El número en llamas

El científico detrás de la revolución del cannabis medicinal

Sin los descubrimientos de Rapahel Mechoulam, no existiría hoy la marihuana terapéutica en Colombia.

por Juan Camilo Maldonado Tovar
24 Febrero 2016, 3:59pm

Circa 1964. Mechoulam dicta una clase con las estructuras químicas del cannabis a sus espaldas. Cortesía Zach Klein, de su documental 'The Scientist.


Esta historia hace parte de la edición de febrero de VICE.

En 1980, un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de Santa Casa de Sao Paulo publicó en Pharmacology un estudio que le habría cambiado la vida a 50 millones de enfermos de epilepsia en el mundo. Aunque no lo hizo.

Los hallazgos de la investigación, desarrollada junto a químicos de la Universidad Hebrea, de Jerusalén, eran, por decir lo menos, esperanzadores. Habían administrado diariamente 300 miligramos de cannabidiol, el más importante compuesto no psicoactivo de la marihuana, a un grupo de ocho pacientes con epilepsia. Luego de cuatro meses de ingerir la sustancia, cuatro de ellos dejaron de sufrir convulsiones y en otros tres los ataques se redujeron.

—¿A quién le importó lo que encontramos? ¡A nadie! —me dice Raphael Mechoulam, sentado en su sofá, con el ceño fruncido, un gesto que, de repente, lo transforma en un abuelo bonachón que momentáneamente se ha enfadado—.Y eso que muchos de los pacientes epilépticos son niños, niños pequeños que tienen 20, 30, 40 ataques convulsivos al día. ¿Y qué hicieron? ¡Nada! Por 30 años nadie usó el cannabis para tratar la epilepsia.

Llevo un año buscando a Mechoulam. Como cualquier interesado en las discusiones sobre cannabis medicinal en el mundo, terminé formando alrededor de él una imagen mítica, fundacional, como si fuera una suerte de Karl Marx o Syd Barrett, una mente revolucionaria que desafía los preceptos de su tiempo y transforma, para siempre, nuestra percepción del mundo. Hace unos meses, Norton Arbeláez, el empresario pereirano que lideró el diseño del sistema regulatorio del cannabis medicinal en Colorado, me dijo que las investigaciones de este experto en química orgánica le habían dado sustento científico a su cabildeo político en Estados Unidos. El senador liberal Juan Manuel Galán, entre tanto, me contó en noviembre pasado que había viajado hasta Jerusalén a conocer al investigador en su laboratorio, cuando trabajaba en la redacción del proyecto de ley que hoy discute el Congreso de Colombia.

No importaba con quién hablara, todos acudían al mismo lugar común para explicar la estatura de este hombre: Mechoulam es el padre del cannabis.

Vive en un pequeño apartamento, sobrio pero elegante, en el sector occidental de Jerusalén, donde los edificios de mármol y los árboles en los antejardines hacen que uno se olvide por un instante de que Israel es una sociedad-ejército en alerta de guerra permanente. A sus 85 años maneja todos los días su Peugeot plateado hacia su laboratorio, en las afueras de la ciudad, donde lleva cinco décadas descifrando los misterios químicos de la marihuana y, aún más importante, la forma en la que el cuerpo humano se relaciona con sus compuestos. Raphie, como lo llaman con cariño sus colegas, aisló y descifró la estructura molecular de los "cannabinoides", los compuestos químicos de la marihuana. En especial, el tetrahidrocannabinol (THC), compuesto activo de la marihuana (la molécula responsable de que el cannabis trabe), y el cannabidiol, el principal compuesto no psicoactivo de la planta, portador de incontables cualidades médicas.

