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la semana del moño

Hablemos de zonas de tolerancia para fumar bareta en Colombia

Hay una línea muy borrosa en la que estas zonas se convierten en zonas de discriminación.

por Sebastián Serrano
19 Abril 2017, 11:49pm

Imagen vía Flickr por el usuario Martin Cleary

El martes al mediodía una docena de porros perfumaban un parque chiquito que no aparece que Google Maps pero que está ahí: en la calle 70 con carrera 12, a menos de 100 pasos del centro financiero de la ciudad, de un CAI de la Policía y de una estación de Transmilenio. Aunque hay un tipo por ahí dando vueltas en una bicicleta ofreciendo "cripita, cripita", esta no es propiamente una olla: aquí la gente se traba con el carné de oficina colgado del cinturón y el morral en el hombro. 

En Colombia, fumar marihuana en el parque es como comprar un cigarrillo suelto, poner el carro en Uber X o alterar un taximetro: algo que es tan ilegal como cotidiano. 

Hace dos meses entró en vigencia un Código de Policía que prohíbe el consumo de marihuana y lo sanciona con una multa de 196.725 pesos. Pero en este parque, y diez cuadras más al sur, en el de los Hippies, y quince cuadras más al norte, en el de El Virrey, y 400 kilómetros al norte en el de El Poblado en Medellín y otros 400 kilómetros al oeste, en el parque de Jovita en Cali, la gente fuma marihuana a diario. Y así por todo el país. 

Que la cultura de la desobediencia siga jalando más duro que cualquier código es una bendición para los marihuaneros colombianos: prender el porro en un parque no solo es un acto de liberación -¿cuál es el punto de que la Constitución nos dé el derecho de fumar marihuana si solo lo podemos ejercer escondidos?- , sino que además le da a la traba un valor agregado; un no sé qué que simplemente no se siente, digamos, echándose los pipazos frente a la pantalla del televisor.

Si usted fuma marihuana sabe que no hay nada tan rico como trabarse en el parque. Y si no, puede imaginarselo. 

Pero no todo el mundo celebra la recocha.

"Los marihuaneros se tomaron los parques y eso está atentando en contra de la salud de los niños", me dijo hace un par de meses Jairo, un oficinista que por cosas de la ciudad terminó junto a la Fumatón, un evento en el que un centenar de personas caminaron hasta la Plaza de Bolivar con el bareto prendido en la boca para protestar en contra del nuevo código de policía.

"Yo creo que las personas tienen derecho a fumar marihuana o lo que sea, pero lo pueden hacer en privado, en sus casas", me decía él, cuya opinión parece reflejar la de la mayoría de los colombianos. 

El conflicto entre marihuaneros como yo, ciudadanos abstemios como Jairo y los policías que tienen que hacer cumplir una norma que nadie respeta se repite a diario en los parques de toda Colombia. 

"Es que si uno fuma por placer, los demás respiran por necesidad", me dijo por teléfono Olmes Ortiz, presidente de la Comunidad Cannabica colombiana. Para Olmes, un marihuanero paisa y cincuentón, una solución posible a todo este pedo es llegar a acuerdos con "la comunidad" acerca de lugares y horarios en las que la fumadera de bareta sea tolerada.

"Yo me acuerdo que aquí en el barrio los marihuaneros íbamos a trabarnos a un parque que quedaba cerca a escuela de monjas y eso le molestaba a los monjitas -continuó Olmes- a la final fuimos hablar con ellas y nos comprometimos a no ir a fumar bareta en la hora que los pelados salían tomar su descanso y ellas a no tirarnos a la policía". 

La idea de llegar a acuerdos acerca de zonas en las que el consumo de marihuana sea tolerado no solo ha salido en mis conversaciones con bareteros curtidos en el oficio como Olmes Ortiz, sino en una rueda de prensa convocada por el alcalde de Tulua, Valle.

"Nos han hecho, a través del correo electrónico de la Alcaldía, la solicitud de ubicar un sitio para que la gente que consume, sobre todo marihuana, pues pueda ir a fumar marihuana  -dijo hace un par de meses el alcalde Gustavo Adolfo Vélez– y que no estén alterando el orden y la convivencia en los parques y las alamedas que son para que la ciudadanía haga deporte pasivo, haga otras actividades". 

"Me decían por ahí que un marihuanódromo", concluyó, soltando una carcajada (y la noticia viral de la noche). 

Luego se puso todo serio otra vez y dijo: "Esto es una realidad, no podemos tapar el sol con un dedo".

Esa rueda de prensa fue el pasado 31 de enero. Este miércoles llamé a la Alcaldía de Tuluá para preguntar qué había pasado con el marihuanódromo, esa palabra nueva que se había inventado el Alcalde hace un par meses.

Robert Posada, jefe de prensa, me dijo que, luego de esa acalorada noche, el equipo de la Alcaldía se puso se puso en contacto con los ministerios de Salud, de Justicia  y de Interior para saber si en Colombia se puede construir algo que se llame "marihuanódromo":

-Y en términos generales nos contestaron que hoy no es jurídicamente posible que nosotros como entee municipal nos lancemos a la creación de sitios para el consumo controlado de estupefacientes —me decía-- Entonces el balón quedó en la cancha del gobierno nacional.

Pero no todos los marihuaneros quieren zonas de tolerancia o hipódromos para marihuaneros.
Durante la Fumatón conocí tambièn a Eduardo Vélez —otro marihuanero bien curtido que habló por una corriente de marihuaneros que defiende su derecho a trabarse en los mismos parques en los que "la ciudadanía" – o sea, todos los que no fuman marihuana-- hace "deporte pasivo y otras actividades". 

- ¿Qué le diría a un cucho que venga a reclamarle por prender un blunt bien gordo en frente de sus hijos menores- le pregunté. 

-Yo le diría que él tiene que entender que sus niños están creciendo en una sociedad en la que se fuma marihuana. El tendría que explicarle a sus hijos en qué país están viviendo- contestó Eduardo frente a una pequeña multitud que fumaba bareta mientras decenas de funcionarios del Congreso que volvían de su hora de almuerzo los miraban risueños y curiosos. Tenga la seguridad de que nosotros no vamos a ir tirarle el humo en la cara ni a decirle al hijo que venga y se drogue conmigo. La propuesta nuestra es totalmente libertaria.

Y tienen un punto estos marihuaneros libertarios y silvestres. 

Aun si el gobierno decidiera poner a rodar la pelota de los marihuanódromos , en la vida real la propuesta podría terminar en un corral para marihuaneros en un rincón malquerido de las ciudades. Hay una línea muy borrosa en la que una zona de tolerancia comienzan a verse como de discriminación. 

¿Para qué inventarle un barrio Santa Fe a la marihuana, cuando ya está el barrio Santa Fe?

Incluso el propio Olmes, quien ve con buenos ojos la idea de crear zonas de tolerancia, reconoce que hay algo contradictorio en tratar de convencer a la sociedad colombiana de que la marihuana no es tan mala (al menos no más mala que las drogas legales) y aceptar, al mismo tiempo, que los marihuaneros solo podemos convivir pacíficamente con otros marihuaneros, por allá lejos en el rincón los bareteros, aisaldos visual sonora y ojalá olfativamente de los niños y la ciudadanía en general.

- Ah hermano, lo que pasa es que en este tema es donde uno ve toda la doble moral de la gente- me decía Olmes con su acento paisa bien arrastrado- ¿o cuándo ha visto usted que alguien se escandalice en Colombia por destapar una botella de trago en un bautismo o en una fiesta de 15 años?