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Memorias de una noche inesperada que acabó con Yandel, una fantasía cumplida y mucho perreo en Theatron

No tenía ni idea de que mi noche de jueves iba a acabar en tequila con celebrities criollas, perros calientes y reggaetón ventiado.

por Francisco Javier La Rotta; fotos por Cesar Cesilio
03 Abril 2017, 9:53pm

Dicen las tías que Dios sabe cómo hace sus cosas. Nadie me dijo que este jueves pasado a las 5:30 de la tarde, mientras empacaba mi computador y mis libros para salir de la oficina a la casa —con el tiempo justo para no irme asfixiado en un B23 en plena hora pico—, iba a cambiar mi semana. Y, de paso, mi vida.

"Hey, Pacho", me dijo Camila, una de las duras de la empresa, apenas cerré la cremallera de la maleta. "Te va a tocar reemplazar a María. Se tuvo que ir urgente y ella iba a cubrir un evento de Axe esta noche en Theatron". "Cami, pues… No sé...", le dije tartamudeando, "es que estoy mamado, tengo todo aquí, estoy en pinta dominguera". La verdad es que solo podía pensar en llegar a comer a mi casa, terminar de cuadrar unas entrevistas y echarme a ver por quinta vez Ocean's Eleven. "Tenemos que ir, deja todo. Y salgamos ya que tenemos que entrar antes. Allá nos encontramos con el fotógrafo". "Cami, es que… No he cuadrado la entr...". Antes de acabar mi queja, Camila me estaba arrastrando a la calle a coger un taxi.

Mi cara de culo era evidente. No tenía tanta plata, estaba en tenis, llevaba apenas dos meses en la redacción y tenía hambre. ¿Cubrir una fiesta? Nunca lo había hecho y estaba cagado del susto. Decidimos caminar, después de veinte minutos de trancón. Avanzando entre un paso rápido y un trote leve por todo Chapinero —Camila llevaba tacones—, llegamos al sector. Faltaban cinco para las 7:00 y ya la fila estaba pesada. "Cálmate, no hagas esa cara. Más bien compremos una media antes de entrar". Camila pagó el guaro y un par de polas. Entre shot y shot se acumulaba el cansancio; el cuerpo y el esfínter se aligeraban. Unos sorbos más y fue insostenible. "Tengo que mear".

Foto por César Cesilio

Los bouncers de Theatron, como pocas veces en estos eventos masivos, fueron decentes. A punto de que las goticas impregnaran el bóxer, logré pasar el último filtro y correr al orinal. Sentí que fueron horas. Fresco y menos alterado, volví a donde Camila que —el Señor es generoso— tenía dos perros calientes en la mano. "Están regalando comida, qué chimba", me dijo. Entramos a la pista y vimos el paraíso millennial: gente twerkeando 'Work' de Rihanna y 'Sorry' de Justin Bieber con perros calientes en la mano, abriendo los cachetes en downtempo.

Foto por César Cesilio

Giramos a la izquierda y… ¿Natalia París comiendo perro? Sabroso ver a la farándula gozando en chaqueta de cuero, vestido de diseñador y limpiándose la salsa de tomate de la cara. O comiendo papitas chips a ritmo de electrónica. "¿A dónde me trajiste, Cami?", le pregunté. "Solo cómete eso y vamos por un shot de tequila. Acá tengo los tiquetes, es gratis". Nada tenía sentido, mucho menos que en la otra esquina estuviera Lina Tejeiro con un ligero meneíto y yo solo pudiera imaginármela empelota en la portada de SoHo. Fuimos a la barra y nos tomamos los shots. Como eran miserables las porciones, hicimos mañas para conseguir más tiquetes. Nos prendimos un poquito. Y vi de todo: desde personas mayores parchadas en su rumba y viejas con la cabeza rapada, hasta gomelos sobrearreglados tomando copiosas botellas de Olmeca.

Foto por César Cesilio

Foto por César Cesilio

Terminé farreando y tomándome un tequila con un tipo al que le pedían muchas fotos y entrevistas. Me acabo de enterar de que era Ricardo Quevedo. Debí haber figurado en más de veinte selfies —entre ellas una en la que me colé de Quevedo haciendo muecas—. Fijo me vieron en su Twitter o en su Facebook anoche, soy el de las gafas verdes. Una cámara me cogió en pleno twerkeo. "¿Y es que no hay una vieja sola pa bailar?", decía un parche de tres amigos que bailaba al lado de nosotros. "Yo", les dijo Camila. Y empezamos con el boom de ese perreo intenso. Sí, ese fue mi culo en Caracol antier.

Foto por César Cesilio

Pero a punto de llegar al ápice del bailoteo hubo un apagón. Todo oscuro. Se asoma un Master of Ceremonies. Luces: Nicolai Fella entró al ruedo. "¡Qué! ¿Jueputaaaa, el de los PetitFellas?", grité en coro con nuestros nuevos amigos. Camila me miró con complacencia. "Sí, señor". Comenzó: "Ese no sé qué que todos tenemos acá…". Y en una sesión de narración oral fue activando la fiesta antes de que se encendieran unos tambores al son de 'We will rock you'. Luego se activó una esquina salsera en la que salimos "todos a bailar con el ritmo africano". Y, por último, un estallido electrónico desde la tarima. Láminas neón toda la noche y visuales candy, eléctricos, que precedieron un megashow de láseres y malabares. Y, en medio de los gritos, una lata de Axe gigante y una explosión de fragancias y confeti.

