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"Queremos un coffee shop": los chirris desalojados de El Bronx

​Noventa días luego de ser desalojados, los chirris siguen deambulando por Bogotá. Les preguntamos qué quieren y dibujamos el caño en el que viven ahora.

por Sebastián Serrano
27 Agosto 2016, 12:15am

Ilustraciones por Jaime Barbosa.

Noventa días después de ser desalojados, el pueblo elegido de la calle, los chirris, sigue deambulando por Bogotá. Ahora se han acomodado sobre el caño de la calle sexta (para los románticos, Canal de Los Comuneros) a la altura de la carrera 32. Es la parada más reciente pero seguramente no la última en el éxodo de los chirris por Bogotá.

Llegaron aquí luego de ser expulsados de El Bronx por la fuerza conjunta de Policía, Ejército, CTI y el ICBF el pasado 28 de mayo. Luego de saquear la tiendas de la vecina Plaza España y dispersarse por las calles del barrio La Estanzuela, donde se enfrentaron e intercambiaron amenazas con los comerciantes del sector antes de ser expulsados una vez mes por la policía, ahora hasta el caño de la calle sexta a la altura de la carrera 30.

De allí fueron expulsados de nuevo, ya no por la fuerza pública sino por un aguacero que, en la madrugada del jueves 18 de agosto, arrastró a decenas de ellos caño abajo. Ese mismo jueves, la policía reportó haber rescatado 20 habitanes de calle de las aguas del caño Los Comuneros, también encontraron el cadaver ahogado de una mujer de 55 años que, según fuentes en la Personería, podría ser habitante de calle a juzgar por su dentadura y ropa.

Los restantes, más de 100, se asentaron sobre el caño en la glorieta de calle sexta con carrera 30, de donde fueron desalojados de nuevo por el ESMAD tras las protestas de los vecinos del barrio Veraguas. El pasado lunes llegaron aquí, a la carrera 32, de vuelta al caño que casi los arrastra unos días antes, pero ahora un par de cuadras más lejos del centro de la ciudad.

Ahora, los chirris del bronx están en el caño Los Comuneros entre las carreras 30 y 32.

El martes, cuando fui por primera vez, ya había un puñado de cambuches en la partre alta de las laderas del caño, improvisadas hamacas colgadas del puente que atraviesa el caño en la carrera 32, y un par de taquillas, puestos en las que se vende lo elemental: cigarrillos, basuco y chamber (un coctel elaborado con alcohol industrial). El equivalente chirrete a una chaza.

"Esto es más que droga", me decía uno de los funcionarios de la Personería Distrital ––su nombre es reservado–––, que se encontraba junto al caño mirando la escena. Quienes están abajo en el caño, se pasean con su pipa siempre en la mano, se reconocen y se alejan, o se saludan y se abrazan. Unos andan en bicicleta, otros se resbalan por la paredes del caño y vuelven a acomodarse con su pareja o su gallada. Aparte de basuco y chamber, compran pan, combinado (un corrientazo) y tinto perico.

A veces dos de ellos se empujan, pero amistosamente y se amenzan con sus cuchillos, de nuevo amistosamente. En todo momento hay gente que sale y entra al caño cargada con cartones, tejas, bolsas, paquetes y maletas. Allá abajo la vida de unas 200 personas sigue a pesar de las incomodidades propias de una mudanza, o mejor: de varias mudanzas.


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En ambas orillas del caño se puede apreciar un desfile de chaquetas impermeables. Las negras y anaranjadas de los delegados de la Personería, que están aquí para verificar que no se violen los derechos. Las azules de los funcionarios de la Secretaría de Integración Social, quienes están aquí para atender a los chirris que eligen dejar sus maneras, así sea por una horas, para ir a uno de los centros de acogida de la Alcaldía. Por último, están las chaquetas verde fosforescente de la Policía, que ese día hacía presencia con 12 hombres que, según el teniente encargado del dispositivo, tienen la orden de "contener la situación".

