Fuimos al Breakfest en Medallo y nos dieron ganas de quedarnos

Música la verga, clima primaveral y un escenario paradisíaco. Nos farreamos el que sin duda será uno de los mejores eventos musicales del año en Colombia.

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oct. 8 2014, 12:00am

Fotos por Paula Thomas y André Piaf

Cuando el Breakfest de Medallo confirmó a Matías Aguayo, a Felix Da Housecat y a Miami Horror en el cartel de su segunda edición, no lo dudé un segundo. Ahí iba a estar, fuera como fuera. Al fin y al cabo quedaba en Colombia, parcharía con mis amigos, haría buen clima y lo mejor: iría tras un poco de música áspera. Y es que de eso es de lo que se trata mi búsqueda últimamente. De la música. Esa sensación de pararse frente a un parlante gigante con ganas de abrazarlo mientras los bajos te pegan en las tripas y te tratan de mordisquear la cara. Ese cerrar los ojos mientras lo dejas todo en la pista. Esa tristeza que sientes cuando prenden las luces porque se acabó otra noche. No había escatimado esfuerzos para pasar fines de semana similares en mi ciudad, Bogotá, mucho menos los escatimaría para un fin de semana como estos en una ciudad tan increíble como Medellín.

Así que ahorré. Ahorré cada maldito peso mientras buscábamos las mejores opciones de transporte y estadía con mis amigos… y por “mejores” me refiero a baratas. Contra todo pronóstico, cada uno capó universidad y/o pidió permiso en el trabajo y se fue cuando y en lo que logró. Unos cogieron avión y otros flota. Unos llegaron el viernes y otros el sábado. Todo se reducía a estar presentes el sábado 4 de octubre en el Parque Norte.

Y llegamos.

El Parque Norte es un típico parque de diversiones, con atracciones mecánicas, dinosaurios gigantes y surrealistas y un lago inmenso y precioso con numerosos patos que se saldrían del agua ese día, desubicados por el fiestón tan madre que les retumbó el charco. Mientras hacíamos la fila veíamos llegar cada vez más paisas, adornados de pies a cabeza, felices. Gafas oscuras con marcos fluorescentes, abrigos de piel brillante en pleno sol, un corbatín, unos creepers, un brazalete dorado o unas bermudas de flores resaltaban entre la multitud el sábado en la tarde. En las puertas del evento, la escena alterno-hipster en plena de la Capital de la Montaña se congregaba para celebrar porque al fin le traían a la mesa algo de su menú. Canciones que se sabían. Músicas que bailaban. Un carnaval colorido y medio sub.

Cinco mil personas atendieron al sonido de las montañas.

Y aunque el casting masculino nunca está muy a la altura, aquí debo hacer un comentario-homenaje a las paisas, que nos callaron la boca a más de una rola, porque antes que tetas, culos y todo el lamentable estereotipo de ellas que tenemos incrustado en el imaginario, estas chicas tienen estilo. Y fueron ellas las que se encargaron realmente de decorar todo el parque con sus caras perfiladitas, sus cuerpos torneados, sus capulitos bien rectos, sus movimientos naturales, luciendo montones de ropa estampada, accesorios brillantes, telas escocesas, falditas, shorts ajustados, tennis, botas vaqueras… todo un espectro de estilos donde predominaba la onda normcore, pero con el giro del trópico, que, debo admitirlo, se les veía deli.

Y tanto (y tantas) que, naturalmente, mis amigos terminaron frustrados.

Mis respetos para ustedes, paisanas.

Este parque ofrecía un atractivo adicional: mientras la gente oía a las bandas, podía montarse y gritar en una montaña rusa, tirarse de un tobogán en un costal, sentarse al lado del lago a fumarse un porro y lo de siempre: comerse alguito, desde hamburguesas y pizzas hasta paletas de limonada de coco y cocteles de Absolut servidos en piñitas tropicales.

