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Mi historia como víctima de acoso sexual en una agencia de publicidad colombiana

TESTIMONIO // Esto es más común de lo que creen. Lo comparto para decirles a las mujeres que no están solas.

por Oriana Castro
24 Febrero 2017, 12:07am

Foto: Sean Locke, vía Stocksy

Comienzo por el final: el día siguiente a mi renuncia en la agencia de publicidad en la que trabajaba fue el más triste de mi vida. Recuerdo que mi mamá estaba de visita y, en un intento de liberar la carga de mi masoquismo emocional, la obligué a que hiciera conmigo una maratón de Mad Men, la famosa serie de publicistas de los años 60. Yo sé que ella no entendía todo por completo, pero allí salía Peggy Olson ––esto es puro spoiler, ojo––, la secretaria convertida en copy, embarazada en secreto por uno de sus jefes. En la narrativa de la serie a ella la tratan muy mal, le dicen comentarios sexistas terribles todo el tiempo.

"¿Viste? ¡¿Viste?! ––le grité a mi mamá–– ¡Sesenta años después y esa mierda todavía es así!".

Mi situación se fue al punto de que no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi pelo ni con mi cara para que esa persona dejara de decirme cosas inapropiadas, que eran de este tenor: "qué culito, mirá cómo se te ve de rico en ese jean". "Uy, ¿estás estrenando?". "Mucha coca-colita". La exposición que hace Mad Men al machismo imperante en las agencias de publicidad fue igual para mí en pleno siglo XXI.

Pongamos por caso que íbamos a pensar en alguna idea para desarrollar en la agencia y apenas yo llegaba a la mesa el tipo hacía un comentario que inmediatamente desataba en los demás alguna observación sobre mi cuerpo. Sobre, por ejemplo, la vez que me habían visto en vestido de baño durante un paseo. Yo me volteaba y los veía mirando mis fotos en Facebook. Yo decía algo así como "ay jueputa" y todos hacían chistes de lo chévere que sería que yo hiciera un video con Esperanza Gómez. La cosa se puso tan irrespetuosa que en las fiestas de la agencia incluso algunos directores creativos me agarraban el culo.

Si me defendía, se reían en mi cara.

Partiendo de mi propia confusión acerca de lo que estaba pasando, empezaron las preguntas: ¿es que acaso no existía? ¿En serio así se siente trabajar en una empresa? ¿Acaso mi look vale más que lo que yo pueda hacer? ¿De verdad? ¿Y encima tengo que pisotearme y reírme con los otros de mí misma para ser aceptada?

No quería contarle a nadie. Entonces, atendiendo a una reacción que tengo para afrontar cualquier frustración en silencio, me hice un capul para ver si así no llamaba tanto la atención. "Perdiste tu 'muchosidad' ––o sea, ya no estaba buena––", me decían. Nada parecía funcionar. Nada de lo que yo había hecho en el pasado para tratar situaciones similares.

Un día, pensando en una campaña, se desató la retahíla de siempre pero esa vez no aguanté más y le dije al tipo que parara. A nadie más pareció importarle. Se rieron, salió un "uich" cizañero y él solo dijo "dejá el visaje" con un manotón al aire y con las piernas abiertas sobre otras sillas a su lado, como marcando su territorio.

"Dejá el visaje". Esto nunca se me va a olvidar.

No quería. Me escondía en el baño. Vomitaba. Da mucho miedo romper esa burbuja. Mi estado de ánimo cambió por completo. Reaccionaba a la defensiva, no escuchaba a nadie realmente, no veía la hora de huir temprano y me obsesioné con mi peso, con mi pelo, con mi ropa, con mi forma de hablar, con parecer perfecta para no perder el trabajo en esa agencia. Nunca en la vida había tenido un desorden alimenticio. Pues lo tenía.

Me sentía la persona más sola del mundo.

En el entretanto fui y le pregunté a una compañera que llevaba más tiempo en la agencia. Le pedí ayuda, una guía para esos casos. "Ese hijueputica quién se cree", me respondía, mientras fumaba con las piernas apretadas, moviendo el ceño fruncido de un lado a otro, y explicándome cómo acudir a Recursos Humanos.

Fui a primera hora de la siguiente semana porque no podía contar mi experiencia sin que me saliera una lágrima. Entrené para acostumbrar a mi cuerpo, a que no temblara cuando dijera en voz alta "no sé quién soy, no sé cómo venir a trabajar, necesito que todo, absolutamente todo esto pare".

