El número de la corona y el cetro

Perder paga: las mafias de apostadores están transformando el tenis en Colombia

Regresé a un torneo de tenis profesional en Colombia después de ocho años, pero no a competir sino a comprobar los rumores.

por Juan Diego Ramirez
20 Diciembre 2015, 5:36pm

Ilustración por Sara Pachón.



Esta historia hace parte de la edición de diciembre de VICE.

Regresé a un torneo de tenis profesional en Colombia después de ocho años, pero no a competir sino a comprobar los rumores: para algunos jugadores hace un tiempo se volvió más provechoso perder que ganar, gracias a apostadores que los convencen de manipular sus partidos con la promesa de una abundante recompensa.

A los pocos minutos de sentarme en la tribuna la verdad se me reveló. Vi a un tenista que se regañaba a sí mismo en plena cancha y golpeaba la raqueta contra el suelo. Pensé que estaba frustrado por ir abajo en el marcador, pero un miembro de la red de apostadores que me había invitado a conocer su mafia me susurró que el partido estaba arreglado y el malestar era impostado.

El tenis es mucho más que la imagen de Rafael Nadal levantando un trofeo en el Roland Garros. El verdadero tenis es un mundo misterioso que incluye mafias, apuestas, sospechas y uno que otro jugador sancionado de por vida —el austriaco Daniel Koellerer, el serbio David Savic y los italianos Potito Starace y Daniele Bracciali, por nombrar algunos—. De hecho, en 2003, junto a la casa de apuestas Betfair, la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) creó una comisión para analizar juegos sospechosos. Les tomó cuatro años confirmar la peligrosa relación entre deporte y apuestas, cuando el ruso Nikolai Davydenko abandonó un partido de segunda ronda en Sopot por una supuesta lesión. En la página de Betfair el resultado de ese partido movió siete millones de dólares —una cifra sin precedentes—, y el escándalo condujo a la creación de la Unidad de Integridad del Tenis (TIU). Desde entonces aumentaron las investigaciones, los sancionados y también las irregularidades. Por algo la Asociación Europea de Seguridad Deportiva concluyó en un informe publicado en 2013 que el tenis acaparó un 40 % del mercado de las apuestas ilegales, convirtiéndose en el segundo deporte más rentable para esta actividad después del fútbol (48 %).

En mi época de jugador, contemplaba las apuestas en el tenis como una problemática muy lejana de Colombia. Nunca vi algo extraño que me hiciera pensar en lo contrario. Pero este año le escribí a un viejo amigo de ese mundo para saber de su carrera y del ambiente de los torneos en Colombia. La respuesta me sorprendió: "El tema de las apuestas está caliente y es mejor que no se lo cuente por chat. Veámonos". Después de fijar una cita en un restaurante, le pregunté si lo podía entrevistar. Aceptó.

Cuando lo distinguí a lo lejos estaba acompañado de otro jugador colombiano. Nos saludamos y empezamos a hablar mientras caminábamos hacia el restaurante. Era de noche y hacía mucho frío para la época del año. Ambos querían que escribiera sobre las apuestas porque insistían en que las entidades del tenis masculino, la Federación Internacional de Tenis (ITF) y la ATP, también tenían responsabilidad en el tema.

Mi amigo tomó la palabra: "Mucha gente lo está haciendo en Colombia. En todos los torneos (20 al año en el país) es fácil reconocer partidos arreglados. Yo no apuesto, pero él sí (señaló con el dedo), y se lo va a decir todo". Lo miré inquisitivamente y me respondió asintiendo con la cabeza. A cambio de proteger su verdadero nombre, aceptó contarme cómo arregló partidos propios y cómo creó su propia red para seguir ganando dinero con partidos de otros. Lo llamaré Equis.

A Equis lo contactó a principio de año otro jugador colombiano para hablarle del tema y se presentó como una especie de emisario de un gran apostador que se comunica por Facebook a través del perfil de una mujer, aunque en realidad es un italiano que busca ganar plata en las casas de apuestas y hace que los jugadores se lo faciliten. El emisario es solo puente y veedor.

