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#MiPrimerAcoso: la historia detrás del Trending Topic

Se hizo una nube de palabras entre las que se leen "primaria", "recuerdo", "niña", "culpable", "vergüenza", "triste", "tocarme".

El primer acoso que recuerdo fue por parte del portero de mi edificio. Me ayudaba a cargar la mochila de libros cuando yo regresaba del colegio. Yo tenía siete años. Mientras me abrían la puerta del apartamento, el portero tenía por costumbre acercar su cara a la mía y respirar su aliento cerca a mi boca. No me tocó nunca, y por eso yo no dije nada, pero siempre sentí mucho miedo. Después de ese vinieron miles. A los nueve años tuve un profesor que, cuando pasaba lista, nos pedía a las niñas que fuéramos a su escritorio para "darle un besito en la mejilla" cuando decía nuestro nombre. A los 11 años uno de mis profesores cargaba paquetes de mentas en los bolsillos (rotos) de su pantalón y los regalaba a las niñas que metieran primero la mano y los agarraran. Las niñas metíamos nuestras manos en sus bolsilllos, como moscas buscando la miel. A los 14 un amigo de un amigo de mi mamá se ofreció a "darme clases de teatro" y comenzó por "los besos" (en teatro, claro) y me hizo darle un beso "actuando como si sintiera pasión". Fue la segunda persona que me besó en mi vida. Si les cuento todos los casos no termino. Son infinitos. Y a pesar de eso, tengo siempre la certera sensación de que "pudo ser peor". De que soy privilegiada porque nunca "escaló" a más. Dichosa yo.

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En el 2013 la feminista brasileña Juliana de Faria lanzó desde su ONG Think Olga, una campaña en contra del acoso callejero llamada Chega de Fiu Fiu o Basta de Fiu Fiu (Basta de silbar a las mujeres cuando caminan por la calle). Fue una campaña exitosa y una de las primeras en Brasil en hablar de acoso callejero. La campaña llegó a ocho mil mujeres rechazando el acoso callejero online y Faria fue objeto de amenazas, violencia y acoso. A esto se sumó la descalificación usual: no le creyeron. Como no le creyeron cuando fue llamada a hacer un Ted Talk al respecto y contó la historia de su primer acoso a los 11 años. Le dijeron que nadie acosaría a una niña tan pequeña, que "estaba mintiendo para llamar la atención", que hacía la "típica victimización de las feministas".

En octubre del año pasado, una de las niñas —de 12 años— que concursaba en el reality MasterChef Junior Brasil resultó acosada en redes. El reality tenía muchísima acogida en Twitter y ante la aparición de la niña, muchos hombres comentaron que estaba "muy grandecita" y hasta que era "violable". Ese despliegue de ansias pedófilas, sin consecuencias y sin pena, llegó a las noticias. Las mujeres de Think Olga sabían, desde su experiencia como lo sabemos todas, que ese tipo de acoso es tremendamente normal y contaron sus historias en Twitter usando el hashtag #MiPrimerAsedio. Al comienzo fueron sólo un par de experiencias y algunos RT, pero rápidamente el hashtag se hizo viral. Inspiradas por el ejemplo de quienes estaban contando sus experiencias, las mujeres brasileñas empezaron a contar historias que las mujeres solemos callar, porque nadie escucha, porque nos dicen que somos exageradas, locas, que sólo lo decimos por querer atención. Pero la cantidad de historias fue abrumadora. Llegaron a más de 200 mil tuits y al final del año el acoso a las mujeres era uno de los temas más buscados en Google en Brasil.

La edad media del primer acoso en Brasil resultó ser de 9.7 años de edad. Una nube de palabras de hashtag mostraba que no era algo que sucediera en la calle, sino que le pasaba a las niñas en sus casas, con sus familias, en los lugares donde tendrían que sentirse seguras. "Al contar sus historias, las mujeres en las redes se sintieron más empoderadas, empezaron a sentir que haber sido víctimas de algo así no las hacía inferiores, perdieron la vergüenza de hablar del sexismo que callaban en sus vidas, sacaron al abuso del clóset", dice Luise Bello, encargada de contenidos y redes en Think Olga. Bello recalcó que el movimiento no se quedó en Twitter, sino que las mujeres lo empezaron a contar en sus grupos de Whatsapp, de Facebook, en los restaurantes, en las casas, le contaron del hashtag a sus abuelas y ellas, a su vez, le contaron a las nuevas generaciones cuál había sido su primer acoso.

(e)stereotipas. Estefanía Vela y Catalina Ruiz-Navarro.

El viernes pasado, mi compañera de (e)stereotipas, Estefanía Vela, publicó un artículo sobre lo que pudo haber sido su primer acoso (o al menos el primero que recuerda y el que más la marcó). Lo hizo para darnos aún más motivos para marchar el domingo en la Primavera Violeta que se ha venido organizando en los últimos meses, tras los casos recientes de violencia contra las mujeres que se han mediatizado. Su texto, valiente y poderoso, nos puso mucho a pensar en y hablar de nuestro primer acoso. Yo me encontraba en Brasil, en un foro feminista sobre los efectos del virus Zika, y escuché la historia del hashtag #MiPrimerAsedio. Pensamos que la experiencia podía replicarse en México (y en toda Latinoamérica) y lanzamos el hashtag desde la cuenta de @e_stereotipas. La respuesta, al igual que ocurrió en Brasil, fue abrumadora: en menos de dos horas el hashtag era Trending Topic y la verdad es que no hemos tenido tiempo de sacar la edad promedio —mi hipótesis es que ronda los 7 años—, ni estadísticas al respecto. @Droncita, del colectivo #RexisteMX hizo una nube de palabras entre las que se leen "primaria", "recuerdo", "niña", "culpable", "vergüenza", "triste", "tocarme".

