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Cultura

Hablamos con Mei, una mujer trans argentina que quiso ser china

Encontrar una identidad no es tarea fácil: Mei pasó de ser dark a incorporar costumbres orientales en su cotidianidad.

por Imanol Subiela
06 Marzo 2018, 10:01pm

Foto por Javier Ottone

Artículo publicado en VICE Argentina

Hace algunos años se popularizó en China la blefaroplastia, una cirugía estética que tiene como finalidad modificar el tamaño de los ojos para que parezcan occidentales. Sin embargo, de este lado del mundo, más precisamente en el conurbano bonaerense, Mei Li Galván trata de ser y parecer lo más china posible. Ella es una mujer trans de cuarenta y siete años que desde el 2001 empezó a vestirse y a vivir de una manera oriental: sólo usa ropa china y modificó su casa prefabricada en Lomas de Zamora para que parezca, valga la redundancia, una casa china.

VICE: ¿Cómo llegaste a lo chino?

Mei Li Galvan: Un día mirando un documental noté que las casas prefabricadas, como la mía, eran un invento chino y ahí dije: listo, me hago china.

¿Tan rápido lo decidiste?

No, bebé, para nada. Cuando empecé con la búsqueda de mi identidad casi me hago hindú, yo quería otra cosa para mi que no tuviera que ver con la noche y los excesos porque salía mucho en ese momento y lo hindú, viste, tiene toda esa onda de la espiritualidad.

Pero al final no te hiciste hindú...

No. Después de observar esa onda, miro también la onda de Grecia y miro la onda de Egipto.

¿A qué te referís con “miro”?

A que investigaba esos estilos antiguos porque quería hacer algo diferente de las otras trans, algo cultural, algo que no hiciera nadie.

Foto por Javier Ottone

Es real que Mei investigó muchos estilos antes de hacerse china. A finales de los noventa, ella fue dark (antes de ser dark era como Madonna: se vestía y se veía igual que la reina del pop). En ese entonces fue cuando convirtió su casa en una pequeña catacumba: tenía su casa con telarañas, calaveras y siempre a oscuras.

"Nunca fui depresiva pero me divertía esa imagen y los grupos dark tipo The Cure, recuerda Mei. Me gustaba la estética del negro porque me parece elegante, para mi la elegancia es saber combinar las cosas y estar bien vestida" —dice mientras se acomoda la casaca china que tiene puesta, rosa con flores blancas bordadas—, por debajo tiene una falda azul oscuro con florecitas, un pantalón del mismo color que tiene letras chinas bordadas y unas getas: esas sandalias orientales de madera.


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¿Cuándo eras dark ya te trasvestías?

Un poco sí, pero empecé a trasvestirme de verdad a los veintisiete, después de que falleció mi mamá, porque ella me reprimía un poco: me decía que mi papá me iba a echar si se enteraba de que yo quería ser mujer.

Foto por Javier Ottone

Finalmente su mamá murió y Mei se fue de vacaciones con una pareja gay amiga. Con ellos se compró sus primeras prendas de mujer: varios vestidos, cortos y largos. Se pasó todo el viaje vistiendo eso y cuando volvió a su casa no quería saber más nada sobre volver a usar pantalones. Atrás quedó el dark y la ropa negra, entonces llegaron los vestidos y luego los kimonos.

"Volví de ese viaje cambiadísima, y agarré a mi papá para decirle todo lo que me pasaba. Nos sentamos a tomar mate y le digo: me gustan los hombres, me siento mujer y bla bla bla. Él me respondió: 'yo siempre lo supe y se lo decía a tu mamá pero ella me decía que no, que nada que ver'. Mi viejo lo conoció todo todo, allá en los sesenta cuando salía, porque él se movía en el mundo de la cultura y por eso me aceptó".


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Mei para de hablar. Se escucha su nombre: ¡Meeei! —grita su papá desde el patio—. Su padre es bajito, tiene barba y el pelo enrulado hasta los hombros.

¿¡Qué pasa!? —grita ella.

¡Vení a refrescarte! —dice el padre, que tiene un traje de baño negro y está en la piscina que separa su casa de la de su hija—.

¡No puedo, estoy con visita! —grita, otra vez Mei—.