Este año, el italiano identificó que en un partido de Equis podía ganar muchas veces lo apostado si Equis perdía el primer set 6-2, entonces contactó al emisario para que hiciera su trabajo de persuasión. Seis millones de pesos, la recompensa. Más de lo que el campeón del torneo ganaría y mucho más de lo que había ganado en su carrera entera. Equis se enfrentó al dilema de la moral y la necesidad.

Y se identificó entonces como un número más de la desigualdad en su deporte. Según un estudio realizado por el investigador Michael K. Bane, publicado en enero de 2015 por pedido de la ITF, cerca de 2200 jugadores aparecen en el ranking profesional, pero sólo es rentable para un 5 %. De 8800 tenistas que probaron suerte en torneos Futuro, Challenger y ATP, el 45,5 % no llegó a ganar ni un peso y apenas el 1 % se quedó con el 62 % de los premios del circuito.

Los que están dentro de los 160 puestos del ranking mundial pueden clasificar a torneos de la ATP (de categoría 250, 500, 1000 y Grand Slam) y ganar mucho dinero, pero los que están por fuera de ese escalafón deben participar en torneos de la ITF (de categoría Futuro y Challenger), en los que la remuneración es muchísimo más baja. Por eso el tenis es una sociedad ampliamente estratificada con sueldos desiguales.

El primer fin de semana de agosto, por ejemplo, el colombiano Eduardo Struvay se embolsó 2160 dólares por el título de un torneo Futuro en Medellín. Y ese mismo día, el austriaco Dominic Thiem recibió un cheque de 80 000 dólares y el trofeo del ATP 250 en Gastad. Las brechas en el tenis son tan abismales que, según el mismo estudio de Michael K. Bane, el 95 % de los jugadores en el mundo vive para financiar viajes, y no para costear entrenamiento, indumentaria, alimentación y hospedaje, lo que constituye la canasta básica del tenis y que corre por cuenta de los padres o, en casos muy excepcionales, de patrocinadores.

Las apuestas, entonces, se convierten en una forma de supervivencia para los que están más allá del puesto 160 en el escalafón, para los que invierten mínimo 70 millones de pesos al año en la canasta básica y siempre terminan en pérdidas. Para jugadores como Equis, que ese día decidió que perdería 6-2 a propósito. Él sabía que su contrincante era superior, así que en un cambio de lado le mostró dos dedos en señal de que le dejara ganar un par de games y ante la negativa, no completó la misión, el italiano perdió plata y Equis no ganó nada. Pero entró en la mafia del dinero fácil.

En ese mismo torneo volvieron a contactarlo antes de un partido de dobles. La misión suya y de su compañero era ganar el primer set lo más fácil posible. Equis no sólo aceptó sin miedo sino que pensó que podía explotar más la situación: contactó a siete amigos suyos, los convenció de que apostaran y les dijo que estaba dispuesto a perder el segundo set si le daban una comisión. Todo coincidió con lo planeado: recibió dinero del italiano por ganar fácil y de sus amigos por perder a propósito. Aunque al final se le escapó el partido con espontaneidad, se embolsó 3,5 millones de pesos y creó sin mucho esfuerzo su red de siete apostadores.

En casi una hora reunió más dinero que en toda su carrera como tenista y se le ocurrió pensar que con ese sistema por fin podría vivir del tenis. Así que aceptó el siguiente trato en un próximo torneo: perder en cero el segundo set. Un 6-0 paga mucho más, es el santo grial de las apuestas y es el resultado más sospechoso para los supervisores: eso lo sabían muy bien el italiano, el emisario y Equis, que volvió a arriesgarse, que en cancha ganó el primer set y que después, sin explicación, comenzó a fallar.