A eso de las 3 ó 4 de la tarde empezó a llegar la gente en manada, y a pesar de que antes de esa hora actos locales como Astrounaut ya habían tocado, los verdaderos encargados de prender la vaina fueron los Crew Peligrosos, guardianes del barrio en el que queda el mismo parque: Aranjuez. Alborotados y directos, con menos escarcha que polvo de las calles de su barrio, el combo liderado por el Jke y por el P Flavor encendió los ánimos con sus canciones sociales y alegres, ya himnos, dedicadas a su “Medayork”. Con un toque pleno de hip hop que se alimentó de cumbia, funk y hasta dubstep, estuvieron contundentes y necesarios.

Poco a poco el día se fue tiñendo de colores fríos, mientras el otro escenario, en plena tarde, era calentado por un finísimo set de house a cargo de Julio Victoria y Steven Guberek. Llamado justamente El Bosque y conectado con el principal a través de un caminito repleto de flores y stands, este stage estaba ubicado al lado del lago, un paisaje mitad natural, mitad artificial que a medida que pasaba el día se veía más diáfano, más surreal. Lleno de árboles que se mecían con el viento, al igual que de flores de colores colgadas a modo de guirnalda por todo el lugar. Mantelitos se esparcían por el piso, con puffs y sillas donde muchos cayeron vueltos pedazos al final de la noche. Mientras transcurría la jornada, las luces y el humo creaban un halo especial, una atmósfera perfecta entre el escenario y el público, generando una onda contemplativa, casi mística, donde el sonido se sentía más cercano. Acariciaba.

Pero no fue sino hasta que la local salió Popstitute a este escenario, casi a las seis, que sentimos caer la tarde. Una banda que suena un poquito a Goldroom y se viste otro poquito como Fischerspooner, pero conserva algo totalmente propio. Un pastiche pop con sonidos eléctricos y contundentes y un gran performance de Daniel Mecklar, quien se toma en serio su "reguero de plumas" con un papel de diva satírica. Vestido con un traje DIY elaborado a partir de cintas viejas de VHS, el hombre hizo lo suyo en el escenario. A las siete pasadas y en ese mismo stage, la noche llegó para darle el turno a Slowhands, neoyorquino que nos regaló una hora de sonido orgánico, puro, que sazonaba con ayuda de sintetizadores, samples, sonidos de percusiones diversas, timbales y pizquitas de voces satinadas que se deslizaban por encima de su guitarra, como la brisa, suaves. Sonido dulce y profundo, el suyo.

Después de Slowhands, para mí llegó una encrucijada típica de estos festivales: ¿Miami Horror o Mitú? Decidimos correr al stage principal, ideal para las bandas grandes, contrario a El Bosque, donde estaban dispuestos los electrónicos, a ver a la agrupación que se presentaba por primera vez en Medellín. Llegamos mientras Los Cafres terminaban de conquistar con su sonido, tan apetecido por los paisas que adoran estos actos tipo Cultura Profética y similares. Nos hicimos camino entre la gente hasta llegar casi hasta la baranda. Y cuando arrancaron los australianos, los teníamos a menos de tres metros de distancia. Comenzaron con una de mis favoritas: “I look to you”. El público la coreó de principio a fin, extasiado (metafóricamente y quizá figurativamente) y lo que siguió en adelante fue cada vez mejor. Con canciones como“Real Slow”, “Make you Mine”, “Moon Theory” y el cuasi himno “Sometimes”, la banda conmovió a todos los presentes, nosotros incluidos, quienes movidos por lo que fuera que tuviéramos dentro, no parábamos de abrazarnos y de sonreír porque habíamos chuleado una de las bandas anheladas. En un momento, Josh Moriarty y Benjamin Plant, las voces principales, sacaron de la nada sus dotes de acróbatas y sin dejar de lado su voz o sus movimientos de greasers contemporáneos, se treparon a los andamios del escenario, instando al público con la mano a que subiera con ellos. Ahí parada, gritando el coro de “Sometimes”, confirmé algo que siempre había sostenido desde que conocí el sonido de esta banda: Miami Horror da ganas de vivir.

