especial de ficción 2016

Elefantes Blancos

Este cuento forma parte de nuestro Especial de Ficción 2016, dedicado a la literatura de América Latina.

por Juan Manuel Robles
26 Diciembre 2016, 4:30pm

Ilustraciones por Curzi.

La cápsula amarilla de ventanas oscuras pasó lenta. La interceptaron. Subieron y tomaron asiento frente a frente. Aprovecharon para reconocerse, tantos años, qué parecidos, qué distintos. En segundos, el impulso los sacó de la estación. Comenzaron a elevarse. A través del vidrio, la ciudad apareció bajo sus pies.

Alejandro sintió el vértigo pero no pudo evitar arrodillarse encima del asiento de madera para mirarlo todo. Esto es increíble, dijo.

 —Tranquilo, che —dijo René—. Está prohibido subir allí. Vas a hacer que se tambalee.

Volvió a sentarse, como un chico que recibe una recriminación, a regañadientes. Hizo silencio para capturar los detalles de la urbe debajo. El techo de un edificio de ladrillos mostraba la ropa tendida. La hélices de los extractores de aire giraban diminutas. Las tejas rojas de las casitas se alternaban con calaminas plateadas, algunas de las cuales estaban manchadas de óxido, como si un crayón café las hubiera pintado.

 —Esto es maravilloso, más de lo que me habían dicho. Estamos volando…

René lo miró sin mucho entusiasmo.

 —¿Hace cuánto no vienes, Ale? ¿Quince años?

 —Más.

—Mirá vos. Ni una vez en todo este tiempo. Eso que no estás muy lejos. Y ahora vuelves. Todos vuelven a La Paz para subirse a esta cosa. ¿Qué le ven?

Alejandro miró el paisaje como dejando que las imágenes contestaran la pregunta. Dejaron atrás los últimos edificios de la urbanización. Un callejón que seguramente allá abajo estrechaba la vista se descubría para ellos como el acceso al campo abierto. Ahora sobrevolaban una cancha de fútbol en pleno juego: el balón era un punto blanco movedizo. Por un instante parecía que iban a la misma velocidad que aquel esforzado lateral derecho flaco que terminaba su recorrido y lanzaba un centro. Ale pensó en una película. Vio una mancha móvil sobre el césped y pensó que era la sombra de la propia cápsula. Pasaron la cancha y un bosque de eucaliptos dio lugar al precipicio. Abajo, una autopista —que a Alejandro se le hizo familiar— mostraba sus recodos, sus giros y sinuosidades. Sonrió.

—Acabo de recordarla a la Daniela —dijo, mirando abajo—. ¿Sabes por qué, no?

René respondió de memoria el estribillo de juventud:

—Porque tiene más curvas que la Kantutani.

La Kantutani siguió a la vista: era una culebra exótica llena de vehículos amontonados.

—¿Qué fue de ella?

—Sigue buena. Una señora de escote respetable. Vive la vida. No se volvió a casar desde que se separó del Grueso.

Olvidaron un segundo el paseo. El nombre los puso en alerta.

—Se esfumó el Grueso, ¿no?

—Nadie supo más de él. Dicen que un tiempo anduvo deambulando por San Francisco y el Prado, barbudo, pero en esta ciudad chica ni siquiera puedes volverte vagabundo en paz: te reconocen, te rescatan. Luego, parece, se fue a sembrar café a los Yungas. Hoy suena muy hipster eso, irte a sembrar café a Caranavi, pero hace diez años sonaba radical: como volverte monje.

—Se terminó de volver loco, entonces.

—Siempre estuvo loco, Ale. Hablaba de Ganímedes y de los Annunakis. ¿Te acuerdas?

Alejandro hizo silencio. Le llamó la atención la vista lejana de la gran piscina olímpica, que se iba agrandando en lo alto del cerro hacía rato. Una construcción imponente que ya en su infancia tenía fama de ser costosa e inservible, tan moderna como inútil.

 —¿Y si lo volvimos loco nosotros?

René respiró fuerte y se sacudió la cabeza. Miró a la ventana y luego a su amigo.

—Deja de decir eso. No sé a qué viene.

—Nada, nada, disculpa. Es que es imposible no recordar con esta vista. Esto es un parque de diversiones para la memoria. MemoDisney Chuquiago.

 —Tu nueva afición, ¿no? Mirar atrás.

—¿De qué hablas, amigo?

—No te hagas. Me enteré de lo de Chile… Todos se enteraron. Fuiste a buscarlo al Óscar.

—Viajé por negocios. Sabía que vivía en Santiago. Encontré su casa en el mapa. Lo fui a ver, sí. Quería… pedirle disculpas.

—Un poco tarde

—Nunca es tarde.

 —Terminaste agarrándolo a golpes.

