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Así sacrifican su salud y a sus familias las mamás que hacen tu ropa en Camboya

Las trabajadoras textiles de Nom Pen confeccionan en difíciles condiciones laborales. Muchas de ellas, madres cabeza de hogar, incluso viven lejos de sus hijos.

por Zoe Holman
09 Febrero 2017, 8:59pm

Todas las fotos son de Victoria Mørck Madsen

La hora pico en las congestionadas vías de Nom Pen, capital de Camboya, ofrece un espectáculo que parece ser la definición del "industrialismo". Cargamentos de trabajadores atrapados en camiones de ganado se despachan desde las provincias y los suburbios exteriores a una de las cientos de fábricas textiles en las sucias periferias de la ciudad.

Entre ellas está Sophan, una mujer de 30 años que hace dos años se mudó de Kampong Cham, su provincia natal, para trabajar en una fábrica textil. Actualmente tiene tres meses de embarazo, cosa que vuelve aún más complicado su turno de diez horas en el opresivo ambiente de la fábrica.

"A veces necesito vomitar y trabajo más lento que los demás", dice Sophan, hablando en un rápido break de almuerzo antes de que los altavoces convoquen a los trabajadores de vuelta a la línea de producción. "Además siempre me enfermo, porque desde que empecé a trabajar aquí mi salud no ha estado muy bien".

Casi un millón de empleados —como Sophan— forman la columna vertebral de la industria textil de Camboya, así como de su economía, ahora que el sector domina alrededor del 80% de las exportaciones del país. Como muchas fábricas camboyanas son de propietarios extranjeros, muchas veces también son los cuarteles detrás de los guardarropas occidentales; allí se producen las telas para grandes marcas como H&M, Armani, Adidas y Gap.

El 80% de las trabajadoras de las fábricas textiles son mujeres, muchas de ellas muy jóvenes. Fotos por Victoria Mørck Madsen.

Casi todas los empleadas de las fábricas son mujeres. La mayoría de las trabajadoras —casi todas de veintitantos— son también madres o futuras madres; una realidad que los empleadores parecen no reconocer en las obligaciones de salud básica, el cuidado de sus niños o las licencias de maternidad.

Para las familias de las provincias pobres de Camboya, las hijas (como potenciales trabajadoras textiles) son muchas veces su bien más lucrativo. Miles de mujeres jóvenes son incentivadas a entrar a la industria y tienen dos opciones: o migran a Nom Pen o se ven obligadas a realizar desplazamientos infernales de hasta cuatro horas diarias.

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Al ser uno de los sectores mejor pagados y más regulados del país, la industria textil de Camboya suele ser vista como un modelo de reforma laboral progresista (por ejemplo, por las Naciones Unidas). Sin embargo, gracias a la falta de cumplimiento de leyes, y a la alta demanda de trabajo en la industria, las fábricas explotan a sus empleados sin mucha supervisión de por medio; una circunstancia que algunos han descrito como trabajo forzado.

Multitudes de trabajadores se detienen en un mercado cercano después del trabajo. El promedio diario para la comida de las trabajadoras es de 70 a 90 centavos.

Como explica Sophorn Yang, una líder de la Unión de Trabajadores Textiles de Camboya, el problema es de implementación más que de regulación. "Ya tenemos leyes, solo necesitamos un gobierno que las haga efectivas", dice. "Si lo hacen, las confeccionistas se van a sentir tranquilas teniendo un bebé. Lo que también queremos es que las fábricas asuman su responsabilidad".

Savory, de 28 años, es una compañera de trabajo de Sophorn; tiene una hija de tres años y cinco meses de embarazo. "Hay muchas amenazas para las mujeres embarazadas porque tenemos miedo de que los químicos o estar sentadas todo el tiempo afecten a nuestros bebés", dice. "Si tuviéramos más dinero, podríamos tener chequeos de salud. Pero si no trabajara aquí, no sé a dónde más iría".

Nacida en la provincia de Kampong Speu, Savory se mudó a la capital para trabajar desde hace siete años. Se casó, pero su esposo es un obrero de construcción (probablemente, la industria más explotadora y peor pagada) entonces les queda muy poco para asistencia médica con su ingreso de 130 dólares mensuales. "El salario que recibo solo alcanza para cubrir el arriendo de la casa, la comida y el colegio para mi hija", dice.

Abajo de una carretera muy transitada que lleva a una de las fábricas más grandes hay un laberinto de pequeñas casas, donde vive la mayoría de las trabajadoras textiles.

Los dueños de fábricas del sector textil tienen la obligación legal de proveer a las trabajadoras embarazadas una licencia mensual de medio día para hacerse chequeos, así como pausas y descansos adicionales. Las empleadas que llevan más de un año, en teoría, también pueden acceder a una licencia de maternidad con media paga. Estas son excelentes políticas en el papel, a veces impulsadas por las marcas de moda occidentales que están en el ojo público, pero su implementación parece ser muy diferente.

