​Las cuatro preguntas que Peñalosa no se ha hecho sobre la reserva Van der Hammen

Peñalosa sigue insistiendo acerca de la intervención de la Reserva Thomas van der Hammen. Acá, con ayuda del Plan de Manejo Ambiental, respondemos una serie de preguntas sobre ella.

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feb. 2 2016, 2:00pm


En los últimos días de enero, Enrique Peñalosa se dedicó a opinar con irritante insistencia sobre la Reserva Forestal Thomas van der Hammen, esa diagonal inmensa que atraviesa el norte de Bogotá, de Oriente a Occidente, desde los boscosos cerros orientales hasta el río Bogotá. A partir del 1 de febrero cambió las opiniones por anuncios: el alcalde anunció que sólo protegerá 7,8 hectáreas de las 1.400 que conforman la reserva. En las restantes, dice, solicitará a las distintas autoridades ambientales sustraer partes de ese corredor para hacer su plan de ciudad expandida en el norte.

Devolvamos los conceptos. La reserva es un proyecto ecológico que lleva 15 años consolidándose. Un proyecto que, irónicamente, comenzó en el año 2000, como reacción a los planes de urbanización del norte de Bogotá de la primera administración de Peñalosa. Desde entonces, tanto una parte de la sociedad civil, como todas las entidades ambientales que tienen que ver con el tema (Secretaría Distrital de Medio Ambiente, CAR Cundinamarca, Ministerio de Medio Ambiente) han emprendido un lento camino para poner en marcha la recuperación de esta zona y evitar, por una vez en la historia de Bogotá, que la ciudad atropelle todo lo natural que está en su interior.

La Reserva al día de hoy. Imagen tomada del Plan de Manejo Ambiental de la Reserva Forestal Regional Productora del Norte de Bogotá D.C. "Thomas van der Hammen"- Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca.

El alcalde Peñalosa dice y repite que la reserva Van der Hammen es, así no más, una colección de puros potreros. Curiosamente, ambientalistas y entidades públicas no ven aquí sólo eso, sino un espacio potencial de conservación que, por supuesto, ha sido degradado luego de décadas (si no siglos) de crecimiento desordenado. Hoy en día, para la recuperación, contamos con el informe de 11 sabios ambientalistas, los más reputados de la época, que en 2000 fueron llamados por el Ministerio de Medio Ambiente para conceptuar sobre el futuro del norte de Bogotá; también tenemos la declaratoria de reserva en esa zona, por parte de la misma entidad, y un Plan de Manejo Ambiental desarrollado por la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca entre los años 2011 y 2014. Un estudio cocinado a fuego lento.

A mí se me antoja que, al día de hoy, el Plan es obligatorio para el alcalde. El destino que debería tener la reserva es el que ahí se consigna. El que se cocinó esos quince años: eso, sobre todo, si Peñalosa quiere hacerle honor a esa frase que tantas veces le parafraseó a Antanas Mockus, "construir sobre lo construido".

Por eso me sorprende Peñalosa. Su opinión y anuncios sobre el tema. Las ganas que tiene de revivir (y cerrar definitivamente) un debate que yo creía que iba por otro lado. Ahí lo vemos escupiendo en Twitter como metralleta: que la tal reserva, dice, no tiene árboles sino más bien potreros con vacas; que con la reserva declarada no podrá construir vías grandes, anchas, para meter carros que alivien el tráfico bogotano; que allá, en esos 1.200 "potreros comunes" podrían vivir 250.000 personas. Y más palabras de las cuales echar mano: transporte masivo, cambio climático, parques, aves migratorias, en fin.

Nos devolvimos en el tiempo. Hoy revivimos un choque de dos fuerzas: las disposiciones que emanan de la autoridad ambiental contra la fuerza constructora de Peñalosa, quien, dicho sea de paso, tiene razón en que allá hay potreros con vacas y predios privados y construcciones y bosques espesos más bien escasos. Pero olvida que se ha declarado como "reserva", es decir, un sitio que está destinado para ser otra cosa, en este caso, una mancha verde y frondosa que integre los ecosistemas de la montaña y el río.

O, más claro, como se lo dijo el reconocido ambientalista Julio Carrizosa a El Espectador la semana pasada, un lugar donde haya interacción entre aguas lluvias y manantiales subterráneos que, urbanizada la zona, no serían posibles, cosa que pondría en peligro el ecosistema de Bogotá. Un pulmón citadino, espeso, de caminatas ecológicas, que no sólo embellezca esta ciudad, sino que se chupe el agua que le cae del cielo, impidiendo de esta forma que el río de la capital se desborde.