—Fue absurdo, sí. No salió como yo esperaba.

—¿Y cómo esperabas que saliera? Qué sabés vos si el tipo seguía resentido, si estaba armado, si quería vengarse. He escuchado historias horribles. No todos perdonan. Menos lo que le hiciste a ese chango.

 —Lo que le hicimos. Lo hicimos juntos.

—El hombre del cemento eras tú… Mi padre decía de tu padre que salió de Perú huyendo de la crisis y terminó poniendo a las constructoras bolivianas en crisis.

 —Cemento de secado rápido. Todo un emprendedor mi viejo. Pero no estuve solo en esto.

 —Fue tu idea. Siempre era tu idea.

 —Te cagaste de risa, no jodas. Te estás cagando de risa ahora mismo mientras lo recuerdas.

 —Es que da risa. ¿Lo sacaste de una película?

—No. No que yo recuerde. Me sorprendo todavía: poner al boludo con los pies en cemento en la 21, en San Miguel, el día de los carnavales.

René estalló de risa. Las carcajadas retumbaron en la cápsula. Alejandro hizo un amago de sonrisa pero luego se puso serio. Miró a René con gesto de calmada reprobación.

—Pobre chico.

—Oye, no es tan grave, hacíamos huevadas como todos. Éramos inconscientes. Eran otros tiempos, además.

—El Grueso hizo la mezcla y moldeó los bloques. Siempre fue bueno para las manualidades. Ustedes fueron juntos, ¿te acuerdas? Te paraste al lado para asegurarte de que no se moviera. Y el Óscar no se movió porque te tenía pánico. El cemento se secó. Esa cosa de mi papá funcionaba.

Alejandro posó la vista en la sucesión de cabinas amarillas que venían en sentido contrario.

—Nos fuimos y el Óscar se quedó allí plantado —dijo René—. Serían las nueve de la mañana. Y así estaba cuando llegó la hora de mojar. Carnaval paceño.

—Y lo mojaron.

—¡Unos hijos de puta!

 —¿Te refieres a nosotros? —preguntó Alejandro.

—No —dijo René cortante—, a la gente. Una cosa es dejarlo allí con un cubo de cemento en cada pie. Otra es ver a un adolescente que no puede andar y no parar de mojarlo, tirarle globos, traer a un perro para que orine.

 —Que yo recuerde, fue eso lo que imaginamos, ese era el chiste.

—Nunca tanto. Definitivamente no pensamos en que iba a quedarse tantas horas y le iba a dar una pulmonía. Ni tú eras tan sádico.

El Ale fijó la vista en el precipicio. En la ladera de un cerro, volvían a verse construcciones de ladrillos. Un asiento de automóvil apareció solitario, expuesto al sol, en una azotea. Le extrañó. Le hizo pensar en una vida, en un apuro, en un capricho y en un temperamento.

—Yo pensé que su familia lo iba a ir a buscar.

—Lo que no entiendo es qué haces yendo a ver al tipo a Santiago, donde vive ahora, feliz, lejos de monstruos del pasado como tú.

—Quería disculparme. Todo iba bien, le dije que había sido un error, que lo sentía, que podía contar conmigo para lo que quisiera.

—Pero…

—No sé si fue la cerveza. Empezó a hablar huevadas.

René viró los ojos hacia arriba y suspiró. ¿Había tenido siempre ese gesto?

—El que comenzó fuiste vos, Ale. Eso te pasa por jugar al arqueólogo. Y ya lo estás haciendo de nuevo, ¿te das cuenta? ¿Esta es tu idea de un paseo? Qué denso. Vive el presente. Estamos en la cápsula del futuro, el país es otro. ¡Ciudad maravilla!

—Recordar es hermoso, no puede hacernos mal. Mira, ¡mira! Ese es el parquecito a donde íbamos a fumar hierba con el Grueso. Pensar que subíamos allí porque nadie podía vernos.

—Solo Dios.

***

Era obvio que se les pasó la mano. Tuvieron que llevarse al chico a la clínica del Sur y, si bien dijeron que se iba a recuperar, hubo que descartar un daño cerebral y eso sonó muy serio. Fue una de las pocas veces en que se vio en el colegio al papá de Alejandro, don Barreto, un tipo que a primera vista parecía demasiado joven para ser papá de alguien, alto, bronceado, con aquel peinado que años después haría popular el diablo Etcheverry, una camisa con pecho abierto, jean celeste y saco beige de hombros tiesos; vino caminando al colegio con pasos decididos y la expresión de siempre —fluctuaba de la sonrisa con hoyuelos a la nariz arrugada, la cara de qué hago aquí—, el hombre era cualquier cosa excepto alguien con ganas de discutir la velocidad con que su hijo aprendía los símbolos químicos.