A comienzos del siglo XX, con la paulatina prohibición de la marihuana en Estados Unidos, la humanidad le dio la espalda a la investigación de una planta sagrada y poderosa que había sido usada por médicos y druidas por igual durante más de tres milenios. El Pen-ts'ao ching, la farmacopea más antigua de la historia, dejó constancia de que el cannabis era usado en la China de 2700 a. C. para tratar el dolor reumático, el estreñimiento, los desórdenes reproductivos femeninos (como la endometriosis) y la malaria. Así mismo, el padre de la cirugía china, Hua T'o, desarrolló en el siglo I d. C. un anestésico a base de marihuana y vino. Registros similares aparecen en documentos y testimonios provenientes de la India, Medio Oriente, África e incluso Europa, donde, William B. O'Shaughnessy, un médico irlandés, publicó,luego de años de experimentos con animales y pacientes, el libro On the preparations of the Indian hemp, or gunjah. En el Tíbet, el cannabis era utilizado en rituales de budismo tántrico para "facilitar la meditación", mientras que los asirios lo usaron como incienso en el siglo IX a. C.

Nada de esto lo sabía Raphael Mechoulam en 1963, cuando terminó su doctorado en química, en el Instituto Weizmann, en Rehovot, Israel, donde poco tiempo después descifraría los secretos cannábicos. Hijo de un matrimonio judío búlgaro perseguido por los nazis (su padre, un destacado médico, sobrevivió a un campo de concentración), Mechoulam salió de Europa en 1949, recién creado el Estado de Israel. Allí estudió química, hizo un máster en bioquímica, pasó por el Ejército, se entretuvo un rato estudiando pesticidas y luego entró al Weizmann para hacer el doctorado.

—Tenía 34 años cuando comencé a buscar temas de investigación —me cuenta cuando le pregunto por el origen de su interés en el cannabis. Yo espero una respuesta tipo: "Un día estaba fumándome un bareto escondido en el laboratorio y...", pero Mechoulam, quien sólo ha probado la marihuana una vez en la vida (ya llegaremos a eso), me responde con rigor antianecdótico—: Un científico tiene que escoger temas originales, en los que no haya 50 personas trabajando.El tema tiene, además, que ser importante y debe tener un impacto social. Por esa época, consulté y leí muchos artículos en inglés, ruso, francés, alemán, para descubrir un problema inexplorado, hasta que me topé con el poco conocimiento químico que había sobre los compuestos del cannabis. Me resultó muy sorprendente: mientras que la morfina había sido separada del opio y la cocaína, de la coca, nadie había estudiado la química de la marihuana. Bien extraño.

Un día el joven químico se le apareció en la oficina al director del Instituto y le pidió que le ayudara a conseguir un poco de marihuana. El director no titubeó. Agarró el teléfono, llamó a la Policía y se hizo a una donación de cinco kilos de hachís marroquí provenientes de Líbano, que habían sido recientemente confiscados (la anécdota la cuenta con mucha gracia Mechoulam en el documental The Scientist, dirigido por Zach Klein). Así que el químico partió a la estación de policía por la ganya y regresó montado en un bus de transporte público que dejó impregnado con el aroma dulzón del hachís. Una vez llegó a su laboratorio, se puso a la tarea. Tiempo después, había aislado, uno a uno, los compuestos de la planta.

¿Cuál de todas estas extrañas moléculas era la causante de la excitación mental que había aterrado a los Gobiernos y legisladores del siglo XX? ¿Era una sola o todas en conjunto? Para descubrirlo, Mechoulam y su equipo las probaron separadamente en monos. Lo primero que los sorprendió es que sólo una de ellas, el tetrahidrocannabinol (THC), causaba algún efecto. Los primates parecían borrachos, sedados.

Mechoulam había descubierto el compuesto que activa en el cerebro la traba marihuanera. Y para confirmarlo, organizó una reunión en su casa, empacó una buena dosis de THC y le pidió a Dalia, su esposa, que lo incluyera como ingrediente en su recetario de tortas. Ese día, el padre del cannabis se trabó con el primer brownie de marihuana experimental de la historia. También corroboró un fenómeno que hoy marca la pauta en la investigación médica del cannabis. A saber, que cada organismo reacciona distinto al THC. Lo supo cuando miró alrededor suyo: uno de sus amigos hablaba sin parar, el otro parecía en trance, a uno más le dio la risueña. Sólo a una se le vio angustiada, paranoica, víctima de un ataque psicótico.