Por "la situación", el teniente se refiere a que, luego de asentarse en esta parte del caño, algunos de los chirris empezaron a hacer expediciones para robar espejos de carros en el barrio de talleres que se encuentra al norte del caño Los Comuneros y para atracar peatones en el barrio residencial que se extiende hacía el sur. Según el teniente "la situación", ha desencadenado "otra situación". La de los vecinos del barrio Veraguas, que bloquearon ese mismo día la troncal de Transmilenio de la carrera 30, para exigirle al alcalde Enrique Peñalosa que haga lo que ya hizo por los vecinos de la Plaza España y La Estanzuela: expulsar a los chirris de su vecindario.

La policía contiene "la situación" mientras esperan una nueva orden.

La otra otra situación es que tras resistir cuatro desalojos y una creciente en menos de tres meses por puro amor al basuco y a la calle, los 200 chirris que están en este caño parecen cada vez menos dispuestos a dejarse llevar a uno de los centros de acogida de la Alcaldía, donde el consumo de basuco esta estrictamente prohibido. Según los funcionarios de Integración Social que se encuentran junto al caño, cada día unos 20 chirris salen del caño para dirigirse a estos centros, pero más de la mitad de ellos vuelven a la calle a la mañana siguiente.

Algunos chirris entran y salen del caño con sus bicicletas.

La situación, en un sentido más amplio, es que tres meses luego de intervenir el expendio de drogas más grande de la ciudad, la Alcaldía se ha metido en campo minado. Por un lado, luego de empujar a punta de desalojos a los chrris de El Bronx hasta un caño en el que una creciente arrastró a varios de ellos y le costo la vida a una persona, un nuevo desalojo sería casi un suicidio político. Del otro lado están los vecinos del barrio Veraguas y los comerciantes del Sanandresito de la carrera 38, quienes, a punta de bloqueos, le exigen al alcalde que explique porque las presencia de los chirris y su olla ambulante era inaceptable en el centro de la ciudad, pero tolerable al occidente de la carrera 30.

Por eso, desde el jueves de la semana pasada, funcionarios de La Personería, la Secretaría de Integración, vecinos del barrio Veraguas y comerciantes de San Andresito se han sentado en una mesa para negociar con los chirris. La negociación aún no ha dado resultado, pero volví al caño el jueves para preguntarle a los chirris cuáles eran sus pretensiones.

También volví porque el primer día las chaquetas de todos los colores me advirtieron y me pidieron encarecidamente que no tomara fotos ni videos cerca al caño. Según ellos, un par de horas antes de que yo me acercara, los chirris le habían robado una cámara a una pareja de reporteros. Así que volví con Jaime, quien a parte de tomar fotos, sabe hacer dibujos, por si se ofrece. Funcionó. Los dibujos de él acompañan esta nota.

Ese día las taquillas y la personas ya se habían multiplicado en el caño hasta formar un solo corredor desde la carrera 32 hasta la 30 y las bolsas plásticas con un sello de un sombrero de copa verde en la que se empaca el basuco ya se acumulaban en el prado. También se habían multiplicado los vendedores de tinto y, sobre una cobija, un tipo exhibía sanduches marca URBAN, los mismos que compran los universitarios en OXXO.

Las taquillas, chazas que venden basuco y chamber, suelen ser atendidas por mujeres mayores.

Me senté en el borde del caño con Jaime. Luego de unos 15 minutos, Uriel, un tipo cincuentón, gordo y calvo que no tiene pinta de chirri, pero al que los funcionarios de la personería identifican como uno de los líderes, nos preguntó desde abajo:

—¿Ustedes qué quieren?

Una entrevista —contesté

—Paila ––dijo sacudiendo la cabeza–– como a nosotros no nos dieron amor, nosotros no damos amor. Solo sabiduría ––explicó.

—¿Y qué es lo que quieren?

—Queremos un lugar para consumir, ¿no ve que todos somos drogos? Lo que queremos es un coffe shop. ¿Sí sabe? Un lugar donde (uno) puede estarse y consumir tranquilo.

—¿Y qué les han dicho?

—Solo palabras, mientras tanto el pueblo amargado. ¿Y sabe qué? Si me van a pintar, píntenme con la verga afuera.

Fin del comunicado.