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Guía práctica de navegación por el universo de Jazz al Parque

Una de las Biblias más escondidas del jazz en Colombia nos hace un recorrido por la historia y la actualidad de este festival. Y además nos da sus recomendaciones.

por Luis Daniel Vega
07 Septiembre 2016, 7:37pm

Apenas nos sacudíamos de la pesadilla narcoterrorista, en 1995 estalló el Proceso 8000, asesinaron al excandidato presidencial Álvaro Gómez Hurtado y se legalizaron las truculentas CONVIVIR. Si bien se respiraba desazón, cierto optimismo proveniente del pop apaciguó la crisis moral generalizada que vivía el país y de la que no nos dimos cuenta los que éramos adolescentes en ese año bisagra. Ya fuera una premeditada jugada mediática orquestada por los dueños del poder o tal vez mera coincidencia, se publicaron, por ejemplo, Pies descalzos de Shakira y La tierra del olvido de Carlos Vives y La Provincia, dos discos que, gústenos o no, inyectaron autoestima a una generación de colombianos desengañados.

Empujando desde un flanco más contestatario, a principios de los noventa empezaron a aparecer en escena bandas musicales que reaccionaron ante la ruina política y el patriotismo baladí. La explosión del rock subterráneo que se vivió en esos días encendió de nuevo la llama que se había apagado en la década de los ochenta.

Bajo la administración del alcalde Jaime Castro se expidió el decreto Ley 1421 de 1993 que contenía el Estatuto Orgánico de Bogotá donde se decantaron nuevas políticas que tenían como objetivo identificar y aglutinar expresiones artísticas como la plástica, la literatura y la música en la ciudad. Bertha Quintero y Gloria Triana -por ese entonces cabeza del IDCT (Instituto Distrital de Cultura y Turismo)- se dieron a la tarea de proponer las reformas respectivas que fueron muy bien recibidas por el burgomaestre. Se trataba, básicamente, de llevar las diversas manifestaciones artísticas a espacios públicos.

De la informalidad y el corrillo furtivo, muchas de esas agrupaciones que fueron protagonistas de la explosión del rock bogotano noventero fueron convocadas a participar en conciertos que, a la postre, serían el antecedente inmediato de los Festivales al Parque. El primero de ellos –realizado entre el 15 y el 31 de julio de 1992 en la Sala Oriol Rangel del Planetario Distrital- se llamó Encuentro de música joven Santafé de Bogotá. Allí participaron, entre otros, Punto de Fusión, 1280 Almas, María Sabina, La Derecha y Nueve. La semilla estaba sembrada y nadie se imaginó lo que iba a suceder un par de años después.

Fue así como el 26 de mayo de 1995 se llevó a cabo el primer Rock al Parque en los parques Simón Bolívar y Olaya Herrera. Exitosa la primera faena, el campo estaba abonado para continuar con la osadía.

En el costado suroriental del Parque de la Independencia, en una pequeña concha acústica con capacidad para 500 personas, Jazz al Parque catalizó una escena rudimentaria que apenas se sacudía de un largo trance abúlico. A propósito, el bajista Juan Sebastián Monsalve describe muy bien el momento que vivieron los entusiastas: “La movida del jazz en Bogotá se empezó a despertar con el Festival de Jazz del Teatro Libre en 1988. Era una opción elitista poco accesible para estudiantes y para la gente del común. Sin embargo, los pocos fanáticos del jazz que habíamos a principios de los años 90 vimos a grandes genios. Además, era el único chance de ver quién hacía jazz acá (…) Jazz al Parque fue la primera convocatoria democrática, abierta, pluralista, que mostró la realidad de una muy incipiente escena. Fue el primer intento de agremiar algo que nunca había estado agremiado, una escena que apenas era una ilusión. Aquí no había ni emisoras que transmitieran jazz, ni disqueras que prensaran, ni sitios donde tocar, ni sitios donde estudiar (…).”

A pesar de este diagnóstico dramático, algo ya se había empezado a tejer desde los años sesenta.

Breve nota acerca del jazz en Bogotá

La casi nula literatura, las escasas notas de prensa, los pocos registros fotográficos y la ausencia total de material fonográfico han impedido trazar un mapa claro de la actividad del jazz en Bogotá durante las décadas de los veinte y de los sesenta del siglo pasado.

De todas maneras, existen vestigios que nos ayudan a encontrar las pistas de esta historia sumida en la oscuridad como lo es el caso del musicólogo Egberto Bermúdez, quien en el libro Historia de la música en Santafé y Bogotá 1538- 1938 (Fundación de Mvsica, 2000) expone una información de prensa del tabloide El Mundo al Día (fechada el 21 de mayo de 1927) donde dice que las agrupaciones Jazz Band A. Bolívar (dirigida por Anastasio Bolívar), y la Ernesto Boada Jazz Band dieron a conocer en la ciudad ritmos como el ragtime, el cake walk y el foxtrot.

