Cultura

Pasé un mes saliendo con catanas genereosas y no lo volvería a hacer

Que una mujer mayor te pague comidas gourmet y vino caro puede ser realmente divertido, pero también tiene sus problemas.

por Anónimo
06 Noviembre 2015, 3:30pm

Not one of the women in this article.

Foto vía usuario de Flickr Phil Galdys.

Hace unos meses estaba acostado en la cama y de repente sentí que necesitaba ensayar algo nuevo. Después de reinstalar Tinder en mi celular —lo había desinstalado porque arruiné la mayoría de mis matches mandándoles letras de canciones de Drake— y de crear mi perfil, tuve que decidir el rango de edad de las mujeres que me interesaban.

Deslicé mi dedo hacia la derecha, puse el límite en 50 años y empecé a pasar perfiles. Finalmente me aburrí, se me cansó el pulgar y me quedé dormido. A la mañana siguiente, me desperté con una notificación y otra y otra. Después de abrir la aplicación, me di cuenta de que tenía decenas de matches. Muchos eran de mujeres "maduras" y eso me dio una idea: iba ir a beber y a cenar en restaurantes finos por cuenta de mujeres mayores, sin echar a perder la cita demasiado rápido ni huir después de haber tenido mi porción de comida y bebida.

Salir con una mamá buenona es la fantasía de casi todo adolescente heterosexual, pero salir con una asaltacunas que te gasta todo lo que quieres para conseguir sexo es una cosa un poquito distinta. Cuando eres un hombre con estructuras machistas, renunciar a cierto poder y mostrar vulnerabilidad es un paso que va más allá de hacerte la paja con un video de la categoría MILF en Pornhub. Mi ejercicio sería un compromiso total con un estilo de vida diferente y un trato distinto. Un experimento que tenía que hacer para saber si la realidad estaba a la altura de mis expectativas.

La noche siguiente creé un anuncio en Craigslist buscando mujeres mayores, y un perfil en una página web de citas con asaltacunas.

"Hombre universitario de 19 años que trabaja en medios de comunicación. Soy muy abierto y estoy dispuesto a hacer casi cualquier cosa", escribí en mi biografía, y después agregué algunos detalles sobre mi apariencia (aclaré que no soy asqueroso) y sobre mi situación financiera ( expliqué que era terrible). "Estoy buscando algo informal porque quiero aprender. No esperes algo a largo plazo, pero tampoco que salga corriendo".

Agregué al perfil una foto de mi cara parcialmente oscurecida, abrí mi cuenta y la dejé abierta al público. Durante el mes siguiente, tuve varias citas con mujeres entre los 35 y 48 años en Toronto. Todas las mujeres con las que salí eran agradables pero firmes, algunas más firmes que agradables. Estas fueron las citas más destacadas.

*Todos los nombres han sido cambiados.

Esto si es comida fina. Foto via usuario de Flickr w00kie.

Tessa, 39 años

Tessa fue la primera persona que me escribió cuando monté mi perfil. Dijo que le había gustado lo directo que sonaba en lo que había escrito en mi biografía y que admiraba que a mi edad fuera tan trabajador. Sin embargo, por las obvias intenciones con las que cualquiera se inscribe en una página de citas, nuestra conversación se convirtió rápidamente en algo superficial y comenzamos a hablar de otro tipo de atractivos. Hablamos sobre cómo mi mandíbula le parecía sexy y cómo su cuerpo atlético me parecía sensual.

Esta era mi primera incursión en el reino de las citas con mujeres sólo un poco más jóvenes que mi mamá, así que realmente no sabía qué esperar y llegué preparado para irme si la cosa se ponía rara o incómoda (sospechaba que ese sería el caso). Había escuchadolas historias de "horror" de amigos que habían salido con personas mucho mayores que ellos. De vez en cuando estos encuentros salen mal cuando uno se entera de que la otra persona está desesperada por tener algún tipo de sexo extraño o el mayor trata a la persona más joven como un pan recién salido del horno.

Cuando llegué 10 minutos antes al lugar, un restaurante italiano en una zona de moda de la ciudad, me sorprendió encontrar a Tessa ya sentada en la mesa con una servilleta sobre las piernas y una cartera puesta al lado cuidadosamente. Y se veía despampanante. En cierto modo, me recordó mucho a Gillian Anderson en sus días de "Los Archivos X", de quien estaba muy enamorado cuando era niño. Sólo eso ya fue motivo suficiente para hacer que esto funcionara.

