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Opinion

Memorias de un melómano feliz

OPINIÓN// Alberto debuta en su primera columna con esta reflexión alrededor de los sonidos que lo hicieron amar la música.

por Alberto Salcedo Ramos
19 Abril 2017, 4:56pm

Este artículo fue publicado originalmente en Noisey, nuestra plataforma de música.

En casa no había aparatos para reproducir discos, pero yo oía música todos los días. Esto no me resultaba difícil, pues vivía en el Caribe, donde es inevitable toparse con músicos que ofrezcan su arte a cambio de cualquier dádiva.

Entonces había melodías en los cuatro puntos cardinales de la comarca: un bolero aquí, una ranchera allá, un porro más adelante, una cumbia en la plaza, un jazz en la Calle Real, un fandango en el mercado, una gaita en el parque. El concierto perpetuo no sólo era alimentado por los músicos de oficio, sino también por los muchos parroquianos que tarareaban canciones mientras cumplían sus deberes. El labriego entonaba coplas, la barrendera silbaba vallenatos.

Además estaban los picós, esos armatostes gigantes que se utilizan en el Caribe para potenciar y expandir la música. En mi calle había uno. Sus dueños, Gustavito Franco y José Cruz Vega, tenían una variadísima colección de discos. Lo mismo programaban a Ismael Rivera que a Bovea y sus vallenatos. Gracias a ellos me volví fanático de Nat King Cole. Los fines de semana el picó se mantenía encendido a todo volumen, así que por las noches, en vez de dormir, estiraba el cuello a través de la ventana como una flor que se orienta hacia el rocío. Al absorber mi dosis de música amanecía renovado.

Había muchos picós en Arenal, el pueblo de mi infancia. En uno sonaba Javier Solís y en el otro, Celia Cruz. Además, varios muchachos de mi edad se pavoneaban con sus grabadoras de cintas magnetofónicas. A mí me frustraba no poseer ninguno de esos aparatos, pues ya no quería seguir tropezándome por azar con la música ajena, sino repetir las piezas que me encantaban. Poner "Something stupid", de Frank Sinatra, por ejemplo, y luego "Honda herida", de Rafael Escalona, y más tarde "Piel canela", de Bobby Capó. Un día entendí que mientras fuera estudiante de mesada precaria debería resignarme a la banda sonora que me tocara en suerte, pero eso sí: decidí que apenas consiguiera mi primer trabajo compraría un tocadiscos y haría sonar los porros de Pedro Laza cada vez que me diera la gana.

Mientras llegaba ese momento, seguía aguzando el oído para apropiarme de los sones que estaban en el ambiente. Era tan melómano que le proponía al vecino José María lavarle el automóvil a cambio de que me dejara oír música durante la faena. Entonces los vehículos tenían un arcaico reproductor de casetes llamado "pasacintas". Además, entraba sin permiso en la casa de José Cruz y Gustavito, y me ponía a curiosear los discos. Varios ingredientes de aquellas veladas se perpetuaron en mi memoria. Citaré apenas dos: una portada en la que aparecía Billie Holiday frente a un micrófono antiguo y la canción "No volveré", de José Alfredo Jiménez.

La fotografía de Billie Holiday me atraía hasta el punto de que ya no deseaba mirar nada más, y la canción de José Alfredo me producía unas irresistibles ganas de llorar. Necesité muchos años para entender mi estado de ánimo en los dos casos. Lo que me impresionaba de Billie Holiday –lo sé ahora– era su rostro transfigurado por el canto. Parecía a medio camino entre el gozo y el padecimiento. Se notaba que, mientras cantaba, le estaba sucediendo algo importante. La canción de José Alfredo me hacía llorar porque, aunque entonces desconociera qué diablos es tener una novia y perderla, necesitaba condolerme por anticipado de los descalabros amorosos que la vida me tenía reservados.

Cuando entendí que la música es estremecimiento y adivinación, supe que había encontrado mi verdadero tesoro. Me maravilló descubrir de repente que los discos que en la infancia creía ajenos habían sido míos desde siempre.