especial de ficción 2016

La letra muda

Este cuento forma parte de nuestro Especial de Ficción 2016, dedicado a la literatura de América Latina.

por Juan José Richards
20 Diciembre 2016, 9:42pm


"La letra muda" 
 hace 
parte de nuestro Especial de Ficción 2016

Arrendábamos un departamento en un viejo edificio en Brooklyn donde nuestros vecinos eran en su mayoría estudiantes, parejas jóvenes y familias de inmigrantes. Nosotros estábamos en la intersección de todas esas relaciones: una pareja de estudiantes chilenos becados para realizar sus posgrados en el extranjero. Había que subir seis pisos por una estrecha escalera con peldaños excepcionalmente altos para llegar a nuestra puerta, la última antes del acceso a la azotea. Junto al timbre, para marcar un final o una diferencia, H había colgado la postal en la que aparecía un muchacho francés mirándose en un espejo de mano. Aunque esa imagen decía poco de nosotros, nos gustaba. La ventana de la cocina miraba al letrero de neón de la Funeraria Ortiz, donde la comunidad latina y los motociclistas del barrio despedían a sus muertos, y la ventana de la sala miraba a una antigua fábrica de helados ubicada junto a la estación del metro. Desde el comedor oíamos los vagones de la JMZ desestabilizar los rieles metálicos del puente de Williamsburg cuando cruzaban el río.

Éramos dos y a veces tres. H solía salir de la ducha con la toalla amarrada a la cintura y yo prefería vestirme en el baño mientras el espejo se desempañaba.

A él le costaba encontrar las palabras cuando despertaba. Yo, en cambio, recién abiertos los ojos podía retomar una conversación que habíamos tenido la noche anterior, pero me cuidaba de no hablar mucho porque sentía que lo nuestro era más bien el silencio. Durante el día nos veíamos poco. Aunque cursábamos nuestras maestrías en la misma universidad, nunca coincidíamos en horario de clases. Cuando yo volvía por la tarde al departamento y abría la puerta, lo primero que veía era a H encorvado sobre su escritorio, leyendo o escribiendo algún ensayo. Él estudiaba Arte y Política y yo, Escritura Creativa. Solíamos comer juntos lo que comprábamos en un deli cerca de la universidad pasadas las siete de la noche, cuando rebajaban los precios y se deshacían de los excedentes. Después de cuatro semestres en Nueva York no importaba si era una cobb salad o una porción de mashed potatoes, todos los platos tenían el mismo sabor.

A veces nuestras miradas se cruzaban sobre la mesa y no nos decíamos nada. A veces podíamos pasarnos una comida entera discutiendo nuestras tesis. Por esa fecha yo había publicado un fanzine con mis primeros poemas y H me había dado su opinión una noche desde la cama. Lo escuché apoyado en el marco de la puerta: unos le gustaban y otros no. Tenía dudas sobre el título del proyecto y se preguntaba si algún día me iba animar a escribir narrativa.

Yo escuchaba sus observaciones con atención y temor. Especialmente cuando prolongaba los silencios entre las frases. No sabía si interrumpirlo o esperar a que continuara. Esos intervalos que guardaba le daban la posibilidad de reformular algo que ya había dicho o de dar por cerrado un tema dramáticamente. De cualquier modo, yo quedaba en suspenso. En el último semestre H se había puesto más reflexivo, más cauto para elegir sus palabras. Y eso me parecía a la vez atractivo y perturbador. Comenzó estudiando los celebrity impersonators y luego se centró en la figura de los dobles. Ese giro en su tesis reflejaba un aspecto inexplorado de su propia vida: H era uno de dos, su mellizo había muerto en el parto de su madre hace más de treinta años. Aunque casi nunca hablaba de su hermano ni de la posibilidad de que hubiera vivido, yo sentía que ese otro seguía alrededor de H sin pronunciarse.

