La Pitufina y sus hermanastras

Con uñas y dientes, las mujeres cautivas del patriarcado saben desechar a la mujer excepcional; no a la sobresaliente dentro del molde, no a la premiada, sino a una que haga algo que no se espera que ellas hagan.

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dic. 5 2017, 9:05pm

Captura de pantalla vía YouTube

¿Se acuerdan de los pitufos? Veíamos en televisión su mundo de concordia cantarina. Eran azules como el dios Krishna. Tenían gorro blanco, de punta larga y caída hacia adelante, como un pipí incircunciso. Tenían todos un mismo padre, el barbado Papá Pitufo, cuyo gorro era igual pero rojo: el mismo gorro frigio de los revolucionarios franceses inventores de la fraternidad, la libertad y la igualdad, y el mismo que figura en el escudo de Colombia. Tenían dos enemigos: el brujo Gargamel y su gato Azrael, ambos de nombre hebreo. Algunas de esas sutilezas —tan poco sutiles— me las hizo ver hace veinte años mi amigo Yasco, de Utrecht —que en español se llamaba Utreje, les cuento, pero hace mucho más de veinte años—, y seguramente habrá ciento ochenta artículos académicos que traten de esa sociedad falocrática, patriarcal, filial, miniatúrica y antisemita de los pitufos, pero no voy a buscarlos porque, como dice Cervantes en su prólogo al primer Quijote, “naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos”.

Había entre los pitufos una sola hembra, la Pitufina. Cada pitufo tenía una ocupación o un atributo sobresaliente, que le daba su nombre distintivo: uno era el pitufo Tímido, otro era el Curioso, otro el Vanidoso (creo que debía parecer de paso que era el pitufo Gay, lo que hacía que aquel mundo homosexual también fuera un poco homofóbico), otro era el Gruñón, otro el Bromista, otro el Filósofo, otro el Tontín, otro dizque el Editor (del que no me acuerdo, pero que sale en la lista de pitufos de Wikipedia), otro el Alquimista, otro el Poeta. La Pitufina no tenía un atributo ni un oficio: era hembra, y de esa circunstancia procedía su nombre. Era un pitufo, pero hembra. Tenía vestidito y taconcitos y cabellerita rubia. Había sido creada por Gargamel para entremeter el conflicto en la hermandad de Pitufilandia, y fue luego embellecida por Papá Pitufo, pero voy a ahorrarles su banal historia.

A menudo pienso en ese engendro de la Pitufina —en la pobre Pitufina, que en su tediosa historia termina alejándose un día de la aldea, autoexiliándose con abnegación para no causar más molestias (o eso dice Wikipedia, y yo no voy a verme la serie para escribir esta columna, pues me daba mamera hasta cuando tenía ocho años)—. Pienso en la Putifina, digo, cuando pienso en las mujeres de nuestra sociedad patriarcal. Las veo —o nos veo, pues lo he visto en mí y por eso puedo verlo en las demás— trabajar por el cumplimiento de esa condición de que solo haya una hembra visible: la Pitufina considerada y embellecida por el papá Pitufo; la única posible en el mundo, hecha a la medida del mundo pitúfico aunque se suponga singular y propia.

Y es que hay esto: que aquí y en todos lados, la misoginia está lejos de ser exclusiva de los hombres. Entre nosotros, las mujeres han aprendido muy bien a ser las enemigas de la mujer. A someter a todas las mujeres a la soledad. En el silenciamiento hemos aprendido resistencia y hemos aprendido a ver las cosas desde el margen y a ver las márgenes de las cosas —y por tanto a hacer, por ejemplo, una literatura clarividente y anticonvencional, a veces— pero también, en la exclusión y el aislamiento, hemos aprendido divinamente la malevolencia, como suele ocurrir entre cautivos: a ser solapadas, a regularnos entre nosotras a través del rumor en lugar de la acusación abierta, a ser autoindulgentes con nuestras envidias, a ejercer la agresividad pasiva, a practicar la falsa admiración rellena de temor y odio, y en fin, a administrar el acceso de las otras mujeres a la esfera pública a través de los mecanismos escurridizos de la domesticidad y la vida privada.

Y es que hay esto: que aquí y en todos lados, la misoginia está lejos de ser exclusiva de los hombres. Entre nosotros, las mujeres han aprendido muy bien a ser las enemigas de la mujer

Si la cultura pública (el mundo literario, etcétera) es un “colegio de señoritos” —como la llamó el escritor Juan Cárdenas el otro día— en el que la ramplonería de la medición del pene da el tono de la discusión, entre las mujeres el acceso a la cultura pública adopta las formas eliminatorias de un colegio de señoritas en el que la oscuridad de la inmedición de la vagina establece el tono de la indiscusión. Las mujeres excluyen sigilosamente. No suelen matonearse unas a otras, pero a menudo dicen, como en el patio del recreo, “Si ella entra al juego, yo me salgo”. No contienden entre sí en público por miedo a que los hombres desestimen su contienda como una “pelea de gatas”. Entre ellas se crean y se imponen —no erigiéndolos penilmente, sino soterrándolos— códigos arbitrarios de conducta uniformante, por dentro, por debajo y de ladito.

