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Tres historias sexuales de una Venezuela en crisis

Los protagonistas de estas historias narran todos los pormenores que implica la vida sexual en un estado fallido.

por Antonio Guevara
16 Marzo 2018, 9:30pm

Imagen vía VICE México

“Qué increíble lo que hace un chorrito de leche”, comenta Asdrúbal de manera coloquial. Está observando boquiabierto una fila que abarca prácticamente una calle entera, mientras espera a que el comercio abra para adquirir veinte pañales y alimento para bebé a un precio accesible. En redes sociales abundan los memes: “El socialismo es tan bueno que todos los días es Black Friday”.

El comentario de Asdrúbal refleja perfectamente el sentido del humor inquebrantable y la resignación de los venezolanos ante una situación que para muchos habría sido imposible de imaginar cinco años atrás. Y es que si no hace fila durante horas, se verá en la necesidad de conseguir los productos en el mercado negro, como si se tratara de droga, por el equivalente a su salario mensual. En algunos casos, hasta más.

Él, como muchos jóvenes de su edad, se ha visto atrapado en una situación que tiene un trasfondo social y que cayó como una columna de dominós sobre sus espaldas. Existe el dilema: O te arriesgas a tener un hijo y contraer una enfermedad venérea (o ambas) por la falta de anticonceptivos en el país, o simplemente te mantienes célibe.

Bebé a bordo

En el caso de Asdrúbal, la opción del celibato no era factible, como no lo es para un amplio porcentaje de la población. Se estima que la cantidad de embarazos adolescentes se ha multiplicado. En 2014 la tasa de fecundidad entre adolescentes de quince a diecinueve años era de 93, por cada 1.000 mujeres. El año pasado llegó a 95 por cada 1.000 según un estudio del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Las principales causas de esta problemática, son la ausencia de preservativos en las estanterías o los altos costos de los mismos. Su pareja y él utilizaban el coito interruptus, por lo que realmente desconoce cuándo “se le fue la mano”.

Un día sin más, comenzaron a aparecer los síntomas del embarazo. Optaron por probar métodos abortivos, que más allá de métodos, podrían considerarse leyendas urbanas. Intentaron usar malta con canela ingerida oralmente, uno de los mitos que más se ha popularizado en el país. Y como era de esperarse, no funcionó. Luego, perejil insertado en la vagina, que tampoco funcionó. Escucharon hablar de pastillas abortivas de venta regular como el misoprostol, pero solo las conseguían en el mercado negro y estas eran igual de inaccesibles a practicarse un aborto clínico.

Finalmente decidieron resignarse a tener el bebé, con todas las complicaciones que implicaba. Desde que fue confirmado por médicos, cuya recomendación fue que tuvieran al niño, han estado recibiendo ayuda de familiares y amigos para comprar comida y guardarla después del parto, así como ropa, utensilios y provisiones para su llegada.

“Parte de la ropa es reciclada. Alana (su pareja) corta ropa vieja de algodón para hacerle pañales, calzones y abrigos. Dormirá con nosotros en la cama porque es impensable conseguir una cuna. Por suerte tenemos amigos que tuvieron hijos recientemente y nos van a regalar los teteros y a prestar un coche, entre otro montón de cosas. Ella no puede trabajar por el momento, pero cuando el bebé tenga un poco de independencia lo dejaremos con mi mamá para que se incorpore de nuevo, si consigue cómo hacerlo”.

Explotación tras cámaras

La historia de Romina Halir comienza un par de meses después de perder su trabajo: “Yo estaba en una situación complicada; no tenía trabajo porque cerraron el restaurante donde trabajaba”, recuerda.

Después de un par de meses, Romina siguió buscando trabajo hasta que unos amigos la contactaron a través de internet para decirle que estaban en el negocio de las webcams sexuales. En la conversación le mencionaron promesas de comida, transporte, mucho dinero y lujos laborales con los que muy pocos cuentan en la situación que atraviesa el país desde hace cinco años. Romina accedió.

“Trabajé con ellos durante cuatro semanas. Me iba bien hasta que comenzaron a llegar tarde, no me daban comida, y no me pagaban. Eran poco profesionales. Renuncié y les pedí que me pagaran todo, cosa que jamás hicieron. Solo me explotaron tanto sexual como laboralmente.

“Pasados unos meses, hablé con otro amigo de confianza que trabaja en un parque nacional, a ver si había algún trabajo allá al que pudiera postularme. No me dio esperanzas, pero me dijo que iba a preguntar. Después de unos días me llamó y me dijo que lamentablemente no había nada, pero si estaba dispuesta podía trabajar como modelo de webcam con unos amigos suyos. Las propuestas que me hicieron fueron realistas y accedí. Trabajamos en un hotel y fue grandioso. Hicimos un montón de dólares. Como ya estaba adaptada a la cuestión por el trabajo anterior, hice 970 tokens en los tres primeros días.

