Salir a caminar
Foto: Daniela Echeverri | VICE Colombia
EL NÚMERO DE TOMARSE LA SOPITA

Salir a caminar

FICCIÓN | El autor Daniel Villabón hace su debut en la nueva edición de la revista VICE, 'El número de tomarse la sopita'.
18 Julio 2017, 5:24pm

Este cuento fue publicado en la edición de julio de 2017 de la revista VICE. Para ver todos los contenidos de la publicación, haga clic aquí.

Descuelgo el abrigo del perchero, me lo pongo, camino hacia la puerta. Cecilia está sentada en el sofá, con la blusa y el sostén desabrochados, amamantando al bebé. Le digo que quiero salir a caminar. Ella, abnegada en su deber de lactancia, no dice nada. Sus senos colmados de leche son como dos inmensos globos aerostáticos que me aprisionan contra las paredes y me cortan la respiración. Cecilia debe entender que aunque esta noche me apetezca salir a caminar, no he dejado de quererla. En un rato regresaré, repararé al bebé en la cuna, contemplaré por unos instantes su sosegada respiración mientras dormita y después, sin encender la luz, sin propiciar ningún ruido que pueda despertarla, iré a acostarme junto a ella. ¿Es una aberración que esta noche quiera salir a caminar? Mucha gente lo hace y yo, aunque nunca lo haga, también puedo hacerlo. Conozco muy bien a Cecilia, por lo que sé que ahora debe pensar que deseo estar lejos de ella porque sus senos están a punto de reventar o porque, después del parto, la piel de su vientre ha estado cuarteándose como un pellejo conservado por el sol. Hace algunas noches, antes de acostarnos, se indispuso porque no dejé mis zapatos junto a los suyos debajo de nuestra cama. Debió suponer que con ese acto involuntario de dejar nuestro calzado separado, yo estaba fijando los términos de nuestro inminente divorcio. Después de dar a luz a nuestro primer hijo, a mi mujer la embarga cierta sensibilidad paranoide.

Quiero dar un paseo nocturno por el barrio, eso es todo. Voy bien abrigado. Con las manos en los bolsillos del pantalón, avanzo paso tras paso, sin ninguna prisa. Una nutrida bandada de personas que regresan de sus trabajos pasa junto a mí en dirección contraria. Por estar por fuera del patrón, por no estar regresando extenuado a casa del trabajo (hace dos meses me despidieron), algunas me observan con desconfianza, como si huyera después de registrar y robar en sus casas. Otras, sin explicación alguna, me sonríen. Yo no les devuelvo la sonrisa. ¿Por qué tendría que hacerlo? Continúo caminando. Es una noche con demasiada brisa. Escucho los desesperados ladridos de algún perro callejero. No me alejaré mucho de casa. Sólo quiero caminar. ¿Es una aberración que esta noche quiera caminar?

Al cabo, cuando ya no quiero caminar más (me transpiran las axilas), me doy vuelta y respiro profundo antes de emprender el regreso a casa. Frente a la fotografía del día que nos casamos que cuelga enmarcada de una pared en la sala, Cecilia debe estar al borde de un colapso nervioso por mi inexplicable y prolongada ausencia. Aunque nunca lo haga, mi acto de salir a caminar esta noche no contiene ningún indicio fatídico. No regresaré, escribiré una nota suicida y me colgaré de una viga. Tampoco asfixiaré a mi hijo de tres meses con una almohada, ni le abriré un tajo en el cuello a mi mujer con el cuchillo de partir el pan. Sólo deseaba caminar, eso es todo. Y ya lo hice. Así que hago el mismo recorrido de regreso a casa. Pronto caerá la medianoche y el trayecto de vuelta lo hago con más prisa. Desando varias cuadras. Paso junto a un edificio residencial y de pronto escucho que alguien, por el citófono, pronuncia mi nombre. Me detengo. Escucho con más atención. Es la voz de un hombre. Vuelve a pronunciar mi nombre completo. Me vuelvo, extrañado. Aunque pronto será medianoche y puede ser peligroso estar por fuera de casa (en esta ciudad la inseguridad es cuento de nunca acabar), voy y pego la boca al aparato. Pregunto que si tiene algún problema, que si necesita ayuda.


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— Lo estamos esperando —dice.
— ¿Por qué sabe mi nombre? —pregunto.
— Debe subir. Lo estamos esperando.

La puerta principal del edificio emite un chasquido. El hombre, allá arriba, ha accionado el mecanismo para abrirla. Dejamos la casa de mis suegros y nos vinimos a vivir a este barrio hace ocho meses, cuando Cecilia estaba por el cuarto mes de embarazo. Pese al tiempo que ha transcurrido, no nos hemos interesado por hacer amigos. Es extraño que alguien aquí sepa nuestros nombres completos.