Mientras escucho la anécdota, recuerdo un panel sobre cannabis medicinal al que asistí como observador, durante el Congreso Nacional de Psiquiatría, en Armenia. Allí, tres psiquiatras colombianos se mostraron preocupados por la forma en la que se habla en medios de comunicación sobre la marihuana medicinal, en especial ahora que el Ministerio de Salud emitió un decreto regulándola y la Cámara de Representantes se prepara a discutir y votar el proyecto de ley que en diciembre aprobó el Senado. La creciente simpatía política hacia el cannabis medicinal, aseguraron los miembros del panel, estaba generando una falsa sensación de seguridad en torno a la marihuana. Para los psiquiatras, el nuevo frenesí mediático provocado por esta discusión ha opacado varios estudios que demuestran que uno de cada diez adolescentes que prueban la marihuana desarrolla episodios psicóticos y comportamientos adictivos.

Le transmito a Mechoulam la inquietud de los psiquiatras del panel.

—Ni el THC ni el cannabidiol son tóxicos. Sin embargo, desde el siglo XIX se sabe que la marihuana puede causar episodios psicóticos. Además, existe evidencia de que el 10 % de los consumidores de marihuana desarrolla adicción, aunque no tan fuerte como pasa con la morfina. Ahora, más allá de los desórdenes psiquiátricos y la posibilidad de adicción, no se ha encontrado evidencia de que haya una enfermedad causada por el cannabis.

Pero esa discusión, asegura Mechoulam, corresponde a los usos recreativos de la marihuana. Para él, una cosa es discutir los riesgos y perjuicios de fumar cannabis de puro parche, y otra muy distinta es explorar los potenciales medicinales de sus compuestos, en especial los del THC y el cannabidiol. Lo primero, dice, es asunto de sociólogos, y lo tiene sin mucho cuidado. Lo segundo, en cambio, ha ocupado buena parte de su vida y de la de los miembros de la Sociedad Internacional de Investigación en Cannabinoides, una creciente red de académicos que, bajo su liderazgo e inspiración, han corroborado en sus laboratorios el porqué de los usos ancestrales de esta planta.

Mechoulam en su actual laboratorio, en la Universidad Hebrea, Jerusalén. Fotopor Elior Rave .

Con todo y esto, es muy probable que el mayor descubrimiento de Mechoulam no haya sido el THC ni el cannabidiol. Al fin y al cabo, luego de un corto frenesí durante los años setenta, y mientras prácticamente todas las agencias de policías del mundo perseguían el cultivo, comercialización y consumo de la ganya, la ciencia poco a poco perdió interés en los cannabinoides.

Pero Mechoulam no abandonó las preguntas. A finales de los ochenta sumó a su interés por los usos médicos de los cannabinoides la inquietud por los modos en que el THC operaba en el sistema nervioso.

—Después de descubrir el THC, nos pusimos a estudiar el metabolismo y la forma en la que el cuerpo reacciona a este compuesto. Un grupo en Oxford había señalado que el THC trabaja de una forma no específica. Pero nosotros, junto a una joven investigadora, mostramos que, en realidad, es muy específico.

La investigadora es Allyn Howlett, doctora en neurociencia, quien en 1988 descubrió que el cerebro de muchos animales tiene un receptor en el sistema nervioso diseñado específicamente para enlazarse con el THC. Lo llamó: CB1. Encontrar el receptor CB1 era como dar con la cerradura específica de una llave. Un hallazgo al que sobrevino una inquietante pregunta: ¿Cómo era posible que el sistema nervioso contara con un receptor diseñado específicamente para un compuesto de la marihuana? ¿Había evolucionado el cuerpo humano para interactuar con una planta específica? ¿Estaba Dios (o Darwin) sugiriéndonos que la marihuana y el hombre habían sido creados el uno para el otro?

No. Y la respuesta que encontró Mechoulam armó un alboroto científico que hoy, animado por billones de dólares destinados por las farmacéuticas, sigue en aumento.

—Nuestro sistema nervioso tiene muchos receptores neuronales. Y esos receptores se unen a alguna sustancia que nuestro cuerpo produce (la dopamina o la serotonina, por ejemplo)—, me explica. Pero los receptores no fueron creados en función de una mata. De ser así, tendríamos millones de ellos, por cada planta que hay en el planeta. En otras palabras, si el cuerpo humano tiene receptores específicos para los cannabinoides, ¡quiere decir que nuestro cuerpo los está produciendo!