Uno de mis amigos se quedó en el main stage mientras los demás salimos corriendo a alcanzar algo del toque de Mitú. Al rato volvió sonriente, con una baqueta firmada por toda la banda. Era el segundo trofeo que conseguía, idéntico al que logró la primera vez que los vio, en el Soma en Bogotá. "¿Será que esa baqueta va a costar mucho en unos años?", le pregunté. Ninguno respondió.

En El Bosque, Mitú la estaba rompiendo en mil pedazos. Camuflados por una bruma rosada y violeta, desde el fondo de las luces y el humo, Lamparita y Julián hacían lo suyo: puro exorcismo sonoro. Techno de la selva que sonaba en ese bosque, vociferándole a la gente que se sacudiera y que viajara con ellos hacia otra dimensión. Un toque contundente, heavy y misterioso.

Luego de Mitú vino el grandísimo Matías Aguayo, que ya es casi un local en Medellín. El capitán de Cómeme superó las expectativas con su techno que no es techno, con su house que no es house, con su sonido tropical y frío y sexy e infantil y pegajoso y surreal a la vez. Mezclando su voz con esa onda darky y punkera que nunca deja atrás, el productor transnacional, durante una hora, activó cada extremidad de nuestros cuerpos en un toque que combinó destrezas de DJ set y live act e incluyó varios temas de los alumnos de su sello, como del paisa Dany F a quien anunció con su clásico entusiasmo de recreacionista. Clímax de su toque: cuando metió el cover oscuro de "Yo no quiero volverme tan loco" de Charly, de Shoe Vil. ¡Qué capo!

A esta hora se hizo más que evidente el gran punto a favor que tiene este festival sobre todos los demás eventos de este corte realizados en el resto del país, sobre todo en Bogotá: el clima. Aunque hubo dos amagues de lluvia durante la tarde, nos dieron las tres de la mañana bailando y el frío jamás llegó. Al clima tropical, sin llegar jamás a las temperaturas del Caribe, se sumaban esos vientos amigables que nos levantaban el pelo a los asistentes mientras bailábamos con los ojos cerrados, como si fuera el ritmo de la música consintiéndonos. De verdad que solo este factor podría hacer de este eventos uno de los más apetecidos por los festivaleros colombianos durante los próximos años.

En serio: clima per-fec-to.

Y todo esto con las lucecitas de las montañas de fondo. Precioso.

Después del Mati siguió Lee Foss en El Bosque. Continuando ese éter electrificante que se había sentido en este espacio desde por la tarde, el nativo de Chicago se subió a la tarima acompañado de la mamasita de Anabel Englund, una especie de hada con falda corta y pelo verde que brillaba en la oscuridad con una voz que se salía de los parlantes ya con alas. Cuando Englund se bajó, Lee Foss siguió haciendo de las suyas, botándonos, sin avisar, tonos destructivos y eufóricos que enloquecieron especialmente a una de mis amigas. "Se iban difuminando y luego volvían a crecer”, me dijo después. “Luego soltaba el ritmo, marcado por eso que a veces suena como un platillo o como una cachetada. Todo eso, más el sonido fuerte, me gritaba: '¡Baila, perra, baila!".

De ahí, corrimos otra vez al stage central para ver algo de Bomba Estéreo, que nunca decepciona. Llegué apenas a tiempo para alcanzar a algo de “Pájaros”, sabrosa y psicodélica; una versión especialmente inspirada de “El alma y el cuerpo”, con una Li estremecida hasta el tuétano; y de los momentos clímax de la noche, cuando encendieron el “Fuego” acompañados por P Flavor de los Crew Peligrosos, quien se fajó una tremenda rima a altísima velocidad, justo antes de soltar un coro colectivo que lo mantuvo prendido varios minutos más de lo acostumbrado. 