El papá de Alejandro había llegado a La Paz en 1991, luego de cerrar las operaciones de su constructora en Perú. La versión oficial era que venía huyendo de la crisis pero otros comentaban que también escapaba de Sendero Luminoso, porque lo querían obligar a pagar cupos. El señor Barreto se encargó él mismo de desmentir esa historia. A él nadie lo hizo correr. He venido a este país de mierda, dijo borracho —como buen peruano, se ponía muy pollo en La Paz—, porque me encargué de varios terrucos, con mis propias manos —el señor Barreto hacía lo posible porque su índice y su pulgar lucieran como una nueve milímetros—, y lo volvería a hacer, pero tampoco soy de piedra, no quiero que me hagan estallar en pedazos delante del anormal de mi hijo que, como todos los varones de estos tiempos, es una niñita, míralo, si un día ve mi cara sin ojos por la dinamita acabará en el manicomio. ¿Por qué salen así ahora, tan blandos?

Tal vez por eso era paranoico, porque todo el mundo sabía que cuando un peruano quería ajustar cuentas con otro peruano era capaz de llegar hasta la mismísima ciudad, no respetaban las fronteras esos cojudos, como cuando uno vino buscando al agregado militar y le metió un balazo en la cabeza en plena 6 de agosto, y se vio la vereda manchada de sangre en el programa del Padre Pérez. Así que todos supieron que el Alejandro se mudó cinco, seis veces, hasta en Ciudad Satélite estuvo, una semana entera, y luego en Cota Cota cuando no había ni casas, y en Següencoma, que no soportaron por el olor del Choquellapu en crecida. La vida nómade era posible en parte por la ausencia de la madre, que hacía años había huido a Miami con un piloto de Lan Chile. A Alejandro no le incomodaba el sobresalto de las mudanzas. Al contrario, aprendió en tiempo récord a conocer la ciudad.

Ese día, pues, todos lo pudieron ver al señor Barreto, una vez más, como se mira a una leyenda andante. Le dijo al chofer que esperara afuera y caminó a la Dirección. Nadie sabe qué conversaron, o más bien, qué dijo el señor Barreto, el caso es que Alejandro, que había preferido ausentarse después del incidente con el Óscar, el niño en el cemento, volvió al día siguiente como si nada. Esa misma semana, vinieron obreros con máquinas para hacer una ampliación del local: dos salones nuevos, graderías, una cancha de fútbol sala.

Fue así como el Ale se salvó de una expulsión segura. Entendió perfectamente la naturaleza del trueque: su padre había puesto plata, así que no cambió un ápice ni enmendó el rumbo. Solía colocar un montón de plátanos maduros en las mochilas de los elegidos y los obligaba a pisar sus propios bultos hasta que saliera puré por los resquicios de los cierres. Se la agarró con el profesor de guitarra, uno muy opa que se ponía al frente y cantaba el "Zhombrero dhe zhao". Cuando estaba de espaldas, le escupía flemas de tal forma que estas se quedaran estampadas en el saco, círculos fosforescentes, un asco, para que todos vieran la intervención, que se quedaba allí por horas.

El señor Barreto, mientras tanto, empezó a ganar mucho dinero con su cemento mágico que secaba más rápido gracias a un polímero que solo él sabía cómo traer a Bolivia. Así, a su paranoia de perseguido "político" le sumó otra: la del nuevo rico. Volvió a mudarse, esta vez se asesoró bien para encontrar un lugar realmente inaccesible. Llegó así a San Alberto, donde uno puede "tocar el cielo", según vio en un folleto de la época. Alquiló una mansión que parecía la casa de la Barbie, con techo de dos aguas y una azotea blanca para tomar el sol o para mirar las estrellas. Escondidísima. Ni siquiera era posible ver la urbanización, ninguna avenida pasaba cerca. Solo te enterabas de su existencia si tenías un mapa muy actual a la mano, pero nadie usa mapas en un ciudad tan chica. A Alejandro le encantó la nueva casa: ya conocía el barrio porque allí cerca vivía el Grueso.

El buen Grueso.

Cuando se hizo evidente que René no iba a crecer más, apareció en escena el Grueso. Después de un verano lo vimos entrar al cole, bronceado, gigante y con la voz ronca después de haber pasado las vacaciones en Arica. Había dado un estirón. El Ale lo midió y varias veces René le propuso ir a buscarle pelea, sacarle la mierda. Pero Alejandro Barreto era un chico inteligente: decidió esperar. El Grueso era muy fuerte pero también muy boludo. ¿Qué se hace con alguien así?

Se lo vuelve amigo.