Por su parte, el periodista barranquillero Luis Enrique Muñoz Vélez, en su libro Jazz en Colombia: Desde los alegres años 20 hasta nuestros días (La Iguana ciega, 2007), nos informa que en 1938 se batieron a duelo la Orquesta Sosa Jazz Band –dirigida por Luis Felipe Sosa- y la Ritmo Jazz Band –codirigida por Francisco Cristancho y Alex Tovar. También, retomando de nuevo a Muñoz Vélez, existieron en la capital entre 1933 y 1935 orquestas legendarias como la Jazz Band Colombia de José María Ramírez, la Estudiantina Jazz Band de Hernando Rico Valencia y la Jazz Band Colón. De ahí en adelante se pierden los rastros y el asunto se torna difuso hasta finales de la década de los sesenta.

Directamente relacionado con la vida nocturna y la bohemia, la movida del jazz en Bogotá se practicó en grilles elegantes y dos bares míticos: el Chez Deddy, en la carrera séptima con calle 28, el Fredys, en la calle 24 con décima. Allí, entre las seis y las nueve de la noche figuraron el pianista Armando Manrique y el baterista Plinio Córdoba, quienes desafortunadamente no dejaron ningún disco que pueda dar cuenta de su actividad. Por esos mismos años, exactamente en 1961, el clarinetista español Luis Rovira (visitante cotidiano del famosos Grill Colombia) entró a los estudios Suramericana en Bogotá y grabó Luis Rovira Sexteto (Phillips, 1961), quizás el primer registro fonográfico de jazz hecho en Bogotá. En compañía de músicos extranjeros y el guitarrista antioqueño León Cardona, Rovira se despachó un potpurrí en onda swing de las piezas colombianas “Atlántico”, “Cosita linda” y la “Guabina chiquinquireña”.

En los setenta el jazz se trasladó del centro de la ciudad al norte. Armando Manrique abrió Hippocampus en la calle 85 con carrera 15; el restaurante Doña Bárbara, en la calle 81 con carrera 11, se convirtió en el lugar de moda en 1976; la pianista bumanguesa Jean Galvis montó El Jazz en la calle 91 con carrera 14; muy cerca al Hippocampus, el pianista Gabriel Cuéllar regentó La Cacerola y en la carrera 11 con calle 86 funcionó La Pola, un lugar donde se mostraron por primera vez músicos como Bernardo Ossa, Antonio Arnedo y Juan Vicente Zambrano.

El precursor Armando Manrique abrió el Jazz Bar 93 en 1982, meses antes de su misteriosa muerte. Por esa tarima pasaron Joe Madrid, Armando Escobar, Javier Aguilera, Germán Chvarriaga, Gabriel Rondón, Joe Madrid y Edy Martínez, entre otros músicos que también desfilaron por el tablado del Café del Jazz –inaugurado por el guitarrista Kent Biswell en 1986- y Zanzíbar, local que el baterista Javier Aguilera puso a funcionar en 1993. Este espacio, que se mantuvo durante un año, fue de alguna manera el cierre de un ciclo y la apertura de mejores tiempos.

Aunque en las décadas de los ochenta y principios de los noventa se vivía con cierto fervor el jazz en Bogotá, no había más escenarios aparte de los bares mencionados, no existían aún los festivales y los discos eran escasos. Salvo Macumbia (Fonosema, 1984) del compositor monteriano Francisco Zumaqué no hubo grabaciones que dieran cuenta de la actividad musical.

Volvamos al parque

Bajo el gobierno de Antanas Mockus y con Paul Bromberg como director del IDCT, Bertha Quintero llamó a Guillermo Pedraza para que organizara, de la nada, la inexistente Área de Música. Con poco presupuesto se armó una convocatoria y se invitaron algunos músicos que ya tenían cancha. Entre el 4 y el 6 de noviembre de 1995 –tanto en el mencionado Parque de la Independencia como en el Teatro al Aire Libre La Media Torta- se dieron cita 24 participantes dentro de los que cabe destacar a Efraín Zagarra, Fonopsis, Gabriel Rondón Sexteto, El Gato Azul, María Sabina, Joe Madrid Trío, MC2, Plancton, Plinio Córdoba Quinteto, Shékere, Tico Arnedo, Óscar Acevedo, Séptima Especie y la orquesta de Edy Martínez, quien en esa ocasión estrenó Privilegio, una grabación fundamental en la discografía del jazz colombiano.