Cuando me vio caminando hacia la mesa no se levantó. En vez de eso, hizo un contacto visual irrompible conmigo, como si quisiera verme el alma. Y como soy un duro oponente en los concursos de miradas, mantuve mi mirada fija mientras extendía mi mano y me presentaba.

"¿Cómo estás?", le pregunté. Ella respondió "Bien, bien. Siéntate". Seguí sus instrucciones sin cuestionarla y me senté.

Uno de los términos que se utilizan en la comunidad de asaltacunas para hablar de chicos más jóvenes a los que les gustan las mujeres mayores es "cachorro", y aunque Tessa nunca utilizó el término estando conmigo, sí lo hizo en nuestras conversaciones digitales. Por supuesto, "cachorro" es en esencia sólo una buena manera de decir que eres propiedad de una matriarca, cosa que yo tenía clara al entrar en esto. De hecho, me gustaba la posibilidad de ser cuidado por una mujer mayor y con más éxito. Era un giro a los estereotipos típicos de las interacciones hombre-mujer, y me gusta comer gratis, así que ¿por qué no?

El hielo se rompió fácilmente después de unos minutos de conversación trivial. Terminamos teniendo una larga cena (de 100 dólares), con una botella de vino (de 40 dólares), y pasamos el resto de la noche caminando por la ciudad ligeramente intoxicados. Ella me gastó todo. Tessa era contadora y dejó claro que no quería que yo pagara por nada. Al final le dije que ya me daba pena haberla dejado invitarme a la cena, y me dejó gastar el café (aproximadamente 4 dólares) cuando paramos en una cafetería.

Cuando llegó el momento de despedirnos, fue muy lanzada. Se me botó encima muy rápido, y yo me entregué sin protestar (obviamente). Por primera vez en mucho tiempo, no tuve que hacer prácticamente nada. Nos dimos besos un rato en un banco de un parque y luego tomamos caminos separados. Antes de irme, le dije que quería hacerlo de nuevo, pero luego me sentí raro porque vi fotos de sus hijos cuando me agregó a Facebook. Nunca volvimos a salir, a pesar de los dos mensajes que me envió diciéndome que fuéramos a comer helado en Baskin Robbins. Amo el helado, pero la idea de estarme dando besos con alguien que podía ser mi mamá era tal vez demasiado en ese punto.

Foto via usuario de FlickrNicolas Alejandro.

Ángela, 42 años

Poco tiempo antes de que saliera con Tessa, Ángela vio mi anuncio en Craigslist y me escribió un correo electrónico diciendo: "Te pago la cena pero, ¿estás dispuesto a tirar? De otro modo no me interesa". Yo no sabía cómo responderle exactamente. No había ninguna foto de ella, no sabía quién era y el único detalle que me había dado era su edad. Quiero decir: por lo general estoy dispuesto a tirar, pero estaba un poco preocupado de que estuviera siendo 'catfished' o me estuviera engañando algún tipo de depredador sexual. Decidí dejarlo a un lado, hasta que después de un par de semanas volví a encontrármelo cuando estaba organizando mi correo. Lo leí otra vez después de haber salido con Tessa y pensé: "A la mierda, ¿por qué no?". Le escribí: "Claro. Llámame". Mi teléfono sonó casi inmediatamente.

Hablamos durante unos diez minutos antes de decidir encontrarnos. Ella propuso que fuéramos a un café, luego a un bar y que viéramos a dónde nos llevaba la noche. Una vez más, al igual que en la cita con Tess, Ángela pagaría todo. Mientras arreglábamos la cita no tomé ninguna decisión y ella tampoco me dejó. Cuando hablamos por teléfono una de las cosas que me dijo fue que no quería que, bajo ninguna circunstancia, le dijera asaltacunas. Me advirtió que si iba a referirme a ella con otro término que no fuera "bebé", tenía que ser "tigresa" y que tenía que escucharla todo el tiempo. Todo esto me confundió un poco. Yo estaba acostumbrado a estar en el mismo nivel en mis relaciones, así que era jodidamente raro que me dijeran que tenía que someterme a otra persona. Por un momento, sentí un poco lo que casi toda mujer ha sentido durante miles de años.