Dadas todas esas condiciones, y que el mismo Peñalosa ha anunciado que entregó, de nuevo, una propuesta al Ministerio de Ambiente, la pregunta aquí es una sola: ¿puede o no construirse el proyecto que tiene pensado el alcalde para este inmenso corredor? Antes de responder, planteo acá una que le antecede: ¿cuál es el proyecto que tiene pensado hacer el alcalde de Bogotá? Una de tres grandes construcciones de vivienda, parte del plan Ciudad Paz: 5.000 hectáreas de tierra que pasan por encima de una buena parte de dicha reserva, piedra sobre piedra, concreto reforzado y caminos que integran un ecosistema con el otro. Ha advertido el alcalde el costo ambiental de impedir una "urbanización bien hecha". Ha dicho esto, que podemos leer en su cuenta de Twitter:

¿Puede, insisto, hacer sus "cientos kms parques lineales vías 'solo bus' y cicla, "autopistas" bicicleta, etc"?

Para ello habría que remitirse a las 43 páginas del capítulo séptimo del Plan de Manejo Ambiental de la CAR. Un capítulo más bien ambicioso. Se trata, sobre todo, de una serie de respuestas a preguntas que todavía no se han hecho. Sería valioso leerlas. Acá están, directamente extraídas del documento.

¿Qué es la reserva? ¿Cómo es hoy?

El cementerio / Gabriel Herrera.

Es apenas un potencial ecológico. Un lugar que ha sido objeto de la intervención constante del hombre: para que las vacas pasten, para que la gente viva, para que se haga industria. Cosas todas que han traído el deterioro o la pérdida de sus ecosistemas naturales. Es un lugar que, si es que la ciudadanía alguna vez lo ha oído nombrar, jamás ha conocido sus valores ambientales o su importancia para Bogotá. Las actividades económicas han ocupado un 78% del territorio de la reserva.

El bosque de Las Mercedes, que ocupa 10 hectáreas, es el único "medio denso subhúmedo", aunque su tendencia es desaparecer a merced de los cultivos de flores. El Plan de Manejo Ambiental dice, además, que la reserva es propensa a ser usada para hacer vivienda: su ubicación estratégica la vuelve un plato jugoso para los constructores. Hasta acá, punto para Peñalosa. El alcalde sí tiene claro el deterioro de la zona. Es más, usa con ingenio esta terrible faceta que hoy afronta la reserva.

De mantenerse este escenario, advierte el Plan, habría en el futuro un solo desierto de los cerros al río: una estructura homogénea de coberturas y usos, edificios, cultivos de flores. Suena más lindo con lo que propone el alcalde, es cierto. Pero el Plan quiere otra cosa. Acá sigue.

¿Cuál es el escenario ideal para la reserva?

La recuperación del sistema de humedales, que regularía las crecientes del río Bogotá (impidiendo que éste se desborde sobre los ciudadanos que van a trotar al malecón que quiere hacer Peñalosa a lo largo de él). El escenario ideal, en fin, es que haya una reserva con especies nativas, un sendero ambiental para caminar, recreación pasiva, cultivos de alimentos, quebradas vivas, humedales recuperados, buen uso de los residuos que los habitantes del lugar dejan a su paso. La CAR no plantea, en una sola línea del Plan, que pueda haber una ciudadela hecha a punta de vivienda nueva. Ese no es su futuro ideal.

¿Cuál es el posible?

Un acuerdo. Por lo menos entre los actores que allí tienen incidencia y las autoridades que tengan cierto interés en la reserva. Un modelo, pongámosle, colectivo, de manejo ambiental de la zona. De esta forma, podrían desarrollarse corredores ecológicos que faciliten el tránsito de especies nativas y no nativas. La producción ganadera, que hoy es regla en la zona, podría reemplazarse por modelos silvopastoriles. La agricultura —predominantemente de flores— sería cambiada con modelos que no atenten contra la zona.

¿Por qué Peñalosa tiene que pedir permiso para construir?

"Potreros"/ Gabriel Herrera.

Es técnico, lo sé, pero primero enuncio brevemente las reglas: para definir todas las zonas que conforman la reserva, el Plan se basa en el Código Nacional de Recursos Naturales, en conjunto con las otras disposiciones sobre reservas forestales que han salido del despacho del Ministerio de Ambiente, el Acuerdo 011 de 2011 de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca y el Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá.

Siendo así las cosas, resumo y enumero la zonas de la reserva, rápidamente, para no aburrir a nadie.

1) Hay una zona de preservación. Acá, definitivamente, no puede.

Es intocable: hay que "evitar su alteración, degradación o afectación por la actividad humana". La zona, como Peñalosa dice (punto para él), equivale al 5, 84% —a 81,46 hectáreas de la reserva— destinado a sistemas hídricos (humedales naturales y la quebrada La Salitrosa), vegetación natural y seminatural (incluyendo el bosque de Las Mercedes), canales (para conducir las aguas lluvias hasta su entrega final). En esta zona hay que aprovechar el resurgimiento de especies nativas, aprovechar los frutos secundarios del bosque, que no impliquen tala, pero sí investigación científica, recreación pasiva o ecoturismo.