En diciembre de 1992, Mechoulam publicó en Science el hallazgo de un compuesto producido por el cuerpo humano, ubicado tanto en el cerebro como en su periferia, que se enlazaba perfectamente al receptor descubierto años atrás. Era como si, de repente, hubiera encontrado otra llave que casaba perfectamente en la misma cerradura en la que entraba la anterior. El descubrimiento era tan importante que la molécula debía ser bautizada con un nombre a la altura. Un miembro de su equipo, adepto de la mística hindú, la llamó Anandamida, del sánscrito ananda, que significa "alegría suprema".

Con el descubrimiento del CB1 y la Anandamida (y el posterior hallazgo de otro receptor similar, el CB2), para Mechoulam y sus colegas fue evidente que el cuerpo humano contaba con un sistema de receptores y compuestos muy similares a aquellos contenidos en la marihuana. Lo llamaron sistema endocannabinoide. Desde entonces, dos han sido las preguntas que le han quitado el sueño al químico: ¿qué funciones cumple ese sistema en el frágil y casi perfecto equilibrio que sostiene la salud humana? Y aún más importante: ¿cómo puede utilizarse la marihuana para resolver enfermedades relacionadas con dicho sistema?

—El sistema endocannábico es muy importante. Casi cada enfermedad que tenemos está relacionada con él de alguna manera. Y eso es muy raro. No tenemos muchos sistemas que se involucren con todas las enfermedades—. Mechoulam habla con la paciencia de un hombre que perdió hace mucho la cuenta de las veces que ha dado la misma clase.

—¿A qué enfermedades se refiere?

—¡De todo! Afecciones de los pulmones, del corazón, el hígado, los riñones, el cáncer. Todo depende de cuánto se estimulan los receptores. Tome usted la dopamina, por ejemplo. Si nuestro cuerpo tiene poca dopamina, podemos desarrollar Parkinson; si tiene mucha, sufrimos esquizofrenia. Lo mismo pasa con los cannabinoides. El receptor CB2 es un protector. Protege el cuerpo de muchas cosas. El CB1 trabaja deforma diversa cuando tiene dosis altas o bajas.

En otras palabras: en la medida en que los niveles de Anandamida —y otros endocannabinoides que fueron descubiertos posteriormente en el sistema nervioso— permanezcan estables, el cuerpo humano mantiene en buena forma muchas de sus funciones. De desequilibrarse estos compuestos, la ciencia médica podría echar mano de cannabinoides como el THC y el cannabidiol, naturales en la marihuana, para curar diversos males.

El profesor me asegura que hay incluso indicios de que el sistema está involucrado con ciertos tipos de cáncer.

—Pero no tenemos la certeza —dice, volviendo a arrugar el ceño—. Y no la tenemos porque ¡no se están haciendo estudios clínicos! Sabemos que hay gente que consume THC y ha dicho que se ha curado del cáncer. Pero más allá de eso, no hay nada. ¡Necesitamos más estudios clínicos!

"Se necesitan más estudios clínicos". Es una frase que repite como un mantra en cada entrevista, conferencia y clase que acepta dar. Porque Mechoulam es un activista de la ciencia cannábica. Un viejo sabio que, pese a décadas de ser ignorado, insiste en que la humanidad no está a la altura de lo que los cannabinoides tienen para ofrecernos. Y aunque suena cansado por la forma en la que sus hallazgos fueron ignorados en el pasado —los efectos del cannabis en los ataques de epilepsia y en la reducción de náusea y vómito en pacientes con cáncer se conocieron hace 30 y 20 años, respectivamente—, hoy suena algo optimista por el ímpetu reciente de las investigaciones académicas y farmacéuticas.

—Me causa curiosidad —le pregunto para finalizar—, ¿cómo es que una máquina de hacer dinero como la industria de medicamentos pasó por alto tantos hallazgos?

—Es muy sencillo —me responde Mechoulam—. ¿Quién iba a querer un titular en The New York Times del tipo: "Merk hace millones con la marihuana"?