Festival de Cine Africano

Este es el cineasta africano que desafió a Hollywood y al régimen de Camerún

El cineasta camerunés Jean Pierre Bekolo vino a Colombia para participar en el Festival de Cine Africano MUICA 2017 que está rodando por todo el país.

por Felipe Sánchez Villarreal y María Rivas Serrano
10 Mayo 2017, 10:35pm

Todas las fotos son de Daniela Echeverry.

El rey león de Disney y los documentales sobre danzas tribales han sido para África lo que Narcos y las películas sobre tetas y cocaína han sido para nosotros. Hollywood ha creído ser un espejo de lo que debería ser el mundo. Sin embargo, la realidad se ha encargado de quebrarlo a patadas.

Jean-Pierre Bekolo ha sido el que le ha dado los golpes más duros a las representaciones que en estas latitudes tenemos del continente africano. A sus 50 años, el cineasta camerunés ha dejado claro que Occidente debe ver más allá de lo que le llega en las películas de acción y en las caricaturas. Su cine, que vacila entre lo político y lo satírico —e incluso entre el romance y la ciencia ficción—, lo ha consolidado como el director vanguardista más reconocido de su país.

Sus películas son manifiestos. Verdaderos instrumentos de activismo sociocultural como estrategia para sacar a África del estereotipo y descolonizar la mirada de quienes hemos estado acostumbrados al cine gringo. Bekolo, al que han galardonado con premios de la talla del British Film Institute y cuyo cine ha rodado por el Sundance Film Festival y el Festival de Cannes, llegó a Colombia para mostrar dos de sus películas más relevantes en el Festival de Cine Africano MUICA 2017: Le Président (2013) —una de las más aclamadas y polémicas por su censura en su país de origen— y Les Saignantes (2005).

Almorzamos con él para hablar sobre la censura, las resistencias creativas a Hollywood y las perspectivas del cine africano contemporáneo en estos tiempos inciertos.

VICE: ¿Cuáles cree que son los mayores retos de hacer cine en África?
Jean-Pierre Bekolo: La gente siempre asume que hacer cine es un lujo. Esa es una respuesta que escuchas mucho allá: "El cine no es una prioridad, el cine es un lujo". La gente considera el cine solo como un medio de entretenimiento, de diversión, como algo adicional. "La prioridad es comer, alimentarnos", dicen. Y yo les pregunto: "¿Qué hacen ustedes entre comida y comida?". Digo esto porque más allá de los desafíos económicos que pueda haber en un contexto como el africano, hay uno aún más difícil: que la gente entienda por qué es importante hacer cine. Culturalmente, las culturas africanas son muy cercanas a la narración de historias, la gente valora las historias —nos contamos historias entre nosotros, se las contamos a nuestros hijos—. Pasamos mucho tiempo en medio de ellas. Es una manera de formar buenos seres humanos. Las personas pasamos mucho tiempo siendo 'productivas', en un sentido capitalista, pero también pasamos mucho tiempo hablando, resolviendo conflictos, conociendo su entorno.

África es un continente de historias. Y esa es la idea del cine. Pero, desafortunadamente, cuando practicamos una profesión como el cine, la practicamos a la manera occidental, al estilo Hollywood. Y nos olvidamos de que el corazón de esto es discutir, debatir, mejorarnos a nosotros mismos y a nuestras comunidades, quizá no a un nivel material pero sí a un nivel puramente humano. El malentendido de lo que es el cine en África tiene también mucho que ver con el colonialismo. Porque el colonialismo llegó con muchos problemas, de hecho sigue llegando. Cuando pensamos en el cine pensamos que es una cosa occidental. Pero lo que la gente olvida es que no es una cosa de dispositivos tecnológicos: aquí en África hemos estado contando historias por siglos. No es que las historias lleguen con las cámaras y sonido. Ese es un gran desafío. Como esto no parece ser algo relevante, la policía incluso te mira raro. Me pasó que me detuvieron, mostré mi carné de cineasta y me dijeron "¿Cineasta? Eso no es un trabajo de verdad". Solo hasta que filmé Le Président fue que se dieron cuenta de que esto era algo serio, de que podía hablar de cosas fundamentales. Apenas cuando cuestioné al gran jefe empezaron a poner el ojo en el cine.