Dentro de los usos prohibidos, el primero que enuncia el Plan es no hacer urbanizaciones. Esto es lo que Peñalosa promete no tocar. El resto, dice, podría intervenirlo. Pero no. No al menos según la autoridad ambiental. Sigo, entonces.

2) Hay, luego, una zona de restauración. Acá... Tampoco, alcalde. No por ahora.

Esta parte está destinada para que sea restablecida al estado anterior a la intervención humana: composición, estructura y función de la diversidad biológica. Mejor dicho: revegetalización, restauración ecológica, generación de conectividad con los elementos naturales endémicos, posibilitando la transición de la fauna. La zona comprende el 39,61% del territorio.

La primera prohibición es urbanizar. No se puede. Intocable para hacer alamedas y ciclorrutas. Fundamental, al contrario, revivir la vegetación. Y si bien existen antenas de televisión, potreros que pertenecen a privados, poca vegetación espesa y estética natural reducida, no sirve para hacer edificios. Hay que revivirla.

3) Luego llegamos a zonas protegidas por ser monumentos, como la Casa Hacienda La Conejera y todo lo que la rodea, que fueron declaradas como bien de interés cultural por parte del Ministerio de Cultura en noviembre de 2004. Acá, por obvias razones, tampoco se puede construir.

No es que esta zona sea intocable, es más, hay que adaptarla para que se compagine mejor con la reserva, como hacerle una cerca natural de especies vegetales nativas, prohibir la tala de árboles, aprovechar las lluvias como medida de sostenibilidad, entre otras.

Lo prohibido es extender a la reserva lo que se haga dentro de la casa hacienda. Por acá, por tanto, tampoco se puede urbanizar.

4) Hay unas áreas que serán dedicadas al "uso sostenible". Acá depende y lo explico.

Este es un terreno que puede ser dedicado para hacer algo rentable, siempre y cuando esté en santa comunión con el entorno ambiental: que no se lo tire. Acá hablamos de un 44,54% de la totalidad de la diagonal Van der Hammen. Se le cierran las opciones al alcalde. Son, entonces: actividades agrícolas, ganaderas, forestales o habitacionales (con restricciones en el número de personas), dando cabida a algunas personas que han realizado actividades ahí desde hace unos años. Sólo algunos: los que han hecho actividades industriales, por ejemplo, tienen un año para desmontarlas.

Lo que sí prohíbe con mayúsculo énfasis es la vivienda nueva, los condominios, la construcción de una nueva red vial, la construcción de escenarios deportivos. Nada, mejor dicho, de lo que Peñalosa quiere hacer. Si acaso, y lo dice claramente, ciclorrutas sin zonas duras, muros de escalada, deportes acuáticos de bajo impacto, regatas. Otras cosas. Otros usos.

***

Todo esto ha sido escrito de forma clara e inequívoca. La regla general, dice muy claro el Plan, es la prohibición de nuevas licencias de urbanismo en la reserva.

En cuanto a las vías nuevas, puede ser, es más factible y realista: puede sustraerse para ello una parte de la reserva y, además, hacerlo por medio de materiales alternativos que no fraccionen los ecosistemas y que, por lo que dice el alcalde, pueden ser posibles.

Más allá de todos estos requisitos técnicos, podríamos, de todas formas, imaginarnos otra ciudad. Podríamos pensar en una reserva forestal cuyos desarrollos urbanos se ajustan a lo que ya hemos venidos construyendo. Y no, como espera el alcalde, borrar de un tajo tanto esfuerzo para construir una ciudad para más de 250 mil personas. ¿Por qué no avanza Peñalosa en recuperar este corredor, como lo ha venido haciendo la ciudad, el departamento y la Nación desde que él dejó su alcaldía? ¿Es que acaso le parece que Bogotá está sobrada de corredores ambientales?

Y a todas estas, ¿desde cuándo se volvió ley que Bogotá tiene que crecer hacia el norte? ¿No lo vamos a discutir?

Este episodio me recuerda la misma recalcitrante actitud de la izquierda que dejó trabado el proceso que Peñalosa había planeado para Transmilenio, su gran bebé consentido. No puede ser que hoy se deje a la deriva un Plan de manejo, una protección a un corredor ecológico importante, un esfuerzo institucional de 15 años. Aquí le hallo la razón a Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, quien pide una pausa en el camino constructor. Una pausa en la polarización con que se ha manejado el tema.

Dejo sus palabras a RCN Radio, que hablan mejor que yo:

"Lo que no se debe hacer es polarizar el tema como lo han hecho la pasada y la actual administración, hay que hacer una propuesta sostenible de ciudad. Es necesario poner sobre la mesa el debate sobre la infraestructura de Bogotá; la reserva es importante para preservar la biodiversidad de la ciudad, pero se puede equilibrar".

A Páramo lo encuentras en Twitter como @paramoandres


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