La industria textil de Camboya prefiere los contratos a corto término, casi siempre de tres a cinco meses, lo cual permite a los empleadores despedir a las trabajadoras embarazadas antes de que se ganen su licencia de maternidad o derechos por embarazo.

A principios del año, una investigación sobre las condiciones de la línea de producción de H&M en Camboya (y en todas partes) encontró que la mayoría de los empleadores ignoran las leyes y simplemente despiden a las trabajadoras embarazadas. Las presiones en la línea de producción también implican una desaprobación de las licencias por enfermedad, y las mujeres embarazadas son reacias a ejercer sus derechos cuando pierden sus trabajos o reciben un recorte de salario.

Trabajadores saliendo de la fábrica después de un largo día.

Aunque muchas fábricas tienen centros médicos incorporados, estudios de organizaciones no gubernamentales han notado que estos siempre excluyen los servicios de salud reproductiva y de maternidad. Para aquellas mujeres a las que se les han otorgado derechos, factores relacionados al trabajo como los escasos recursos, las distancias de desplazamiento y los turnos extremadamente largos a veces implican que no pueden acceder a atención médica, volviendo esos derechos inoperantes.

Las extensas horas de trabajo y los largos viajes también han hecho que muchas trabajadoras textiles elijan migrar solas a la capital, para enviar sus sueldos (y, a veces, a sus bebés) de vuelta a sus familias. Como explica Savory, la mayoría de los empleados tienen poco o nulo acceso a guarderías, así que, como muchas otras mujeres, ella también decidió dejar a su primera hija a cargo de sus padres en la provincia, viéndola solo en las visitas mensuales que hace a su casa.

Una trabajadora prepara la cena.

"Ya decidí que serán mis padres quienes cuiden a mi siguiente bebé, así que también voy a necesitar enviarles más dinero para comprar leche", dice. "Antes yo realmente quería un bebé y ahora solo pienso en las dificultades. Ya estoy comprometida a tener el segundo y lo haré, pero las cosas cambian completamente cuando estás embarazada".

Del mismo modo, Sophan, cuyo esposo es un trabajador rural, planea dejar a su bebé con su madre —que tiene problemas de visión— en su ciudad natal. "Sé que va a ser difícil [para mi mamá] adaptarse a un bebé por sus problemas", explica. "Estoy muy preocupada, pero no tengo otra opción".

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Más allá de los derechos para las madres, las fábricas textiles de Camboya están obligadas también a proveer guarderías para los empleados. Pero en el extraño caso de los dueños que lo han hecho, los servicios que se ofrecen son espacios casi simbólicos designados con —o sin ninguna— supervisión adulta. Las trabajadoras normalmente los describen como cuartos desabastecidos de la fábrica o como un tumulto de niños y bebés gritando y tratando de escaparse.

Las mujeres se resisten a usar esos lugares, entonces la responsabilidad de cuidar a los niños recae sobre los abuelos, quienes normalmente también están poco preparados para ese compromiso. Un estudio reciente sobre los hijos de trabajadoras textiles rurales encontró estándares problemáticos de salubridad, nutrición y supervisión, con abuelos o familias extensas que suelen ser muy pobres o estar muy ocupados con la labor manual para ofrecer un cuidado adecuado.

Chhailin llegando al trabajo.

"Hay una gran diferencia entre cuando estaba soltera y ahora que tengo una familia", dice Chhailin, una madre de la provincia Prey Veng con 33 años y dos hijos, quien ha trabajado en fábricas por 16 años (está retratada más abajo).

Después del nacimiento de su primer hijo, la madre de Chhailin llegó a la capital a vivir con ella y su esposo para cuidar a su nuevo nieto.

Chhailn en su casa visitando a su hija.

Pero al ser el único soporte económico de su hogar, el salario de 60 a 130 dólares mensuales de Chhailin no alcanzaba para mantener una familia en la capital después de su segundo bebé. Sus dos hijos viven ahora en las provincias con su familia, y la visitan esporádicamente en las festividades públicas anuales, cuando lo permiten las finanzas.

"Mis padres son pobres, pero yo solo ahorro dinero para que mis hijos estudien y tengan conocimientos, porque no quiero que trabajen como yo", dice.

Chhailin se toma un momento de relajación en su casa.

Las preocupaciones de Savory sobre el futuro de sus hijos hacen evidente el problema de elección (o falta de opciones) para las mujeres en las fábricas textiles en Camboya. Al venir de entornos rurales y con bajos niveles de educación, las trabajadoras textiles afirman tener pocas alternativas además del desgastante trabajo rural o el turbio empleo en los numerosas y sórdidas cantinas o bares de karaoke que hay en los pueblos y ciudades de Camboya.

"Si no hubiera trabajo en la fábrica, no sabría qué hacer porque no tengo tierras para sembrar. Si hubiera más dinero para los trabajadores, no estaría tan preocupada por la vida de mi familia".

Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.