Después del primer Jazz al Parque algunas academias abrieron sus puertas al jazz y fueron más frecuentes los ciclos de conciertos en los teatros y las bibliotecas. Festivales como el del teatro la Libélula Dorada y Fesujazz se fortalecieron y aparecieron nuevos sitios como El Gato Eléctrico y Tocata y Fuga. A mediados de esa década el saxofonista Antonio Arnedo publicó su primer disco Travesía (MTM, 1996) que abrió un capítulo nuevo en el jazz de la ciudad: se emancipaba con lujo de detalles de la hegemonía del jazz latino para mostrar cómo era posible llevar hasta las últimas consecuencias el legado de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Edmundo Arias y José María Peñaloza, músicos que entre los cuarenta y los sesenta habían mezclado con elegancia el jazz y los ritmos del Caribe colombiano.

En sus 20 ediciones –recordemos que en 1997 no hubo festival- Jazz al Parque se ha mantenido pese a los cambios de administración. Del pequeño anfitreatro del Parque de la Independencia pasó al Parque Nacional (1998, 2000), tuvo algunas ediciones en el Parque Simón Bolívar (1999, 2001), volvió a la Media Torta (2002, 2003, 2004), se instaló muchos años en el pintoresco Parque de los Novios (2005- 2009) y desde el 2010, con lujo de detalles, se realiza en el Parque Metropolitano El Country donde, a pesar de los vecinos arribistas y quisquillosos, se ha convertido en uno de los patrimonios sonoros de los bogotanos.

Más allá de la eterna discusión acerca de la curaduría –siempre hay alguien que dice haber podido hacer un mejor el trabajo que el director de turno-, Jazz al Parque se ha caracterizado por su programación amplia, controvertida y atenta tanto a la tradición como a la vanguardia y los nuevos rumbos del jazz. De eso da cuenta las más de 500 propuestas locales que han compartido tablado al lado de una sensacional lista de “pesos pesados” internacionales que bien vale la pena recordar: Chano Domínguez, Sam Rivers, Avisahi Cohen, Django Bates, Paolo Fresu, Radio Tarifa, Horacio Fumero, Erik Truffaz, Jay Rodríguez, Adrián Iaies, Hermeto Pascual, John Scofield, Don Byron, Joe Lovano, Screaming Headless Torsos, Steve Coleman, Maceo Parker, Cassandra Wilson, Macy Gray, David Murray, Guillermo Klein, Courtney Pine, Esperanza Spalding, Henry Buttler, Steven Bernstein y Pedrito Martínez.

La versión del 2016 –que casi sucumbe ante los caprichos inverosímiles de Enrique Peñaloza- trae emoción y sorpresa. Acá nuestros recomendados:

Los “raros” que no hacen jazz en el sentido estricto de la palabra

Meridian Brothers: No resulta extraño que grupos ajenos al jazz sean invitados a festivales de jazz o que grupos de jazz sean protagonistas en festivales de otra índole. Las variables son muchas y, afortunadamente, las fronteras de los géneros se han desvanecido. Casos hay por montones, acá solo citamos un par: Paul McCartney y Radiohead en el Montreaux Jazz Festival o Miles Davis en Isle of Wight de 1970. Sin querer sustentar arbitrariamente la presencia de Meridan Brothers en Jazz al Parque 2016, acá van algunos datos para que los detractores no los juzguen con demasiada severidad: no es la primera vez que Eblis Álvarez, cerebro de Meridian Brothers, se para en la tarima de Jazz al Parque. En 1997 integró un quinteto junto a Samuel Torres, Juan Sebastián Monsalve, Pacho Dávila y Urián Sarmiento. En 1999 hizo parte del legendario cuarteto Jazz Circular y en 2000 se enfiló al lado de Tico Arnedo. No es la primera vez, tampoco, que Meridian Brothers hace parte de un festival de este género. De hecho, muchos de los cientos de conciertos que han dado alrededor del mundo han sido en eventos legendarios como JazzOnze+ (Lausana), Blue Note Festival (Nueva York) y el reputado Banlieues Bleues (París). Dato curioso: Mauricio Ramírez, el nuevo baterista, es quizás uno de los músicos más consagrados en el circuito jazzero bogotano.

Mula: ¡Ojo! La agrupación dirigida por el bajista Santiago Botero no fue invitada: hizo todo el proceso burocrático, se presentó ante un jurado y, finalmente, fue seleccionada para estar en la gran fiesta. Esta mera aclaración despeja cualquier duda. En cualquier caso, Mula es una banda feroz que le mete el diente muchos géneros musicales que van desde el hard core hasta el jazz etíope. La invitación es a que disfruten de una banda inusual en la que se funde con filigrana el sonido de Alas no Axis, Sonic Youth, Supesilent, Zu, The Ex y Morfonia.