El periodismo deportivo hubiera hablado de nervios, de inconsistencia mental, de miedo a la victoria. Pero el periodismo deportivo y la afición han ignorado desde hace mucho los porqués de los resultados. Esa tarde, si el rival fallaba, Equis fallaba mucho más, castigaba su raqueta contra el suelo, maldecía contra el viento, se quejaba de dolores. Tenía que volver convincente su repentina debacle con una representación teatral y dramática. Pero en el fondo, tal vez por primera vez en su vida, disfrutaba de la derrota. Perdió en el tercer set y a los días se sintió recompensado con una transferencia internacional de seis millones de pesos.

Esa sería su última vez.

No volvió a apostar en sus partidos luego de que los organizadores de un nuevo torneo citaran a los jugadores a una reunión para advertirles que la ITF había estado reportando marcadores extraños en Colombia. Si descubrían a alguien le prohibirían para siempre la participación en torneos profesionales. En uno de sus partidos, Equis se sintió observado por varios supervisores y pensó que no podía correr tanto riesgo, así que tomó distancia y borró los chats de su celular. Pero necesitaba más dinero y buscó la manera de convertirse en emisario del emisario. Desde entonces sus roles en la mafia cambiaron.

Ese día, en el restaurante, me iba a explicar el nuevo lugar que ocupaba en esta trama de apuestas veladas, pero prefirió invitarme a un torneo que disputaría en unos días para mostrármelo. Antes de despedirse, me pidió que debía ser discreto en las instalaciones del evento, pues los jueces se habían vuelto cada vez más vigilantes. Eso mismo me lo confirmó en otra entrevista un juez de silla. Su nombre es Jorge.

"Es evidente que hay amaños. Por unos pesos de más, son capaces de vender su ética profesional y de ceder un partido. Pero es difícil de controlar", me dijo. En un torneo que arbitró este año, Jorge vio que un jugador empezó a fallar repentinamente tras ganar con facilidad el primer set e informó al supervisor por walkie-talkie. "Esto está muy raro/Bajó el nivel evidentemente/¿Puedes venir a ver?".

El marcador terminó siendo sospechoso, pero no pudieron hacer mucho más que enviar un informe a la ITF por correo electrónico. Hasta ahora ningún tenista colombiano ha sido suspendido: todos los que se han arriesgado siguen impunes. Como Equis. A él lo volví a ver una semana después de la cena, pero esta vez en un club y a la luz del día.

***

Ilustración por Sara Pachón.

Ese lunes, sentados en el rincón oscuro de una cafetería de club, le pregunté si en verdad apostaba por necesidad o por ambición. "Por necesidad", respondió con un tono que no admite réplicas. Luego le pedí que me ilustrara sus nuevos roles en la mafia y comenzó a explicarme cada paso.

El italiano analiza cómo están pagando las apuestas de uno de los torneos que Equis disputa, le dice al emisario el marcador que desea volver realidad y el emisario le cobra un millón de pesos a Equis por esa información. Equis les avisa a sus siete amigos apostadores cómo va a resultar un partido amañado y a cambio les pide el millón para el emisario y un porcentaje de lo que ganen en la casa de apuestas. Un gran porcentaje.

"Este ya es mi trabajo", me dijo Equis con el celular en la mano. "Le ofrezco dinero al emisario, luego contacto jugadores, les digo que arreglemos y después le escribo a mi 'team' (sus siete amigos). Ahora apuesto para ganar plata y juego tenis para divertirme". Después de contarme su historia, Equis me explicó que las apuestas varían incluso durante los partidos, me dijo que de repente paga diez veces más para que uno de sus tenistas contactados falle cuatro veces su servicio en un game.

Cuando identifica esas tendencias, va hasta su cancha y hace una seña con la gorra o con los dedos que ya se sabe lo que significa: "Falla". Es tan organizada la mafia que algunos tenistas juegan con reloj Apple Watch, y no para consultar la hora, sino para ver un mensaje que les indique el momento preciso de cambiar la historia del partido.