El papá de Mei tiene un estudio de grabación adentro de su casa. Es músico, pero ahora se dedica a producir y grabar. Suele grabarle los singles a las bandas de cumbia que forman los muchachos del barrio.

Foto por Javier Ottone

La comunidad china en Argentina es de 120.000 habitantes, según los datos del último censo nacional. Buenos Aires tiene un barrio chino, supermercados y tiendas del mismo origen por toda la ciudad. Mientras los chinos que viven en oriente se operan los ojos para parecer occidentales, los que viven en Argentina cambian su identidad: la hija de la china que atiende el supermercado cerca de mi casa se llama Helena desde que vive acá, pero antes se llamaba Xiaoyan, y el chino que atiende en el que está cerca de la casa de Mei se llamaba Chen pero ahora se llama Sergio.

Mei tardó diez años en encontrar su nombre. Cuando decidió ser trans y china todo el mundo la llamaba así: la China. Recién en 2011, a sus cuarenta años, decidió que se iba a llamar Mei Li, que significa hermosa, según me explicó.


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En Argentina la Ley de Identidad de Género fue sancionada en 2012, esta le permite a cualquier persona tener un documento con el género con el que se identifique. Mei logró tenerlo un año antes gracias a varios recursos de amparo que presentó ante el Estado.

¿Cómo te hacías llamar antes de ser Mei Li? Ya llevabas varios años como trans...

No existía un nombre, no lo había encontrado para mi porque cuando era como Madonna me decían Mado o Mady. Después todo el mundo me decía “nena, nena”. A veces uso como pseudónimo Romina.

Entonces hasta que tu profesora de chino no te sugirió un nombre no habías pensado en ninguno...

Antes del nombre que tengo había pensado en Isabela o Leia (por la princesa) porque yo siempre fui fanática de Star Wars, desde los seis años, pero al final me puse Mei Li, que además es un nombre muy típico de China. Tener este documento es de lo más importante que me pasó porque era un sueño para mi, es más importante que una operación de culo o de tetas.

Foto por Javier Ottone

En vez de poner una tienda o un supermercado, Mei abrió una peluquería. El local se llama “Peluquería china”.

Fue peluquera en el noventa y cuatro, después de descartar la carrera de diseño de indumentaria porque era muy cara. Desde ese año trabaja de eso, antes, durante su adolescencia, trabajó en una fábrica de vasos de vidrio: iba los sábados y los domingos a revisar que los vasos no estuvieran rayados o rotos. Duró un mes ahí.

Mei tuvo una época de oro como peluquera: llegó a tener dos locales y también un salón de masajes y estética. Ahora sólo se quedó con una sola peluquería. “Terminaba agotada”, recuerda.

¿Y en la pelu haces cortes chinos o algo que sea típico de allá?

No, nada. Hago lo que se hace en cualquier pelu o lo que me piden los clientes.

La casa de Mei está ubicada atrás de la de su papá, en el mismo terreno. En el living tiene una mesita ratona con dos almohadones rojos que tienen letras chinas estampadas en negro, varias lámparas colgadas del techo —las que son esferas de papel—, una fuente de agua en cada esquina, un jarrón chino, una estatua de una geisha, dos gorros colgados del techo de esos que son de caña tejida, circulares y en forma de un cono, y en lugar de cortinas tiene esterillas de madera en todas las ventanas. Pero lo más impactante es una estatua grande de buda en frente a la puerta de entrada, con unas velas y gatitos de la fortuna. Al lado de buda hay un pequeño altar con un San Cayetano. Que no falte el trabajo, mientras se busca llegar al nirvana.

Foto por Javier Ottone

Mei modificó la pared que divide el living del comedor: en vez de poner un puerta mandó a tirar una parte de la pared para que quede una circunferencia, así la casa parece más oriental. Lo mismo hizo con la pared por la que se entra al patio, además en el fondo mandó a construir algo así como una glorieta china. Usa el espacio para tomar mate o meditar.

Le pregunto a Mei que si quiere viajar a China, a conocer. Dice que sí, pero que no está desesperada porque a ella le gusta la onda china de los siglos XVIII y XIX, que su casa y su ropa tienen el estilo de esa época, pero que esa onda, según ella, ya no existe más.

Este artículo apareció originalmente en VICE MX.