Los que hacen jazz en el mejor sentido de la palabra

Alejandro Fernández Quinteto: El sonido que propone el contrabajista bogotano Alejandro Fernández es clásico, sin que esto suponga ningún reproche. Tomando elementos del hard bop de los cincuenta, y el soul- jazz de los sesenta, Fernández se la juega por un estilo de jazz caliente, muy bien ejecutado y sin pretensiones vanguardistas. De hecho, su disco debut In the last minute (grabado en 2010 junto a músicos de Chicago) recuerda las portadas de aquellas grabaciones que hicieran famoso al sello Blue Note. A Fernández lo acompañan en su aventura cuatro luminarias del jazz en Bogotá: Pavel Zuzaeta, Pablo Beltrán, Néstor Vivas y Juan Camilo Anzola.

Nowhere Jazz Quintet: Muchos recordamos aquella noche memorable en la que En Ningún Lugar (como se hacía llamar por ese entonces el quinteto) literalmente arrasó con todo lo que tenían en frente durante su debut en Jazz al Parque 2009. Fue una aplanadora potente que nos dejó sin aliento. El combo liderado por el baterista Juan Camilo Anzola logra despertar los aplausos no solo por el virtuosismo evidente de sus integrantes sino por cierta actitud rockera de la que se valen para expresar con brío una mezcla particular de hard bop, nu jazz, sonidos latinos y drum ´n´ bass.

Spiritual Trio: Junto a Francia, Italia fue el país europeo que mayor atención le prestó al jazz norteamericano en sus albores. En los años cincuenta, después de la Segunda Guerra, muchos músicos que habían permanecido en la sombra (callados por el fascismo que censuró la música de sus “enemigos”) salieron a la luz e iniciaron un proceso que empezó a evolucionar con sonido propio luego de la explosión del free en los años setenta. Giorgio Gaslini, Enrico Rava, Gianluigi Trovesi, Enrico Pieranunzi, Stefano Di Battista y Aldo Romano son algunos de los nombres más recordados de una de las escenas más fervientes del jazz en el Viejo Continente. Precisamente al lado de Battista y Romano fue que el trompetista Fabrizio Bosso –líder del Spiritual Trio- empezó a resonar como uno de los referentes de la nueva generación de jazzistas italianos. Su trío es un homenaje a la tradición afroamericana del góspel, el soul y los spirituals.

Las cantantes

Sin duda, las grandes protagonistas de Jazz al Parque 2016 serán las voces femeninas. Provenientes de diversas geografías y estilos tres cantantes nos llevarán de viaje por los caminos del currulao, el fado y el flamenco. La bogotana Urpi Barco estrenará Retrato, un delicado cumplido a la canción latinoamericana. Por su parte, la portuguesa Sofia Ribeiro también presentará un nuevo disco. Se trata de Mar sonoro, una delicada incursión en los terrenos del fado de la mano del pianista colombiano Juan Andrés Ospina. Finalmente, sin necesidad de mayores presentaciones, la palmesana Concha Buika vuelve a Bogotá con un repertorio que esta vez se aleja del flamenco para internarse en los terrenos de algunas de las canciones más conocidas del cancionero norteamericano como “Misty”, “My one and only love” y “Autumn leaves”.

Los legendarios

Marc Ribot y Los Cubanos Postizos: Nacido en New Jersey en 1954, Marc Ribot es uno de los guitarristas más inquietantes en el campo del jazz, el rock y la música improvisada. Empezó su carrera haciendo punk y tocando en bandas de garaje mientras estudiaba con su mentor, el guitarrista y compositor haitiano Frant Casseus. Su estilo desvergonzado, ruidoso y visceral -en el que logra abstraer con rigor e imaginación diversas fuentes musicales como funk, klezmer, blues, jazz, son cubano, cumbia, free y sonidos afroperuanos- se empezó a hacer visible en la escena de la llamada downtown music en Nueva York por allá en 1978 cuando arribó a la ciudad y se alistó en los Realtones, una desconocida banda de soul- punk. Miembro activo –y activista- de una escena musical vigorosa, subversiva y anarquista, Ribot se unió a los legendarios Lounge Lizards, la banda dirigida por el no menos controvertido John Lurie. Durante varios años tocó junto a Tom Waits y, finalmente, debutó discográficamente a los 36 con el disco Rootless Cosmopolitans (Antilles, 1990) donde lo acompañó el pianista Anthony Coleman, con quien en 1998 grabó el primero de los dos discos de Los Cubanos Postizos. Prensados por el sello Atlantic, The prosthetic cubanos y Muy divertido! encarnaron el espíritu del tresero ciego Arsenio Rodríguez.

Aunque es un homenaje al son montuno, Los Cubanos Postizos también es un gesto sarcástico del que Ribot se vale para mofarse un poco de su condición advenediza en los terrenos de las músicas antillanas. Con todo esto, su aventura es categórica y no suena impostada…

Los Cubanos Postizos estarán en Bogotá con su formación original que incluye a Coleman en los teclados, Brad Jones en el bajo y los cubanos E.J y Roberto Juan Rodríguez en las percusiones. ¡Esto no pasa todos los días!

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