Pensando más sobre ese colonialismo cultural en el cine, ¿de qué manera dialoga el cine africano actual con el cine mainstream de Hollywood?
En eso tenemos suerte de ser pobres (risas). Si fuéramos ricos, sería una desgracia: todo el mundo haría lo mismo que en Hollywood. Lo que me gusta de que sean tan escasos los recursos es que incluso la imitación de las películas mainstream sigue siendo cool. Se ve diferente, tiene otro espíritu. Entonces, a veces eso rústico, eso sucio que parecería una desventaja, resulta imprimiéndole algo increíble. Hay muchas historias sobre la reapropiación de Hollywood en África. Yo siempre hablo de lo que están haciendo en Uganda. Allá hacen algo genial que se llama VJ (Vee-jay). No es igual al VJ que ustedes conocen. Básicamente, la gente toma películas famosas de Hollywood y dobla las voces a Luganda, su idioma. Lo hacen tanto en los cines como en los DVD. Así, cuando el público compra películas en la calle no mira cuál es el título, sino quién es el VJ.

Uno de los más famosos es VJ Junior, la gente busca películas dobladas por él (risas). Lo conocí, fui a su estudio. Es todo un asunto de actuación, tienes que ser buen actor. Por ejemplo, uno ve Matrix y en espacios que se supone que son silenciosos el VJ comenta. Va haciendo la atmósfera, va narrando él mismo su versión sobre la original. Comenta, hace los diálogos que quiere, crea su propia película. Es una superestrella. Me encanta ese acercamiento, esa reapropiación de Hollywood a los territorios y los entornos culturales africanos particulares. A veces, incluso, lo hacen en vivo.

También está toda la movida Nollywood en Nigeria. En el mismo nombre están imitando pero negando Hollywood (No-llywood). Me da risa ver la estética a la que a veces llegan, como copiando el estilo bling-bling de los videos musicales de Estados Unidos: carros, lujo, mezclado con historias africanas de vudú y de religiones africanas.

¿Cómo te sientes con la forma como ha sido representada África y lo africano en el cine masivo? ¿Cómo se puede diversificar y complejizar esa imagen?
La gente en Europa, en Estados Unidos (incluso en América Latina) tiene la imagen Disney de África: El rey león. Ha estado pasando un fenómeno en todo el continente, en Burkina Faso lo vi de manera más clara: la gente ya no quiere ver películas occidentales. Eso es bueno y malo. Definitivamente no es saludable solo ver películas de Nollywood. Pero lo que hay detrás es que ya la gente no se siente representada en el cine de afuera, las personas repudian la forma como el cine estadounidense los ve. Eso ha pasado durante los últimos quince años.

Para mí, que he trabajado sobre todo en la industria francesa, es claro que los productores y los cineastas extranjeros saben exactamente el tipo de África que quieren y que les sirve. Te dicen a ti, como cineasta africano, lo que deberías estar haciendo para complacer a sus audiencias. Esas audiencias siempre son usadas como una excusa. Lo que más me sorprendió de El rey león, por ejemplo, es que Disney hizo estas películas sobre sus 'otros': Mulán es Asia, El rey león es África. Y lo que me dejó sorprendido es que para ellos África ni siquiera es gente, son animales. Siguiendo esa idea de la 'audiencias' uno piensa: ¿entonces para ustedes África ni siquiera son personas sino animales? (risas).

Esos clichés y estereotipos siempre siguen reforzándose. Lo peor es cuando los mismos africanos empiezan a imitar esos clichés. Imitar la imitación. Pasó incluso con Shakira: la canción Waka Waka del Mundial es original de Camerún. A nadie le importaba esa canción. Pero apenas Shakira, que ahora es un gran producto de esa industria, comenzó a cantarla y hacerla famosa todos empezaron a cantarla. ¡Pero la versión de Shakira! Increíble.