Luego del estallido de la Bomba, los escoceses de Franz Ferdinand saltaron al escenario jugándosela toda con “Take Me Out” y siguiendo con canciones como “Can’t Stop Feeling”, “The Dark of the Matinee” y “Ulysses”, haciendo retumbar el suelo con su ritmo palpitante y apretado. Highlight de la presentación: cuando todos agarraron baquetas y en un acto medio stomp, arremetieron contra la batería como por cinco minutos, haciendo crecer el sonido exponencialmente. Pero a mí me faltaba algo en todo ese concierto y era que sonara “This Fire”. Había perdido la esperanza cuando se fueron, pero volvieron, tocaron un par de canciones más y de repente, empezó el riff de guitarra:

Eyes, boring a way through me

Paralyise, controlling completely

Now there is a fire in me

A fire that burns!

El resto de las imágenes son difusas. Muchas vueltas, mucha gente saltando y gritando, mucha batida de mecha, la mía incluida. Era como si Franz Ferdinand en serio estuviera incendiando Medellín a punta de guitarra, y yo juro que en un momento me pareció ver humo saliendo del público.

O bueno, a lo mejor estaba alucinando.

Pero aún faltaba uno de mis favoritos de la noche y el encargado de cerrarla, uno de los exponentes del sonido electrónico post Chicago: Felix Da Housecat. Con su pelo que parece una permanente y sus gafas oscuras habituales, este DJ y productor, hito del electroclash en su momento gracias a su colaboración con Miss Kittin, nos convenció de que no casarse con ningún género funciona de puta madre. Momento trance de la noche: ese remake que hace de “White Rabbit”, el clásico de Jefferson Airplane. Veía manos entrelazadas, gente dando vueltas, besos extáticos, gente en el suelo… el soundtrack perfecto para acompañar esa especie de exceso medio ceremonial que se respira a veces de madrugada, en pleno bosque y a las dos de la mañana, al lado de un lago y con los pies como goma de borrador por haber bailado más de doce horas sin parar. El gato Félix se fue casi echado por la organización, que tuvo que desconectarlo. Era tarde, es cierto. Bien por la monita pelicortica que lo acompañaba (¿acaso era la nena de Nervo?) que tomó el micrófono y pidió una ovación para el que llamó “the king of house”. Así habría estado de buena su fiesta en Bogotá que la siguió en Medallo.

Después del respectivo remate, la respectiva amanecida en la calle, el respectivo balance de cada artista, cada canción y las típicas frases de “Ush… ¡yo ahí estaba muy loco!” con mi parche, nos cogió el domingo. El festival terminó y volvimos a casa tal como llegamos, procurando, eso sí, que no nos dejara el avión de esa flota aérea llamada Viva Colombia. Y ahí, mientras miraba por la ventana desde arriba hacia el hermoso Valle de Aburrá, me preguntaba: ¿por qué no podemos pasarnos la vida yendo de festival en festival, de concierto en concierto, de baile en baile?

Y luego entendí que justo eso estaba pasando.

Ya en Bogotá tenemos unos cuantos.

Y ahora Medellín tiene un festival de puta madre.

Breakfest: nos vemos el próximo año.

A Nathalia le encanta trinar mientras baila encima de los parlantes. Síguela aquí.

Popstitute
André Piaf

André Piaf

Franz Ferdinand
André Piaf

Miami Horror
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Lee Foss y Anabel Englund
André Piaf

Franz Ferdinand
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Franz Ferdinand
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Franz Ferdinand
André Piaf

Franz Ferdinand
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Felix Da Housecat
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Paula Thomas

Crew Peligrosos
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Crew Peligrosos
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Crew Peligrosos
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Mitú
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Popstitute
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Mitú
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Bomba Estéreo
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Miami Horror
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Nicolás Vallejo en entrevista con Matías Aguayo
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Bomba Estéreo con P Flavor de los Crew Peligrosos
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Felix Da Housecat
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Felix Da Housecat
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Franz Ferdinand
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Miami Horror
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