Equis me mostró las posibilidades de apuesta durante un encuentro en la aplicación de Bet365. Ingresó a un partido en vivo en un torneo en Europa, me explicó que perder el servicio en 40-0 puede pagar hasta 50 veces, me dijo que todo es cambiante, que todo es más rentable que esperar los premios del torneo. Bajó la pantalla de su celular con el índice y de pronto apareció un mensaje de WhatsApp: "¿Ya arregló?". Era uno de sus siete amigos que necesitaba saber por quién apostar en la jornada.

Como su amigo, muchos en el mundo viven de las apuestas amañadas en el deporte, un fenómeno que ha cambiado por completo la naturaleza de algunos: el tenista ya no se emociona por ganar sino por actuar para conseguir más dinero, y los apostadores dejaron de sentir nervios de invertir en el azar porque ya saben el futuro. Ya todo dejó de ser una ilusión, ya un jugador inocente no puede jactarse con seguridad de una victoria ni un apostador legal de un acierto, porque tal vez todo haya sido producto de la manipulación.

Ya pocos resultados son confiables en el tenis. "Conozco a un jugador que se quedó sin un peso y le tocó apostar un tiempo para poder financiarse, pero también sé de varios que lo hacen por pura ambición", me cuenta una entrenadora. Un colega de ella me da su propia versión: "Una vez me escribió alguien que estuvo en el Top 100 para decirme que había perdido en sencillos y no quería ganar en dobles, pues quería regresar a casa. Me dijo que iba a perder en dos sets por si quería apostar". Todos saben del tema pero incluso los que lo repudian prefieren quedarse callados.

Equis debía empezar a hablar con otros jugadores. Debía empezar a trabajar, pero me dijo que siguiéramos en ese rincón oscuro de la cafetería. Quería mostrarme sus métodos. Revisó su entorno, se percató de no ver cerca a los árbitros ni a los organizadores del torneo, y llamó con un grito seco a un extranjero que vive de apostar su derrota. El extranjero se aproximó, me saludó levantando las cejas y se sentó. Tal vez creía que yo era otro apostador. Equis no habló muy duro, pero se hizo entender.

"—¿Qué hay para hoy?

—¿Qué quieres hacer?

—6-0 el segundo set.

—Si concreto algo, te digo.

—OK."

El extranjero se fue a calentar antes de su partido y nosotros nos levantamos a ver otros enfrentamientos. Queríamos identificar alguno amañado. Pero la jornada transcurrió con tranquilidad. Nos lo confirmó el emisario, que apareció en la escena con gafas de colores y una sonrisa socarrona. Lucía como un tenista cualquiera, pero en realidad era el titiritero, con el poder de cambiar el rumbo del torneo.

Jugaba al día siguiente, pero debía entrenar y, en especial, revisar cómo resultaba el partido del extranjero que se estaba disputando. Nos dijo que acordó un marcador el día anterior, que tal vez iba a haber un 6-0, pero no especificó en cuál set, porque sabía que Equis movilizaría a sus siete apostadores hacia un marcador seguro. Esa información cuesta un millón de pesos.

"Es como un juego de póker. Yo le pago para que me deje ver", me dice Equis después de separarnos del emisario. Al ver en la aplicación de Bet365 que el partido del extranjero no paga demasiado, decide reservarse el millón para una próxima ocasión. Minutos después, vemos a lo lejos el resultado en la cancha del extranjero: cayó 6-0, 6-1. Qué paliza, dirán unos. Qué sospechoso, dirán otros. Equis ha dejado de ganar dinero hoy, tal vez, pero quedan cinco jornadas más del torneo.

Llega el momento de despedirnos, pero solo me queda una duda. ¿Qué lo impulsa? ¿En serio es verdadera necesidad o es ambición lo que motiva a Equis? Antes de estrechar su mano, se lo pregunto de nuevo: "—Si se pudiera vivir del tenis..., si pagaran lo justo..., ¿seguiría apostando?".

Se lo queda pensando un momento. Ahora dice que no tiene idea y se encoge de hombros. Se despide con una sonrisa que interpreto como un sí. Aunque, quién sabe, ya todo en el tenis es más incierto que antes.