Muchos han hablado de su cine, especialmente Le Président, como un cine político. ¿Está de acuerdo? ¿En qué sentido sus películas pueden tener un carácter o ser un instrumento político?
El embajador de Francia en Camerún me escribió un mensaje por Facebook (debería publicarlo para que lo lean y entiendan mejor esto) en el que decía que mi película Le Président era política. Pero no 'política' en el sentido en que puede serlo el arte, la literatura o el trabajo intelectual desde ciertas teorías, sino de la 'política' tradicional: la de los partidos y las elecciones. Como si yo representara un partido que estaba atacando a otro partido. Me encasillaban como si por mi película yo estuviera liderando un gran movimiento partidista solo porque estaba cuestionando cierto régimen entonces les daba derecho a intervenir.

Pero eso no es así. Es una película, sigue siendo solo una película. Y en la tradición del cine, el arte y la literatura lo 'político' va por otro lado —incluso si pensamos en la llamada 'littérature engageé'—. Es un poco complicado y puede llegar a ser engañoso. En mi película hay una figura del presidente, una representación de él, no el presidente mismo. La historia que cuento, como ocurre con otras manifestaciones culturales, han tenido o pueden tener influencia sobre las cosas —incluso la situación de mi país—. En ese sentido sí es político: un acto político a un nivel humano, no de los partidos. Lo que yo hago es poner a la gente frente a sus propias responsabilidades. Que la gente asuma la responsabilidad por lo que hace.

He escuchado sobre esos problemas de censura que tuvo Le Président y los líos en los que se metió con las autoridades camerunesas. ¿Cómo fue eso?
Quieres decir: "¿Qué tan emocionante fue eso?" (risas). Fui a la cárcel… Mentira (risas). La censura es como eso que sabes que está ahí pero no lo ves. La idea de libertad de expresión es extraña en mi país. La gente puede hablar, hay medios de comunicación. Lo raro es que no te sientes amenazado directamente porque las personas no creen que puedas llegar a tener éxito en tus proyectos. Nadie creía que yo iba a sacar mi película adelante, nadie creía que podía decir nada significativo.

Cuando ya la vieron lista fue que se asustaron; ahí cambió todo, se puso muy serio. Principalmente, porque la gente está siempre protegiendo su posición. Mi equipo no quería que la gente supiera que estuvo detrás de un proyecto así, que el presidente supiera eso. Se estaban jugando la vida. En ese sentido, diría que ahí entendí dónde estaba viviendo, lo que podía pasarme. Muchas personas estaban asustadas. Yo estaba tranquilo, no creía que fuera grave, hasta que una vez me persiguieron unas personas hasta mi casa… Me lo terminé de tomar en serio cuando fui a un bar y me presentaron a una chica que trabajaba en el Servicio Secreto que me dijo: "Ah, eres tú. Toda la mañana estuvimos discutiendo tu caso. Hubo dos bandos: la mitad estaba a favor y la mitad en contra". Me tenían fichado. Si la mitad de esas personas estaban en contra de mí, debería tener más cuidado. Por eso decidí irme del país durante seis meses. Creía que Camerún era libre y resultó que no tanto.

¿Qué fue lo que más le incomodó al gobierno de Camerún?
Yo cuestiono el futuro, hago preguntas sobre nuestros futuros posibles. Es legítimo. Pero ese es el espacio al que el régimen no quiere que vayamos. Ahí está el problema. No quieren que proyectemos futuros, no quieren que pensemos que el presidente puede morirse o que las cosas pueden cambiar. En la censura normal te obligan a cortar cosas, a no mostrar otras o a impedirte decir ciertas cosas. Pero aquí hay algo diferente: la estrategia es no dejarte pensar sobre tu futuro o el futuro de tu comunidad. Es algo extremo. No puedes impedir que la gente se proyecte a sí misma, y eso es lo que han logrado en Camerún. Las personas ya no se piensan más allá de la rutina diaria. Han hecho que los seres humanos dejen de pensar en proyectos de vida, en otros futuros posibles por fuera de lo que les tocó.