Cuando nos encontramos, Ángela llevaba una pinta que dejaba claro que ella era quien mandaba: tenía una chaqueta negra de cuero y blue jeans con botas negras altas y una camisa blanca escotada. Estaba buena —era como una especie de mamá motociclista sin la parte de la metanfetamina— y también era muy controladora. Estaba tan decidida a tomar todas las decisiones que en un momento, al principio de nuestra cita, me cogió la mano muy duro y me haló a nuestro primer destino. Para mí esto era un experimento y estaba consiguiendo lattes y alcohol gratis, así que no me podía quejar.

Tengo una imagen borrosa de la noche. Sé que andamos de bar en bar... Recuerdo muy bien que Ángela era una mujer muy interesante: me contó que se había divorciado hace un tiempo de su esposo, que era diez años mayor que ella, y esto le desató un deseo por salir con hombres más jóvenes. Cuando le pregunté con cuántos hombres había salido antes de mí, me dijo que no podía recordarlo, pero que había estado haciéndolo con bastante regularidad durante el último año. También insistió en que fuéramos a su casa y yo cedí.

Cuando llegamos a su casa, un loft cerca al café al que me llevó al principio, todo el lugar estaba arreglado como una especie de antro sexual del distrito rojo construido con el único propósito de seducirme. El cuarto tenía colores cremosos: había un sofá gris de cuero con cojines rojos de terciopelo, y unas perlas blancas colgaban delante de una puerta que daba hacia el pasillo. Además, la habitación olía muy bien: era como si la lavanda y el chocolate hubieran tenido un bebé. Casi toda la luz del lugar, que era tenue y atmosférica, provenía de unas luces de neón que tenían escritas la palabra "amor" y otro tipo de frases sacadas de Tumblr. Había algunas velas encendidas en la mesa de la cocina y de fondo se escuchaba house.

Tan pronto como me desamarré las botas y me paré, Ángela me señaló el sofá que estaba en medio de la habitación. Casi inmediatamente después de que mi culo tocara el sofá, se acercó a mi pantalón y empezó a frotarme la entrepierna, sin besos ni charla trivial. Yo estaba un poco incómodo; además, ella me recordaba a la tía de un amigo que tomaba un montón de jugos de vegetales y estaba hiper bronceada. Pero me había tomado antes dos pastillas para la ansiedad, así que a mi cerebro realmente no le importaba nada en ese momento. En unos segundos, me quitó el pantalón, me arrancó los boxers y comenzó a mamármela inmediatamente. Tengo que decir que fue una buena mamada. Es decir, la mejor mamada que he tenido desde la vez que me desperté follando con un colchón porque me habían dado una mamada de otro nivel. Ángela conocía muy bien el juego y lo jugaba muy bien.

De repente, se detuvo y se puso de pie. Por un momento, casi pensé que había hecho algo mal. ¿No había luchado lo suficiente? No entendía. Después de una pausa se quitó sus pantalones y luego trató de montarse encima mío.

Ahí fue cuando las cosas se pusieron mal. Cuando le dije que tenía que coger un condón, ella trató de impedir que lo hiciera. Le dije que no estaba interesado en tener sexo sin condón, y ella me dijo que dejara de quejarme. Al instante, perdí por completo el interés. Un poco enojado por el hecho de que alguien me estaba diciendo lo que podía y no podía hacer con mi propio cuerpo, mandé a la mierda el acto de sumisión y la empujé suavemente. Los dos medio nos sentamos en el sofá por un minuto, mientras yo me ponía los pantalones de nuevo y le explicaba que la cosa se había puesto demasiado rara para mí. Le dije que era una mujer muy agradable y que estaba muy agradecido por las bebidas, pero que ya estaba. Que para mí ahí terminaba nuestra noche de aventuras.

Terminé dejando 30 dólares sobre la mesa a pesar de que me dijo que no lo hiciera. En parte lo hice porque me sentí mal (sé que no debía haberme sentido así, teniendo en cuenta que tengo el derecho a rechazar el sexo), y en parte porque un sentido de masculinidad arraigado me decía que debía haber dividido la cuenta del trago. Mientras bajaba las escaleras de su apartamento borré nuestros mensajes de texto y su número. Nunca volvimos a hablar.

Foto vía Wikipedia.