— Tiene que subir —vuelve a decir la voz por el citófono. —No debe hacernos esperar.
No ingreso a la edificación. Levanto la mirada y veo que a excepción de las luces de la cuarta planta, el edificio está sumido en las tinieblas. El hombre que sabe mi nombre vive en aquel piso. Sólo salí a dar un paseo nocturno. No voy a entrar. Puede ser peligroso. ¿Por qué el hombre no enseña su rostro asomándose por la ventana? En el interior, en la cuarta planta, puede funcionar un lugar clandestino de descuartizamiento. Algún enemigo mío del pasado pudo pagar para que me descuartizaran y arrojaran las partes seccionadas en un terreno baldío. La puerta está entornada. Estoy decidido a no entrar, pero escucho que el hombre vuelve a hablar:

— Lo estamos esperando.

Ha estado hablando en plural. Lo que quiere decir —claro— que además de él, otras personas están aguardando que ingrese al edificio. ¿Por qué demonios me están esperando? Debe tratarse de una equivocación. Vuelvo a pegar la boca al aparato.

— Es una equivocación —digo.
— Tiene que subir —insiste el hombre por el citófono.
— ¿No me ha escuchado? Creo que se trata de una equivocación.
— Lo estamos esperando.

Continúo parado. Solo salí a dar un paseo nocturno, eso es todo. Vuelvo a escuchar el desesperado ladrido de un perro callejero. En una noche cualquiera en la que no hubiera obedecido el impulso de salir a caminar, ya me habría lavado los dientes y en estos momentos estaría debajo de las cobijas junto a Cecilia, quizá haciendo el amor. Sin embargo, sin saber muy bien qué me impulsa a hacerlo, alargo la mano y empujo la puerta. Es un austero edificio de seis plantas. No tiene recepcionista ni guarda que inspeccione quién entra ni quién sale. Todo está a media luz, como si una falla eléctrica impidiera a las bombillas alumbrar con toda su capacidad. Tampoco hay ascensor. Veo las escaleras al fondo. Me encamino hacia ellas. Todavía estoy a tiempo de dar media vuelta y regresar a casa, pero ya estoy subiendo, escalón por escalón. Al cabo alcanzo el segundo piso. No escucho ningún ruido doméstico de algún residente. ¿Cuánto hace que construyeron este edificio? Continúo subiendo. Voy deslizando las manos por las paredes en busca de algún interruptor con el que pueda rasgar esta oscuridad la cual se hace más densa que casi la puedo tocar. No encuentro ninguno. Alcanzo el tercer piso. Cecilia debe estar al borde de un colapso nervioso porque todavía no he regresado de mi repentina caminata nocturna. El hombre me habló por citófono desde la cuarta planta. Solo falta un tramo de las escaleras para llegar. Sigo subiendo. Al fin llego. Me tiemblan las piernas, me falta la respiración. Mientras recupero el resuello, veo que más allá, en uno de los apartamentos, abren la puerta.

— Lo hemos estado esperando —escucho que, desde adentro, vuelve a decir el hombre que me habló por el citófono. —Ahora es su turno.

¿Ahora es mi turno? ¿Turno para qué? Esto cada vez resulta más absurdo. Continúo parado, sin dar un paso. Una luz débil y opalina sale del interior de apartamento, como la discreta luz de un burdel.
— Debe darse prisa. Es su turno —dice el hombre de quien no conozco nada más que su voz grave, como de locutor.

En una noche cualquiera en la que no hubiera obedecido el impulso de salir a caminar, ya me habría lavado los dientes y en estos momentos estaría debajo de las cobijas junto a Cecilia, quizá haciendo el amor

Me encamino hacia la puerta abierta. Mientras avanzo, pienso en la mueca de espanto que hará Cecilia cuando, después de algunas semanas, reciba la llamada de la policía para informarle que la pierna y el brazo que han encontrado en el interior de bolsas plásticas abandonadas en un terreno baldío corresponden a miembros en descomposición de su esposo desaparecido. Ya estoy frente al apartamento. Es el 403. Sin atreverme a ingresar, veo que en el vestíbulo, sentado frente a una pequeña mesa metálica, esperando paciente, está el hombre por el que esta noche estoy aquí, en el interior de este herrumbroso edificio, y no junto a mi familia. El hombre debe tener unos cincuenta años, quizá algo más. Está bien vestido, como si estuviera a punto de salir rumbo a una velada nocturna. Su peinado luce cierto refinamiento. Sobre la mesa metálica hay un revólver y un montón de billetes esparcidos. Después de observarme por unos instantes, el hombre agarra el arma, extrae el cilindro, mete una bala que saca del bolsillo de la camisa, lo hace girar, lo vuelve a meter. Luego alarga la mano y me lo brinda.

— Solo una bala —dice.

Horrorizado, me percato que en el suelo, casi oculto tras la mesa, yace un hombre con el cráneo deshecho. Una laguna de sangre delinea el cadáver.

— Él ya jugó. Solo quedamos usted y yo —dice el hombre.