Solo podemos sentir respeto y tristeza por la cantidad de historias que han llegado y siguen llegando. Por supuesto, el éxito del hashtag se debe a las miles (¿o millones?) de mujeres que tuvieron la fuerza y la valentía para contar sus historias, que a su vez inspiraron a otras para tener ese valor y no quedarse calladas. Para muchas, fue la oportunidad de desahogar lo que habían callado por años, y al leerlas, muchas empezaron a recordar y reconocer sus propias experiencias de acoso. Quizás lo más desgarrador fue leer las historias anónimas que nos llegaron por el correo interno de la página de Facebook de (e)stereotipas, pues en su mayoría hablan de abusadores que hacen parte de su familia y de cómo otras personas de su familia no les creyeron cuando intentaron denunciar. Sentimos infinito agradecimiento por la confianza que depositaron en nosotras, y sobre todo, respeto y admiración por cada mujer que se atreve a hablar.

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Después de este ejercicio podemos sacar varias conclusiones:

La primera es: no se sorprendan por la pedofilia, es algo NORMAL, a pesar de lo que nos han hecho creer. Los acosadores de estas miles y miles de historias no son "locos", "raros", "degenerados", "asociales", "excepcionales"; son los hombres con los que interactuamos todos los días, nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros tíos, nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros papás, nuestros jefes, nuestros compañeros de clase. Sí: nos acosa el tendero, el tipo que va por la calle, el malandro que acecha en el callejón, pero también nos violan mientras nuestra familia abre los regalos en la cena de Navidad. Si nos guiamos por los relatos (y por las estadísticas que han sido documentadas en otros estudios), es una mentira grandísima ese cuento de que nos importa proteger a la niñez. Miren cómo son nuestras vidas desde que somos muy pequeñas. Lo único que se nos enseña es a callar.

Segundo: el acoso comienza cuando somos pequeñas, pero continúa a lo largo de nuestras vidas. Nuestra experiencia de acoso es masiva, sistemática y repetitiva, hasta el punto en el que acaba afectando toda nuestra vida. Aprendemos a vivir en constante situación de "autodefensa", pensando qué me voy a poner, quién me va a ver, por dónde voy a caminar, si me puedo quedar a solas con él.

Tercero: no tenemos que salir de nuestras casas ni de nuestros entornos supuestamente seguros para vivir esto. No sólo pasa constantemente, sino en todas partes: en la casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle. No hay un espacio seguro para nosotras. La "privacidad" —eje de los derechos que nos protegen frente al abuso del Estado—, aplicada a las mujeres sólo sirve para solapar el abuso.

Cuarto: no nos acosan porque seamos bonitas, sexys, provocadoras o llevemos una falda. No nos acosan por guapas o por voluptuosas. El acoso le ocurre a todas las mujeres, sin importar tamaños, formas de cuerpo y estilos de vestir. Gordas, flacas, morenas, blancas, negras, femenina, masculina, andrógina, no importa: no te salvas. Como mujer, quedas sometida al escrutinio impune. Y ése es el punto. Que nos acosan porque pueden, y desde tiempos en que no sabemos cómo reaccionar (de niñas). Es a tal grado la normalización, que muchas de nosotras apenas estamos cayendo en cuenta de que eso que vivimos fue abuso. Recordamos el miedo y el asco, sí, pero lo asumimos como algo que era nuestra culpa, como algo normal. Y hoy, que lo contamos, tenemos rabia con nosotras mismas por no haber sabido reaccionar, como si, siendo niñas o mujeres tuviésemos esa responsabilidad. ¡Estúpidas nosotras que no aprendimos a responder a la violencia!

Y quinto:

Nuestra voz es más fuerte. Ésa es la conclusión final. Aunque muchos intentaron hackear el hashtag, la cantidad de testimonios de las mujeres fue abrumadora, al punto que estos intentos se hicieron insignificantes. Las calles en México este domingo se llenaron de ríos de color violeta, de mujeres que están hartas y que quieren alzar la voz. Cada denuncia es importante porque valida, valora, inspira, y nos ayuda a todas a reconocer la violencia, eso es clave para prevenir que vuelva a pasar.

En México (y esperamos que en toda Latinoamérica) las cosas están cambiando. Ya somos más las que lo estamos hablando y nombrando al acoso por lo que es: violencia. Eso demostró #MiPrimerAcoso: que somos muchas las que estamos hartas y clamamos por un mundo distinto, un mundo más justo, que nos incluya y nos respete.

Somos todas, y estamos juntas, y así nuestra voz es más fuerte. ¿Y saben qué? Las que estamos dispuestas a hablar, cada vez somos más.

@Catalinapordios