Desde entonces, fueron los tres. René se había quedado chico y lo compensó haciendo pesas en el Club Bolívar. Iban juntos a todas partes. Mataban el tiempo. Hacían grafitis en las madrugadas. Así, Ale descubrió su talento para el dibujo, que al principio le avergonzaba —demasiado marulo para su fama— pero que luego utilizó para fines divertidos. Diseñaba objetos que el Grueso construía con su asombrosa habilidad para las manualidades. El profesor de ajedrez casi pierde el ojo por un alfil convertido en dardo puesto en un lanzaproyectiles que funcionaba con un gancho de ropa y un elástico común. Al ver el ingenio innegable del aparato de madera, el profesor de ajedrez —que tuvo que ponerse tres puntos en el párpado— dijo que no era maldad, que solo eran niños inquietos, que todo se les pasaría en poco tiempo, cuando se fijaran en las chicas.

Se equivocó. Era cierto que en general, al igual que el resto, Alejandro, René y el Grueso empezaron a ducharse más que antes, y ahora hasta se peinaban y llevaban las camisas limpias. Pero su relación con las muchachas era, digamos, ambigua. Frente a ellas lucían muy domesticados y formales. Sin embargo, se volvió habitual que robaran cosas de otros chicos, cosas importantes, y las tomaran "empeñadas": si las querían de vuelta, si querían evitar que las quemasen, tenían, por ejemplo, que levantarle la falda y meterle mano a la Tatiana. O hacer misiones de espionaje en el baño de las chicas, con la pequeña cámara LeClic de René. Solo Óscar, el flacucho con raya al costado que se sentaba adelante, se negó a hacerlo y bueno, terminó con cemento en los pies el día del carnaval.

El Grueso demostró vehemencia y lealtad, y se divertía en las andanzas. Pero también era un tipo raro. René —que nunca le tuvo confianza— decía que estaba un poco chiflado. Alejandro respondía que no era eso, lo que pasaba es que era un tipo demasiado influenciable. Tenía razón. Todos recuerdan la clase en que el pelotudo del profesor de historia antigua habló de los misterios de Egipto y copió en la pizarra un dibujo encontrado en una de las pirámides —según él—, y preguntó a todos a qué les recordaba la imagen. "Un astronauta", dijo el Grueso y el profesor le devolvió una sonrisa cómplice. Sí, un astronauta. Los egipcios tuvieron contacto con seres de otros planetas, y lograron también dominar las leyes del espacio y el tiempo para ver el futuro. Desde ese día, el Grueso no paró; el profesor lo llenó de libritos sobre Ganímedes —"a donde irás un día"— y los Anunnaqui, que ayudaron a las civilizaciones preíncas a construir sus monumentos y fortalezas, vestigios rotundos de la sabiduría intergaláctica. Cómo olvidar la excursión a Tiahuanaco, donde el Grueso miró por primera vez la portada del Sol y para empeorar las cosas en su cabeza, que ya estaban mal, el profesor dijo que la única explicación de la existencia de algo así era que se tratase de un portal a otra dimensión usado por los Anunnaquis. Y allí estaba el Grueso, pasando de un lado a otro de la Puerta del Sol —aprovechando la distracción de los guardias— y algunos hasta juraron que en el trance desapareció por unos segundos, lo cual alimentó su delirio: en efecto, desaparecí, dijo, pude sentirlo, estuve en un lugar mejor, aunque hayan sido solo segundos yo lo sentí más largo. ¿Tiene eso sentido, profesor? Y el sujeto, un adoctrinador de menores, un mequetrefe, le dijo: sí, tiene todo el sentido del mundo.

No faltó mucho para que René y Alejandro se encontraran con la imagen temida: el Grueso en el techo de su casa, en aquel barrio jailón junto al cielo, diciendo que estaba cerca de "hacer contacto". Ya vienen. La reputa.

Cómo culparlo: el cielo que se veía en las azoteas de San Alberto era perfecto. Estar allí significaba tener la bendición de la soledad cósmica. Pronto, el Ale empezó a hacer algunas fiestas en la casa aprovechando los viajes de su papá. Los invitaba a todos, incluso a los humillados, a veces hasta los obligaba a ir para jugar con ellos. Las chicas llegaban y estrenaban allí esos trajecitos que solo podrían verse en las reuniones de promo de fin de año. Fue en una de esas fiestas cuando todos vieron —y por eso pueden dar fe de su rostro, que de lo contrario se habría borrado de toda memoria— a alguien a quien llamaban la Chapaca Colla, la chiquilla que el señor Barreto había mandado traer a la ciudad para contratarla como sirvienta. Servía los bocaditos y las cervezas. Aunque lo disimularan, los chicos se la quedaban viendo, sobre todo después de un par de cervezas, sobre todo cuando se agachaba a recoger los ceniceros, porque si te fijas bien, debajo de esa fea chompa percudida tenía tetas más grandes que cualquiera de las seminiñas del curso. Incluso más que la Daniela, sí.