La ventana de nuestra pieza daba a la autopista que se alzaba sobre la South 4th Street. Desde la cama oíamos los autos desacelerar para tomar la curva que llevaba a Queens; ese ruido que a H le molestaba, a mí me parecía sedante. Le gustaba asomarse hacia el descanso de la escalera metálica de la fachada y solía quedarse de brazos cruzados con la vista fija en algún punto distante. A veces subíamos juntos a la azotea y desde ahí observábamos otras vidas que parecían reflejos de la nuestra. Estábamos rodeados de edificios residenciales de ladrillos construidos hace más de cien años donde otras parejas hacían sus camas, peleaban, tenían sexo o fumaban. Más allá del East River veíamos las puntas de los rascacielos de Manhattan como el espejismo de una ciudad distinta y lejana.

Recuerdo que una de las primeras noches del verano que siguió a la entrega de nuestras tesis, H encendió la hilera de luces que había junto a la ventana y se abocó a enrolar nuestros cigarros sobre la mesa del comedor. Estábamos en calzoncillos escuchando música; nos turnábamos para elegir canciones. Era una forma de decirnos las cosas sin hablar. Nos quedamos hasta muy tarde fumando. Ahí mismo tomamos desayuno la mañana siguiente y antes de levantar los platos él me preguntó por última vez "¿Vamos?". Yo le respondí "Vamos". Así que nos duchamos y fuimos.

Un amigo había conseguido una camioneta que nos recogería para ir a pasar el día en una playa abandonada cerca de Brooklyn. Ahí podríamos bañarnos en el mar, algo que veníamos esperando hacer desde hace meses. Nuestras becas habían terminado, así que ese sería nuestro último verano en Nueva York y yo tenía marcado en un calendario las semanas que faltaban para la partida. Esa mañana eché al bolso la misma toalla con la que me había secado en la ducha, mi paquete de cigarros, el teléfono y un par de dólares. En la escalera, H me preguntó si tenía las llaves y las hice sonar en mi bolsillo.

"¿Qué pasa?". "Nada", respondí encendiendo un cigarro en la calle. Pero él sostuvo la mirada.  "Se me quedó el libro que estaba leyendo", le dije para tranquilizarlo. Se rió porque ninguno iba a subir a buscarlo.

El mapa en la pantalla del teléfono mostraba que estábamos a pocos kilómetros de la playa pero nos demoramos casi dos horas en llegar. Yo iba junto a la ventana. Recuerdo que traía puesta una pulsera en la muñeca y al sacar la mano, el nudo se desató. La vi desprenderse y volar entre los demás autos. Recuerdo el fin de la península y la estructura suspendida del Marine Parkway Bridge a lo lejos. Alguien dijo que su tramo central se abría para que los buques pasaran por debajo de la calzada. A H eso pareció no sorprenderle, a mí me pareció que evidenciaba el quiebre de algo. Por ahí cruzamos. Recuerdo las cuadras residenciales de Rockaway Point Boulevard y su tranquilidad inalterable, los jardines cubiertos de flores, las banderas de Estados Unidos agitándose con el paso de la camioneta. Recuerdo haberme sentido lejos. Recuerdo la curva de Hero Road, las matas de pasto salvaje creciendo sobre la arena. Recuerdo la lenta procesión de los amigos por un camino de tierra cuando nos bajamos de la camioneta, el trecho de dunas que llevaba hacia la orilla. Recuerdo la extensión del paisaje; la luz desdibujaba los bordes de los cuerpos que descansaban sobre la arena. Desde 1917 hasta mediados de los noventa Fort Tilden funcionó como una instalación del ejército. Alrededor todavía había edificios militares vaciados y bases de artillería costera que estaban cubiertas de maleza.

 "¿Acá?". "Acá". Recuerdo a S sacudiéndose la arena del cuerpo, a F tomando fotos y a J dormido sobre su toalla. H se puso a mi lado y nos untamos bloqueador en las espaldas. Era la primera vez que sentíamos calor en el año.

