"Quien espera desespera", un relato sobre la ansiedad de esperar al dealer

El autor Marc Caellas lanza su nuevo libro 'Drogotá: una capital divinamente'. En exclusiva, tenemos un fragmento.

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15 Agosto 2017, 8:14pm

La ansiedad producida por las drogas no se da solo al consumirla. Muchos han padecido de nervios y tembladera esperando a su dealer o intentando mantenerse abstemios por unos cuantos meses, días u horas. En ocasiones, la espera puede ser un infierno estéril que no permite ni la lectura, ni el ocio. A veces, ni siquiera permite la masturbación.

Pero, tal vez, el autor barcelonés Marc Caellas pueda explicar esta sensación mejor que nosotros. En su nuevo libro, Drogotá: una capital divinamente, Caellas explora el tema de la adicción en Bogotá. Con un enfoque de outsider, de extranjero, el autor logra dar impresiones frescas frente a los vicios que aquejan a la capital colombiana, e incluyen desde los más obvios (como las drogas), hasta los más insospechados.

Caellas, además de colaborar para medios como El Malpensante, Arcadia y Cartel Urbano, es director de teatro, escritor y gestor cultural. Drogotá es la tercera entrega de una serie de ciudades en las que Caellas ha vivido y sobre las que ha escrito: Carcelona de 2011 y Caracaos de 2015.

El siguiente fragmento es una "apropiación drogotana y periquera de un fragmento de La broma infinita, de David Foster Wallace", escribe Caellas.


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Quien espera desespera

Dónde está la mujer que dijo que vendría. Porque dijo que vendría. Ya tendría que haber llegado. Siéntate y piensa. No puedes usar el teléfono para llamar a la mujer que prometió venir porque, si ocupas la línea y da la casualidad de que ella te intenta llamar, temes que al oír la señal de comunicando ella pierda el interés y se enfade y tal vez le lleve lo prometido a otro.

Te prometió conseguirte un poco menos de un cuarto de kilo de marihuana, unos doscientos gramos de hierba especialmente buena, recién llegada de Santa Marta, por doscientos cincuenta mil pesos. Ya has intentado dejar de fumar marihuana unas setenta u ochenta veces. Antes de conocer a esta mujer. Ella no sabe que trataste de dejar de fumar. Siempre aguantas una o dos semanas, o tal vez dos días, y luego te lo piensas y decides tener un poco en casa para una última vez. Para esa última vez buscas a un dealer nuevo, alguien a quien no contaste que tienes que dejar de fumar bareta y al que pides, por favor, que bajo ninguna circunstancia te vuelva a vender mercancía. Tiene que ser alguien nuevo porque ya les fuiste con la misma habladera de paja a todos los proveedores conocidos. Y ese nuevo proveedor tiene que ser alguien completamente desconocido porque, cada vez que compras un poco, tú sabes que esa es la última vez, de modo que le pides, le ruegas, como un favor, que nunca más te proporcione nada de nada. Y jamás se lo pides a alguien a quien ya se lo pediste porque tienes tu orgullo y, en el fondo, eres buena persona y no quieres poner a nadie en un compromiso.

Empiezas a disgustarte contigo mismo por esperar con tanta impaciencia la prometida llegada de algo que, de cualquier modo, dejó ya de ser divertido. Te reseca la boca y te enrojece los ojos y te demacra la cara, algo que odias.

Tienes una tendencia a decir casi siempre que compras sobre todo para los amigos. Entonces, si la mujer no lo tiene para cuando te dijo que lo tendría y empiezas a ponerte ansioso, siempre le puedes decir que los que se ponen ansiosos son tus amigos y que lamentas tener que molestarla por una minucia semejante, pero es que tus amigos están ansiosos y te molestan, y tú solo quieres saber qué les puedes decir. Estás entre dos fuegos, así es como lo expresas. Puedes decir que tus amigos te entregaron el dinero y que ahora están ansiosos y te presionan, llamándote y molestándote. Aunque esta táctica, te das cuenta, no es posible con esta mujer que te dijo que vendría porque aún no le diste los doscientos cincuenta mil pesos. Ella no te lo permitió. "Tengo dinero de sobra", te dijo. Este acuerdo, tan informal, te puso ansioso, pero te hiciste el indiferente y le dijiste que fresca, que como quisiera. Ahora piensas que ese "como quisiera" suena como si te valiera verga, o como si te importara poco si ella se olvida de traerte la droga o de llamarte. Y es justamente todo lo contrario, una vez que tomaste la decisión de tener marihuana en casa, claro que importa. Importa muchísimo. Te comportaste de modo demasiado informal, deberías haberla obligado a aceptar los doscientos cincuenta mil pesos en el momento. El dinero crea una sensación de obligación, y tendrías que haber querido que la mujer se sintiera obligada a cumplir con lo prometido, ya que lo que ella dijo que traería despertó tu apetito. Y una vez que tu apetito está despierto, ya es tan importante para ti que te da miedo que se note lo importante que es.