***

Descendieron, como si la estación los tragara lentamente con su enmarañada estructura de poleas. Tocaba ahora cambiar de línea. René se lo indicó, aunque era claro que él tampoco sabía muy bien cómo moverse en el lugar. Un ayudante les mostró el camino a la siguiente plataforma. Esta vez, las cabinas en movimiento eran verdes. Aquí tampoco había muchas personas. El uniformado los escoltó hasta que abordaron.

Volvieron a elevarse. René miró a su amigo a los ojos. Lo señaló con el índice, como haciéndole una recriminación risueña.

—¿Te habló de aquello, no?

—¿Quién?

—Óscar. Por eso le pegaste en Santiago.

Alejandro no le respondió. Se distrajo en silencio con el solitario parlante que descubrió al lado de la puerta. Pensó por un segundo en la posibilidad de una emergencia. ¿Quién hablaría? ¿Cuál sería el protocolo? ¿Qué podrían decirles si, por ejemplo, esta cosa estuviera por caerse? ¿"Señores, háganse bolita"?

—Ya me imaginaba —dijo René con sorna—. Quién te manda…

—No era la forma. Yo había ido a reparar una cagada, no dos.

—Ese es, pues, el peligro. Una cosa lleva a la otra… Por eso es preferible no abrir esas puertas. Esos momentos es mejor dejarlos allí.

Las cápsulas que venían en sentido contrario marcaban un ritmo uniforme, continuo, hipnótico. Alejandro había sacado la cuenta: nueve segundos de distancia entre cada una.

—¿No te da curiosidad, de vez en cuando?

—¿Qué? —preguntó René.

—La casa. ¿No te dan ganas de ir para allá?

—¿Para qué iría? Era tu casa, no la mía. Ya ni recuerdo bien dónde es. Creo que ni sería capaz de llegar caminando.

Ahora, la piscina olímpica estaba delante de los dos. Inmensa, cerrada, como un coliseo. A Alejandro le bastó mirar la fachada y las ventanas para darse cuenta: habían pasado dos décadas y seguía siendo un monumento inútil, un artefacto gigante e inservible coronando los cerros.

—¿Nunca la viste en sueños, la casa?

—¿Vas a seguir con eso, Ale?

—Pregunto…

—No, ni por asomo. Es más, creo que ya la olvidé. Tú no, por lo visto. 

—Es complicado. Por años no era algo que me importase en lo más mínimo. Hasta que un día, cuando ya había retornado a Lima, tuve una pesadilla que transcurría allí. Nada muy grave, no te asustes, pero me dejó con curiosidad. No conservaba fotos, así que conseguí mapas de La Paz. Marqué con rojo el lugar donde tendría que estar el barrio. Navegué esas calles con los dedos. Lo dejé allí. Cuando salió Google Earth, volví a la carga. Ubiqué el perímetro exacto. Fue tremendo ir avanzando por la pantalla, acercándome. Cuando iba a llegar, hasta cerré los ojos.

—Enfermo de tu parte. ¿Y qué? ¿Qué viste?

—Nada. La imagen del satélite no es suficientemente cercana, ni entonces ni ahora. Todo sale borroso. Tengo aquí una captura. ¿Quieres verla?

—No, gracias. No comparto tu obsesión… ¿Por qué no viniste antes si te daba tanta nostalgia?

—Quise hacerlo varias veces, pero después me desanimaba. Incluso compré pasajes que no usé nunca. Luego volví a dejar el tema. Hasta que me enteré del teleférico. Ya era bastante irreal ver que finalmente habían construido algo que cuando éramos chicos era solo la promesa imposible, la fantasía idiota con la que todos los candidatos a alcalde engatusaban a las masas. ¿Te acuerdas? Ya eso era mucho. Pero lo que vi un día, en un periódico boliviano en Internet, fue demasiado: supe por dónde iba a pasar esta línea. Un mapa interactivo mostraba el trazo futuro. Quedé en shock. ¿Quién podría creerlo? El barrio más jailón de la zona sur, alejado de todo y de todos…

—Espera. ¿Quieres decir que esta línea…? ¿Por dónde pasa exactamente?

—¿De verdad nunca has subido al teleférico, René?

—No.

—Pero si es una belleza.

—Si estás buscando a alguien que comparta el "orgullo" por esta cosa, no soy el indicado. Me emputa. Cada tanto alguna amiga que se consiguió su gringo me invita a hacer el tour, pero digo no gracias. No le veo el encanto. Incluso, si te fijas —dijo mientras respiraba hondamente—, apesta; parece muy limpio pero tiene al final ese aroma inconfundible de un microbús en la Max Paredes.

—Bueno, si no has subido entonces estamos iguales. Lo veremos juntos.

—¿Qué es lo que vamos a ver juntos?

Alejandro señaló al frente, a las cabinas de adelante que marcaban el camino futuro.