Marilyn, 40 años

Conocí a Marilyn el mismo día que envió un mensaje a mi cuenta. Era agente de bienes raíces y vivía y trabajaba en un barrio de lujo, así que tenía qué mostrar. Me recogió afuera de una estación de metro en el extremo norte, alrededor del mediodía, en un Audi nuevo que olía a cuero fresco y a cosas caras. Cuando entré al carro, me dio un abrazo y me saludó con una sonrisa enorme. Tenía una risa increíble y hablaba muy bien. Yo estaba muy cómodo. De hecho sentí que a diferencia de mis otras citas, con ella no tenía que forzar la situación o fingir una conversación trivial. Era muy divertido estar con ella. Incluso le gustaba Drake.

Claramente Marilyn estaba en el mundo de la moda. Se ponía capas y combinaba los colores de una forma que enloquecería incluso a los amantes de la moda más pretenciosos. Me hizo sentir un poco mal vestido. De todas formas, a Marilyn no parecía importarle tanto como me importaba a mí. Me preguntó dónde había comprado la chaqueta de cuero y le respondí: "Se la compré a un tipo en el Gran Bazaar". Era la verdad y no sentía ninguna necesidad de mentir estando con ella.

Cuando hablamos por mensajes antes de la cita, planeamos almorzar y mirar cómo salían las cosas para ver si era una buena opción vernos otra vez después de esa cita. Yo estaba muy contento con la idea. Terminamos escogiendo un restaurante tailandés barato en el centro de la ciudad, que es popular entre los estudiantes de la zona, en un lugar que me pareció lo suficientemente concurrido para que no se quedaran mirándonos.

Marilyn y yo hablamos por casi dos horas en compañía de unos platos de stir fry picante y egg rolls crujientes. Marilyn era vegetariana, y yo soy más como ese tipo de persona que sólo come carne, así que terminamos discutiendo sobre la ética de comer carne. Los dos coincidimos en que la masacre animal es una mierda. Yo le dije que cargaba con la responsabilidad de la carne que consumo a diario. Ella terminó la conversación haciendo un chiste: "Come carne ... a veces". En esa apunte, pedí la cuenta. Dividimos la cuenta sin discutir al respecto. En realidad, fue algo muy normal.

Después de la comida, nos despedimos e hicimos leves planes para vernos otra vez. Meses después nos encontramos para tomar café. Cuando nos vimos, las cosas eran ya muy diferentes. Tenía menos energía, no sonreía tanto, y parecía estar ahí más por cortesía que para divertirse. Cuando le pregunté cómo estaban las cosas, me dijo que su madre había fallecido recientemente y que todo había sido difícil.

Pasamos el resto de la noche hablando y caminando por la ciudad. Fue un día un poco sombrío (por el clima lluvioso, pero también por nuestra conversación), y al final terminamos en una iglesia. Fue muy pesado. Marilyn me dijo que necesitaba tiempo para ella, así que le di un abrazo y nos despedimos. Aunque nunca nos volvimos a ver, le volví a escribir un mensaje para ver cómo iba y ella me respondió que le estaba yendo mucho mejor. También me dijo que quería verse conmigo para ir a comer más comida tailandesa. Le dije que me sonaba mucho el plan, aunque era un poco falso, sólo para que no se sintiera aún peor de lo que ya estaba por la muerte de su mamá.

Vanessa, age 48

Vanessa me contactó justo antes de que quitara mi anuncio en Craigslist. Me di cuenta de que ya iba a empezar el semestre y de que probablemente no debería seguir saliendo con mujeres que me doblaban la edad cuando en tan sólo unas semanas iba a estar rodeado de miles de chicas universitarias.

Me envió un mensaje con una descripción muy detallada y altamente específica de sí misma. Aparte de su altura, su peso y su color de pelo, también hizo énfasis en que tenía ascendencia china. Cuando le envié un correo de vuelta diciendo que estaba interesado, también le pregunté por qué especificaba su raza. Ella me respondió que algunos hombres le habían dicho básicamente que se fuera a la mierda una vez que se conocían en persona y se daban cuenta de que era asiática.

Me pareció deprimente pero no me sorprendió. Los hombres, especialmente los tipos blancos, pueden ser absurdamente ofensivos con sus "fetiches" y con sus elecciones de mujeres. En cualquier caso, le aseguré que a mí legítimamente no me importaba y que cualquiera que le hiciera eso a ella era un imbécil. Quedamos de vernos al día siguiente en un restaurante coreano BBQ, e hicimos planes para luego ir y hacer una sesión de fotos en el muelle. (Soy fotógrafo y eso es una forma de romper el hielo muy útil en las citas. Todo Bien, no me juzguen).