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Empiezas a disgustarte contigo mismo por esperar con tanta impaciencia la prometida llegada de algo que, de cualquier modo, dejó ya de ser divertido. Te reseca la boca y te enrojece los ojos y te demacra la cara, algo que odias. Te produce una gran vergüenza verte demacrado y hace mucho tiempo que te prohibiste fumar delante de nadie. Ni sabes por qué antes te gustaba. El día que fumas no puedes estar con nadie más, te da vergüenza. Te desabrochas el suéter mientras apelas a tu raciocinio, a tu voluntad, a tu autoconocimiento, a tus convicciones para determinar que cuando la mujer llegue, como seguramente sucederá, este sea tu último desastre con la marihuana. Simplemente fumarás tal cantidad y tan deprisa que será algo tan repulsivo que, una vez que la hayas consumido y botado de tu casa y de tu vida lo más pronto posible, jamás querrás volver a probarla. Te concentrarás en crear en tu cabeza un conjunto verdaderamente negativo de asociaciones siniestras con esta droga. La droga te asusta. La temes. No se trata de que la temas: es el fumarla lo que te hace temerlo todo. Las paranoias que te provoca. Hace tiempo que dejó de ser una liberación, un alivio o una diversión. Esta última vez te fumarás los doscientos gramos enteros —ciento veinte gramos limpios y sin tallitos— en cuatro días, cincuenta gramos por día, todo en jalones intensos y económicos a una pipa virgen de calidad, una cantidad increíble y demencial. Y tú te encargarás de convertir la experiencia en una misión, tratándola como una penitencia y, al mismo tiempo, como un régimen de modificación de la conducta. Utilizarás toda tu disciplina, persistencia y voluntad y harás que toda la experiencia sea tan desagradable, tan degradante y corrompida y despreciable, que a partir de entonces se te modificará el comportamiento. Jamás querrás repetirlo porque el recuerdo de los cuatro días demenciales por venir quedará firmemente grabado en tu memoria de un modo atroz. Te curarás por exceso.

Te concentrarás en crear en tu cabeza un conjunto verdaderamente negativo de asociaciones siniestras con esta droga. La droga te asusta. La temes.

Jamás te sentiste tan ansioso por la llegada de una mujer a la que no quisieras ver. Recuerdas con claridad a la última mujer que utilizaste para tratar de tener unos últimos días con droga. La última fue una que se podría describir como una artista de la apropiación, lo que significa que copia y embellece el arte de otros y luego lo vende a una prestigiosa galería del norte de la ciudad. Tiene un manifiesto artístico basado en ideas feministas radicales. A la artista de la apropiación le hiciste creer que eras un exadicto al perico, al bazuco, sí, eso le dijiste. La convenciste de que la marihuana evitaba que consumieras la otra droga con la que realmente tenías un problema, de modo que, si parecías ansioso después de que ella te ofreciera un poco, solo se debía a que estabas resistiendo heroicamente a unos apremios más oscuros e intensos y que precisabas su ayuda. No puedes recordar bien cuándo o cómo la convenciste. No es que tomaras asiento un buen día delante de ella y le mintieras descaradamente. Fue más bien que elaboraste un discurso poco a poco hasta que cobró vida y fuerza propias. La última ocasión que tuviste contacto con la artista de la apropiación —con quien te acostaste y quien durante el acto roció el aire con alguna especie de perfume de ambientador que sostuvo en la mano izquierda mientras estaba debajo tuyo, de modo que sentiste un fino rocío depositarse sobre tu espalda y tus hombros, que te dio frío y te enojó—, la última vez de contacto con ella, después de que te escondiste con la marihuana que te procuró, fue un e-mail que ella te mandó con una favorecedora fotografía promocional de la artista en su galería de Quinta Camacho. Ella se ofendió porque tú la viste todos los días durante diez días, entonces, cuando ella finalmente te consiguió los cincuenta gramos de marihuana hidropónica genéticamente reforzada, tú le dijiste que te había salvado la vida y que te sentías agradecido y que los amigos a quienes tú les habías dicho que les pasarías algo también estaban agradecidos y que ella debía irse ya mismo porque tenías una cita y debía marcharse de inmediato, pero por supuesto la llamarías esa misma tarde, y ambos compartieron un beso húmedo, y ella te dijo que sentía latir su pecho a través del abrigo y se marchó en su auto ruidoso, y tú te fuiste a llevar tu propio auto a un estacionamiento subterráneo a pocas cuadras de tu casa y regresaste deprisa y cerraste las cortinas y cambiaste el mensaje del contestador del celular por otro en el que mencionabas un viaje urgente fuera de Drogotá y sacaste de la bolsa tu nueva pipa de agua de color rosado y no se te vio el pelo durante tres días e ignoraste más de dos docenas de mensajes telefónicos y de correo electrónico expresando preocupación por tu partida tan imprevista y nunca volviste a ponerte en contacto con ella.


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¿Dónde está la mujer que dijo que vendría? Ya han pasado más de cuatro horas desde la hora en que la mujer se comprometió a venir. No sabes cómo distraerte. Queda descartado leer cuando se espera marihuana. Piensas en masturbarte, pero no lo haces. No porque rechaces la idea, sino porque no reaccionas y la ves pasar de largo. Piensas someramente en deseos e ideas que son observados, pero no llevados a la práctica. Piensas en impulsos carentes de expresión o debilitándose o alejándose, y sientes que a algún nivel esto tiene que ver contigo o con tus circunstancias y que tal vez esta espantosa y definitiva degradación a la que te comprometiste no resuelva el problema, que con toda seguridad deberías llamar tu problema, pero no puedes ni siquiera empezar a pensar en ello porque en ese preciso instante suenan al unísono el celular y el citófono, ambos ruidosos y torturados, y tan abruptamente que parecen penetrar a través de un agujero diminuto en el gran globo de silencio en el que estás sentado esperando, y primero avanzas hacia el celular, luego hacia el citófono, luego convulsivamente hacia el celular, y entonces intentas avanzar de algún modo en ambas direcciones a la vez, y finalmente permaneces allí con las piernas separadas, los brazos agitados y frenéticos como si hubieras lanzado algo al aire, sepultado entre los dos sonidos, sin un solo pensamiento en tu cabeza.

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