Fui a la oficina de Recursos Humanos con el bolso puesto, con mis cosas, por si me echaban.Todo el plan que tenía en la mente se fue a la porra. Mientras la Directora del departamento me miraba fijamente a los ojos, yo muy fríamente me cruzaba de brazos y le exigía que me ayudara de inmediato, porque no sabía cómo trabajar en paz debido a un compañero bastante inescrupuloso.

Sin embargo, la realidad fue esta: le dije que necesitaba que me ayudara porque me sentía insignificante. Que me explicara si así era el trabajo en la vida real, que no quería meter a nadie en problemas, que solo quería que todo parara porque no me gustaba sentirme como una persona que solo era valorada por su sexualidad. Le conté todo: los comentarios de él, la réplica de los demás, el irrespeto colectivo.

Al final, yo estaba temblando por completo y sentía toda la sangre del cuerpo en mi cabeza. Pero podía mirarla a los ojos.

Vi que la cara de ella se transformó en la de mi mamá. Me miró como mi mamá me mira. Con esa mirada en la que entre angustia, tristeza y empatía me dice que todo va a estar bien. Que no importa quién me haya hecho daño.

Escribir sobre esto es una mierda muy extraña. En estos instantes estoy llorando de solo acordarme cuando terminé y la directora me abrazó. Sentí que no estaba sola, pero, tristemente, eso solo duró lo que el día a día se fue llevando.

Llamó a mis dos jefes. Esta vez fue ella quien les contó todo. Uno de ellos comenzó a reírse, así, de la nada. Me dijo que a mí me decían "cosas desde antes, como apodos X y Y y Z, y el fulanito de tu anterior grupo era el que los decía, entonces ¿por qué la agarras con este?".

Tal vez "la agarraba" con este porque era la primera vez en mi vida que escuchaba los apodos X, Y y Z, porque nunca antes me habían dicho esas cosas de frente y porque nunca habían interferido con mi trabajo. Jamás en mi vida me había sentido tan disminuida escuchando algo así de un jefe, que creía que también velaba por mis intereses y no solo por los de su amigo.

Ahí ya quería contarles a todos y no me importaba nada.

Le conté a mi siguiente jefe y uno de los directores creativos. Hasta ahí me llegó la verraquera. Dos años y medio de mi vida en ese lugar en los que, poco a poco, decidí callarme. Me encerré en mi misma sin hablarle a nadie para que no dijeran, además, que yo me lo había buscado, que yo provocaba todo, que yo me vestía de tal manera, que bailaba salsa de otra. No lo aguantaría.

El tipo me llamó poco después y me dijo que él llevaba mucho tiempo trabajando en esa compañía, que nunca debí haber ido a Recursos a sus espaldas, que yo apenas estaba empezando y que ––cita textual–– "tenía que entender que en esto hay que tener la piel más dura, que no había que tomarse esas cosas a lo personal".

¿Cómo puede no ser personal un lugar en el que uno pasa entre 10 y 18 horas diarias? ¿Cómo puede no ser personal el lugar con el que siempre había soñado trabajar y que ahora se convertía en un infierno por su presencia? ¿Cómo puede no ser personal el sentimiento hacia una persona que ejerció tantos abusos en el ámbito laboral?

Pero, en concreto, ¿cómo podía no ser personal si antes de hablar de mi trabajo tenían que hablar sobre todo mi cuerpo?

A mí me cambiaron de grupo. Al tipo lo ascendieron. Ya no me podía importar menos.

¿Y saben por qué sigo escribiendo sobre esto?

Porque yo sé que esto no me define y porque esto no es todo lo que soy. Cualquiera que me conozca sabe que esto no es todo lo que soy.

Y ese es mi sueño. Tal vez siendo fuerte hoy pueda ayudar a otra persona que pueda estar pasando por lo mismo. Escribo estas palabras para que nadie más piense que está solo en esta experiencia.

Así que la etiqueta que quieran ponerle a esto ––que soy feminazi, que soy muy mamona–– no me importa. Y a ustedes tampoco debería importarles. Hagan lo que mejor les ayude a comprender al mundo y si quieren conversar, aquí tendrán una charla libre de burbujas. Porque, como dijo Lena Dunham, "tengo que escribirle a personas que se sientan honestas, pero que también empujen la pelota cultural hacia adelante".

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