El presidente se ha endiosado a sí mismo. Se cree incluso más que Jesús. Cuando rezas, no sabes si Jesús va a responder, pero sin duda sí te cambia la vida si tienes el respaldo del presidente. Si él te firma algo, tu vida cambia. Si alguien triunfa, es por él. Si alguien es feliz, dice que es por él. Cuando un amigo vio mi película, le sorprendió el elemento mágico del film: el momento en que el presidente habla con su esposa muerta. La gente del gobierno empezó a especular que yo estaba deseando esa muerte, que yo quería que el presidente mismo estuviera muerto. No dejaron que Le Président fuera proyectada en el país. La gente que alcanzó a verla solo me decía: "Es real. Todo esto es real".

¿Y cómo fue la recepción en los países africanos vecinos? ¿Allí sí dejaron proyectar la película?
Sí, de hecho hay una historia bastante interesante en Burkina Faso. Burkina Faso fue uno de los países donde los jóvenes salieron a las calles y lograron derrocar al presidente. Creo que fue hace tres años. Cuando fui al festival donde proyectamos la película por primera vez, un tipo que dirigía una organización, director de cine también, me contó que ese festival lo habían creado por una película que hicieron sobre un periodista que fue asesinado por el hermano del presidente. La película había sido censurada. Entonces usaron mi propia película como un instrumento de oposición contra su propio presidente: fue una herramienta que nutrió el debate. Eso llegó también a un grupo de activistas que querían sacar al de Senegal. Así, nos volvimos una especie de grupo que derrocaba presidentes (risas).

El tipo de Burkina Faso viajó por Costa de Marfil, Senegal y otros lugares. Él se volvió el líder de un movimiento que se llamó 'Le Balai citoyen', que significa algo así como 'la escoba ciudadana', diciendo más o menos: 'vamos a limpiar y a barrer a estos gobernantes corruptos'. Esa ola se volvió gigantesca y tuvo mucho impacto. En todos esos países, menos en Camerún (risas). Quizá no soy lo suficientemente eficiente. Lo curioso es que ahora son los hijos de esos presidentes los que están tomando el poder. Debería hacer una película que se llame El hijo del presidente.

Ha dicho que estos regímenes no dejan a los ciudadanos imaginar sus propios futuros, no los dejan proyectarse. ¿Cuál es el futuro que se proyecta usted? ¿Lo ha pensado?
Va a sonar raro, pero muchos en Camerún han pensado que quizá necesitamos una guerra. No sabemos bien qué hacer, qué pensar. Nos sentimos impotentes y nadie ha tenido el coraje de hacer algo. Hice la película y muchos empezaron a decirme: "usted lo que quiere es una guerra". Y yo no quiero eso. Creen que estaba poniendo la paz en peligro, que estaba amenazando nuestra paz. Entonces todo lo que imagines por fuera del régimen es señalado como un llamado a la guerra. Lo peor es que ahora es la misma gente la que te detiene y te impide pensar en ese futuro. Tus propios vecinos se cercioran de que no pienses distinto. Pero sí me imagino que los jóvenes cineastas podemos imaginar un país diferente, hay una generación que está cansada. Las dinámicas de expresión de uno mismo, como el cine, pueden dejarnos ver salidas.

A pesar de todos los matices que puedan tomar sus películas, pasando de la ciencia ficción a la sátira política y el falso documental, ¿cree que hay un sello, una firma Bekolo?
Sí, pero no es perceptible. Es siempre diferente: es lo inesperado. Quiero que la gente se pregunte: "¿Qué debería esperar de él ahora?". No es una fórmula, como la de quienes escriben libros dando recetas para hacer películas. Me gusta sorprenderme, ser impredecible.

¿Alguna película africana recomendada para nosotros en Colombia?
Vean Touki Bouki, el drama del director Djibril Diop Mambéty [de Senegal].