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Mi populismo

Carolina Sanín sostiene que la mejor fábula política, el mejor texto que puede darnos luces sobre la actualidad nacional, es "Los funerales de la Mamá Grande", de Gabriel García Márquez.

por Carolina Sanín
09 Marzo 2018, 5:10pm

Sanín subraya apartes del cuento de García Márquez para leer en conjunto su interpretación de él. | Montaje: VICE Colombia. | VICE Colombia. 

Quizá la fábula política más explícita que escribió Gabriel García Márquez es el cuento “Los funerales de la Mamá Grande”. Comienza con este llamado: “Esta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años…”. Los subrayados de ese pasaje y de los que citaré a continuación son míos. En lugar de interpretarlos, y en lugar de compararlos oficiosa o inoficiosamente con la actualidad nacional, los transcribo para invitar al lector a que los lea a mi lado, por encima de mi hombro. Creo que un comentario más extenso que el que haré sería superfluo.

En el cuento se dice que la Mamá Grande “había cercado su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, dentro de la cual los tíos se casaban con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que convirtió la procreación en un círculo vicioso… Al margen de la familia oficial, y en ejercicio del derecho de pernada, los varones habían fecundado hatos, veredas y caseríos con toda una descendencia bastarda, que circulaba entre la servidumbre sin apellidos a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande… Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que colmaba dos siglos… Nadie conocía el origen, ni los límites, ni el valor real del patrimonio, pero todo el mundo se había acostumbrado a creer que la Mamá Grande era dueña de las aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del telégrafo, los años bisiestos y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vidas y haciendas A nadie se le había ocurrido pensar que la Mamá Grande fuera mortal…”.

Cuando los habitantes de la región que ella domina tienen noticia de que la anciana Mamá Grande está por morir, se congregan. “Cuando salió el sol, la placita frente a la casa de la Mamá Grande parecía una feria rural”. Mientras tanto, dentro de la casa, la Mamá Grande “dictó al notario la lista de sus propiedades, fuente suprema y única de su grandeza y autoridad. Reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. Todos los años, en vísperas de su onomástico, la Mamá Grande ejercía el único acto de dominio que había impedido el regreso de las tierras al Estado: el cobro de los arrendamientos. Sentada en el corredor interior de su casa, ella recibía personalmente el pago del derecho de habitar en sus tierras, como durante más de un siglo lo recibieron sus antepasados de los antepasados de los arrendatarios. Pasados los tres días de la recolección, el patio estaba atiborrado de cerdos, pavos y gallinas, y de los diezmos y primicias sobre los frutos de la tierra que se depositaban allí en calidad de regalo. En realidad, era la única cosecha que jamás recogió la familia en un territorio muerto desde sus orígenes, calculado a primera vista en 100.000 hectáreas…. todo el que habitara una casa no tenía más derecho de propiedad que el que le correspondía sobre los materiales, pues la tierra pertenecía a la Mamá Grande y a ella se pagaba el alquiler, como tenía que pagarlo el gobierno por el uso que los ciudadanos hacían de las calles”.

Después de que la Mamá Grande enumera durante tres horas sus bienes materiales, y después que se confiesa y comulga, y cuando estampa su “firma balbuciente” en la lista de sus propiedades, “un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos”.

Sigue entonces en el cuento un párrafo que, al cabo de las varias lecturas que he hecho del cuento, me ha quedado subrayado con triple línea y todo tachonado de asteriscos y de exclamaciones: la lista de los lugares comunes, de las frases hechas, de los conceptos vacíos, de los términos del discurso mediático, de las mentiras, de cuanto repetimos sin saber qué significa, de lo vaciado de sentido, de nuestras carajadas o de lo que hemos convertido en carajadas, de cuanto supuestamente estamos obligados a mencionar o a comentar o a reverenciar, con flema o con falsa piedad, sin saber qué es ni para qué sirve, ni si nos merece respeto o no, ni si nos mueve o nos conmueve o nada; de lo que no existe y nos acostumbramos a creer que existe —y nos destruimos unos a otros pensando que existe—; de las coordenadas de nuestra ensalzada mediocridad; de todo lo que repetimos sin examen, sin risa, sin saber y sin crítica:

“Haciendo un esfuerzo supremo —el mismo que hicieron sus ancestros antes de morir para asegurar el predominio de su especie— la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible: La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las elecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del Estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión”.

