protegiendo las Unidades de Conservación Jaguar identificadas y el corredor biológico que los felinos llevan utilizando durante milenios. El área total del proyecto de conservación del jaguar abarcaba 18 países y aproximadamente 4,5 millones de kilómetros cuadrados, el equivalente a casi la mitad de Estados Unidos. Payán debía encargarse de Colombia, uno de los países más importantes para el corredor jaguar.

Esteban Payán, Alan Rabinowitz y Howard Quigley posan para una foto en el Tepuy Jaguar en el Parque Nacional Natural Chiribiquete. Foto por Santiago Wills.

El ruido ensordecedor de los rotores saturaba las entrañas del helicóptero de carga ruso Mil MI-17. Payán, emocionado, prendió su GPS y observó cómo dejaba atrás la pista de la base aérea Miraflores en San José de Guaviare. Dos soldados con ametralladoras encajadas en las puertas laterales vigilaban la lejanía a través de cascos polarizados. No muy lejos, Howard Quigley, vestido con pantalones gris oscuro y una camisa azul que refleja el color de sus ojos, se mantenía impasible mientras el aparato se elevaba sobre las copas de los árboles. Hacía un par de años, en el lejano oriente ruso, había disparado un dardo tranquilizante contra un tigre de Amur desde el mismo tipo de helicóptero. "Hoy sólo quedan alrededor de 3.500 tigres salvajes en el mundo", había dicho en el vuelo de Bogotá a San José del Guaviare. "Si empezamos a trabajar ahora con el jaguar, evitaremos terminar con un caso como el tigre en nuestras manos".

Por ventanas similares a los ojos de buey de los barcos pasaban olas de copas verdes ocasionalmente coloreadas por manchas cafés producto de la deforestación. La selva se volvía más tupida conforme el helicóptero avanzaba. Un solitario guayacán destacaba en medio de las tonalidades de verde. El río Apaporis, una rama del Guaviare, serpenteaba los inicios de la Amazonía.

Alrededor de una hora después del despegue, aparecieron los primeros tepuyes. Paredes rocosas tapizadas de selva se alzaban en medio de la espesura como islas vírgenes. Era inevitable imaginar El mundo perdido de Conan Doyle y centenares de especies desconocidas para la ciencia. Payán tomaba fotos con su celular por una de las ventanillas. Se levantó sonriendo de un salto y celebró la llegada chocando sus palmas con los presentes.

Aparte de los petroglifos, Chiribiquete es importante por su localización geográfica, me había dicho Payán un par de semanas antes. Es una suerte de encierro natural donde existe una población de jaguares estable que bien podría ser la última del planeta si absolutamente todos los esfuerzos de conservación fallaran. Los jaguares viven entre diez y 15 años en su hábitat natural (en cautiverio viven casi el doble). Su periodo de gestación dura tres meses y tienen camadas de dos a cuatro crías. De acuerdo con modelos evolutivos y estadísticos basados en lo anterior, se sabe que se requieren alrededor de 500 individuos para que la población sobreviva durante los próximos 300 años. Esto es lo que sucedería en Chiribiquete.

El otro lugar clave en Colombia, continuó en aquella ocasión, es la Serranía de San Lucas. Allí es donde se encontraría el corredor jaguar que une las poblaciones de Suramérica y Centroamérica. En este momento la prioridad de Panthera es lograr que esta zona se vuelva un Parque Nacional. De ese modo, se aseguraría la conexión genética entre ambas poblaciones y con ello se reforzarían las probabilidades de supervivencia de este felino. Payán lleva trabajando en ello desde hace casi seis años. "El jaguar estaba en el planeta antes que nosotros", me dijo. "Antes de que fuéramos humanos y llegáramos a América ellos ya estaban aquí y ¿quiénes somos nosotros para decir quiénes deben o no habitar la Tierra? Es una cuestión ética".

Desde sus inicios en Panthera en 2009, Payán descubrió que pocas personas veían el tema del jaguar de esa manera. Casi de inmediato, se vio obligado a adoptar un rol político y diplomático que desconocía. En el Magdalena Medio, sus interlocutores no sólo eran campesinos y entes gubernamentales, sino grupos al margen de la ley y enormes empresas palmeras por cuyos territorios ahora deambulaban los jaguares. En el Catatumbo y la Serranía de San Lucas, descubrió que no sólo debía convencer de la importancia de la conservación a las organizaciones campesinas, sino a la guerrilla y a mineros ilegales. En los llanos, su labor no era sólo estudiar densidades poblacionales del jaguar, sino convencer a grandes terratenientes de que el uso de una especie de ganado más agresiva podría ser beneficiosa para todos. Era una constante y agotadora negociación a la que aún no se había acostumbrado, pero que ocasionalmente daba sus frutos.

En febrero de 2010, tras varias negociaciones encabezadas por Payán, Alan Rabinowitz y el entonces vicepresidente Francisco Santos firmaron un memorando en el que Colombia reconoce la importancia del corredor jaguar y se compromete a trabajar con Panthera en proyectos de conservación para proteger a este felino. Cinco años más tarde, Rabinowitz y el gobierno de Juan Manuel Santos renovaron el acuerdo. Panthera ahora trabajaba con Fedepalma, los gremios azucareros, ganaderos, asociaciones campesinas y multitud de ONG locales a lo largo y ancho del país. Y hoy, tras un largo ir y venir con Presidencia, el Ministerio de Defensa y Parques Nacionales, volaba con el Ejército sobre el que podría ser el último enclave del animal que ocupaba su cabeza desde hacía más de una década.

Payán observó su GPS una vez más. Los rotores rugiendo, el helicóptero se inclinó y empezó a descender lentamente sobre el tepuy Jaguar. Un grupo de avanzada de soldados, casualmente llamado el Comando Pantera, aguardaba sobre la cumbre de la meseta. Un francotirador y varios oficiales con rifles de asalto custodiaban a los recién llegados, haciéndoles sombra mientras recorrían el tepuy. Payán pronto se alejó del grupo y empezó a explorar los precipicios que enmarcaban el lugar de aterrizaje. Esta es roca del periodo Precámbrico, dijo a quienes lo seguíamos. Es la roca expuesta más antigua del planeta.

Payán avanzó esquivando arbustos y saltando paredes en ángulos rectos en cuyo fondo desaparecía la luz. A lo lejos, el río Apaporis se perdía entre otros tepuyes. Con un machete en la mano derecha, empezó a armar una trocha entre la vegetación. Se detuvo en una roca y olfateó lo que parecían ser unas heces de varios días. "Tal vez es un mamífero", dijo sin dejar de sonreír. Parecía un niño que sale a jugar después de estar encerrado en casa. "Me encantaría poder estar en un parque, dedicarme a contar jaguares y estudiarlos: ser un científico y que nadie me joda, pero eso no se puede –me había dicho la primera vez que lo conocí, cuando le pregunté por su trabajo con el jaguar—. Tenemos que lidiar con guerrilla, con problemas de orden público, con pobreza, con el crecimiento económico. Eso es lo que hacemos". Ajeno a la preocupación de los soldados, quienes lo observaban con nerviosismo, Payán se encaramó sobre una roca y se quedó pensativo un par de minutos admirando en silencio el paisaje.