Cuando llegamos al restaurante y pedimos la comida, la conversación no fluía y comencé a emputarme. Pasó mucho tiempo en el teléfono (¡No es sólo una cosa millennials!) y respondía mis preguntas con respuestas muy vagas. Por suerte, como en un BBQ coreano uno tiene que cocinar su propia comida y luego comérsela, dejaba el celular ocasionalmente para poner un poco de carne a la parrilla y hablar conmigo un minuto. Cada vez que hablábamos, sus ojos se iban por toda la habitación y nunca me miraba fijamente (¡Todo lo contrario a Tessa!). Parecía realmente nerviosa. Traté de parecer lo más relajado posible para hacerla sentir más cómoda; incluso hice que mi voz sonara suave y angelical, pero todo fue en vano. Ella no se lograba relajar.

Cuando nos fuimos del restaurante y empezamos a caminar hacia el muelle, como lo habíamos planeado, todo el tiempo estuvo revisando su celular, todavía con más frecuencia que antes. Más o menos a la mitad del camino, me detuve y le pregunté si se sentía bien, y en ese momento me dio la noticia: su esposo (que yo no sabía que existía) estaba preguntándole dónde estaba y sospechaba que ella lo estaba engañando.

Sorprendido, le pregunté por qué no me lo había dicho en primer lugar y me respondió que era porque le daba miedo que entonces yo no saliera con ella. Tenía razón, obvio. Definitivamente no habría salido con alguien que, además de engañar a su esposo, me pondría en peligro potencial. Pero me dio pesar decirle toda la verdad teniendo en cuenta lo ansiosa que ya estaba y la posibilidad de que ella terminara llorando en medio de la calle.

En lugar de eso, le dije que me parecía un poco extraño y que creía que debíamos terminar la cita para que ella pudiera ir y ver a su esposo. Luego me di cuenta de que esa fue la puta decisión equivocada. Vanessa me estalló en la cara, acusándome de ser miope y desconsiderado con su situación.

Después de alegar por casi medio minuto, se detuvo y me dijo que no iba a volver a sacar su celular por el resto de nuestra cita si yo olvidaba todo lo que acababa de pasar. En este punto, yo estaba totalmente desinteresado y dispuesto a rechazar su oferta, así que sólo me quedé mirándola, sacudí la cabeza y suspiré. Le dije que con gusto la acompañaba de vuelta a su carro, pero que realmente no le veía ningún punto a seguir con eso. Me dijo que estaba bien y llamó un Uber. Entonces vi mi oportunidad para salir corriendo. Me despedí y me puse los audífonos para empezar una larga y calmada caminata a casa al ritmo de Phil Collins. Por eso me puedes juzgar.

lo que aprendí

Si hay algo que uno puede extraer de toda esta experiencia, es que salir con gente mucho mayor que uno es una mezcla entre lo emocionante-desafiante y lo putamente incómodo. Es increíble que te paguen cenas caras, que alguien te guíe en todo y que te den sexo fácil, pero yo no logré soportar que las mujeres que me daban todos estos lujos me miraran simplemente como si fuera un culo fresco.

Francamente, en términos de citas, todavía no estoy seguro de si soy un inmaduro o de si algunos de los momentos más incómodos no fueron mi culpa. Por ejemplo, aunque la insistencia de Ángela de dominar me parecía completamente desagradable, también se podría decir que simplemente yo no fui lo suficientemente abierto, sobre todo si se tiene en cuenta que yo debía asumir el papel de cachorro. Dicho esto, debo admitir que también me cuesta ver porno donde los tipos les gritan obscenidades a las mujeres con las que están tirando, y la única vez que una ex me pidió que la asfixiara mientras teníamos sexo, en realidad perdí un poco mi erección. Supongo que simplemente soy un blandengue.


¿Pero le recomendaría a otro tipo de mi edad que se consiguiera una asaltacunas? Sí. Sí, lo haría. No porque pueda garantizarle que estará contento con el resultado —podría terminar tan extrañado como yo, sobre todo después de darme cuenta de lo distinto que es al porno—, sino porque creo firmemente en que hay que aprender las cosas de la manera difícil. De hecho, creo que la única forma de saber realmente si algo es bueno para ti es intentarlo, cagarla y luego botar lágrima cuando revivas la experiencia en tu mente. Además, puedes divertirte un rato y emborracharte gratis en lugar de dividir la cuenta como la mayoría de la gente lo hace hoy en día. ¿Cómo podrías resistirte a eso?

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