Yo había leído que de ese lugar despegó la primera avioneta que cruzó el Atlántico desde América hasta Europa. H me preguntó qué año había ocurrido eso y cuando quise averiguarlo descubrí que ya no teníamos señal, así que guardé mi teléfono dentro del bolso y miré alrededor. El cielo estaba despejado y las olas impedían que escucháramos otra cosa más que nuestras propias voces. Alguien alzó su toalla para que nos diera sombra pero eso no funcionó. E se puso a tomar sol en topless y D cerró los ojos como si estuviera meditando. Después de un rato le pedí a H que nos fuéramos a bañar. En Fort Tilden no había salvavidas, sólo banderas rojas que advertían sobre el peligro del agua y unas hileras de rocas que los militares usaban para sus ejercicios.

"Vamos al agua", insistí, y él me extendió la mano. No se quitó los anteojos para que me quedara claro que aún no se mojaría.

Las olas reventaban con fuerza en la orilla y luego se deshacían en espuma a nuestros pies; esa violencia inicial del Atlántico nos pareció desafiante. El mar apenas nos llegaba a la rodillas pero se revolvía con una fuerza inusitada, desconocida. H dice que el agua nos revolcó pero quizás fuimos nosotros los que queríamos que nos hiciera entrar. Recuerdo su piel reaccionando contra cada embiste. El largo de sus dedos. Sus pezones. Su sonrisa entre las gotas de espuma. Recuerdo mi propia mano buscándolo. Quise besarlo pero la misma fuerza que en un principio nos había parecido divertida de súbito fue desconcertante. Una ola nos separó. Recuerdo haberme quedado aturdido bajo el agua, escuchando nada. Cuando salí a la superficie no tuve tiempo de respirar porque otra ola reventó inmediatamente sobre nosotros.

En todos los idiomas hay una letra que tiene su lugar en el abecedario pero que no se pronuncia. En español es la sexta consonante del alfabeto y tampoco tiene sonido en las otras lenguas románticas. Sin embargo está ahí como señalando algo: una advertencia. Para mí, ese día la orilla era la única seña de lo conocido pero entre las olas fui incapaz de saber dónde empezaba o terminaba el agua. Estiré mis pies y no toqué el fondo. Estiré mi brazos y no alcancé a H. Él se acuerda de haberme visto bracear y retroceder. Yo recuerdo haberme visto envuelto en una fuerza mayor, haber tragado agua e intentado acercarme a él sin conseguirlo. Nuestras miradas se encontraron fugazmente entre el breve espacio que dejaron entre sí dos olas, pero rápidamente volví a perderlo.

Estábamos lejos de la orilla y lejos el uno del otro.

H dice que el agua lo empujó hacia las rocas. Yo lo vi estrellarse contra la hilera de piedras y creí que su columna se iba a quebrar. Hasta entonces sentía que los dos nos estábamos ahogando, pero cuando lo distinguí flaquísimo, desnudo y hermoso, aferrado a las rocas pensé que él se iba a salvar y yo no.

Lo vi ponerse de pie con dificultad y gritarme. No podía oírlo pero esa seña suya me debió haber forzado a girar y nadar diagonalmente, evitando la corriente. De un momento a otro mi cuerpo dio también contra las rocas. El golpe fue eléctrico, como un azote. Aferrarse a esa superficie irregular parecía imposible. Intenté avanzar pero las olas seguían rompiéndose encima mío. Insistentes, brutales. Cuando comprendí que al otro lado del roquerío el agua estaba quieta, me impulsé hacia allá y de golpe di contra el fondo de arena.

Ahí mi recuerdo se corta.

Sé que me acerqué temblando hasta donde H y que nos quedamos un rato mirándonos, empapados.

De a poco tuvimos voz para preguntarnos con un susurro: "¿Estás bien?". "Sí, ¿tú?". "Bien". Nos abrazamos y nuestros cuerpos quedaron adheridos. Llorando nos dimos cuenta de que una sangre oscura salía de los cortes en nuestra piel y se mezclaba con el agua. H dice que le propuse que nos limpiáramos ahí mismo, yo no recuerdo eso. Sé que caminamos al lugar donde los amigos tomaban sol y a medida que nos fuimos acercando, los empezamos a oír. Reconocimos sus voces y sus risas y no pudimos soportarlas. H dice que seguimos de largo y llegamos hacia el final de la playa, donde ya no había bañistas. Ahí nos sentamos apoyados el uno en el otro a mirar el mar.