La Mamá Grande “no alcanzó a terminar”. (A la lista yo añadiría hoy: “el peligro de la polarización, la necesidad del consenso nacional, la paz sin impunidad, el final de todos los conflictos, los riesgos de los extremos, la conveniencia del centro, la moderación recomendada, el mal administrador, el papel de la mujer, el político mal rodeado, la protección de la familia” y otras muchas gazmoñerías, incluso esa de la “actualidad nacional”, que yo misma uso en el primer párrafo de este texto). Sigue García Márquez: “Ahogándose en el maremágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo y expiró”.

El cuento de “los funerales de la Mamá Grande” no es solamente el de la soprendente y aliviadora muerte de la Mamá Grande, ni el de su identidad o desidentidad, sino también el de la fiesta de sus funerales, a los que asiste el papa y por los que el presidente de la República decreta nueve días de duelo nacional y rinde honores póstumos a la Mamá Grande “en calidad de heroína muerta por la patria”. El papa y el presidente y el “blablablá histórico” continúan después de la muerte de la matrona que “durante muchos años… había garantizado la paz social y la concordia política de su imperio, en virtud de los tres baúles de cédulas electorales falsas que formaban parte de su patrimonio secreto” y que “era la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe”, y los herederos se disponen a repartirse la casa.

De alguna manera, todo —Macondo— sigue igual porque todo —Macondo— está bajo un orden mayor que el impuesto por la Mamá Grande. Todos vuelven a su lugar después de los funerales: “los gaiteros de San Jacinto, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca”, y todos vuelven a ocupar sus autoridades: “el presidente de la República y sus ministros y todos aquellos que representaron al poder público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales históricos”. Los funerales de la Mamá Grande dejan atrás sobre todo una estela de basura (“es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas, trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro”, dice el narrador, que hace el recuento tras el final de los funerales), pero, tras la muerte de la Mama Grande, podrían “las muchedumbres colgar sus toldos según su leal modo de saber y entender en los desmesurados dominios de la Mamá Grande, porque la única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo”.

Todo puede seguir más o menos igual. Todo puede mejorar. Todo puede también empeorar. Hay quienes ni confiamos ni desconfiamos de una determinada opción política, pero que optamos por ella porque queremos asistir a ese día en el que entierren a la Mamá Grande y queremos oír aquel “estruendoso suspiro de descanso que exhalaron las muchedumbres cuando se cumplieron los catorce días de plegarias, exaltaciones y ditirambos, y la tumba fue sellada con una plataforma de plomo”, pues “Algunos de los allí presentes dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimiento de una nueva época”, y queremos ver, “en espera del momento supremo”, en un mismo lugar —por una vez convertido en espacio público—, a “las lavanderas del San Jorge, los pescadores de perla del Cabo de Vela, los atarrayeros de Ciénaga, los camaroneros de Tasajera, los brujos de la Mojana, los salineros de Manaure, los acordeoneros de Valledupar, los chalanes de Ayapel, los papayeros de San Pelayo, los mamadores de gallo de La Cueva, los improvisadores de las Sabanas de Bolívar, los camajanes de Rebolo, los bogas del Magdalena, los tinterillos de Mompox… y muchos otros. Hasta los veteranos del coronel Aureliano Buendía —el duque de Marlborough a la cabeza—… y las reinas nacionales de todas las cosas habidas y por haber… por primera vez desprovistas del esplendor terrenal, allí pasaron, precedidas de la reina universal, la reina del mango de hilacha, la reina de la auyama verde, la reina del guineo manzano, la reina de la yuca harinosa, la reina de la guayaba perulera, la reina del coco de agua, la reina del fríjol de cabecita negra, la reina de 426 kilómetros de sartales de huevos de iguana, y todas las que se omiten por no hacer interminables estas crónicas”.

Queremos ver esa feria rural, ver juntas a todas esas reinas y reyes de lo visible, esa reunión de la realidad, y queremos contarla, como el narrador del cuento, “antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores”.

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