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Fotos

Documentando los sitios secretos de encuentro gay de Bogotá en los 70

El artista colombiano Miguel Ángel Rojas nos habla de su trayectoria de 50 años y de la historia de las subculturas queer del país.

por Benoit Loiseau
04 Agosto 2017, 7:19pm

Cortesía del artista

Este artículo se publicó originalmente en i-D*

Miguel Ángel Rojas recibió su primera cámara a la edad de siete años como regalo de su primera comunión. Pero no fue sino hasta la década de 1960, cuando redescubrió la cámara vintage Kodak 1A de su papá, que comenzó a experimentar con el autorretrato. "Sentí un momento de intensa creación, fue muy emotivo", recuerda el artista, desde el último piso de su espacio de trabajo de tres pisos en Chapinero, al noreste de Bogotá. "No he sido capaz de hacer algo así de nuevo", dice.

Unos años más tarde, los amigos de Rojas le mostraron los sitios de reunión gay en Bogotá. Eran en su mayoría salas de cine decadentes con grandes espacios oscuros y entradas baratas. "Fue una subcultura de la vergüenza, no había sentido del orgullo", nos explica el artista de setenta años acerca de ese tiempo, "Eran los únicos lugares donde, en secreto, podías tener ese tipo de relaciones, incluyendo tener sexo. Era un auténtico crisol, se podría decir que algunos de estos chicos sólo iban ahí en un descanso del trabajo".

El teatro Faenza, un cine art nouveau en el centro de Bogotá, era el sitio de reunión gay más popular. Inspirado por su arquitectura y su compleja función social, Rojas empezó a documentar en secreto sus visitas al teatro en 1973. Durante dos años, el artista colombiano produjo cientos de imágenes lo-fiespectrales combinando un sentido de antropología urbana con voyeurismo poético. "Hice una primera serie tomando fotos del pene de algún tipo a través de un glory hole -¡él no sabía que yo tenía una cámara!", me dice Miguel Ángel, divertido. "Las fotos son muy oscuras y desenfocadas, pero la sensación de misterio las hace hermosas".

Visitar los espacios queer en la conservadora Bogotá a principios de los setenta era un juego arriesgado -fotografiarlos lo era aún más. "Eran lugares peligrosos", recuerda Miguel Ángel, "La gente tenía más miedo de la policía que de cualquier otra cosa, el chantaje era frecuente". Solía ajustar el foco dentro de un maletín, estimando la distancia de sus objetivos, luego cuidadosamente colocaba la cámara, envuelta en tela oscura, en el descansabrazos de un asiento antes de tomar una foto. "Todo era muy al azar debido la luz y la distancia, pero finalmente, las figuras y los cuerpos empezaron a aparecer en las fotos, era hermoso".

Poco después de la serie de Faenza, Miguel Ángel se interesó por el edificio que estaba frente a su antiguo estudio, en un barrio obrero del centro de Bogotá. "Era una casa abandonada, hogar de trabajadores sexuales y una comunidad trans, con una tienda en la planta baja", recuerda el artista.

Utilizando un enfoque similar al de sus imágenes del teatro -aunque esta vez a color y con zoom-, Miguel Ángel fotografió la casa durante un año, retratando una poética narrativa de sus varios protagonistas y sus encuentros. "Había un chico muy guapo que se travestía por la noche. En una foto lo ves coqueteando con otro chico, mientras las prostitutas en la parte posterior le lanzan una mirada de complicidad", explica el artista, mientras pasa las fotos en su teléfono. "En otra, se puede ver a estos dos chicos, de piel más oscura, que parece que fueran del campo. Están viendo al hombre blanco de traje, se puede sentir la tensión social hacia la 'alteridad'".

La serie, titulada La Esquina Rosada fue exhibida por primera vez en una exposición curada en la pasada edición de ARTBO, la feria más importante de arte contemporáneo de Colombia. Fue un atractivo central de la sección de Referentes, curada por Pablo Léon de la Barra y Erika Florez, la cual se centró en prácticas ignoradas e históricas. Pero las fotografías de Miguel Ángel no siempre recibieron la atención de las galerías: "¡Solía regalárselas a mis amigos en sus cumpleaños porque no tenía para comprarles regalos!", se ríe el artista, quien ahora tiene una multitud de ayudantes trabajando con él. "Fue hace sólo unos años que un coleccionista de fotografía vintage se entusiasmó con estas series ¡y compró algunas por un precio que no podía creer!" Desde entonces, han estado en importantes eventos artísticos como la Bienal de Arte de São Paulo, donde fueron exhibidas junto a Nan Goldin y Miguel Rio Branco.

Miguel Ángel; quien también trabaja con escultura, video e instalaciones, tuvo éxitos anteriores con otras obras. Su imagen, David, tomada en 2007, retrata a un hombre joven posando desnudo, como la obra maestra renacentista del mismo nombre. "Cuando le pedí que posara como el David, me preguntó '¿qué David?'", recuerda el artista, "¡No tenía idea de qué le estaba hablando!". La mirada del espectador es directamente atraída hacia la pierna que el atractivo modelo no tiene, la cual fue parcialmente mutilada por una mina, creando así un complejo comentario sobre la guerra y la cultura de la desigualdad en Colombia.

Después de encontrarse con un monumento estilo griego mal diseñado y casi caricaturesco al norte de Bogotá, el artista empezó a pensar en la falta de educación en su país y en cómo ésta afecta nuestra concepción de patrimonio cultural. Fue entonces cuando decidió contratar a un ex soldado -que había conocido en un hospital militar- para trabajar en un proyecto fotográfico que explorara la relación entre la transmisión de conocimiento y el clima político del país. "El problema de Colombia es la educación", afirma Miguel Ángel. "Él se convirtió en soldado porque no tenía educación, aún cuando es blanco, de herencia europea, mientras que yo soy de origen indígena. Las diferencias aquí son culturales, por eso las clases bajas no pueden ascender, por la falta de educación".

En cuanto la fuerte lluvia de afuera se detiene de forma repentina y el sol brillante entra por las ventanas del estudio, el artista le pide alegremente a uno de sus asistentes que le traiga un sombrero. "Tenemos que llevar a cabo las negociaciones", me dice con una sonrisa, refiriéndose al reciente fracaso del acuerdo de paz de Colombia con la FARC. "Debemos proveer un espacio democrático para los partidos de izquierda y permitir que haya tolerancia mutua; pero las cosas en este país no cambiarán hasta que cambiemos nuestra política hacia las drogas", continúa el artista, cuyo trabajo con frecuencia aborda el tráfico de drogas ilegales. "Es un problema mundial, en el que Colombia está atrapada como una víctima, desde la posición de los países consumidores. Es necesario que Estados Unidos legalice las drogas, otras naciones le seguirán. Sólo con la legalización podemos controlar, prevenir y educar".


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