Foto por César Cesilio

Foto por César Cesilio

Foto por César Cesilio

Casi ciegos de la dicha y el exceso de papeles, terminamos raspando confeti en plena pista, bailando un reggaetón lento —de esos que no se bailan hace tiempo—. La euforia, insostenible, llegó al punto de una amigable violencia. Los choques entre los parches, el toqueteo y el descontrol obligaron a los de logística a sumarse a la fiesta. Un agarrón entre un guarda de seguridad y un tipo que estaba subiendo del piso a la tarima exclusiva terminó en un buen brindis. Otro sujeto anónimo con una máscara de caballo hacía cagar de la risa a todos en la parte posterior. Camila y yo habíamos empezado nuestro coqueteo leve. Se me olvidaron los dolores de la pantorrilla y que mañana debía madrugar a la oficina. Se cuajó un juernes con todo el grosor de la palabra.

Foto por César Cesilio

Decidimos subir a fumar. En esa plazoleta europea que corona Theatron una chica se nos acercó. "¿Tienes un cigarrillo?", preguntó. "Yo tengo candela, es de un perro loquito y todo". Notablemente ebria, se tambaleó un poco. "Claro, mira", dije mientras le ofrecía un cigarro del paquete que llevaba. "Gracias, man. Tengo un tequilita, ¿quieren?". Llamó a su amigo, un tal Manuel, quien acudió de inmediato con una botella entera y dos vasos con hielo. "Quiubo, parceros, ¿van a beber o qué?". Lo que parecía una opción se volvió casi un mandato. Se sirvieron ellos y a nosotros nos ofrecieron a pico botella. El chorro de tequila se me regó por toda la boca. No me lo alcancé a limpiar cuando ya venía el segundo. No me acuerdo cuándo aparecimos de nuevo en plena pista.

Jetas van, jetas vienen. Otro apagón. Luces, láseres, bombas de fuego desde la tarima. Y el anuncio glorioso: "YANDEEEL".

Foto por César Cesilio

Miramos la tarima y ahí está el dangerous, el peligroso. "¿Yandel? ¡Yandel!", alcanza a gritar Camila antes de que nos ensordezca la euforia colectiva y seis bailarinas en la pista moviendo el culo. Cadenita de oro, movida de pelvis, perreo sucio. Más fuego, humo y mujeres sudando. Cantan todos: "Y me le pego un poquito más". Láseres. "A ella le gusta". Me emborraché. Ya sudaba Olmeca de tantos shots de Manuel. Mucho tequila. "Para mí es un placer conocerte". Caderas. "Siente el ritmo". Me pega en la cara el pelo de la chica del frente que está en plena. "Tú me enseñaste como amar, y ahora que te vas no me enseñaste cómo estar sin ti". Quedé agarrado en el dembow. 

Foto por Cesar Cesilio

Se empiezan a quebrar las restricciones. No más VIP y gallinero. Que entre al que le dé la gana. Chao Natalia París, hola niña con siza y pelo rosado. Y el parche en lo suyo: el champeteo reggaetonero. ¿Eso existe? Los manes se saltan las barandas, y yo me decido a comerle el labio —por primera vez y sin pensarlo— a Camila. Se acerca un chico de Logística y nos da el tequila sobrante. Mero sandungueo. Dándole sin miedo (sin que se rompa el suelo). Todos hicieron el sexy movimiento; hasta yo, con las patas molidas. Y canté a grito herido: "Dime cuál fueee mi error, si mi único delito solo fue amarteee". Más sandunga y más tequila. Y se subió Gadiel, the five star, el cinco estrellas, el general. Más confeti, más cadera.

Foto por César Cesilio

El beso se pone más intenso y más aprieta la pelvis. "Vente pa'cá". Y sí, del zarandeo se le rompió abajo el jean a Camila. Cuatro años en la perseguidera y era acá, un jueves en Theatron, oliendo a Black Night, que por fin me copiaba —y en forma—. Y Manuel ahí, de cazador. Una, beso. Otra, beso y medio. Lo dejan. Otra. Más que un beso. Culito. Y así hasta que cayó de la borrachera. Resultó en la enfermería. "Y es que yo sin ti y tú sin mí, dime quién puede ser feliz".

Y bueno, ya saben cómo va la canción de míster Yandel de ese man que se devora a la nena linda y que cumple sus fantasías. También de esa en la que la mujer es mayor que él (y no malinterpreten su intención) pero igual la quiere en su cama. Se imaginarán cómo resultó todo. Me dio la señal para perder el miedo. Fiesta Axe, gracias. Muchas gracias.

Foto por César Cesilio