Conozco la solidaridad entre mujeres: es poca. Conozco también la solidaridad que los hombres suelen tener con las mujeres: es poca. Conozco la solidaridad que los hombres pueden mostrar con una mujer excepcional: es alguna, porque ven a la mujer excepcional como la Pitufina, y la sociedad patriarcal está constituida para aceptar a una sola mujer —y de manera efímera—. Conozco la solidaridad que las mujeres pueden mostrar con una mujer excepcional: es menor que la de los hombres. Aunque, al igual que entre los pitufos, en nuestra sociedad solo se acepta que haya una única mujer visible (o en nuestro caso una por cada arte, una por cada oficio, una por cada esfera), sucede que, a diferencia de la sociedad de los pitufos, en la nuestra hay muchas mujeres que aspiran al puesto único, y que descartan, una tras otra, a las demás candidatas. Con su “Esa no puede ser la única”, las mujeres no reclaman, por lo general, la posibilidad de que haya varias, sino que parecen decir “La única debería ser yo, o sino ninguna”.

Con uñas y dientes, las mujeres cautivas del patriarcado saben desechar a la mujer excepcional; no a la sobresaliente dentro del molde, no a la premiada —pues valoran el triunfo en la competencia—, sino a una que haga algo que no se espera que ellas hagan. Así pasó en Colombia con Íngrid Betancourt. Estuvo seis años secuestrada, trató de escaparse en la selva varias veces y volvieron a agarrarla, tuvo la suerte de que la rescataran, escribió un libro que como arte es interesante y como documento es imprescindible, e interpuso una demanda multimillonaria ante el padre Estado (que luego retiró: no tenía que hacerlo). Y las colombianas (que seguramente sí se habrían condolido si Íngrid hubiera sido violada y asesinada), en lugar de reclamarla como un símbolo de resistencia (o de rechazarla con argumentos y con análisis) y en lugar de hacer del maltrato que ella sufrió el suyo, y de su valentía la suya, dijeron y siguen diciendo cosas como que “Se hizo secuestrar para llamar la atención” y que “Quién la mandó a irse para allá, si las autoridades le habían advertido que era peligroso”. Porque, como Pitufina solo puede haber una, entonces no debe haber ninguna sino es una.

Con uñas y dientes, las mujeres cautivas del patriarcado saben desechar a la mujer excepcional; no a la sobresaliente dentro del molde, no a la premiada —pues valoran el triunfo en la competencia—, sino a una que haga algo que no se espera que ellas hagan

Las mujeres se exigen unas a otras la mediocridad: es aceptable que otra sea exitosa, pero no tan original como para que haga parecer a las demás fallidas. Es deseable que una sea vistosa, pero no excéntrica. No es perdonable que una mujer se vuelva insoslayable. Una mujer que no sea un pitufo con vestido y vocecita, una que demande al Estado, o que hable como les está reservado a los hombres (como es el caso de la política Claudia López, también frecuentemente aborrecida por las mujeres), o que (¿qué es exactamente lo que no le perdonan a Piedad Córdoba?) escandaliza a las mujeres más que a los hombres.

Las mujeres saben rapiñarse lo que el patriarcado quiera darles, y el patriarcado quiere darles poco o nada. Las mujeres del patriarcado, en grupo, se convierten muchas veces para la mujer individual en una especie de hermanastras para la Pitufina, si se me permite mezclar la fábula de Pitufilandia con los cuentos tradicionales con los que nos educamos y en los que la relación entre mujeres (aparte de la relación con la madre muerta, que es de devoción y amparo) suele ser entre la hija auténtica del padre y las hijas adoptivas, que quieren matarla. Los cuentos de hadas nos enseñaron a competir a muerte por el amor del padre.

No voto por la formación de una “sororidad”, concepto que me resulta nefasto y que con demasiada frecuencia sirve para que unas mujeres, constituyéndose patriarcalmente en mayoría según la conveniencia, conminen a otras a que se controlen y no se opongan a otras mujeres. Por la liberación de las mujeres luchamos juntas y luchamos también solas, pero no somos hermanas. A esta altura de la noche y de este texto que me va quedando así en parches y tan repetitivo como desconcertado, me doy cuenta de cuán patriarcal es el concepto de fraternidad: el que todos seamos hermanos depende de que seamos hijos de un mismo padre —superreproductor, hipermacho—, pues ninguna madre podría gestar, parir y amamantar a tantos, mientras que es fantaseable que un hombre engendre a un pueblo entero; la madre es siempre múltiple, mientras que el padre puede ser uno y aspira a serlo.

Las mujeres podríamos tratar de ser libres para admirarnos unas a otras y libres también para criticarnos conscientemente

No somos hermanas, pues. No somos hijas de un solo padre —ni, de hecho, de ninguno: la paternidad es un invento del sistema patrilineal, que no tiene en cuenta la pervivencia de la herencia femenina, y es un invento de la religión y de los cuentos de hadas—. En nuestra liberación, podríamos contemplar la revisión de la mentira sentimental de la fraternidad, impuesta por los del gorro frigio. Somos hijas de muchas madres: desemparentadas. Abusando de la analogía con los pitufos, en lugar de aspirar a ser la Pitufina hermana —que termina necesariamente siendo la hermanastra de la Pitufina—, podríamos aspirar a ser el brujo Gargamel transformado en bruja, que no fabrique a una Pitufina sino que aliente el surgimiento de tantas pitufas libres de padre —hijas de muchas madres y liberadas también de estas— como hay pitufos sometidos a Papá Pitufo.

Las mujeres podríamos tratar de ser libres para admirarnos unas a otras y libres también para criticarnos conscientemente. Libres para desdeñar el mundo cautivo femenil tanto como el autoritario mundo machil. Para rechazar la hegemonía estulta de las señoras, igual que la hegemonía estúpida de los señores, con la ambición de que algún día se vea cómo pueden relacionarse entre ellas las mujeres sueltas, que es algo que nuestra civilización no ha visto nunca.


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