Me estaban esperando, el muerto y él. Alarga la mano con el revólver. Continúo parado, sin atreverme a ingresar, espantado. No puedo quitar la mirada del hombre que yace en el suelo, detrás de la mesa metálica. ¡De qué se trata todo esto! Me tiemblan las piernas. Esta noche solo he querido salir a caminar, eso es todo. Quiero dar media vuelta y salir corriendo de este lugar, pero, sin saber muy bien por qué lo hago, ya estoy en el interior del apartamento, frente al hombre, tomando el arma. Nunca antes he tenido un revólver en mis manos. Es pesado y ligero a la vez. Ya he oído hablar de este juego. Lo he visto en televisión.

— Tiene que sentarse, para que pueda jugar mejor —me indica el hombre.

Sorteo la sangre y el cadáver y me siento frente a él, que no me quita los ojos de encima. Observo el arma que sostengo en las manos. Parece un arma de colección. Sobre la mesa hay mucha plata esparcida. Tiene que ser millones. Quien resulte ganador se quedará con el dinero (si él resulta ganador, claro, seguirá conservándolo). Es la recompensa por correr con suerte, por seguir vivo. Mientras me decido a jugar, pienso que no es por casualidad que ahora yo esté aquí. Él me ha escogido con antelación, igual que al hombre muerto en el suelo, por eso sabe cómo me llamo. ¿Qué más sabe de mí? ¿Sabe que esta noche solo he querido salir a caminar? ¿Sabe que tengo un hijo recién nacido y una esposa que se volvió paranoica después de dar a luz? ¿Sabe que me despidieron del trabajo? Ya he escuchado hablar de este juego, pero no sé dónde debo poner el cañón del revólver. Elijo la sien, como lo he visto en televisión.


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El temblor de mi cuerpo se concentra en la mano que sostiene el arma. Antes de jugar, veo que el hombre sonríe y me enseña su dentadura reluciente, bien alineada. Está seguro de su suerte. Esta noche ya ganó una vez. Cierro los ojos. Aprieto el gatillo.

Escucho un leve chasquido. Vuelvo a abrir los ojos. Todavía estoy de éste lado. Respiro profundo. No aparto el cañón del revólver. Esta vez no se ha disparado, pero lo sigo apretando contra mi sien. Sonrío, aliviado. El hombre también sonríe.

— Muy bien —dice.

Aparto el arma de mi cabeza. La descargo sobre la mesa, encima de los billetes esparcidos. Deprisa, como si se tratara de un juego a contrarreloj, el hombre alarga la mano, levanta el revólver. Sin reparos, abre la boca, se introduce el extremo del cañón hasta el fondo y presiona el gatillo, pero esta vez tampoco se dispara. Lo deja en la mesa.

— Su turno, otra vez —vuelve a decir.

Antes de volver a agarrar el arma, bajo la mirada y veo el cadáver. Me pregunto si también esta noche, antes de volarse la cabeza, el hombre solo quiso salir a caminar. Mientras aguarda a que ejecute mi turno, mi rival enciende un cigarrillo. Se lo fuma. Me ofrece unas pitadas. Yo deniego con un movimiento de cabeza. Levanto el revólver de la mesa. De nuevo me apunto en la sien. Me tiembla la mano. Respiro profundo. Esta vez no cierro los ojos porque aparto el arma, alargo la mano, aprieto el gatillo.


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Resisto el retroceso del arma, pero la detonación me aturde. Sin que el hombre pueda hacer nada, la única bala sale del revólver y, atravesándole la frente, se incrusta en su cabeza. En su último respiro, con el cigarrillo encajado en los labios, se echa para atrás en la silla y cae al suelo con un estrépito espantoso. Tengo buen tino, al parecer. La mano con el arma me sigue temblando. Ha quedado una nube de humo flotando en el aire. Esa bala estaba destinada para mí. Pobre hombre.

Paralizado, veo cómo la sangre que brota del orificio en su cabeza empieza a delinear su cadáver. Me silban los oídos. Nunca antes había disparado un arma. Antes de que algún vecino dé aviso a la policía porque esta noche ha estado escuchando disparos, descargo el revólver en la mesa. Me incorporo de la silla. Recojo todo el dinero esparcido y me lo guardo en los bolsillos. Algunos billetes caen al suelo, pero ya no tengo tiempo de recogerlos. Observo por unos instantes a los dos hombres que yacen en el suelo con una bala incrustada en la cabeza. Los dos corrieron con mala suerte, cada uno a su manera. Pobres hombres. Doy media vuelta y me encamino hacia la puerta. Mientras voy bajando deprisa por las escaleras en penumbra, pienso que debo llevar el revólver conmigo. Mis huellas quedaron en la empuñadura. Ya no puedo devolverme por él. Continúo bajando. Salgo del edificio. Cecilia debe estar al borde de un colapso nervioso por mi inexplicable y prolongada ausencia esta noche.