Más tarde nos subimos a la parte de atrás de la camioneta sin mencionar nada de lo que había pasado. Quizás acordamos que no queríamos contarlo pero probablemente fue porque no podíamos. Recuerdo su piel rozando la mía todo el camino de vuelta a Brooklyn.

La letra muda es la representación de un sonido aspirado.


Afuera del departamento estaba le garçon au miroir esperándonos. Giré la llave y abrimos la puerta. El sol atravesaba los vidrios exponiendo los muros blancos con rayos gruesos y dorados. Encontramos la casa especialmente inmóvil, como si fuera una bóveda que se dejaba ser vista por primera vez en mucho tiempo. Ahí estaba el escritorio donde H se encorvaba a leer, la ducha con la cortina corrida, las escobillas de dientes en un solo vaso. Ahí estaban los restos del desayuno. Nuestros computadores, los parlantes por los que habíamos escuchado música la noche anterior. Nuestros puestos enfrentados en el comedor. El libro que había olvidado llevar a la playa. Ahí estaba la enredadera que habíamos hecho crecer junto a la ventana. Las luces que H había colgado del dintel. Ahí estaba el calendario en la muralla con los días que faltaban para la partida. Ahí estaba nuestra vida juntos.


Nos acostamos en la cama, uno al lado del otro, y aunque estábamos cansados y abatidos sentimos la necesidad de hablar, así que empezamos a articular lo que había ocurrido.

Se dice que se "rompe el silencio" cuando alguien vuelve a hablar después de mucho tiempo sin haber dicho nada. Pero aquí fue distinto. En ese relato que estábamos construyendo con nuestros recuerdos, rompíamos un silencio sólo para descubrir otro.

"Si nos hubiéramos ahogado nadie se habría enterado de lo que pasó", dijo H. 

"Puede ser", le respondí mirando el techo.

"Fue el agua la que nos empujó a las rocas".

"No sé", le dije volviéndome hacia la ventana.

Lo cierto es que todavía no lo sé bien.

Ahora, años después, tal como esa tarde en la cama, vuelvo a pedirle a H que me cuente lo que recuerda. Me sorprendo porque hay detalles que yo he borrado para siempre de mi memoria y otros que he tomado prestados de sus recuerdos. Entre nuestras versiones hay cruces, calces y vacíos. Líneas que se encuentran, luego se separan y abren entre sí un paréntesis. Pero cuando recordamos lo que pasó en el agua es como si hubiéramos experimentado exactamente lo mismo. Todavía escucho a H con atención y temor. Aunque a veces dudo y me quedo en silencio. Durante un intervalo vuelvo a ser el que nadaba y retrocedía con cada braceada. Vuelvo a ser el que se iba a ahogar, el que iba a desaparecer en el fondo del mar. Entonces me giro hacia H y me estrello de nuevo contra las rocas. Vuelvo a encontrarlo ahí, esperándome. Expectante. Tal como en la orilla. Extiendo mi mano hacia su cuerpo y dibujo entre los dos un trazo, ese que une a las dos verticales de la letra que no se pronuncia.


JUAN JOSÉ RICHARDS, Santiago, Chile, 1981. Ha publicado el poemario Trasatlántico (Editorial Cuneta, 2015), el ensayo Aguas Revueltas (Pupa Press, 2015) y la novela Las olas son las mismas (Los libros de la mujer rota, 2016).

*** Como apéndice de nuestro Especial de Ficción 2016 dedicado a la literatura de América Latina, los 21 autores publicados fueron invitados a contestar un cuestionario de 20 preguntas sobre los usos y costumbres, rituales y obsesiones que suelen acompañarlos en el oficio de escribir. Lee las respuestas de Juan José  aquí.