—¿Ya te diste cuenta?

René permaneció en silencio, desconcertado, incómodo. Alejandro supo que estaba nervioso porque la cabina comenzó a tambalearse.

***

El profesor de ajedrez tenía una cicatriz encima del ojo y un tablero donde colgaba las versiones bidimensionales de las fichas. Alfiles, peones, torres, caballos, todos aparecían aplastados de perfil. Movía las piezas, una y otra vez, decía que había miles de posibilidades pero que todas guardaban una lógica, que en la fotografía fija de un jaque mate podían rastrearse los movimientos anteriores, la prehistoria fatal, el error. Llega un punto en que las cosas son inevitables, decía. A veces se quedaba absorto, en silencio, ido, y Alejandro le tiraba una pepa de ciruela en la cara, lo hacía despertar. El profesor solía decirles que el ajedrez le había ayudado a tomar decisiones en la vida, lo cual no hablaba muy bien del ajedrez, considerando sus zapatos agujereados y el eterno pantalón —desteñido en las nalgas— con el que se aparecía a todas las clases.

Pero hubo un detalle que lo hizo memorable. Así como antes había dicho que Ale, René y el Grueso solo eran chicos divirtiéndose, cuando corrieron rumores de que Alejandro había traído el revólver de su papá a la escuela, el profesor de ajedrez vio perfectamente el devenir. Se sabía que el arma estaba descargada y que solo era una bravata de adolescente, como tantas. El Ale obligaba a jugar con él a sus elegidos. A pesar de que la bala de la suerte era de fogueo, él hacía como que ponía una de verdad en el tambor. Sus contrincantes se meaban de miedo, literalmente, a veces.

El profesor de ajedrez advirtió a la Dirección que, a pesar de la apariencia "inofensiva", había elementos en el juego, sumados a la personalidad de los chicos, que lo hacían prever múltiples escenarios catastróficos; pero cuando quiso sustentar su predicción hablando de los ataques relámpago en las partidas de Planincec, no le hicieron caso.

Poco después, jugando contra Alejandro, un chico se disparó. El Ale había llevado balas de verdad, solo para mostrarlas, que la farsa fuera "más creíble" y el susto, "más perfecto". Pero había dejado sin darse cuenta una bala en el tambor. Al chico lo salvó la tembladera de su mano derecha, que le restó firmeza al disparo final y movió el cañón por encima de la sien, haciéndole una herida superficial en el cráneo y dejándole una raya rectísma donde nunca más le crecería el pelo. El humo en su cuero cabelludo dio risa. El chico se cagó en los pantalones. "Pude morir", fue el único comentario del que Alejandro fue capaz, antes de lanzar una carcajada histérica. 

El profesor de ajedrez supo perfectamente que ese era el inicio del cumplimiento de su profecía terrible. Pero, ya se sabe, no le hicieron caso, solo les confiscaron a los chicos toda clase de objetos potencialmente dañinos. La siguiente clase, el profesor de ajedrez llegó más misterioso que de costumbre. Acomodó su tablero. Se quedó más tiempo del habitual moviendo las fichas una y otra vez, siguiendo en cámara rápida el curso de unas jugadas —¿clásicas?— en su cabeza: el rey huía en diagonal de un caballo y una torre enemigas, luego bordeaba la esquina del tablero para retroceder con urgencia. Las fichas planas oscilaban frenéticas por los malabares del profesor, como si fueran naipes. Cuando el maestro se detuvo, dirigió la mirada hacia Alejandro:

—En un mundo paralelo, ese muchacho se disparó en la cabeza, quedó paralítico de por vida y usted pasa el resto de sus días arrepintiéndose de haber nacido.

Todos esperaban que el Ale reaccionara contra el hombrecito. Pero se quedó sentado. Y la clase siguió con las habituales lecciones de defensas rusas.

Así era el profesor, tenía sus momentos misteriosos. Como esa vez en que el Grueso, luego de oírlo atentamente, le preguntó: "¿Permite el ajedrez ver el futuro?". Todo el mundo se rió de su pregunta pero el profesor atinó a responder con tono de ultratumba: "El ajedrez consiste en ver el futuro".

En todo caso, ese futuro —o alguno similar— pareció asomarse en el momento en que los tres amigos, fuertes, decididos, adolescentes, tan al borde del cielo, tan dueños del mundo, tan sin nadie que pudiera verlos en esa mansión que parecía la casa de la Barbie, la mansión donde un nuevo rico paranoico guardaba sus armas domésticas, miraron a la Chapaca Colla de tetas grandes; sabían que estaba sola. Que no tenía a nadie en la ciudad.