“Lo único malo era el horario nocturno y a mi madre no le gustaba. Así que cuando llegaba me regañaba. Recuerdo que todo se cayó porque no pude ir a trabajar un sábado. Íbamos a tener un show privado con unos siete hombres que pagarían más o menos 6.000 tokens que, claro está, era una millonada. No pude ir. Renuncié forzadamente porque temía que mi mamá averiguara en qué estaba trabajando.

“Luego de renunciar yo quería seguir trabajando con ellos. Les rogué a los chicos que coordináramos el horario y que buscaran un lugar más privado, porque nos estábamos exponiendo mucho. En esos días atraparon a unas personas que trabajaban en lo mismo, en un hotel cercano. Los detuvieron, los procesaron y los encarcelaron. Me dieron un sermón diciéndome que de ninguna manera podíamos contarle a nadie sobre lo que hacíamos. Trabajamos un par de días. Nos fue bien, pero los otros moderadores nunca llegaban. El principal moderador era el amigo que me propuso el trabajo. Se cansó de la irresponsabilidad por partes de sus socios. Ahí terminó todo. No volvimos a trabajar.

"Decidí darme por vencida. A pesar de todos los inconvenientes me pagaron todo, y bueno, eso era lo que importaba. Empecé a estudiar y nuevamente comencé a buscar trabajo. Olvidé ese mundo hasta que llegó un muchacho llamado Edward. Nos conocimos por una amiga en común, comenzamos hablar y surgió este tema de nuevo. Él me dijo que trabajaba en el mismo estudio que en el que estaba una amiga que tenemos en común. Decidí intentarlo. Trabajé junto con él, mi amiga y otras personas que estaban metidas en esto.

“Nuestros nuevos jefes eran chinos y muy estrictos. Trabajé si acaso, un día. El show era una orgía. Hubo problemas técnicos y poca profesionalidad: fumaban y bebían mientras transmitíamos. Hicimos 500 tokens, pero al finalizar la transmisión el dinero 'se perdió'. Hasta el día de hoy no recibí paga ni con los primeros muchachos con los que trabajé ni con los últimos. Le conté a mi mejor amiga y no pude evitar llorar. Sentí asco porque básicamente fui explotada sexualmente, con riesgos de terminar en la cárcel, contraer una enfermedad venérea y que mi familia se enterara. No me pagaron jamás. Decidí no volver a trabajar en eso. Dije que no me conformaría ni me dejaría llevar por promesas. Me hubiese gustado trabajar como chef o con comida, no en esto, pero esta fue la situación que nos tocó vivir”.

DIY o cómo mantener la pasión en tiempos de crisis

Pero así como hay historias desoladoras, nunca falta quien usa el ingenio para alcanzar sus metas. Los venezolanos nos consideramos inventivos. Acostumbrado a trabajar con las uñas, como Alexander Mata, oriundo del estado Anzoátegui, que con sus juguetes de niño y algunos materiales de manualidades, diseñó un consolador para su pareja.

“A nosotros nos gusta ponernos creativos en la cama. Desde hace un año, mi pareja ha querido masturbarse con un vibrador mientras la observo atada a la cama. Me encantó la idea y comenzamos a ahorrar poco a poco, pero siempre acabábamos gastándonos el dinero en cosas que no eran prioritarias. Pero nada, ya tenía la idea en la cabeza y mientras más lo pensaba más lo quería”.

“Pensé en usar un celular viejo, pero no tenía mucho sentido para mí estar marcándole a cada momento para que vibrara. Otro buen sistema era un cepillo de dientes eléctrico, pero después de buscar y buscar, caes en cuenta que estás en una crisis económica. Si lo conseguía, posiblemente no lo iba a poder pagar. Fue entonces que me metí a YouTube, vi algunos tutoriales DIY y comencé a rastrear celulares viejos por toda la casa. Conseguí mi primer teléfono en mi caja de juguetes de niño. Comencé a desarmarlo. Tomé el vibrador, la pieza que vibra, le conecté un cable USB de un mouse viejo y ahí quedó la parte interna, el mecanismo que lo haría funcionar”.

"Luego desarmé una perinola y tomé el mango. Lo abrí a la mitad, metí el mecanismo, lo pegué con silicona y lo coroné con un osito de plástico que le quité a un tajalapiz de mi hermanita. Este fue el resultado":

*Los nombres de este artículo fueron cambiados por protección a las fuentes

Este artículo apareció originalmente en VICE MX.