René era el más bocón. Por él tuvieron el relato de los gemidos de la imilla. Al Ale se le escapó decir —defendiéndose de quién sabe qué acusación— que no había nada forzado, que le pagaban bien por cada uno de los encuentros. Da culpa hablar de eso, un poco de vergüenza también, porque la verdad es que todos nos masturbamos con esas fotos compradas a cuarenta bolivianos cada una. ¿Sonreía la muchacha? ¿O queríamos ver en el gesto de nada un guiño, una incitación?

La historia de lo que siguió se supo luego por el Grueso, que ya empezaba a volverse un poco chiflado, ya hablaba de avistamientos en los tejados de su barrio, de contactos, de paisajes de Ganímedes y del retorno de los Anunnaquis a sus tierras. Una de las cosas que se supo fue que, en algún momento, Alejandro decidió prestarle a la Chapaca Colla mucho dinero. Le explicó de los intereses, pero la muchacha con las justas sabía escribir. Al poco tiempo, la Chapaca Colla le debía al hijo del patrón más dinero del que podría ver en años. Y el Ale supo cómo cobrárselo.

El Grueso dijo después que él pensaba que la chica hacía todo eso voluntariamente; es posible que de verdad lo creyera (nunca fue un tipo demasiado listo). El caso es que, luego de varios encuentros llenos de vigor adolescente, los tres amigos decidieron hacer con ella una versión doméstica de Las locuras de Ginger, una película en VHS que el señor Barreto guardaba en el armario.

Allí la historia se detuvo. Semanas más tarde, como si nada, la Chapaca Colla desapareció, no se la vio más sirviendo bocaditos en las fiestas. Alguna vez, el Ale mencionó al vuelo que se volvió a su tierra, pero el Grueso, el buen Grueso, empezó soltar la lengua con las primeras borracheras grandes, sobre todo en aquella del viaje a Cochabamba, y, a pesar de que René minimizaba sus confesiones de borracho diciendo que el chico estaba mal de la cabeza, al terminar el colegio todos teníamos en la mente una versión nítida de Las locuras de la Chapaca Colla.

Lo que no supimos hasta mucho después fue que una de esas tardes las cosas se jodieron.

***

La cápsula había empezado a oscilar de un lado al otro. Daba vértigo. Trataron de ponerse rígidos pero una noción física elemental les hizo ver que el movimiento no iba a parar. El parlante empezó hacer chasquidos. ¿Qué era eso? ¿Alguien trataba de decirles algo?

—Fue idea tuya. Eso también fue idea tuya. Armá tu tour solo, no me tienes que meter a mí.

—¿Sabes qué más averigüé? Que la propiedad sigue siendo del tipo que se dio en alquiler a mi padre. Solo ha habido un par de inquilinos en todo este tiempo y al parecer nadie la ha tocado desde entonces.

—Es decir.

—Lo más probable es que la casa esté intacta. Nos acercamos, René.

—Fuiste tú. Tú lo imaginaste.

—Fuimos los tres. La gozadera, de hecho, fue de los tres. La chica tenía 16 años.

—Nosotros, 15. Ya te dije, fueron cosas de changos. Eran otros tiempos. ¿No ves? Hoy hasta matar un conejo te convierte en monstruo. Ni siquiera había feministas entonces. Soy un hombre de bien. Tengo dos hijos, los mantengo.

—¿Si te sientes bien por qué no quieres asomarte a mirar entonces? ¿Por qué ni siquiera hablas?

—Porque me siento en un juicio.

—No, no es nada de eso. Soy tu amigo, recuerda.

—Ja. Amigo.

—Ya estamos cerca, René. Solo mira para abajo. Nos va a hacer bien.

***

Al Ale le molestó, sobre todo, que el Óscar lo acusara de psicópata y desalmado; que soltara a gritos, como un volcán, su versión de aquella historia que había quedado enterrada. ¿Qué se creía? ¿Que porque vivía en un barrio bonito de Santiago y era un ganador en la vida podía faltarle el respeto? ¿Gritarle a él, a Alejandro Barreto? Lo midió. Seguía siendo, en el fondo, el mismo ser insignificante y llorón de hacía veinte años. ¿Qué saben de la vida quienes nunca en su infancia usaron la fuerza del cuerpo para conocer lo que realmente nos define como especie: poder decidir destruir al otro, humillarlo, someterlo, expandir tu civilización gracias a las aptitudes físicas que la vida te dio, como los antiguos? Exageraron: no fue una paliza. Solo dos puñetes bien puestos, pero bastó para que el miedo de años atrás volviera a instalarse en el chico. También el placer del dominio, sí.

Tenía algo de razón, Alejandro. Lo que pasó esa tarde triste en la casa de la Barbie no parece haber sido una agresión o un acto violento, como alguien especuló considerando el prontuario de la pandilla y de su impetuoso líder. Fue algo mucho más idiota. Tratando de imitar una de esas piruetas de la película triple equis de Ginger, una tarea que la Chapaca Colla cumplía con docilidad profesional —¿también tristeza? ¿también alegría? ¿cómo atrevernos a interpretar su rostro en esas fotos que quisiéramos olvidar?—, el Ale ordenó a la chica colocarse en una escalera de mano situada al borde de un librero, pero ella perdió el equilibro de tal forma que se fue de cabeza contra el piso. No reaccionaba. Tal vez se hubiera salvado si recibía atención, pero el Ale no iba a arriesgarse a que lo vieran llegar al hospital con una imilla desnuda.

Todo eso se supo con el tiempo. Se fue sabiendo. De lo que nadie se enteró nunca fue de lo que vino después.

La idea fue de Alejandro. Hasta lo dibujó en un papel. Si se ponían a excavar en el jardín, iban a llamar la atención de los vecinos. Era un lugar tan apacible que el perímetro de la propiedad ni siquiera estaba protegido por muros o cercas. Además, ¿arruinar el césped? Su padre lo mataría. La casa tenía un tejado, ¿no? Un tejado que no podía ver nadie. Qué mejor lugar para colocar algo incómodo. Alejandro hizo el boceto en papel cuadriculado. El dibujo resultante era hermoso.

El Grueso siguió el plan, se encargó él mismo de preparar la mezcla y llevar los ladrillos. Al principio, estuvo en shock, se dieron cuenta porque se acercó a la Chapaca Colla, tendida en el sofá, le tocó el rostro y preguntó: ¿A qué hora despierta? El boludo creía que estaba desmayada. O quería creerlo. Y mientras aplanaba el cemento para el proyecto exprés, empezó a llorar. Esto no está bien, dijo. No está bien. "Callate —le respondió Alejandro—. Tú también estás en esto. Hay fotos". Y el Grueso siguió dándole forma a su pequeña obra pero también siguió llorando. "Yo nunca. Yo nunca. Yo pensaba que ella… No está bien".

De todos modos terminó el trabajo tal y como Alejandro lo había concebido. Una chimenea nueva completamente inservible. En realidad, un cubo hueco que no iba a ningún ducto y que pronto se taparía. Con el espacio justo para un cuerpo adolescente doblado en dos, hecho bolita. Lo mejor: no se podía ver desde abajo.

—A ellos no les va a gustar —gritó el Grueso, que no paraba de gimotear y tenía la nariz llena de mocos.

Sus amigos se paralizaron un instante.

—¿Qué hablas, boludo? —preguntó René.

—Están por venir, y no les va gustar. Son nobles. Esta tierra es suya.

—¿Quiénes vienen?

El Grueso miró al cielo.

***

—Te juro que si se pudiera ver en Google Earth me ahorro el paseo. Pero no se puede.

—Eres un enfermo. Siempre has sido. ¡Mierda!

—Cálmate, mira cómo estás haciendo mover esta cosa. ¿Qué quieres? ¿Salir de aquí? Mira. Ya viene. La puedo ver. Mi casa.

—Si tanto la quieres lanzate desde aquí mejor. Morite.

—René.

—Qué.

—¿De qué tienes miedo? ¿De ver la chimenea? ¿De verla y que no podamos hacer nada? ¿De verla y saber que, si ha estado todo este tiempo allí, lo mejor es que allí siga?

—No quiero ver nada, no voy a ver nada.

—Nos acercamos.

—No lo haré.

—¿O tal vez también tienes miedo de ver otra cosa?

—¿Qué cosa?

—¿No has pensado en eso? Quizás si miramos abajo…  Tal vez… Tal vez está el Grueso. Mirando hacia arriba. Buscando hacer contacto.

El parlante volvió a hacer chasquidos ininteligibles. El cielo se nubló.

—¡Suficiente, carajo! Estás jodido. Saliendo de aquí, nos despedimos y no me vuelves a ver en tu puta vida. Ahora cerraré los ojos y contaré hasta cien.

—Ya casi estamos. En segundos la vamos a ver. Abre los ojos.

—No. No veré nada. Contaré hasta cien. Cuando termine, estaremos en la estación de Irpavi.

—A salvo.

—Sí, a salvo.

JUAN MANUEL ROBLES. Lima, Perú, 1978. Cronista y autor de las novelas Lima freak (Planeta, 2007) y Nuevos juguetes de la guerra fría (Seix Barral, 2015). Su artículo "Cromwell, el cajero generoso" fue finalista del Premio Cemex de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Como apéndice de nuestro Especial de Ficción 2016 dedicado a la literatura de América Latina, los 21 autores publicados fueron invitados a contestar un cuestionario de 20 preguntas sobre los usos y costumbres, rituales y obsesiones que suelen acompañarlos en el oficio de escribir. Lee las respuestas de Juan Manuel aquí